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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2008. LA MADUREZ![]() La madurez debe ser esto, este cansancio, esta desgana, este saber, ya de antemano, que nada sirve para nada. La claridad que nos despierta a una inclemente y gris mañana, la claridad que ahuyenta sueños de juventud, y nos desalma. Este abandono, esta renuncia al ideal y a la esperanza, este vender al dios que fuimos por bagatelas y migajas. Dejarlo todo para luego —amigos, vida, libros, causas— porque otras cosas que no amamos están ahí y nos reclaman. Sentir el tiempo, sobre uno, como una losa o una espada, y ver que el tiempo se nos va de entre las manos, que se acaba. Ceder las riendas, que el deseo hasta ayer mismo gobernaba, a otros jinetes más prudentes, notar que el cuerpo no acompaña. Que no nos sigue porque sabe que todo exceso aquí se paga, vivir con freno y con bocado —sobrevivir es la palabra—. La madurez debe ser esto, comprender cosas que espantaban vistas desde lejos, comprender que uno está preso en una trampa. Javier Salvago Y AHORA..., ¿QUÉ HAGO?![]()
Corrían los años de la Segunda Guerra Mundial. Europa olía a muerto. Millones de personas entregaban sus vidas en una guerra, como todas, absurda, esta vez provocada por los sueños de grandeza de un loco dictador llamado Hitler.
Aquí, en Madrid, la gente vivía casi ajena a esa confrontación europea, intentando recuperarse de su propia guerra fraticida, acabada unos años antes. A Juan y a Rosario la vida empezaba a sonreírles: llevaban dos años casados, él tenía un buen trabajo y las bombas de la aviación del Ejército “nacional” habían respetado su casa. Se conocían desde que eran pequeños, desde que jugaban en las calles del barrio de Vallecas y fueron creciendo juntos.
Aquel hombre, con mucho sacrificio, consiguió hacerse con una casita pequeña que ahora disfrutaba con su mujer. Pero un mal día su suerte cambió, le vistieron de soldado, le dieron un fusil y le enrolaron como “voluntario” en la División Azul. Rosario recibió varias misivas de Juan desde la Unión Soviética; la última le decía que partía hacia Leningrado, que la quería mucho, que no la olvidaba ni un solo segundo y que deseaba que ese infierno terminara pronto para volver junto a ella. Después se hizo el silencio, no volvió a tener noticias suyas, sólo una comunicación oficial diciéndole que su marido “había muerto como un héroe defendiendo a España y a los valores de Occidente contra el comunismo”. Pasaron los años y Rosario rehizo su vida, volvió a enamorarse y se casó con José, con el que tuvo dos hermosos hijos, niño y niña. Ya superado el dolor vivía muy feliz con su familia. Todo era perfecto, se sentía amada por el hombre que ella también amaba y muy reconfortada con el cariño de sus hijos. Un día llamaron a la puerta; se dirigió a abrirla y encontró frente a ella a un hombre alto, delgado, muy demacrado, al que tardó en reconocer. Era Juan; el documento oficial se había equivocado, no había muerto, sino que cayó prisionero y pasó quince años en un campo de concentración. Sus piernas comenzaron a temblarle, tuvo que sentarse. Su mente estaba a punto de estallarle y sólo se repetía una pregunta: "¿hora qué hago?”
DIÁLOGOS CON MI PULPO![]() Pulpo se refiere al mensaje publicado más abajo, titulado “Y ahora..., ¿qué hago?” Y AHORA..., ¿QUÉ HAGO? —Hola, Discóbolo, he leído tu mensaje en el foro, y, de verdad, es que no te entiendo. ¿Por qué lo dejas a medias? ¿Se te agotaron las ideas? —Hola, Pulpito, la verdad es que el final puede ser muy distinto, por eso lo dejé así, para que cada lector le pusiera el final que más le gustara. —Yo sólo veo un final: que se quede con los dos, y la tía encantada de la vida. Si no le gusta a alguno los tríos, que ponga ella los turnos para follar. —Qué basto y qué bestia eres, Pulpito. Según la legislación vigente, en la época en que se desarrolla el relato (y seguramente en la actual, no estoy seguro), el primer matrimonio es el válido, y el segundo, por tanto, nulo. Así que José tendría que abandonar a su esposa para que ésta retornara con su primer marido. Por otra parte, ella, si deseaba seguir con el segundo marido, no podía hacerlo porque para ello debería divorciarse del primero y el divorcio no existía en España. Si convivían los tres juntos, ella cometería un delito de poligamia (?), penado con prisión. —Pues, nada, te cargas a uno de los dos. —Pulpito, me parece injusto “cargarme” a Juan después del sufrimiento de esos años en el campo de concentración, donde sólo le ha mantenido vivo el amor y el deseo de volver con su mujer. Y no te olvides que José es el padre de dos criaturas. Aparte hay que tener en cuenta los sentimientos de Rosario. —Lo tuyo me recuerda a Sabina cuando un pingajo le dijo en el “tigre” de un bar: “¿Dónde está la canción que me hiciste cuando eras poeta?”, a lo que Sabina le contestó: “Terminaba tan mal que nunca la pude empezar”. Anda, dedícate a escribir relatos pornos, que por lo menos a mí me ponen alegre, y deja de joder a los lectores (si es que te lee alguien) con tus elucubrantes paridas. —Tendré que hacerte caso, Pulpito. COPLILLAS POPULARES![]()
Ni contigo ni sin ti mis males tienen remedio: Contigo porque me matas, y sin ti porque me muero.
La pena y la que no es pena todo es pena para mí. Ayer penaba por verte y hoy peno porque te vi.
No quiero que te vayas ni que te quedes, ni que me dejes sola ni que me lleves. Quiero tan sólo... Pero no quiero nada ¡lo quiero todo!
C O N S E J O S![]() Dice un refrán que cuando el demonio no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas, vamos, como la vaca lechera. Y es que el aburrimiento es muy jodido para quien lo padece, y aquí nadie puede aconsejar a nadie lo que tiene que hacer para no aburrirse, porque lo que a usted le quita el aburrimiento a mí me lo produce en mayor escala. Cada persona es un mundo y cada cual se divierte de forma distinta, influyendo en el comportamiento de cada uno muchos factores, como educación, edad, sexo, complexión física, etc. Tampoco los consejos que solemos dar sin que nadie nos los pida, y aunque lo hagamos con la mejor de nuestras intenciones, son igual de válidos para todos. A pesar de que hay algunos que a todo el mundo les pueden venir bien, yo alucino cuando oigo consejos sobre medicamentos, que quien da el consejo lo hace porque a alguien conocido por él le ha venido de perillas. —Si te duele el estómago, por la mañana te tomas un omeprazol-20 y por la noche un almax, que una cuñada de la sobrina del yerno del primo de la mujer de Ricardo estaba que no se podía mover del dolor y ahora está como nueva. Pero no le dice que antes compruebe si es alérgico o no al omeprazol, no se le vaya a quedar el cuerpo con más granos que una paella. A mi mujer la tuvieron que ingresar porque se tomó un calmante que contenía codeína y ella, sin saberlo, era alérgica a ese componente. La consejera, en este caso, fue la farmacéutica, y es que hasta el mismo médico te pregunta: —¿Es usted alérgico a algún componente del flumil, del lexatín, de la simbastatina o de la viagra? —Vamos a empezar diciendo que no tengo ni idea de los componentes de ningún medicamento. Lo único que puedo decirle es que jamás he sufrido un episodio alérgico. Y como si no hubiese oído nada, te rellena las recetas que a él le parecen bien. Después, si vuelves a consulta convertido en un pitufo, te dice tan pancho que la dosis de viagra (vi-agra = viejos-agradecidos) era un pelín alta. Peores son los psicólogos por afición. Su ilusión es encontrar a alguien con una enfermedad severa, para empezar la conversación con la frase: “tú lo que tienes que hacer es…”; el resto depende del pseudo psicólogo. El remate es, y lo sé por experiencia, cuando alguien es intervenido quirúrgicamente. Una gran parte de las visitas que recibe le cuentan casos de primos, sobrinos, cuñados y otros más en los que el cirujano se dejó dentro las tijeras, las gasas, un bisturí o un cenicero y lo tuvieron que volver a abrir. O, aún peor, aquel que parecía que estaba tan bien y amaneció muerto; el que se quedó tonto con la anestesia o al que fue a operarse de piedras en los riñones y le amputaron un pie. La mayoría no somos sensatos, y sólo, creo yo, que conservando una simple conducta se arreglaban estas cosas: Primera: Que todo es relativo (la relatividad); Segunda: Dejar los consejos a los profesionales. A L A C A N T![]() ALACANT, LA MILLOR TERRETA DEL MÓN (Después del Foro, claro) S O B R I N O![]() Algo parecido fue lo que llevó el “sobrinito” a la fiesta de fin de año. A estas mujeres, de medio cuerpo hacia arriba las envidian algunas mujeres; de medio cuerpo hacia abajo, algunos hombres. En aquella época yo vivía en el Pueblo de Vallecas. Allí también vivía mi amigo Juan, al que llamábamos El tartaja” porque se encasquillaba hablando, y del que hago referencia en otro lugar de este blog. El hombre más valiente que he conocido. Lo pasábamos en grande y nos reíamos mucho porque tenía un gran sentido del humor, pero no hay nada perfecto y Juan tenía su defecto: un sobrino con más plumas que un zorzal. En Atocha, a veces, coincidía con el sobrino de Juan, que también trabajaba, pero en otra cosa muy distinta: era “telonero” de no sé qué tipo de espectáculo. Cuando le veía subir al bus me daban las siete agonías de la muerte juntas. Empezaba a llamarme a gritos: “¡Jooose!, ¡Jooose!”, mientras hacía unas cosas muy raras con las manos, simulando un saludo y se estremecía como si sufriese escalofríos por todo el cuerpo. Los ojos de los pasajeros noctámbulos parecían comandados por un mando digital: todos se dirigían a mí como si se tratase de un solo ojo. Una vez sentado a mi lado empezaba a contarme cómo le había ido la noche, pero a grito pelado. —Jose, hoy tenías que haberme visto: he tenido una actuación brutal. Imagínate el escenario completamente a oscuras; de pronto lo ilumina un cañón de luz y aparezco yo con un bikini de lentejuelas cantando el “Fumando espero”. Yo no dejaba de pensar cómo me aguantaba y, a pesar de la amistad con Juan, no le daba un tortazo en la boca para que se callara (con la mano abierta, claro), o por lo menos no lo había mandado a hacer puñetas, por no decir algo más grosero. Un día de diciembre Juan se acercó a mi casa para decirme que no buscase nada para la fiesta de noche vieja, porque íbamos a celebrarlo en su casa y que no llevásemos chicas porque su sobrino se encargaba de llevar a unas amigas. Yo en eso no le pude complacer porque tenía una novieta que no podía dejar tirada una noche como esa. Llegó el día señalado y, después de las tomar las uvas con la familia, nos fuimos a casa de Juan. Al rato apareció el sobrino acompañado de aquellas cuatro bellezas que parecían modelos de las que salen en las revistas: más femeninas, más guapas y mejor maquilladas que todas las chicas que había allí juntas. Los que no tenían novia vieron el cielo abierto y los que la teníamos sentimos envidia, pero no sana: envidia pura. Empezó la fiesta, y mi amigo Juan, como jefe del cotarro, se eligió a la más guapa de las invitadas por su sobrino. Fue una noche tremenda, una bacanal hasta donde los cánones de aquellos años permitían. Juan le hizo a la chica un lavado de campanilla con la lengua y cada vez que pasaba junto a mí me guiñaba el ojo para darme a entender que estaba triunfando con la reina de la noche. Sobre las 6:00 de la mañana, cuando ya teníamos todos la sangre color Johny Walker (etiqueta roja, que es más barato), el bellezón preguntó si alguien se atrevía a ayudarle a cambiarse de ropa, mientras se dirigía a una mochila donde guardaba la ropa que debía ponerse. La puerta de la habitación parecía la del Metro en hora punta un día de trabajo, por la cantidad de chavales queriendo entrar todos al mismo tiempo. Aquello era un verdadero espectáculo: un cuerpo que mareaba desnudándose con parsimonia, mientras que decenas de ojos no perdían detalle. Pero aquello era un huevo Kinder: tenía sorpresa, y la sorpresa era que cuando se quitó las braguitas llevaba pegado con esparadrapo un chorizo que parecía el anuncio de Revilla. Entre todos los que estábamos allí no éramos capaces de evitar que Juan matara a su “reina”, pero al final conseguimos que los cinco pudieran marcharse sin daño alguno. Lo que es seguro es que el día siguiente al que encuentre a su sobrino, iremos de entierro, porque el chaval, conociendo a su tío, despareció de Madrid. DIÁLOGOS CON MI PULPO![]() LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO —Hola, Discóbolo. Me he enterado que has abierto un blog. —Hola, Pulpo. ¿Lo has leído? —Por eso vengo a verte, para decirte que tú mismo te crees tus mentiras. Me parto contigo. —La cantidad de tiempo que he perdido tratando de darte educación... ¿cómo te atreves a hacer una afirmación así y a qué mentiras te refieres? —He hablado con alguien que te conoce bien y dice que todo lo que escribes es mentira. Empezando porque tu infancia no fue dura porque eres hijo único de una familia adinerada y jamás has estado en un colegio interno. —Es verdad, soy hijo único e irrepetible, pero con cinco hermanos. —Lo de París del 68 y Estrasburgo es otra milonga: lo más lejos que has ido ha sido a Alicente. Así que eso de que has estado en Mozambique y en Vietnam como mercenario es otra pinochada, como la de que has estado en La Legión: te libraste de la mili por pies planos. —¿Qué pretendes? ¿Provocarme? —No, simplemente desenmascararte. Que dejes de engañar a la gente. —No engaño a nadie, sólo escribo y cada cual es libre de creer lo que quiera, pero, para tu información te diré que he sentido la mordedura de una serpiente y la de una bala. —Sería cuando estuviste en la cárcel, jajajaja. Esa cicatriz es de un drenaje de alguna operación, que tienes el cuerpo con más costuras que el peluche de una niña pobre. —Bueno, Pulpito, no voy a contarte a ti mi vida, pero los cirujanos no abren por la derecha y drenan por la izquierda. —Ya te has quedado sin argumentos. Tú ni has pisado Francia y mucho menos África: para ti tus viajes más largos eran a la ribera del Manzanares, donde me encontraste. Además, te has convertido en un “mantequilla”, y con la edad te has ido amariconando. —La única asociación de ideas que hago con la palabra “mantequilla” es “El último tango en París”, pero es posible que tengas razón, aunque aún soy capaz de hacerme un Pulpo a la gallega en tiempo récord. —Va a haber que ir pensándose en salir por piernas. —Pues, hala, hasta otra. —Ciao, Disco. E N V I D I A![]()
Al paso de mi morena la envidiaron los jarales, los verdes cañaverales y hasta la linda azucena.
