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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

G R A N J A (Primera parte)

G R A N J A  (Primera parte)

La vida es caprichosa y en ella suelen triunfar las personas que tienen suerte, aunque la suerte, a veces, si no la buscas, te esquiva, te regatea. Yo no me quejo de mi suerte, pero podía haber sido mucho mejor, y cada cual tiene que apencar con lo que le toca.

 

De entrada fuimos seis hermanos y tres primos, agregados por diversas circunstancias: uno, hijo único y con la cara más dura que el diamante. Mi padre le llamaba “el niño de Puertorrico”, porque siempre estaba pidiendo café. Claro que lo que por aquel entonces tomábamos era malta tostada. Se agregó porque se encontraba muy solo; otra, porque la chica se quedó huérfana de padre y madre, y la tercera porque en la ciudad era más fácil estudiar. Ni qué decir tiene que nadie aportaba nada a casa, y mis padres, siguiendo la misma táctica, nos enviaban a los tres pequeños durante las vacaciones a la granja (por llamarla de alguna forma) de mi tío, padre de la “estudiosa”. A esta finca sólo la separaba del mar una carretera sin apenas tráfico, y allí nos recibían a los tres hermanos con los brazos abiertos.

 

Nosotros nos sentíamos felices, hacíamos las cosas de buena gana y sabíamos que nuestros tíos nos querían y nosotros a ellos, más a mi tía, que era nuestra protectora y la que salía siempre a defendernos en contra de algunas de las barbaridades que se le ocurrían a mi tío. Con el paso del tiempo se te queda la conciencia más tranquila al pensar que con lo que ayudábamos dejábamos de ser unos parásitos y les evitábamos gastos en personal o le aliviábamos un poco su trabajo. Además, éramos niños curtidos por la vida desde nuestro nacimiento, y nada nos asustaba. Lo mismo podíamos estar de cuatro a seis horas montados a caballo, pero sin montura, a pelo (los que han montado a caballo saben lo que es esto), que estar recogiendo leña en el monte para el fuego bajo una temperatura por encima de los 40 ºC. Nada nos cansaba.

 

Ami tío se le podía ganar a todo, menos a inconsciencia ni a fuerza bruta: era un auténtico Sansón. Aun hoy, cuando veo algunos programas de fuerza, recuerdo tantas cosas increíbles que él realizaba, que lo de la televisión me parece un juego de niños. Pondré un par de ejemplos para dar una idea de su fortaleza: cuando venía el camión del grano cargado con sacos de 100 kilos, él lo descargaba dos a dos, un saco debajo de cada brazo, y el segundo ejemplo es que en una ocasión que un macho cabrío le atacó, de un puñetazo en la cabeza le dejó sin conocimiento, lo que a cualquiera le hubiese costado trabajo hacerlo con una maza de cinco kilos. Tenía la filosofía de que la comida hay que ganársela, porque así nos haríamos unos hombres. Tengo que reconocer que a su hija la trataba igual que a nosotros, sin ningún tipo de discriminación positiva.

 

En la granja no había electricidad, por lo que nuestra vida se regía casi por las horas de sol, ayudados a veces por unos quinqués o candiles en las pocas horas que estábamos despiertos sin luz solar. Un día cualquiera de nuestra vida allí transcurría de la siguiente forma: sobre las 4.00 horas de la madrugada, cuando mi tío entraba en nuestra habitación, se liaba un revoleteo de los angelitos de la guarda que se las piraban a toda leche, porque el señor llevaba siempre una honda de pita (fabricación propia) que dejaba caer con cierta violencia sobre nuestros dormidos cuerpos al grito de “To er mundo arriba que está er zó en mitá der cielo y las cabras están nerviosas”. Estas caricias a veces llegaban a levantar ampollas, pero soy consciente de que no lo hacía con mala intención, sino como una broma de las suyas (vamos, para empezar el día con buen humor). Lo que pasaba, creo, es que no controlaba su fuerza ni su consciencia.

 

Lo primero era desayunar un tazón de café con queso de cabra migado que pensábamos que eso era una “delikatessen” reservada a los dioses, ambrosía pura. Después, con el último trozo de queso en la boca nos dirigíamos, junto a mi tío, al cabrero y algunos más, a ordeñar a las casi 200 cabras para que por la mañana la leche fuese recogida por un camión y transportada a la ciudad. Un dato curioso es que cada cabra tenía su nombre.

 

Mi tío tenía un sentido del humor muy suyo, y te hacía bromas como la de decirte que bebieras a morro en un cubo de leche y, cuando estabas en plena faena, te hundía la cabeza hasta las orejas, con la consiguiente carcajada de todos los presentes; yo creo que se reían hasta las cabras. Otra muy buena fue aquella en que, ante la insistencia de mi hermano pequeño por ayudar, le puso a ordeñar a un macho cabrío, que lo único que hacía era darle patadas al pobre niño, harto de apretones testiculares.

 

Después del ordeño nos dirigíamos al mar a recoger los sedales lanzados por mi tío la tarde anterior. Era un sedal grueso del que partían varios sedales de distintos tamaños con anzuelos en los extremos, excepto de uno que en un extremo portaba un trozo de plomo y en el opuesto el correspondiente corcho, para mantener los anzuelos a la profundidad deseada. Era raro si algún día algún anzuelo no traía un pez, y el sacarlo era cosa de mi tío, ya que se necesitaba una fuerza descomunal para sacar aquella cantidad de anzuelos con peces de tamaño considerable. Mientras nosotros nos dábamos un baño en el mar.

 

De vuelta a casa nos tocaba barrer los corrales y chiveros, y limpiar uno a uno los comederos de todas las cabras, para eliminar las piedrecitas que venían con el grano que se les daba como complemento vitamínico, con el fin de aumentar la producción láctea. Y de vuelta, al desayuno, por segunda vez. Después libres toda la mañana. Hasta la hora de comer teníamos tiempo libre para ir a la playa a bañarnos o hacer lo que quisiéramos, si no nos buscaban algún trabajillo extra como subir al monte a recoger leña (raíces de brezo era la mejor) o sembrar las tomateras e ir regando planta por planta. Menos mal que sólo se regaba una sola vez al plantarla. Medio jarrillo de agua por planta, transportada en cubos desde un pozo; sólo para que agarren las plantas, que eran de secano. Aún no me explico cómo salían aquellos tomates tan grandes y carnosos como nunca los he vuelto a ver, porque nosotros, para disminuir los viajes con el cubo de agua, engañábamos a mi tío y sólo mojábamos alrededor de la tomatera. Después estaba la recogida, con las manos brillando por esa especie de purpurina que suelta la planta y aquel olor inconfundible de los tomates recién cogidos. Recogida y transporte en espuerta hasta un punto, desde donde se iban metiendo en cajas (“corvas”), con la consigna de “los gordos en la parte de arriba”, para desde allí llevarlos al mercado.

 

Mi tío era un gran “filósofo”, y su “filosofía” la aplicaba a nosotros, especialmente a mi hermano Miguel, que era el mayor de los tres y sobre el que caía la mayor responsabilidad y el mayor trabajo. Era el que, bajo la “sabia” dirección de mi tío, servía de ejemplo de cómo teníamos que actuar. Si tenía miedo porque en la oscuridad algún arbusto se movía, le ordenaba acercarse al matojo y dar una vuelta a su alrededor para después venir y decirnos a los tres pequeños (a mi prima la incluyo como uno más porque participaba en igualdad de condiciones en todo lo que realizábamos) que no había nada, porque de haber habido algún animal salvaje, los perros lo hubiesen detectado.

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