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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

COLEGIO (Parte 3)

COLEGIO (Parte 3)

 

En el primer año, llamado de preiniciación, se iba pasando un mes por cada taller para así el segundo año elegir la profesión que más te gustara o la que ellos decidieran que se ajustaba más a tus cualidades, siempre desde su punto de vista. Recuerdo que en el taller de mecánica (ajuste, fresa y torno), como niños que éramos, en el menor descuido del profesor, intentabas la broma con el compañero, y en cierta ocasión puse en la piedra de esmeril durante un tiempo bastante prolongado la pieza de hierro con la que tenía que

trabajar el compañero, con lo cual adquiría una temperatura muy elevada, pero al ponerla en su mesa de trabajo nos vio el profesor y nos envió a los dos al despacho del “consejero” con la consigna de decirle que estábamos allí porque el profesor nos pilló fuera de nuestro espacio de trabajo.

 

Íbamos por el camino imaginando el castigo, y cuando llegamos él entró primero y yo esperé en la puerta durante aproximadamente un cuarto de hora. Cuando se abrió la puerta y el compañero me dijo que pasara, me fijé que llevaba la cara con marcas de haber recibido muchos golpes. Yo sabía, o intuía, lo que me iba a pasar. El saludo fue un golpe en la cara que hizo que me tambaleara por todo el despacho:

 

—¿Otra vez tú? ¿Qué ha pasado ahora?

 

—Pues que me había dejado una lima y fui a…

 

No me dejó terminar, recibí otro golpe más, y, con la cabeza dándome vueltas, caí sobre la mesa y mi mano golpeé un abrecartas enorme que estaba depositado allí. Lo cogí, me reincorporé, y mirándolo fijamente, me imagino que con la cara desencajada y los ojos llenos de lágrimas, le dije:

 

—Le juro que si me levanta de nuevo la mano, se lo clavo.

 

Se quedó pálido, como si la sangre que momentos antes enrojecía su cara se hubiese evaporado de golpe. Sus ojos estaban desorbitados, alucinaba, como si no pudiese dar crédito a lo que estaba viendo y oyendo.

 

—¿Sabes lo que has hecho? Vete de aquí, ya me encargaré de ti. Te vas a arrepentir de haber nacido.

 

No pasó nada. Me veía por el patio y me miraba con odio, pero no me decía nada. Un día sacó una libreta y anotó algo. No sé si sería para amedrentarme. A mí me daba igual, ya no me importaba lo que opinaran en mi casa; ya había sobrepasado el límite de mi aguante.

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