De su belleza serena se enamoró un ruiseñor; y con su trino mejor y el ardor que lo envolvía entonó una melodía para declarar su amor.
En su vuelo un milano, al cruzarse en su camino, se lamentó de su sino por no haber nacido humano.
La brisa besó su boca, el aire peinó su pelo y las aves, en su vuelo, acariciarla querían, pero al ver que no podían lloraban con desconsuelo.
MI AMIGO PACO![]() Paquillo, mi primer amigo, llamado por todos Paquillo de la Frasca (haciendo referencia al nombre de su madre: Francisca). Nacimos casi a la par, fuimos juntos al colegio Padre Lerchundi. Pasamos allí las primeras vergüenzas cuando nos obligaban a ir a Misa los domingos, bajo pena de recibir un castigo los lunes a los que faltaran. Éramos los únicos que no teníamos zapatos, íbamos con alpargatas y felices cuando estaban nuevas y no dejaban ver el dedo gordo del pie. ¡Puta miseria! Pongo la foto mía en el colegio para que se observen las condiciones en las que estudiábamos. Todo preparado para la foto. A la derecha se ven los niños esperando su turno; esperando un solo baby, que teníamos que ir cediéndonoslo, y como era talla única, a los que le quedaba grande se les recogían las mangas y se les sujetaba por la espalda con pinzas de tender la ropa, como en el caso mío. Después trabajamos juntos en la Editorial Cremades (escogimos la misma profesión: éramos linotipistas); más tarde él se marchó a Francia y a su regreso volvimos a trabajar juntos hasta que partimos cada uno para destinos distintos. Él murió, injusta y absurdamente, a los 23 años, cuando seguramente yo aún permanecía en el Ejército. Con Paco siempre me ha pasado una cosa muy curiosa, incluso antes de haberme enterado de su muerte, y también después, he estado soñando a diario con él. Después despareció de mis sueños y nuevamente ha vuelto a entrar de golpe en ellos. Nunca lo he olvidado ni creo que lo haga, a pesar de la cantidad de tiempo que hace que se fue. Paco, mientras alguien te recuerde no mueres, sigues vivo en su imaginación, y yo sigo recordándote.
CALLE CURIOSA![]()
Cifuentes (Guadalajara) M E D I C A M E N T O S![]()
Se celebraba una Junta extraordinaria de la multinacional Medical Money. En la espaciosa sala, con una mesa ovalada en el centro de la estancia, se hallaban sentados los principales accionistas. En sus rostros podía verse la satisfacción de todos por la buena marcha de la compañía, ya que en el último ejercicio había ampliado sus fábricas de productos farmacéuticos, con lo que hacía un total de 27 países donde fabricaba sus fármacos, daba trabajo a más de 12.000 empleados y sus ganancias seguían una línea ascendente, hablándose de millones de dólares.
Esperaban el informe del jefe del departamento de Investigación. Éste, vestido con una impecable bata blanca, portaba una voluminosa cartera de donde empezó a sacar los documentos del dossier que había tardado en reunir unos diez años.
—Señores accionistas, tengo una formidable noticia que comunicarles: Después de muchos años de estudios, de pruebas con animales y con personas, sin su consentimiento, por supuesto, contando con la colaboración de profesionales de la medicina a sueldo de nuestra empresa, hemos conseguido el medicamento definitivo.
En su cara se dibujaba una sonrisa de orgullo, pensaba que nadie podría arrebatarle el premio Nobel. Hizo un silencio premeditado para conseguir la máxima atención de sus oyentes, y continuó:
—Se trata de una sustancia que actúa sobre el sistema inmunológico potenciando las defensas humorales, con lo cual el ser humano sería inmune a la enfermedad.
Los accionistas de la compañía lo miraban con cara de asombro, que él interpretó como admiración y le dio alas para seguir su disertación:
—No quiero abrumarles con explicaciones médicas; sólo quiero darles otra noticia quizá mejor que la que acaban de oír: estamos en la buena línea para conseguir un medicamento que actuará contra la oxidación y, por tanto, contra la senilidad. Señores, estamos a punto de conseguir que el hombre viva muchos años y sin enfermedades.
Un murmullo creciente se fue oyendo en la sala. El director de la empresa, muy amablemente, le dijo:
—Puede retirarse, ya tendrá noticias nuestras. Gracias por su exposición.
Mientras el jefe de Investigación se retiraba de la reunión, los hombres de la mesa comenzaron una acalorada conversación. A los pocos días los principales accionistas recibieron una escueta circular confidencial de régimen interior.
“Los departamentos de Viabilidad, Producción y Comercial, en reunión conjunta, han estudiado la conveniencia de comercialización del medicamento presentado por el departamento de Investigación, llegando a la conclusión de que la producción de dicho medicamento supondría la modificación de toda la maquinaria de nuestras fábricas, la retirada de nuestros productos actualmente comercializados, lo cual supondría una recesión en las ganancias que pondría a la empresa en serias dificultades. Por otra parte, en un espacio no muy amplio de tiempo, otras empresas farmacéuticas pondrían a la venta medicamentos muy similares al nuestro, con lo cual nuestras ventas descenderían escandalosamente.
Por estas razones se ha decidido la conveniencia de la no comercialización del producto y el archivo del dossier para su posible utilización en tiempos futuros. Asimismo, se recomienda la continuación en el estudio del segundo medicamento sobre la oxidación y, una vez concluido, la no comercialización del mismo, con el fin de mantener la competencia de la empresa en tiempos venideros”.
Esta historia es producto de mi imaginación, pero ¿podría estar pasando algo parecido mientras la gente muere de enfermedades que pueden curarse?
MORITO TONTO, MORITO LISTO![]() —Hola, Mustafá. —Hola, Mohamed. —´Hoy es un gran día, Mustafá. Hoy podremos ponernos los cinturones de explosivos y explosionarlos en alguna aglomeración de infieles, judíos o cristianos, convertirnos en mártires y así entrar directamente en el Paraíso, donde corren ríos de leche y miel y donde dispondremos de 40 vírgenes desnudas para satisfacer nuestros deseos. —¿Y quién te ha dicho eso, Mohamed? —El ulema de la mezquita, que ha recibido la orden del mullah. —¡Coño!, si eso es tan bueno, ¿por qué no se ponen ellos el cinturón? —Porque nosotros somos los elegidos, Mustafá. —Nosotros no, Mohamed. Yo no puedo beber leche por lo de mis piedras en el riñón, y de la miel ni probarla: tengo el azúcar disparao. —¿Y las vírgenes? ¿Qué me dices de las vírgenes? —Mira, Mohamed, esto no se lo he dicho nunca a nadie, pero yo soy más maricón que el Boris Izaguirre. DIÁLOGOS CON MI PULPO![]()
PULPO POETA
—Discóbolo, tengo inflamada la vena poética, y es que estoy enamorado de una pulpita que entra en Internet que no me hace ni caso. —Me extraña que no te haga caso, Pulpito, tú tienes mucho carisma. Seguramente se esté haciendo la dura para hacerse desear, es una táctica de algunas mujeres. —Dios quiera que sea eso, Discóbolo, porque anoche mismo no pude dormir pensando en ella, y mira qué poesía le he escrito: Te busco todos los días, entre las ondas hercianas, pero tú sigues perdía porque a ti te da la gana. Yo quiero ciberfollarte, quiero teclear tu cuerpo, quiero chuparte y morderte hasta que me quede muerto. —Eres un serio candidato para el Premio Cervantes de Poesía, aunque lo vas a tener muy difícil porque aquí en el foro hay vario/as que escriben poesías con una profundidad parecida a la tuya. —No te burles de mí, Discóbolo, ese premio no existe. —Pues tendrán que crearlo para vosotros, porque tanta sensibilidad, tanto arte, tanta métrica bien aplicada no pueden quedar sin premio. —¿Sabes que te digo, Discóbolo? Que te folle un pez-polla. —Pulpito… ¿Dónde has dejado hoy tu sentido del humor?
