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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

EL FARERO (Parte 2)

EL FARERO (Parte 2)

Plano de la última planta del faro

 

Aquellas palabras ablandaron el corazón de Lourdes y pensó en la suerte que había tenido aquella mujer de haber sido amada de aquella forma tan sincera y tan profunda. En el fondo sintió lástima por él e incluso deseó abrazarlo para consolarle, pero el poco tiempo que hacía que lo conocía, frenaron sus deseos. Estuvieron charlando largo rato: ella contándole su vida y él mintiéndole en cada frase que pronunciaba. Lourdes miró el reloj y, haciendo un mohín, se levantó y dijo:

 

—No sabes lo a gusto que me encuentro aquí, pero mi compañera me estará echando de menos y lo mismo se asusta, aunque la fiesta quedó perfectamente encauzada.

 

Ignacio la siguió y una vez en la parte baja del faro, y sin relajar su sonrisa, le dijo:

 

—No te preocupes, ahora mismo llamo al ayuntamiento por teléfono y digo que vas enseguida. Perdóname por haber sido tan acaparador contigo, pero hace dos meses que aquí no viene nadie… desde que ella me dejó… —dejó en suspenso la frase para continuar— ¡Maldito cáncer! (ahora sí ponía cara de tristeza).

 

La realidad del farero era muy distinta: su mujer le abandonó hacía ya diez años; se había fugado con un hombre bastante más joven que él y nunca más supo de ella, convirtiéndolo en un misógino obsesivo que sólo pensaba en la venganza.

 

Ignacio se dirigió a un viejo teléfono que había en la pared del fondo y marcó los nueve números de rigor, pero el primer número que marcó fue el cero para asegurarse que no existía. La cinta de Telefónica dio el comunicado: “Telefónicas le informa que actualmente no existe ningún línea con dicho número”. Él hablaba fuerte para que sus palabras fuesen oídas por la mujer.

 

—Hola, Juani, soy Ignacio; hazme el favor de decirle a la monitora de la fiesta que su compañera, Lourdes, está conmigo en el faro y enseguida va para allá —hizo un breve silencio, como si oyera una contestación, y prosiguió—. Anda, anda, no seas guasona. Hasta luego, cuídate. 

 

Colgó el teléfono y se dirigió a Lourdes luciendo su sonrisa perenne, excepto cuando hablaba de la “muerte” de su mujer.

 

—Todo arreglado. La fiesta está en su apogeo y Juani dice que enseguida le dará el recado a tu compañera. O sea, que queda tiempo de sobra para que veas las curiosidades que conservo en esta parte baja. ¡Ah!, y ya sabes que en cuanto queráis, tu marido y tú podéis visitar el faro.

 

—Gracias…, de todas formas, el tiempo se me está pasando muy rápido.

 

—Mira, aquí tengo la cocina donde ahora me toca guisar, la mesa donde como. También tengo un sótano donde se encuentra el dormitorio que utilizaba con mi mujer y ahora, para mí solo, se me hace inmensa la cama y… en fin… todo sin ella me parece un martirio continuo. Ha sido demasiado castigo el que he sufrido con su muerte.

 

Al decir esta frase, dos lágrimas de cocodrilo resbalaron por sus mejillas, mediante un truco bastante sencillo utilizado por los actores para el rodaje de escenas dramáticas. Lourdes intentaba consolarle como podía, pero él insistía en el dolor que sentía.

 

—Perdona que no te enseñe el dormitorio; no creo que sea correcto que otra mujer entre donde yo le prometí que jamás lo haría.

 

—No te preocupes —dijo Lourdes—, es igual; si llego a saber que mi presencia aquí te

haría pasar este mal rato, ni siquiera me hubiese acercado al faro.

 

—¡Qué leches! (perdón). Arriba te dije que sólo te miraría con ojos de amigo, y a ella le prometí otra cosa muy distinta. Así que te lo voy a enseñar, porque pienso que eso hará bien a este continuo dolor que siento.

 

Lourdes no sabía qué decir ni qué hacer ante la actitud de Ignacio, así que antes de que se le pusiera de rodillas llorando, empezó a bajar las escaleras del sótano. Él la seguía mientras con un pañuelo se frotaba los ojos con la doble intención de que diese la impresión de secarse al mismo tiempo que se los enrojecía. Una vez abajo él empezó a explicarle cosas del dormitorio.

 

—Por favor, no toques la cama; no podría resistir la visión de otra mujer acercándose a ese lecho que tantas horas de felicidad nos proporcionó.

 

Lourdes casi no respiraba. De lo que estaba segura es de que aquel hombre había tenido y tenía obsesión por su “viuda”.

 

—Yo soy un “manitas”. Todo lo que hay dentro del faro lo he construido yo, incluido los muebles, y aún le tenía reservada una sorpresa que se fue de este mundo sin que le diera tiempo a verla. Me llevó años concluirla, pero estaba a falta, cuando ella murió, de los retoques finales. No sabes la pena que tengo porque ella no pudo utilizarlo.

 

Al pronunciar esta frase, cambió de posición una palometa que se encontraba detrás de una tubería de agua y parte del suelo empezó a retirarse, dejando ver otra habitación debajo del sótano. La habitación, que era pequeña y redonda, contenía una cama en el centro y una ducha y los sanitarios de un cuarto de baño pegados a la pared. Él le hizo un ademán para que descendiera por la escalera.

 

—Vas a ser la primera, y creo que la última persona que la veas, porque tú me has comprendido, te he visto sensible con mi dolor; he visto en ti cara de buena persona y porque no eres de este maldito pueblo en el que jamás he encontrado ningún tipo de apoyo.

 

 

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