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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

Maldito dinero (1)

Maldito dinero (1)

 

Aquel año había ganado mucho dinero trabajando duro y muy lejos de casa (por lo menos eso era lo que le contaba a quien me preguntaba). Además, era imposible gastar el dinero en aquel país perdido y olvidado del resto del mundo, porque allí no había nada en que gastar el dinero.

 

Así que, cuando volví a Francia, me encontré con un capital bastante considerable que, siguiendo por una vez los consejos de mis hermanos mayores, decidí invertir para evitar que me pasara como en otras ocasiones en las que dilapidé grandes sumas de dinero en negocios más o menos legales.

 

Aun siendo bastante joven, decidí convertirme en un empresario honrado. Adquirí un local en el centro de la ciudad y monté un bar-restaurante estilo español, con cocinero y camareros españoles. El negocio funcionaba bien, pero a mí me agobiaba tantas paellas familiares, niños corriendo y gritando entre las mesas y, sobre todo, las fiestas flamencas que se montaban los sábados por la noche.

 

Pensé en cambiar el negocio, así que reformé el local y lo convertí en un restaurante de lujo de cocina internacional, con un cocinero oriental, otro español y un tercero francés.

Ahora sí que entraba dinero en cantidad y contaba con una plantilla de casi 40 empleados. Yo sólo aparecía por el restaurante a firmar algunos papeles que me presentaba el administrador, hombre de mi entera confianza.

 

Un día fui invitado a una reunión de la Patronal de Hostelería, donde se acordó crear una sociedad entre los 24 restaurantes más importantes de la ciudad para la adquisición, al por mayor, de los productos culinarios, con el fin de reducir costes. Todo funcionaba a la perfección, las ganancias aumentaron.

 

Yo vivía rodeado de lujo, coches de alta gama, un ático de 250 metros en la mejor zona de la ciudad, con vistas extraordinarias. De mujeres no hablo. Eso era vivir.

 

Demasiado bonito para que durara mucho. Una mañana, el timbre de mi puerta empezó a sonar insistentemente, abrí y frente a mí encontré a tres hombres trajeados que se identificaron como policías. Me esposaron y me trasladaron a la Seguridad Nacional, donde una jueza dictó mi ingreso inmediato en prisión sin derecho a fianza. El director de la empresa de abastecimientos a los restaurantes no había cotizado ni un solo franco a la Hacienda pública, aunque, eso sí, se había encargado de que los propietarios de los restaurantes recibiéramos perfectas falsificaciones de las cartas de pagos, con sellos incluidos. Nos había convertido a todos en responsables solidarios del desfalco a Hacienda (en Francia los delitos fiscales no prescriben).

 

Me condujeron a la prisión, me desnudaron, ducharon a manguerazo, sesión fotográfica de frente y de perfil y traslado a una celda ocupada por un convicto de homicidio. El recibimiento por parte de este individuo fue deprimente: me leyó la cartilla nada más entrar, incluso en presencia de los funcionarios de prisiones que hacían oídos sordos:

 

—Ésta es mi celda. Aquí rige el horario y las leyes que impongo yo. ¿Fumas?

 

—Sí.

 

—Pues sólo podrás hacerlo en el patio, aquí lo tengo prohibido. ¿Tienes dinero?

 

—Algo.

 

—De ese tema ya hablaremos.

 

Era ya la hora de comer y nos condujeron al comedor. Yo observaba a los demás para imitar su conducta y no llamar la atención. Con la bandeja llena de aquella bazofia me dirigí a una mesa y me senté. Duró muy poco porque unos presos hicieron que me levantara porque decían que les pertenecía. Permanecí un rato de pie con la bandeja en las manos y cuando todos se habían sentado me dirigí a una mesa que no ocupaba nadie. Estaba alucinado, sólo se oía el sonido de las cucharas golpear en los platos y la televisión dando las noticias.

 

De pronto se hizo un gran silencio, la televisión daba la noticia de un desfalco a la Hacienda por un valor que nadie de los que estaban allí sabía muy bien la cantidad de dinero que eso suponía, pero que les parecía una cifra que incluso a muchos les costaría escribir. De pronto fueron apareciendo las fotos de los implicados, entre las que estaba la mía. Aquello obró un milagro, una docena de presos se dirigieron hacia mi solitaria mesa, pero fueron rechazados por mi compañero de celda, al cual le tenían un gran “respeto”.

 

—Perdone usted (ya no me tuteaba), lo que le he dicho en la celda es la típica broma que gastamos a los novatos.

 

—No te preocupes.

 

—¿Es verdad que tiene tanto dinero? ¿Lo tiene bien escondido?

 

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