E X P E R I E N C I A![]()
Otra experiencia acumulada, y esta vez con varias vertientes, yo diría que con todos los ingredientes necesarios para considerarla enriquecedora y convencerme más de la filosofía empírica. Se trata de obtener respuesta a muchas preguntas que nadie puede responder con exactitud si no ha vivido esa experiencia en propia carne, aunque la misma situación será percibida de forma distinta, según la idiosincrasia del individuo. ¿Cómo explicar qué siente una mujer al dar a luz si cada una tiene una versión del hecho, e incluso una de cada parto? ¿Quien no haya estado en la cárcel, qué puede saber sobre las vivencias, sensaciones y sentimientos de un preso en sus horas de soledad? ¿Quién puede saber en qué estado se encuentra el cerebro de un soldado durante una batalla, o después de ella cuando va recordando, como si visionara una película, los hombres que murieron? Pero concretamente en este caso, a la experiencia que me refiero es el estar bajo los efectos de la anestesia y sedación durante diecisiete días, a veces oyendo lo que hablaban los médicos y enfermeras, como en aquella ocasión en que una se acercó al borde de mi cama y preguntó a su compañera: —¿Pero aún no ha muerto este hombre? —No me lo explico, tiene constantes vitales que no son compatibles con la vida. Otras veces sufriendo alucinaciones que aún hoy me cuesta creer que no sucedieran de verdad, por la intensidad de las emociones sentidas. ... un paseo por un parque, posiblemente la Casa de Campo o el Retiro de Madrid, una fría mañana de otoño, pisando las hojas de los plátanos de sombra o falsos plátanos, caídas y mojadas por una suave lluvia ya desaparecida. Desde una perspectiva extraña veo mis botas, paso a paso, avanzar por la alfombra vegetal. Detrás de mí, como si se tratase de una película de dibujos animados, las hojas van cobrando vida y comienzan a seguirme con una danza grotesca. Los bancos del parque imitan a las hojas y comienzan su caminar en forma de cortejo, o como roedores en pos del flautista de Hamelín. Al pasar junto a la verja del parque, las puntas de las picas se van transformando en gentleman ingleses que me saludan tocando con la mano el ala de su bombín mientras realizan un leve movimiento de cabeza. De fondo, una relajante música de Santana que, con su clásico punteo, ameniza la acción que se desarrolla, sólo rota por la aparición espontánea de franjas de colores fosforitos, de esos que dañan la vista y perturban el cerebro y que se pueden anular cerrando los párpados con fuerza, para recuperar la armonía de la alucinación.
... otro paseo, éste aún más insólito por mi condición de agnóstico convencido, es el que realicé al otro lado de la frontera que separa la vida de la muerte; es decir, crucé la orilla blanca y la orilla negra para adentrarme en un espacio donde jamás estuvo nadie, y si lo hizo no volvió para contarlo. Efectivamente, era un río, un río que crucé sin sentir en mi cuerpo (¿era mi cuerpo?) la humedad de sus aguas y donde de repente me encontré en un paraje inhóspito y cubierto de una bruma baja, hasta el punto de que mis piernas, a partir de las rodillas hasta el suelo, estaban difuminadas, dándome la sensación de levitar, por lo que mis pies no tocaban una superficie sólida. Algo en mi interior me decía que estaba "en las puertas del cielo", pero no veía a nadie, a pesar de mi deseo de estar equivocado y tener la posibilidad de encontrarme con los miembros de mi familia fallecidos. De repente, al girar la cabeza, vi a mi hermano y me dirigí a él, pero no quiso hablar conmigo, giró la cabeza y emprendió una lenta marcha hasta desaparecer en aquella especie de niebla. Me quedé desolado después de las veces que tuve que suplicar para poder morir y librarme de aquel sufrimiento interminable donde apenas podía respirar, ya que los tubos en la boca y una sonda nasogástrica en la nariz me lo impedían, sin contar que permanecía atado a la cama cual prisionero peligroso, aunque yo, en mi alucinación, me veía crucificado y me sentía víctima de unos sádicos que pretendían acabar con mi vida por el solo placer de experimentar qué se sentía al quitar la vida a un hombre haciéndole pasar por toda clase de torturas. Allí, en las puertas del cielo, sólo, desconcertado y esperando acontecimientos, sentí que alguien se ponía en contacto conmigo telepáticamente, y me dijo: —No puedes acceder aquí, los padres de Conchi han suplicado por ti, y el hecho de que tu mujer perdió a su padre con sólo ocho meses de vida, su hermana murió sin haberla podido conocer, después fue su abuelo y por último su madre, sería demasiado duro que ahora se quedase sin su marido. Así que no morirás en esta ocasión. No hubo más comunicación; sentí que me trasladaba a una velocidad de vértigo hasta encontrarme de nuevo atado, entubado e inmerso en aquel estado de desesperación que me producía aquella especie de "coma anestésico". Durante el tiempo que permanecí atado a mi "cruz", en posición horizontal de cúbito supino, observaba una bóveda donde divisaba a lo lejos un enorme crucifijo que se me antojaba de oro. En mis momentos de desesperación, yo, que, repito, soy agnóstico convencido, aunque quizá en algún lugar oculto de mi subconsciente se encontrase aletargada aquella formación religiosa que mi madre se encargó de inculcarme, me dirigía a aquel crucifijo para pedirle la muerte. Cada vez que se producía una petición el crucifijo comenzaba a girar en un movimiento de rotación, mientras que del mismo se desprendían cientos de cruces pequeñas que iban girando, esta vez con movimiento de traslación, e iban descendiendo hasta clavarse en mi pecho, lo que me producía la muerte; oía los estertores dos veces y dejaba de respirar, pero mi mente seguía sintiendo que continuaba vivo, y esta escena se repitió siete veces. En otra ocasión me vi flotando en un inmenso espacio etéreo, gozando de una completa ingravidez que me permitía, cual astronauta en su nave, trasladarme a voluntad sin ningún tipo de esfuerzo. Pero no estaba solo, había más personas desplazándose como meteoritos en el espacio estelar. De repente, a lo lejos, diviso innumerables seres extraños que se dirigen hacia mí a gran velocidad, como atraídas por un zoom instalado en mis ojos. A unos cuantos centímetros de mis ojos frenan bruscamente y sus caras comienzan a desformarse, cerrándoseles los ojos, oídos y fosas nasales hasta el punto de desaparecer y adquirir una forma amorfa, como una patata. Cuando consigo huir, atravesando los cuerpos de aquellos entes, me doy cuenta que puedo ver en una oscuridad absoluta; sólo con cerrar los ojos todo se ilumina, veo las formas y los movimientos, pero no consigo saber qué quieren de mí aquellos rostros inexpresivos y tampoco reconozco a ninguno. Y de nuevo volver al calvario de estar atado y entubado, esperando y deseando una nueva alucinación que me liberara de aquella situación.
Estos son tres pequeños ejemplos de las muchas historias que "viví" durante mi viaje por los recovecos de mi cerebro, empujado por las drogas legales que me suministraron, hasta el día que oí una voz enérgica que me ordenaba: —José, despiértese ya. Lo hemos operado y todo ha salido muy bien. Abrí los ojos y me encontré en una UCI. Quise decir algo, pero no pude articular palabra porque la traqueotomía que me habían practicado me lo impedía. En ese instante comenzaba otro duro período. Algún día continuaré relatando mis vivencias..., o no.
CASA DE CAMPO![]()
Lago de la Casa de Campo de Madrid
Hacía una temperatura agradable, un estupendo día de primavera que aproveché para hacer una gestión en la Escuela Nacional de Hostelería sobre la matriculación de mi hijo. Aparqué el coche en la Casa de Campo, donde se encuentra la Escuela, realicé la gestión y me dirigía hacia el lugar dejé aparcado mi vehículo, sumido en mis pensamientos sobre la conversación mantenida en la Secretaría del Centro. De repente me abordó una mujer bastante joven, muy guapa y con una vestimenta muy provocativa.
—Buenos días, me puede atender un momento, por favor.
Dado que la Casa de Campo es el lugar de trabajo de la mayoría de las prostitutas de Madrid, enseguida me puse en guardia:
—Lo siento, llevo mucha prisa.
—Perdone, llevo dos días sin comer.
Esas palabras golpearon mi ser profundamente, aunque hay tanta picaresca en ese lugar que aún me quedaba alguna duda sobre su sinceridad. Clavé en ella mi mirada y pude ver cómo enrojecía de vergüenza y de sus ojos se desprendían dos lágrimas.
—Bien, si eso es cierto, vamos a desayunar.
Caminando hacia el bar, intercambiamos unas palabras y pude darme cuenta que era una mujer muy culta. Nos sentamos en una terraza que tiene una preciosa vista sobre el lago. Antes de pronunciar palabra teníamos a nuestro lado al camarero. Yo pedí un café y ella una cerveza y un bocadillo de tortilla española. La dejé comer sin mencionar palabra, sólo la miraba fijamente, y de verdad que comía con ansia. Cuando terminó le dije muy bajito:
—¿Me lo quieres contar?
—Verá usted, me llamo Almudena y soy de un pueblo de Badajoz. Estoy divorciada y con un hija de corta edad, que ahora cuidan mis padres. Tuve que divorciarme por una cuestión de malos tratos y, por supuesto, mi ex marido no me pasa ni un euro. Hace dos semanas me trasladé a Madrid para buscar un trabajo y poder mantener a mi hija, pero no he tenido suerte. Tengo pagada la pensión sólo hasta el domingo y hoy decidí venir aquí a prostituirme, pero me ha faltado valor.
Mientras relataba su historia sus lágrimas seguían descendiendo por sus mejillas, lo que me indujo a creer que no mentía; no se puede ser tan buena actriz. Pensé en mi hija y que nadie estamos libres de que en un futuro nos pueda suceder algo tan duro en la vida. —Mira —le dije—, voy a darte cien euros por si puedes alargar con ellos unos días en Madrid y que la suerte te sonría.
—Le juro que se los devolveré algún día; por favor, déme su dirección.
No quise hacerlo; la verdad es que estaba deseando alejarme de allí y olvidar la historia. Nos despedimos; yo subí a mi coche y me alejé de aquel lugar. Prefería pensar que perdí el dinero o que estuve cenando en un buen restaurante. Al llegar a casa noté que la cartera que llevaba en el bolsillo posterior del pantalón no estaba y me maldije por mi buena fe y por haber sido tan incauto. Decidí esperar un par de días antes de poner la denuncia; lo único que cancelé fueron las tarjetas de crédito.
Por la tarde, al abrir el buzón de correos encontré allí mi cartera. Enseguida me dirigí al billetero y vi que me faltaban 50 euros y en su lugar había una nota, que decía: “Siento haber abusado de una persona como usted, pero ahora tengo su dirección y le devolveré todo”.
Pasaron dos años; yo había olvidado ya aquella historia y dado por perdidos los 150 euros. Un día, al abrir el buzón encontré un sobre con mi nombre manuscrito, lo abrí y dentro había tres billetes de 500 euros y una carta, firmada por Almudena, que decía:
“Como le prometí le devuelvo su dinero con el interés que he creído que merece. Gracias a su ayuda mi vida cambió, encontré un trabajo en unas oficinas y ahora estoy casada con el propietario. Perdone que no le dé más datos, sólo decirle que jamás podré olvidarle y siempre le llevaré en mi corazón”.
ABURRIMIENTO![]()
La noche avanzaba y al mismo ritmo mi aburrimiento. La televisión no ofrecía nada interesante. Encendí mi PC y entré en el chat. Puse en funcionamiento mi detector de mujeres inteligentes, simpáticas, agradables y amenas, es decir, las que tienen un buen culo. El detector se deslizaba suavemente sobre la lista de usuarios y, de repente, empezó a emitir su sonido característico: bip, bip, bip... La suerte me había sonreído, ella estaba allí, esperándome.
Nervioso, con una taquicardia producida por la emoción, me precipité a pinchar dos veces sobre su nick y apareció su ventanita en mi pantalla. Le dije: “Hola, soy Discóbolo”; me dedicó una sonrisa amplia, generosa, seductora; la miré a los ojos como si quisiera dejar grabada esa visión en mi mente.
Estuvimos hablando el tiempo suficiente para conocernos a fondo (unos diez minutos) y pasó lo que tenía que pasar: en un arrebato de pasión incontrolada le hice la pregunta que me estaba quemando toda la noche: “¿En tu casa o en la mía?”.
No le dio tiempo a contestarme porque Iberdrola decidió cortar el suministro eléctrico en el distrito 28024. Fue un apagón que duró escasamente dos minutos, pero fue suficiente para que al volver ella hubiese desaparecido.
Y, como dice la canción de Raphael, “yo no he vuelto a encontrarla jamás, desde aquel día”.
T R A V E S U R A S![]()
Recibir un regalo de Reyes era un lujo hawaiano, pero los hados se compadecieron de nosotros y uno de mis amigos consiguió una pelota de goma de un tamaño respetable: una gozada.
Nosotros, naturalmente, jugábamos en la calle, ya que el tráfico era casi nulo, y las porterías las poníamos en las aceras, debajo de las ventanas de los pisos bajos. Cierto día, en pleno partido, salió el señor que vivía en uno de estos pisos, que ya era un anciano el hombre, y cogió la pelota, con la siguiente amenaza:
—Si vuestros padres no me pagan los cristales que me habéis roto, no os devuelvo la pelota.
Blancos nos quedamos. Veíamos cómo se esfumaba la pelota, ya que cualquiera era el valiente que le decía a su padre que había roto unos cristales y tenía que pagarlos.
—La pelota me la pagáis entre todos o mi padre me mata.
—Calla, hombre, vamos a pensar una idea para que el viejo nos la devuelva. Y así lo hicimos. Estuvimos un buen rato examinando la mejor forma, y por fin quedamos de acuerdo: hostigar al abuelo hasta que cediera.
La estrategia consistía en varios puntos, y pusimos en marcha el primero. Se trataba de cazar unas cuantas lagartijas y amarrarles a la espalda un petardo con un hilo. Como he dicho antes, las ventanas daban a la calle, y allí, debajo de una de ellas, permanecíamos tres amigos agachados con la munición preparada; otro tocaba con un palo en el cristal, y a la señal que nos emitía el quinto, que estaba escondido enfrente, de que el viejo había abierto la ventana, los que estaban agachados encendían los petardos y lanzaban dentro la bomba-lagartija. Entre la “mascletà” y los trozos de lagartija pegados por toda la habitación, los abuelos gritaban histéricamente.
Inmediatamente nos poníamos enfrente, todos en formación y gritando:
—¡Queremos la pelota! ¡Queremos la pelota!
Los abuelos se acordaron de toda nuestra familia, nos amenazaron de mil formas y cerraron la ventana. El punto primero no había surtido efecto y pasamos al segundo casi sin darles tiempo para recuperarse. Este punto era especial, no podía fallar. Cogimos una caja de zapatos e hicimos dentro nuestras necesidades fisiológicas, para decirlo de una manera fina, nos cagamos todos en la caja, pusimos dentro a Pascual, nuestra mascota: un sapo cabezón, y colocamos la caja boca abajo delante de la puerta; llamamos y salimos corriendo.
El hombre, al ver la caja, lo primero que hizo fue darle una patada y llenarse el zapato hasta el tacón, mientras que Pascual entró en su recibidor dando saltos y poniéndolo todo perdido. La mujer estuvo haciendo virguerías para limpiar aquello y nosotros nos fuimos a nuestros puestos a dar las voces de rigor:
—¡Queremos la pelota! ¡Queremos la pelota!
Al ratito se abrió la ventana y la pelota vino hacia nosotros botando despacio, con calma, como si fuese una prenda que entrega el enemigo vencido. Me dio mucha pena aquel hombre; siento remordimientos de conciencia cuando me acuerdo, pero sólo de él, la mujer tenía una boca para pedírsela prestada para una pelea.
A MI HIJO LUIS MIGUEL![]()
Hijo, mi sangre corre por tus venas, tus llantos y alegrías son los míos; yo sufro si tú tienes problemas si tú te ríes, hijo, yo me río.
Siento ansiedad y angustia por quererte, aunque pocas veces te lo diga, pero quiero dejarlo aquí patente para que no digas jamás que se te olvida.
Somos los dos parcos en expresiones, pero importa más el sentimiento; tenemos los dos buenas razones: yo sé lo que tú sientes, y tú lo que yo siento.
P E S A D I L L A![]()
Una pesadilla. Si te asustan los relatos de terror, no leas éste.
Me encontraba yo viviendo en Marruecos y en ese momento reunido con un grupo de amigos a los que le comentaba mi intención de comprar algunos productos españoles que vendían de contrabando. Mis amigos comenzaron a encargarme cosas y me daban dinero para pagarlos, así que reuní una buena cantidad de dinero. Esta operación estaba siendo observada por tres individuos que, una vez que emprendí mi camino, me siguieron hasta encontrar el lugar adecuado para atacarme y robarme el dinero.
No estaba dispuesto a permitir que me despojaran del dinero de mis amigos, así que la resistencia y la lucha fueron terribles, hasta el punto de que conseguí matar a dos de los tres asaltantes, pero ya sin fuerzas y asustado decidí huir del tercero que me seguía amenazándome con perseguirme hasta mi casa para, una vez conseguida la dirección, denunciarme a la policía marroquí. La idea de pisar una cárcel de Marruecos me asustaba tanto que hice un sobreesfuerzo y conseguí despistar a mi perseguidor.
Me dirigí hacia mi casa, que se encontraba ubicada en la parte más alta de una calle en pendiente. Antes de acceder al portal había que subir unos cuantos escalones. Comencé a subirlos con toda la rapidez que me permitían mis cansadas piernas y, al llegar mi vista a contemplar el suelo del portal, mi estómago se encogió provocándome una arcada que estuvo a punto de hacerme vomitar.
Aquella visión me paralizó. Allí, arrastrándose por el suelo, se encontraba la cabeza decapitada de mi vecina, dejando sobre el suelo una estela de sangre viscosa que se me antojaba demasiado negra. La cabeza, con los ojos desorbitados, dirigiéndose a mí, me dijo:
—No subas, que está loca.
Nada más oír estas palabras, sentí un inmenso golpe en la contrapuerta del portal y allí apareció mi otra vecina; ésta era más joven, pero al contemplarla quedé petrificado: estaba completamente despeinada, sus ojos aparecían ensangrentados; sus ojeras eran de color lila, rozando el morado, y sus labios presentaban un color amarillento blanquecino y estaban completamente resecos.
Y ella, cogiendo la cabeza por el cabello la lanzó todo lo lejos que pudo mientras gritaba:
—Esta bruja le ha contado todo a mi marido.
Yo no sabía qué hacer ni cómo reaccionar, mientras veía la cabeza rodar calle abajo. Ella se dirigió hacia mí como si no hubiese pasado nada, acercó su boca a mi mejilla y me besó.
—¡Qué fría estás!
—Es que estoy muerta.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, y aún hoy al recordarlo lo vuelvo a sentir.
LETANÍA DE LOS SOLTEROS![]()
Todos con gran devoción y esperanza de salvarnos recemos esta oración por si quieren escucharnos.
Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.
Si de penas los solteros quisierais veros librados escuchar con atención las quejas de los casados.
Pues son cosas tan horribles que parecen del demonio, las que sufren los idiotas que entran en el matrimonio; y si metemos la pata ya no podremos quejarnos....
Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.
¡Oh, qué tormentos más crueles para los pobres casados... ... esa sucesión continua de los días de mercado, con la bolsa de la compra y los bolsillos pelados; tal vez a pasar vergüenza porque no quieran fiarnos!
Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.
Tal vez volver a la casa donde espera la mujer y los mocosos llorando... y estando todo tan caro; es mejor morir solteros que a esas penas arriesgarnos.
Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.
¡Oh, qué suplicio, qué pena, qué dolor ver la tormenta de pagos a fin de mes, de gas, de agua, de sirvienta, del alquiler de la casa que, aunque es un recibo sucio, hay que correr a pagarlo por temor al desahucio!
Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.
Antes que esposa y mujer del matrimonio el ara preferimos aguantar un cuchillazo en la cara, cólera, peste o tifus que nos despachara, o quedar bajo un camión de recoger con cuchara. Eso sin vagos recelos y sin temor enviarnos...
Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.
Antes que el yugo de esposa, la soga del ahorcado, el cadalso es poca cosa, ¡el martirio del casado! Las siete plagas de Egipto mejor es mil veces, mil, piojos, acné juvenil, la sarna... todo es poquito antes que ir al mercado, porque es oficio de asnos.
Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.
Antes que dulcimeneo sufrir mil cosas malignas, o que nos piquen las pulgas en las partes más indignas, y causen escaldaduras que tengamos que ir gateando, o que andemos con muletas antes que el cura nos rece del matrimonio los salmos.
Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.
Antes de oír calladitos la Epístola de San Pablo, que nos persiga algún duende o que nos tiente un diablo. Que una bruja nos asuste y no nos deje dormir, y que un fantasma nos corra aunque nos haga morir, pues todo esto es preferible que a una mujer obligarnos.
Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.
Más bien que esposa un laxante que nos saque hasta la lengua, un pisotón sin calmante, un viaje a pie de cien leguas, un catarro, mucha tos, el dolor de siete muelas, nueve años de hospital, que nos declaren en quiebra; esas insignificancias mejor que mujer enviarnos.
Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.
Antes que esposa una chiva que nos parta por el eje y que tendido nos deje bien feos patas arriba, destripados, boquiabiertos y con los ojos volteados, los intestinos salidos y los calzones rajados. Danos, mi Dios, todo esto, más nunca jamás casados.
Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.
Y, por fin, santos devotos de Nuestra Madre María, dejadnos en soltería hasta los tiempos remotos en que ya de puros viejos y con los calzones rotos nos caigamos en la tumba o nos mate un terremoto. Llenos de satisfacción queremos así acabarnos....
Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.
Copiado por esos andurriales...
D I V A G A C I O N E S![]()
Me estoy mirando las rayas de la palma de la mano y no consigo descifrar nada. La raya llamada “de la vida” la tengo larga, casi me llega a la muñeca, pero un poco antes se parte en dos; en fin, que la quiromancia no es lo mío.
Y es que hay veces y en determinadas circunstancias en las que uno se agarraría a un clavo ardiendo para salvarse, y no es el miedo, lo juro: es el querer adelantarme a lo desconocido. Creo que los humanos tenemos una lucha contra la genética, contra nuestra memoria colectiva como Humanidad a través de los siglos y milenios, y digo memoria colectiva, que no histórica, que no está la cosa como para gilipolleces mañaneras.
Estuve leyendo algo que, dentro de mi ignorancia, lo había barruntado. Resulta que el miedo, asco o aversión que tienen las personas a algunos animales (serpientes, ratas, cucarachas, arañas, etc.) es consecuencia de episodios sufridos por nuestros antepasados. Por ejemplo, las arañas y las serpientes eran bichos capacitados para subir a los árboles donde dormían los primeros humanos (monos) para, como se diría hoy, dar por culo al personal. Ese temor se ha ido transmitiendo de generación en generación y aún hoy nos queda la reminiscencia.
También la mayor religiosidad de unos pueblos sobre otros es cuestión de genética. La predisposición a creer en dioses o negarlos, a matar y morir por ellos, a ignorarlos... Pero no tenemos nada que nos diga cómo es el paso de la vida a la muerte; o de la muerte a la vida, como afirman algunos.
Y eso es lo que causa temor: la ignorancia, el no saber qué te vas a encontrar, si es que encuentras algo, porque por mucho que se tenga una fe, una creencia en algo, siempre te queda la duda de cómo será, y viceversa: he visto muchos ateos “convencidos”, agarrarse a un crucifijo para recibir la extrema unción in artículo mortis (a punto de morir).
He empezado hablando de quiromancia y he terminado haciendo conjeturas divagantes. Espero que lo mío no sea genético por el bien de mis descendientes.
MI PUEBLO![]()
¡Ay, morena, como te pille el “Agapito”!
Mi pueblo es muy pequeño; llamarlo pueblo es exagerar. Ya no hay jóvenes, todos se fueron a las grandes ciudades para buscar un futuro mejor; sólo quedamos una veintena de personas mayores apegados a nuestra tierra, nuestra barquita, nuestras tertulias y las partidas por las tarde en el café de Paco. Aquí nos conocemos todos los vecinos, las puertas de las casas permanecen abiertas durante todo el día porque no hay de quién protegerse. Somos un colectivo solidario que se preocupa de los problemas de cada uno de nosotros.
Como todo pueblo, tiene sus características especiales, y éste, aparte del mar y de sus campos, tenemos un burro que se llama “Agapito”, y aunque su propietario es Nemesio, está adoptado por todos porque no hay vecino que no haya tenido alguna vez la necesidad de la colaboración de “Agapito”. Aunque parezca una contradicción, es un burro inteligente, al que no le ponemos de alcalde porque no sabe hablar; siempre es mejor un burro inteligente, que un inteligente, burro.
“Agapito” ya es famoso en toda la región, y es que tiene una peculiaridad que, pienso yo, no creo que la tenga ningún otro congénere suyo, o sí, ¡vaya usted a saber!, y es que tiene querencia por las turistas que en el caluroso mes de agosto se dejan ver por el pueblo buscando la playa. Además es selectivo, sólo le gustan las morenas, a las rubias las ignora.
I M A G Í N A T E![]()
Imagínate...
una noche plateada por la luna, dos cuerpos que se funden sin reparos, dos almas que parecen sólo una, que disipan de momento los nublados, y se colman para siempre de fortuna.
Imagínate...
una noche en el tiempo detenida, un torrente de pasión incontrolado, una mujer, de deseo, enfebrecida, el quejido de un mortal enamorado en el éxtasis más puro de la vida.
Imagínate...
una tierra trabajada por hermanos, unos surcos impregnados de ilusiones, una lluvia que amamanta los sembrados, la cosecha conseguida con sudores que alimenta, generosa, a los humanos.
Imagínate...
junto al mar, una brisa sosegada, un amor que comienza su andadura bajo el cielo de una noche deseada; dos ilusiones que se abrazan con ternura y la esperanza por el tiempo no truncada.
Imagínate...
una vida que el tiempo ya ha consumido, mil recuerdos agolpados en la memoria, frustración por los momentos no vividos, impotencia por no poder cambiar la historia y conseguir los deseos no conseguidos.
DIÁLOGOS CON MI PULPO![]()
EL AMOR
—Buenos días, Discóbolo, hoy quiero que me hables del amor.
—Cada día me lo pones más difícil, Pulpito: el amor es muy difícil de definir. Principalmente es un sentimiento muy intenso hacia otra persona, una entrega total sin esperar nada a cambio, un querer desear que esa persona sea la más feliz del mundo.
—Según esa definición, ¿debo dejar que mi pulpita se tire a Mister Pulpo 2008 porque eso la haría muy feliz?
—No digas barbaridades, para eso te tiene a ti.
—Es decir, que disfrute todo lo que quiera, pero conmigo, bajo mi control. ¿Eso no es egoísmo y posesión?
—Pulpito, no me líes.
—Verás, yo es que estoy enamorado de una pulpita y eso que ya estoy casado.
—Eso no es amor, Pulpito, eso es un espejismo, un deseo. No se puede estar enamorado de más de una persona a la vez. Si tienes esos sentimientos es porque verdaderamente no amas a tu mujer.
—Mira, Discóbolo, los pulpos somos polígamos por naturaleza, y espero que las leyes de la sociedad y de las religiones no lleguen nunca al río.
—Vale, Pulpito, mañana me preguntas por la eutanasia.
DIÁLOGOS CON MI PULPO![]() LA ESTATUA DE FRANCO
—Hola, Pulpito, ¡qué mala cara traes hoy!
—No me hables, Discóbolo, vengo de la manifestación en contra de la retirada de la estatua de Franco.
—Ah, pues yo lo veo muy bien, esa estatua del Dictador no pinta nada delante de los Ministerios, ni en ningún sitio. Sólo trae malos recuerdos de una etapa negra de nuestra historia.
—Pero negra o blanca, es nuestra historia. ¿O tenemos que cargarnos todo lo que nos recuerde malas etapas?
—Mira, Pulpito, esa estatua se puso ahí porque lo ordenó el señor que mandaba entonces, y nadie protestó. Ahora se quita porque lo ordena el señor que manda, así que no sé por qué protestas.
—No se puede olvidar la Historia, buena o mala, así que si se quita esa estatua deberían quitarse la de tantos reyezuelos que exprimieron al pueblo, empezando por los Reyes Católicos, sus ascendientes y descendientes.
—No exageres, Pulpito, con esos reyes que tú dices, España llegó a ser el Imperio más grande de la Tierra.
—Sí, a costa de la sangre de los españoles. Así que si empezamos a quitar estatuas y símbolos que recuerden malos tiempos para los españoles, puedo darte una lista.
—Empecemos por el Valle de los Caídos, Pulpito.
—Estupendo, Discóbolo, y, por poner sólo dos ejemplos: los romanos nos invadieron, destruyeron nuestra cultura, asesinaron, violaron, hicieron esclavos y toda clase de barbaridades. Los árabes no se quedaron atrás. Así que destruyamos todo lo que nos lo recuerde, cualquier vestigio de su paso por España, incluidos el acueducto de Segovia, la mezquita de Córdoba, la Alhambra de Granada, etc. Y puestos a olvidar lo nefasto de nuestra Historia, olvidemos a la Santa Inquisición, así que fuera todo lo que nos lo recuerde: iglesias, catedrales, monasterios...
—Esto es diferente, Pulpo, muchas personas damnificadas siguen vivas.
—Pues nada, que sigan con homenajes a los camaradas que daban los paseíllos a los que después fusilaban, que todos sus damnificados están muertos y además eran menos españoles, y que borren todo lo que recuerde a Franco: que dinamiten los pantanos, hospitales, carreteras, universidades, etc., construidos bajo su mandato; que anulen la validez de los títulos universitarios, los permisos de conducir que se otorgaron desde 1939 a 1975, e incluso los matrimonios que se celebraron en ese período.
—Pulpito, se te nota mucho que hoy no has recibido tu dosis de metadona.
—Menos mal que aún queda gente honesta consigo misma. Sin ir más lejos, una amiga me ha comunicado que en Santander hay una plaza que la llaman la “Plaza de los seis huevos”, donde aún no se ha quitado la estatua de Franco montado a caballo. Los “seis huevos” se reparten así: dos, del caballo; dos, de Franco, y dos, del alcalde que no permite que la tiren.
—Vete ya, Pulpito, y cuidado no pierdas el carné de facha.
CALLE MONTELEÓN![]()
Trabajé en la calle Monteleón, donde componíamos libros para diversas editoriales. Éramos sólo nueve personas en el taller, incluyendo al encargado, un andaluz de un pueblo cordobés con una espalda como un armario de cuatro puertas, unos brazos como columnas y una fuerza descomunal.
Este hombre y yo manteníamos una gran amistad y desayunábamos y comíamos siempre juntos. En cierta ocasión fuimos, como de costumbre, al bar de Malasaña donde había un cliente que hablaba con un tono de voz muy elevado, quizá, causa de alguna cerveza de más:
—Soy cinturón negro de judo, II Dan, y me apuesto con quien quiera que si yo le hago una llave en el cuello es imposible que se libre de ella, pero si él me la hace a mí, no tardo nada en liberarme.
Todo el bar permanecía en silencio esperando acontecimientos. De pronto mi amigo, que no se callaba ni debajo del agua, le dijo:
—¿Y qué te apuestas?
—Lo que tú quieras.
—¿Hace tres raciones de gambas y tres tubos de cerveza?
—Hecho.
Se dieron la mano (el otro le hizo una reverencia) y mi amigo le dijo que él iba a hacer la llave. El judoka quedó de acuerdo y pidió que dejasen espacio libre en el centro del local. Mi compañero le abrazó el cuello con un brazo, pero con tanta fuerza, que el II Dan cayó al suelo sin conocimiento. El dueño del bar quería llamar al SAMUR, pero mi amigo se opuso rotundamente:
—Si se lo lleva el SAMUR, pagas tú.
Así que echándole un poco de agua se fue reanimando y al final pagó, ya lo creo que pagó.
—::—
En el taller, la máquina que yo utilizaba era la que estaba más cercana a la calle. De pronto siento un jaleo impresionante de voces y advierto a mi amigo de que algo grave está pasando. Salimos fuera y vimos que un hombre joven quería pegar al dueño del taller, un anciano de casi ochenta años.
Antonio, el encargado, permanecía de pie, observando la escena mientras se comía una naranja. Yo le di un empujón al agresor y metí al dueño del taller dentro, pero el tío seguía envalentonado dando voces.
—Si no me pagas, te voy a destrozar el coche.
—No pienso darte ni un duro porque no habéis cumplido el contrato.
Ni corto ni perezoso se dirigió al coche y empezó a darle patadas, y ahí fue donde actuó Antonio:
—Eh, mira, la calle es cuesta, tira pa’bajo que avanzas más.
El otro seguía a su faena, que fue cortada de una leche tan impresionante que le hizo retroceder hacia atrás hasta que la pared de enfrente lo paró y quedó sentado en el suelo (Monteleón es una calle estrecha). Antonio no tuvo que repetir nada; el individuo se levantó y se fue calle abajo limpiándose la sangre.
—::—
El colmo fue una tarde que salimos de trabajar y nos dirigíamos a la calle San Vicente (antes Onésimo Redondo —para los de Madrid—), cuando al llegar a la altura de la plaza del 2 de Mayo había dos chavales, de los llamados pasotas, liados a gritos el uno con el otro. Mi amigo me dijo:
—Espérate, que éstos son unos pringaos y verás cómo no se pegan.
—Venga, Antonio, coño, vámonos.
Los chavales seguían con un vocerío impresionante:
—Te voy a machacar, cabrón.
—No tienes cojones.
—¿Qué no? Suelta el palo que llevas en la mano, si eres hombre.
Mi amigo, con los brazos cruzados, al lado de los dos; yo me mantenía más alejado, deseando que terminase el espectáculo para volver a casa.
—Coja usted el palo un momento, que se va a enterar éste.
Al decir esto, le alargó el palo a mi amigo, que lo cogió, y una vez en su mano, el chaval tiró del palo y éste llevaba una mierda de perro en la punta, que quedó pegada en la mano de mi amigo. Los chavales empezaron a correr a toda leche, y desde el otro extremo de la plaza del 2 de Mayo se partían de risa. Mi amigo se limpiaba como podía mientras ladraba en arameo. De pronto se paró, se me quedó mirando muy fijo y me dijo:
—Como cuentes esto, te arranco la cabeza.
Y, claro, yo no lo conté… hasta el día siguiente por la mañana.
EL FARERO (Parte 1)![]()
Aquel autocar lleno de mujeres alborotadas por la emoción llegó por fin a su destino: un pueblecito costero, donde su alcalde había organizado, con la colaboración de una empresa dedicada a tales eventos, lo que se ha dado en llamar una “Caravana de Mujeres”. Se trataba de organizar una jornada lúdica con el fin bastante loable de aumentar el número de parejas, ya que en el pueblo los hombres solteros y viudos superaba con creces a las mujeres en el mismo estado civil, por lo que los nacimientos eran cada vez más escasos y la media de la población, por tanto, iba envejeciendo.
Fueron agasajadas en los salones del ayuntamiento por el alcalde, acompañado por todos los solteros y viudos del pueblo, vestidos con sus mejores galas domingueras, perfumados y luciendo sus mejores sonrisas, con la esperanza de que algunas de aquellas mujeres lo sacara de su estado de soledad y (¿por qué no decirlo?) abstinencia sexual. Sólo faltaba un soltero, un hombre amargado, solitario, introvertido y con una gran capacidad para engañar a las personas: el farero. Él observaba desde su faro el movimiento que se producía en el pueblo, sin tener idea de que iba a convertirse en el protagonista de los acontecimientos que estaban a punto de producirse.
Lourdes, una de las monitoras, sin duda la mujer más bella y atractiva que había transportado el autocar, una vez organizada la fiesta, le comunicó a su compañera que iba a salir a dar un paseo, porque le dolía un poco la cabeza y quería despejarse con el olor del mar. Salió del ayuntamiento y encontró las calles del pueblo vacías, y en su caminar hacia el mar sólo se cruzó con una pareja de ancianos, sentados en la puerta de su casa, que la saludaron muy educadamente.
Mientras caminaba, absorta en sus pensamientos intrascendentes, no reparó que era observada atentamente desde una de las ventanas del faro. Al llegar cerca del edificio, se abrió la puerta de éste y apareció el farero, que, como dije antes, era un especialista en mostrar un carácter muy distinto al que en realidad tenía. Destacaba su gran poder de convicción; sobre todo, con las mujeres, era un “piquito de oro”.
—Señora, es muy peligroso acercarse al acantilado; si desea contemplar el mar le ofrezco subir al faro, aunque deberá cobrarle por la maravillosa vista que va a contemplar y por la gimnasia que va a tener que hacer para subir esta vieja escalera de caracol.
Al decir esto esbozaba una amplia y generosa sonrisa y con su mano derecha señalaba la puerta de aquella antigua construcción que servía de guía nocturna a los barcos.
—Muchas gracias, pero sólo quería pasar un rato a solas, despejar un poco mi cabeza y, sobre todo, respirar esta maravillosa brisa marina.
—No encontrará un sitio mejor ni más adecuado para llevar a cabo sus objetivos que la parte superior del faro. Es una sensación extraordinaria, al alcance de muy poca gente. Yo que usted, no perdería la oportunidad, y así jamás tendría que preguntarme cómo se vería el batir de las olas del mar sobre las rocas desde esa distancia, vistas desde un faro.
No dejaba de mostrar su sonrisa, que a cualquiera podría hacerle pensar que era sincera, y así, poco a poco, fue consiguiendo que la mujer se relajara y la desconfianza del principio fuese transformándose en simpatía hacia el desconocido. Decidió entrar en el faro, y él, sin perder la sonrisa, se ofreció a subir primero, ya que ella llevaba puesta una falda y, dada la inclinación de la escalera, no quería que se sintiese incómoda por ser observada desde la parte posterior. Con este detalle la mujer terminó de abandonar su desconfianza.
—Bueno, perdona por mi torpeza, ni siquiera me he presentado: me llamo Ignacio y estoy encantado de conocerte.
—Yo soy Lourdes y también para mí es un placer haberte conocido. Estoy casada con un policía local de un pueblo cercano y soy monitora de la empresa que ha contratado el ayuntamiento para la realización de la “Caravana de Mujeres”. Aparte de eso, tengo un hijo de siete años.
—Yo, desgraciadamente, soy viudo desde hace solamente dos meses —mintió Ignacio—, y no creo que jamás pueda mirar a otra mujer con ojos que no sean de amigo. Ella era mi vida y nadie ocupará jamás su lugar; y voy a hacerte una confesión: en más de una noche de soledad he pensado dejar mi vida junto a las espumas que bañan la roca.
EL FARERO (Parte 2)![]() Plano de la última planta del faro
Aquellas palabras ablandaron el corazón de Lourdes y pensó en la suerte que había tenido aquella mujer de haber sido amada de aquella forma tan sincera y tan profunda. En el fondo sintió lástima por él e incluso deseó abrazarlo para consolarle, pero el poco tiempo que hacía que lo conocía, frenaron sus deseos. Estuvieron charlando largo rato: ella contándole su vida y él mintiéndole en cada frase que pronunciaba. Lourdes miró el reloj y, haciendo un mohín, se levantó y dijo:
—No sabes lo a gusto que me encuentro aquí, pero mi compañera me estará echando de menos y lo mismo se asusta, aunque la fiesta quedó perfectamente encauzada.
Ignacio la siguió y una vez en la parte baja del faro, y sin relajar su sonrisa, le dijo:
—No te preocupes, ahora mismo llamo al ayuntamiento por teléfono y digo que vas enseguida. Perdóname por haber sido tan acaparador contigo, pero hace dos meses que aquí no viene nadie… desde que ella me dejó… —dejó en suspenso la frase para continuar— ¡Maldito cáncer! (ahora sí ponía cara de tristeza).
La realidad del farero era muy distinta: su mujer le abandonó hacía ya diez años; se había fugado con un hombre bastante más joven que él y nunca más supo de ella, convirtiéndolo en un misógino obsesivo que sólo pensaba en la venganza.
Ignacio se dirigió a un viejo teléfono que había en la pared del fondo y marcó los nueve números de rigor, pero el primer número que marcó fue el cero para asegurarse que no existía. La cinta de Telefónica dio el comunicado: “Telefónicas le informa que actualmente no existe ningún línea con dicho número”. Él hablaba fuerte para que sus palabras fuesen oídas por la mujer.
—Hola, Juani, soy Ignacio; hazme el favor de decirle a la monitora de la fiesta que su compañera, Lourdes, está conmigo en el faro y enseguida va para allá —hizo un breve silencio, como si oyera una contestación, y prosiguió—. Anda, anda, no seas guasona. Hasta luego, cuídate.
Colgó el teléfono y se dirigió a Lourdes luciendo su sonrisa perenne, excepto cuando hablaba de la “muerte” de su mujer.
—Todo arreglado. La fiesta está en su apogeo y Juani dice que enseguida le dará el recado a tu compañera. O sea, que queda tiempo de sobra para que veas las curiosidades que conservo en esta parte baja. ¡Ah!, y ya sabes que en cuanto queráis, tu marido y tú podéis visitar el faro.
—Gracias…, de todas formas, el tiempo se me está pasando muy rápido.
—Mira, aquí tengo la cocina donde ahora me toca guisar, la mesa donde como. También tengo un sótano donde se encuentra el dormitorio que utilizaba con mi mujer y ahora, para mí solo, se me hace inmensa la cama y… en fin… todo sin ella me parece un martirio continuo. Ha sido demasiado castigo el que he sufrido con su muerte.
Al decir esta frase, dos lágrimas de cocodrilo resbalaron por sus mejillas, mediante un truco bastante sencillo utilizado por los actores para el rodaje de escenas dramáticas. Lourdes intentaba consolarle como podía, pero él insistía en el dolor que sentía.
—Perdona que no te enseñe el dormitorio; no creo que sea correcto que otra mujer entre donde yo le prometí que jamás lo haría.
—No te preocupes —dijo Lourdes—, es igual; si llego a saber que mi presencia aquí te haría pasar este mal rato, ni siquiera me hubiese acercado al faro.
—¡Qué leches! (perdón). Arriba te dije que sólo te miraría con ojos de amigo, y a ella le prometí otra cosa muy distinta. Así que te lo voy a enseñar, porque pienso que eso hará bien a este continuo dolor que siento.
Lourdes no sabía qué decir ni qué hacer ante la actitud de Ignacio, así que antes de que se le pusiera de rodillas llorando, empezó a bajar las escaleras del sótano. Él la seguía mientras con un pañuelo se frotaba los ojos con la doble intención de que diese la impresión de secarse al mismo tiempo que se los enrojecía. Una vez abajo él empezó a explicarle cosas del dormitorio.
—Por favor, no toques la cama; no podría resistir la visión de otra mujer acercándose a ese lecho que tantas horas de felicidad nos proporcionó.
Lourdes casi no respiraba. De lo que estaba segura es de que aquel hombre había tenido y tenía obsesión por su “viuda”.
—Yo soy un “manitas”. Todo lo que hay dentro del faro lo he construido yo, incluido los muebles, y aún le tenía reservada una sorpresa que se fue de este mundo sin que le diera tiempo a verla. Me llevó años concluirla, pero estaba a falta, cuando ella murió, de los retoques finales. No sabes la pena que tengo porque ella no pudo utilizarlo.
Al pronunciar esta frase, cambió de posición una palometa que se encontraba detrás de una tubería de agua y parte del suelo empezó a retirarse, dejando ver otra habitación debajo del sótano. La habitación, que era pequeña y redonda, contenía una cama en el centro y una ducha y los sanitarios de un cuarto de baño pegados a la pared. Él le hizo un ademán para que descendiera por la escalera.
—Vas a ser la primera, y creo que la última persona que la veas, porque tú me has comprendido, te he visto sensible con mi dolor; he visto en ti cara de buena persona y porque no eres de este maldito pueblo en el que jamás he encontrado ningún tipo de apoyo.
EL FARERO (Parte 3)![]() Plano de la planta baja del faro En ese momento el miedo hizo mella en la mujer, pero recordando cómo hablaba de su mujer y las lágrimas resbalando por sus mejillas, pensó que el hombre estaba emocionado. Además, su compañera sabía que estaba en el faro (ella había oído dar el recado por teléfono); eso la relajó y empezó a bajar al segundo sótano. Él la seguía sin quitarse el pañuelo de los ojos, dándole a ella la impresión de que el recuerdo de su mujer le hacía llorar.
Nada más llegar al suelo él le asestó un golpe tremendo en la cara, que el cuerpo de Lourdes cayó en la cama como un fardo, y él empezó a subir las escaleras, mientras iba diciendo en voz alta:
—Esta habitación está por debajo del mar; tiene cierre automático imposible de abrir desde dentro si no es con un mando a distancia que nunca tendrás en tu poder si no me matas, porque ese mando va incluido en este reloj. Está tan insonorizada que ni siquiera una explosión de una bomba se oiría en el exterior. Bajaré a traerte comida y a hacer uso sexual de tu cuerpo cuando se me antoje. Así que vete cogiéndole cariño a la habitación, porque en ella vas a pasar el resto de tus días.
En la cabeza de Lourdes se iba repitiendo, como un eco cada vez más lejano: “… el resto de tus días…, el resto de tus días…”. Una vez arriba volvió a girar la palometa y el suelo volvió a cerrarse de forma tal que nadie hubiese imaginado que allí debajo había otra habitación.
El farero, hombre muy inteligente, ingeniero electrónico, que había ejercido su profesión hasta que cierto día se le inflamó la vena bohemia y lo dejó todo para trasladarse a vivir al faro, lo que influyó bastante para que su mujer no dudara en abandonarlo ante la perspectiva de pasar en un faro de un pueblo sin vida el resto de sus días y renunciar a su vida social. Así que vio en aquel apuesto muchacho, que llegó al pueblo para realizar unas obras de infraestructuras, y que no dejaba de intentar mantener una relación con ella, la tabla de salvación para huir de aquel aburrido faro y de aquel marido que rozaba la esquizofrenia. No tuvo que pararse a pensar en nada: todo lo tenía planeado desde hacía mucho tiempo, y cada movimiento estudiado minuciosamente, con el fin de no cometer ningún fallo. La negativa de la viuda que regentaba el bar del pueblo a mantener relaciones con él, terminó de agudizar su problema y desde entonces sólo abandonaba el faro para hacer las compras semanales.
Se dirigió a una cesta de mimbre cuadrada donde guardaba los trapos de limpieza, cogió uno de ellos y empezó a limpiar todo lo que había tocado Lourdes: los pasamanos de las escaleras, el vaso donde tomó el refresco, la silla, la mesa… en fin, todo aquello que pudiese albergar alguna huella de ella. Después fregó el suelo con el mismo objetivo: hacer desaparecer las pisadas que no correspondieran a él. Cuando todo estaba seco, realizó el mismo itinerario, dejando sus huellas, que así quedarían como las únicas en el faro.
Mientras realizaba esta labor, con una sangre fría impresionante iba recordando lo mal que le había tratado el mundo y que había llegado la hora de devolverle a ese mundo el veneno que había vertido sobre él, sobre todo las mujeres. Desde la Universidad tuvo mala suerte con ellas, a pesar de tener un físico atractivo. Después el abandono de su mujer y la nota pidiéndole que no la buscara, que el verdadero amor le había llegado tan de repente y de una formas tan intensa, que no estaba dispuesta a perder ni un minuto más a su lado. Al leer la nota sintió la misma sensación que produce una hoja helada de un cuchillo clavándose en el corazón. Pero al fin el destino había puesto la venganza al alcance de su mano. Aquello que había esperado tantos años, por fin lo podía disfrutar; se había presentado en el momento menos pensado.
En los salones del ayuntamiento ya había terminado la fiesta, con mayor éxito para unos que para otros, y la moderadora y el conductor del autocar se preguntaban por Lourdes, y la noticia de su ausencia corrió como un reguero de pólvora. Algunas mujeres reclamaban su derecho a volver a casa a la hora pactada, pero la mayoría estuvo de acuerdo en dar una batida por el pueblo para buscarla, ante el temor de que le hubiese pasado algo desagradable.
Todos salieron en su búsqueda, y el ruido que provocaban hizo que la pareja de ancianos que se cruzó con ella saliese de su casa y les comunicasen que la vieron dirigirse hacia el mar. Más de uno, al oír a los ancianos, sintió cómo el estómago le daba un vuelco, ya que en ese pueblo no había playa, sino un acantilado, donde se encontraba el faro, que iba descendiendo hacia unos riscos contra los que las olas golpeaban, convirtiendo aquel trozo de costa en un lugar peligroso.
El farero, al ver acercarse a tanta gente, puso en marcha la siguiente fase de su plan, que consistía en dar una clase magistral de cinismo. Abrió la puerta del faro y se dirigió al alcalde que encabezaba aquel grupo de personas, y con cara de asombro preguntó qué era lo que pasaba. Una vez puesto al corriente por el alcalde, el farero le invitó, junto al jefe de la policía local, sus compañeros y algunas personas más, a subir a lo más alto del faro, desde donde se podría divisar algo que diese una pista.
Así lo hicieron y, como es lógico, nada vieron. El farero se ofreció a poner la máxima atención por si veía algo, aparte de dedicar todo el tiempo que pudiese a esa labor. La gente continuaba recorriendo la costa, pero al no encontrar ningún indicio, desistieron, excepto sus compañeros, que llamaron a su marido por si ella, sin avisar a nadie, hubiese vuelto a casa.
Su esposo, con la normal preocupación, hizo que sus compañeros se informasen de si una mujer de las características de la suya había sido ingresada en algún hospital del entorno. Viendo que los resultados de las investigaciones eran negativos y la noche iba avanzando, pidió permiso a su jefe y se dirigió en su coche particular al pueblo donde desapareció Lourdes. Se dirigió directamente al cuartelillo de la policía local, donde le informaron de la carencia absolutas de pruebas, e incluso llegaron a insinuarle si la desaparición podía haber sido voluntaria. Él sabía cómo lo amaba su mujer y descartó la hipótesis. EL FARERO (Parte 4)![]() Planos de las plantas 1.ª y 2.ª, exactamente iguales
El zulo del faro que ocupaba Lourdes estaba vigilado por cinco cámaras ocultas que Ignacio controlaba desde un cuartito que no había mostrado a ella y cuya puerta estaba disimulada en una especie de armario giratorio. Así que cada movimiento de ella era minuciosamente observado por él. Esa noche el farero apenas había pegado ojo. Lourdes se había negado a cenar, pero bebió un vaso de agua, ya que tenía la boca seca y en cuyo interior Ignacio había diluido un fuerte relajante. Cuando éste, a través de las cámaras, observó que el medicamento había hecho su efecto, desplazó el suelo y empezó a descender lentamente. Lourdes permanecía tumbada en la cama, semiinconsciente. Sentía y veía lo que estaba pasando como si se tratase de una película borrosa donde ella, aunque lo intentara, no podía modificar en nada la acción que allí se estaba desarrollando. Le vio bajar la escalera y las piernas del farero se le antojaron inmensas de largas, mientras que éste se dirigía hacia ella y se sentaba en la cama. Le costaba mucho articular palabra, era como si su lengua se hubiese convertido en plomo o aumentado enormemente de tamaño. Logró articular una sola palabra: “¡cabrón!”.
La carcajada del farero penetró en su cerebro al igual que si estuviese sufriendo una terrible resaca. Él empezó a desnudarla muy despacio, recreándose en los vanos intentos de Lourdes por impedirlo. Ella era consciente de lo que estaba pasando, pero al final tuvo que abandonarse a la voluntad de aquel enfermo, que la manejaba como si se tratase de un fardo. Las fuerzas la habían abandonado. Una vez completamente desnuda, la violó de una forma tan brutal que parecía que más que buscar placer lo que buscaba era infligir un castigo. Una vez que acabó su cobarde acto, recogió la ropa de Lourdes y se la llevó con él para quemarla, mientras ella permanecía en la cama boca abajo, ahora completamente inconsciente.
Ya arriba, cerró el suelo y depositó la ropa de Lourdes en el fuego de la potente estufa de gas-oil con la que calentaba el faro, se duchó y se echó, vestido, en un camastro que tenía en el cuarto donde se hallaban los equipos técnicos de comunicación del faro. La potente luz seguía girando monótonamente y en toda la noche no se produjo ninguna incidencia. El sonido del despertador que se había puesto hizo que se incorporara enérgicamente, y, antes siquiera de lavarse, echó una mirada hacia la costa y hacia el pueblo.
No vio a nadie. Se aseó y descendió a la planta baja para hacerse un café, y llenó la cafetera porque esperaba alguna visita. No se equivocó, al levantar la mirada vio que por la calle principal del pueblo, precisamente la que conducía al faro, se acercaban dos hombres: uno vestido con el uniforme de policía local y otro de paisano.
Conoció al policía y abrió la puerta con celeridad:
—Buenos días, Paco… y compañía.
—Buenos días —le contestaron los dos al unísono.
—No he pegado ojo en toda la noche —mintió—. Todos los kilómetros de costa que alcanza este foco los he estado mirando continuamente con el telescopio y no he visto rastro de esa pobre mujer.
El policía, adelantándose hacia Ignacio, le tendió la mano y le dijo:
—Este señor es su marido, además de colega. Con eso quiero decirte que todo lo que hagamos por encontrar a su mujer es poco.
Ignacio dio la mano a David, marido de Lourdes, y le dijo:
—Siento mucho conocerle en estas circunstancias. Créame que entiendo perfectamente lo que siente, porque yo he pasado por la misma situación: mi mujer también desapareció —obvió decirle que él fue abandonado y no hizo mención al abandono de su mujer, término éste que desconocía incluso la policía—, pero pasad, acabo de hacer café y la mañana está muy fría.
Pasaron y tomaron café en la planta baja, después el marido quiso subir a la parte más alta del faro para ver él mismo si su mujer pudo caerse al mar, por dónde y por qué circunstancias. La verdad es que aquel acantilado era muy peligroso y el accidente pudo ocurrir en cualquier lugar, pero algo le decía en su interior que Lourdes, mujer atlética, que fue compañera suya en la policía desde que eran solteros hasta algunos años después de casarse, hubiese perfectamente detectado el peligro de acercarse demasiado a aquella costa. Salieron los dos policías para andar un poco por la costa para ver si conseguían localizar algún indicio que confirmara que a Lourdes se la había tragado el mar, mientras el farero, por la ventana, no apartaba los ojos de ellos.
David, dirigiéndose a su colega le dijo:
—No me gusta nada ese tío…, no me gusta su cara: tiene una expresión rara. Quisiera dos cosas: ver la denuncia y la investigación que se realizó cuando desapareció su mujer, y conseguir una orden judicial para registrar el faro a conciencia.
—Pero, hombre, Ignacio lleva en el faro desde que yo era un niño y jamás ha tenido problemas, exceptuando el de su mujer, pero si así lo quieres no creo que te pongan ninguna pega, ya has visto cómo nos ha invitado a pasar. En cuanto a lo de su mujer, ahora pediremos en el cuartelillo que nos proporcionen el archivo del caso.
—De acuerdo, pero lo de visitar el faro lo haremos mañana, porque tengo que volver a casa. Tengo un chico de siete años y han ido a recogerlo al colegio los abuelos y quisiera ser yo quien lo lleve esta mañana. Tendré que darle alguna explicación sobre su madre. Ya se me ocurrirá algo durante el camino. También tengo que pasarme por el cuartel.
—Como quieras, David, ya sabes que nos tienes a tu disposición. A ver si terminamos pronto con esta pesadilla. Me viene bien que vengas mañana, así me da tiempo de sobra para empaparme el archivo de la desaparición de la mujer del farero.
—Gracias, Paco, mañana nos vemos. EL FARERO (Parte 5)![]() Plano del sótano primero Nada más decir esto, David, después de despedirse del resto de compañeros, montó en su coche y salió a toda mecha en dirección a su ciudad, sin importarle radares de velocidad controlada ni nada. Sólo quería llegar a tiempo de poder ver a su hijo. Cuando llegó a casa de sus padres no recordaba el trayecto que había hecho de lo ensimismado que iba en el coche. Continuamente acariciaba la culata de su pistola reglamentaria, imaginando un secuestro y que se hallaba frente al secuestrador. Él tenía el convencimiento de que su mujer estaba viva… y no le había gustado la cara del farero.
Cuando llegó a casa de sus padres su hijo aún dormía y los abuelos se dirigieron a él indagándole con la mirada y sólo les salió la palabra “¿qué?”. Lo conocían muy bien y no esperaban respuesta. Empezaron a deambular por la casa con los ojos llorosos. Incluso su perra, una pastora alemana llamada Laika, que le regaló a Lourdes un policía de Aduanas porque no daba la talla para localizar drogas, tenía los ojos tristes y no se movió de una esquina, donde permaneció con las orejas tiesas, captando la tensión del ambiente y como si tuviese la intención de enterarse de algo.
Al levantarse Luis, lo primero que hizo fue preguntar por su madre, y el padre, haciendo de tripas corazón, le contó que a su madre se le había complicado el trabajo y seguramente tardaría unos días en volver y que él, hasta la vuelta de su madre, debería permanecer con los abuelos. Al chico le pareció muy raro porque su madre jamás había dormido ningún día fuera de casa, pero también sabía que su padre nunca le había mentido. Así que, de mala gana, aceptó la proposición del padre, máxime cuando había de por medio la promesa de un buen regalo a la vuelta de la madre. Nada más desayunar Luis, su padre le acercó al colegio.
Desde allí fue a su cuartel, donde estuvo hablando con sus jefes y compañeros. Uno de ellos le sugirió que su perra sería de una gran ayuda para localizarla. Por lo menos marcaría el camino inicial que tomó Lourdes.
—Es cierto —dijo Daniel—, con el nerviosismo y las prisas olvidé llevarme a Laika.
Entró de nuevo en el despacho del jefe, le expuso el consejo que había recibido del compañero y le pidió de nuevo permiso para ausentarse. Su jefe le comunicó que se tomase el tiempo que necesitase y le deseó toda clase de suerte, lamentándose de que el hecho hubiese ocurrido fuera de su jurisdicción.
Daniel se dirigió a casa de sus padres, dejó el recado de que recogieran a Luis, puso la correa y el bozal a Laika y no esperó al día siguiente: se dirigió directamente al pueblo donde había desaparecido su mujer. Fue directamente al cuartelillo y ya Paco tenía el fichero del caso de la desaparición de la mujer del farero encima de la mesa.
La sorpresa fue mayúscula: había hecho una denuncia contra su mujer por abandono de hogar y nunca más se acercó a recabar información sobre la marcha de las investigaciones. Eso era todo lo que contenía el archivo; es decir, que no había hecho mención a la nota que le dejó la mujer. Mientras, Laika se mostraba nerviosa y hacía esfuerzos para salir a la calle. Una vez que la sacaron, la perra se dirigió al ayuntamiento, que estaba al lado de la policía; entró en los salones donde se había celebrado la fiesta, dio unas cuantas vueltas oliendo cada rincón y salió a la calle. Seguidamente enfiló la calle principal y se dirigió, olisqueando el suelo, hacia la costa. Primero fue al acantilado y después se dirigió directamente al edificio. El farero, escondido tras las cortinas de una ventana, no dejaba de observar los movimientos del animal. Esta vez no abrió la puerta ni se mostró tan amable; el sudor, a pesar del día tan fresco que hacía, corría por su frente. Abrió la ventana y, dirigiéndose a los dos policías, les gritó:
—¡Eh!, ustedes pueden pasar cuando quieran, pero el perro tendrán que dejarlo fuera porque soy alérgico a los perros.
—¿Cómo? —dijo Paco—. Cuando tu mujer vivía en el faro teníais un caniche.
—He dicho que el perro no entra, le tengo pánico a los perros grandes —ya no sabía qué excusa poner porque no estaba seguro de si la perra podría localizar a Lourdes, porque había oído muchas veces que perros habían localizado a personas enterradas por causa de cualquier terremoto.
—Tendremos que pedir una orden judicial. Sólo vas a conseguir retrasarlo un poco, pero la perra entrará —le dijo David.
—Le diré al alcalde que si eso sucede, que se vaya buscando un nuevo farero porque yo me marcho.
—Ése no es mi problema —dijo David—. Mi problema es que quiero que la perra entre.
Los dos policías se marcharon a buscar la orden judicial, ya que el faro estaba considerado como domicilio habitual y entrar por la fuerza hubiese sido un allanamiento de morada. Paco le comunicó a David que tendrían que esperar un día, si la cosa no se alargaba, porque el juez no se hallaba en el pueblo y se esperaba su regreso para dentro de uno o dos días. El marido de Lourdes estaba desesperado. Las muestras que daba la perra indicaban claramente que su mujer había estado allí. Pensó sacar la pistola, disparar a la cerradura y entrar por la fuerza, pero era consciente de que eso podría traerle unos problemas que seguramente le impedirían seguir buscando a Lourdes.
El farero estaba nervioso como nunca lo había estado y por su cabeza pasaban cientos de formas de solucionar el problema que tenía, pero buscaba una que no lo implicara en un secuestro y violación, que podría traerle graves consecuencias. Él sabía que tardarían en conseguir la orden judicial, como mínimo, dos días: ese era el tiempo que tenía para encontrar una solución para evitar que la perra la localizara. Tenía dos opciones: o despistar a la perra o deshacerse de la mujer. De momento, esa noche iba a disfrutar de aquella mujer, ya que sería absurdo haber estado preparando durante tanto tiempo su venganza como para ahora rendirse sin más. Se dirigió a su cuarto secreto y conectó las cámaras.
EL FARERO (Parte 6)![]()
Plano del sótano segundo o zulo Ella estaba cubierta con una sábana, sentada al borde de la cama y llorando. Su cabeza era un hervidero de ideas confusas, de preguntas, de ansiedad. Su hijo y su marido no se le borraban ni un segundo: ¿Qué pensarían?... y ella, ¿cómo podría salir con vida de aquel agujero? ¿Por qué el desayuno y la comida se los sirvió por una ventana que abría y cerraba herméticamente y no personalmente? ¿Por qué la semidrogó para violarla? ¿Pretendía que ella se enterase de que estaba siendo violada, pero no quería resistencia? La única realidad era que tenía que tener mucho cuidado porque era un enfermo mental muy peligroso.
El deslizamiento del techo la devolvió a la realidad de su verdugo. Desde su perspectiva, como la primera vez, lo vio muy alto, pero a medida que descendía parecía recuperar su estatura normal. Su desnudez hacía que su miedo aumentase a medida que él se acercaba. Ella observó que él llevaba un reloj, sin números, cuadrado, de color verde, pero su cabeza no estaba en condiciones de hacerse preguntas, y mucho menos de responderlas. Cuando él se sentía dueño de la situación no cerraba el techo, sabía que nadie le oiría en aquel apartado lugar. Dirigiéndose a ella, con tono muy agresivo, le ordenó:
—Quítate la sábana de encima y siéntate que quiero hacerte unas preguntas. No intentes ninguna tontería porque entonces te mataré con mis propias manos. Vamos a ver, quiero que tengas claro que si me mientes en algo vas a arrepentirte cada día de haber nacido. Así que tú sólo limítate a contestar a lo que yo te pregunte, porque te advierto que me da igual tenerte aquí que matarte. Vamos a ver: ¿qué es lo que le gusta más a tu perra?
—Ella sólo come pienso para perros. ¿Cómo sabes que tengo una perra?
Aquella pregunta le sacó de quicio y la golpeo con tal violencia que empezó a sangrar por la boca. Desde ese momento no volvió a decir ni una palabra. La idea del farero era envenenar esa misma noche a la perra, cosa bastante arriesgada y más en un animal que sólo comía pienso. Estaba tan irritado que toda su ira pensaba hacérsela pagar a ella; así que, se acercó al lugar de la cama donde ella estaba sentada, se quedó de pie frente a ella, metió su mano en el bolsillo y sacó una navaja de hoja larga estrecha y muy afilada:
—Ahora, vas a abrirme la bragueta, sacarme la polla y chupármela con mucha suavidad. Si siento el menor roce de tus dientes, no volverás a ver a ese chucho porque te degollaré como a un cordero, pero lo haré lentamente.
Para demostrarle que estaba dispuesto a hacerlo le dio un pequeño corte en un hombro e introdujo la punta de la navaja dentro del otro hombro. Ella gritó desesperada, y él le advirtió que si volvía a gritar de nuevo, no le importaba violarla mientras se desangraba. Lourdes no tuvo más remedio que plegarse a los deseos del psicópata para poder conservar la vida mientras se presentaba una oportunidad para poder huir de aquel calvario.
—Lo estás haciendo muy bien. Así me gusta; ahora ponte a cuatro patas que voy a sodomizarte como a una perra… ¡Vamos, de prisa, cerda; después, cuando estés bien mojadita, terminaré dejándote el coño relajado!
Ella obedeció y se puso a cuatro patas, pero la visión de la mujer en esa posición, después de la felación que había recibido, le hizo que eyaculara sobre sus nalgas antes de darle tiempo a ningún tipo de penetración. Se sintió tan mal que propinó una patada en el costado a la mujer que la tiró fuera de la cama, mientras él subía las escaleras, avergonzado en su interior. Fue a la ducha, pero antes pasó por el cuarto secreto, enchufó las cámaras y ella permanecía desvanecida en el suelo.
Nada más salir de la ducha sintió uno golpes enormes en la puerta del faro. Por inercia, abrió sin preguntar quién era y se encontró con Daniel. El marido de Lourdes había decidido jugarse el todo por el todo. Abandonó el hotel, metió la perra en el coche y se acercó al faro por una calle lateral, dejando a Laika dentro del vehículo, muy cerquita del edificio.
Ignacio puso cara de asombro al verlo, pero no le dio tiempo a decir nada, porque David le asestó un enorme golpe en la frente con la culata de su pistola. Cogió las llaves, que estaban puestas en la cerradura y se las llevó, dejando la puerta entornada y el cuerpo de Ignacio tirado en el suelo, sin conocimiento y sangrando por la frente. Fue a buscar a Laika y volvió donde se encontraba el farero. Cerró la puerta con llaves, mientras la perra subía escaleras arriba y al rato bajaba arañando en la puerta del primer sótano. David buscaba agua para reanimar al farero sin prestar atención al animal.
Al notar el agua fría en su cara, Ignacio se recuperó, se sentó en el suelo y se puso las manos en la cabeza para mitigar el fuerte dolor que sentía a causa del fuerte golpe recibido. Frente a él, de pie y encañonándole con la pistola, David se había percatado del extraño “reloj” que portaba el farero. Sólo le dio importancia cuando instintivamente Ignacio trataba de ocultarlo con cierto nerviosismo. En ese momento David se dio cuenta de que Laika ladraba en la puerta del sótano. Abrió la puerta y la perra desapareció escaleras abajo moviendo el rabo en señal de alegría. David, dirigiéndose al herido, le dijo:
—Sé que mi mujer ha estado aquí, porque, aunque te parezca extraño, puedo oler su aroma y me vas a contar todo si en algo aprecias tu vida. Llevo muchos años en la policía y conozco a los malhechores por su olor, aunque estén recién duchados. Me he informado bien de ti y sé que eres inteligente, así que sabes que voy a matarte si no me dices lo que quiero saber. Tengo guardada una pistola no registrada y cuando venga la científica tus huellas estarán en ella, y la legítima defensa no está penada, y mucho menos para un policía. De entrada, dame esa especie de reloj y dime sus funciones.
—Tú, sin embargo, no eres tan inteligente, primero porque no te has informado sobre mí ni sabes qué soy capaz de hacer; segundo porque no vas a tener cojones de apretar ese gatillo contra mí y quedarte veinte años sin ver a tu hijo ni, por supuesto, a tu mujer. EL FARERO (FIN)![]() David estaba dispuesto a todo, hasta tal punto de haber puesto silenciador a la pistola, así que, sin pensarlo dos veces, disparó al brazo derecho de Ignacio, que lanzó un grito de dolor al sentir la mordedura de la bala en su carne y en enseguida quiso taponarse la herida con la mano izquierda, dejando al descubierto el mando del segundo sótano.
David empujó al farero hacia el sótano y éste rodó por las escaleras. Al querer incorporarse, iba agarrándose a las tuberías. La perra no dejaba de ladrar mientras daba vueltas sobre sí misma. El farero, en su inmenso mareo se agarró a la palometa que accionaba la apertura del suelo y éste empezó a abrirse.
—Ahí la tienes, baja a por ella —dijo el farero.
—No pensarás que vas a dejarnos abajo a los dos, ¿verdad? Ahora serás tú el que ocupe ese lugar.
Mientras decía esto, Lourdes empezaba a subir las escaleras y la perra no dejaba de hacerle fiestas. Ella se lanzó hacia su marido con la intención de abrazarlo, pero él le hizo un gesto para que se parase: no se fiaba de la reacción del farero y no quería darle ninguna ventaja.
Ella le gritó:
—Quítale el reloj, es el mando que abre el sótano desde dentro.
Así lo hizo David, y ni siquiera le dio opción a que bajara las escaleras: de un tremendo puñetazo lo lanzó al fondo, donde el farero intentaba reincorporarse. Logró ponerse de pie y empezó a pedir perdón y clemencia. Ofrecía una visión patética con la cara cubierta de sangre producida por el culatazo que David le asestó en la frente y el goteo continuo de sangre procedente del disparo que recibió en su brazo derecho.
Lourdes no dejaba de llorar y su marido tuvo la primera idea de dejarlo encerrado en el zulo, pero más tarde o más temprano podrían descubrir su cadáver y no estaba dispuesto a que aquel individuo le fastidiara la vida dos veces, y, aunque jamás lo descubrieran, sería terrible vivir toda una vida pensando cómo habían asesinado a un hombre, por mucho que se lo mereciera.
—Déjalo encerrado ahí abajo, que se pudra, y vámonos a casa, que no soporto ver más su cara —dijo ella sin dejar de llorar.
—Eso es lo que se merece —le replicó David—, pero no podemos vivir toda una vida con un asesinato sobre nuestra conciencia, y, si por casualidad algún día lo descubren, no quiero que nuestro hijo tenga nunca que avergonzarse de nosotros.
—Haremos algo mejor, llamaremos a la policía local para que se haga cargo de este despojo humano. Que se lo lleven, lo juzguen y se pudra, pero en la cárcel.
—No sé si podré reponerme de esto.
—Claro que sí, yo te ayudaré, cariño. Dentro de nada lo verás como un mal sueño.
Así se lo comunicó a su mujer e hicieron propósito de olvidar el incidente por el bien de ellos y de su hijo. Después de un largo abrazo, descolgaron el teléfono y llamaron a la policía local, a los que David dio todo tipo de detalles. A los pocos minutos un par de ambulancias y varios coches de policía se encontraban en la puerta del faro. Tanto Lourdes como Ignacio fueron ingresados en un hospital para recibir atención médica y después ella volvió a casa con su marido y su hijo, y él, cuando saliera de la cárcel, estaría tan mayor que no tendría ni fuerzas ni ganas de volver a las andadas.
Y ella..., ella jamás olvidará ese maldito día ni a ese maldito farero. Acróstico a mi amigo Antonio![]()
Antítesis de la cultura,
Nulidad del intelecto,
Tónico de la espesura
O del buen gusto... un proyecto.
Negación de lo evidente.
I gnorancia concentrada...
Ojalá no escribas nada.
Por el bien de las neuronas del que pudiera leerlo.
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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO
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