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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

"EL CALENTITOS"

"EL CALENTITOS"

 

 

Recuerdo que en cierta ocasión me hallaba jugando con mis amigos en un montículo, cuando observé a lo lejos que mi tío, “el rico”, le compraba a mi hermano un bollo de los que vendía un hombre, que los transportaba en dos cestas muy anchas y de poca profundidad. Mi primera reacción fue salir corriendo en dirección a donde se desarrollaba la escena, antes de que se marchara el vendedor de bollos y así “obligar moralmente” a mi tío a comprarme uno. A media carrera salí rodando por el suelo, pero, en un acto de enormes reflejos, me incorporé y seguí mi carrera desesperada.

 

Tuve éxito. Llegué junto al grupo donde se producía la acción, y el bollero, al verme correr hacia ellos, se hacía el remolón. Me lancé al cuello de mi familiar y le di un beso (maldita la gracia que me hacía), y, una vez conseguido el bollo, reparé en que en la caída me había destrozado la rodilla, y fue entonces cuando empecé a llorar. Me marché a casa y mi madre me colocó un trapo después de rociarme la rodilla con agua oxigenada y alcohol.

 

Mi tío “el rico” era simplemente auxiliar administrativo, pero como sólo tenía un hijo, se podía permitir ciertos lujos. Al bollero le conocíamos como “El Calentitos” porque siempre iba pregonando a voces lo de “Calentitos”, y aún no sé el motivo, porque si a aquellos bollos había que soplarles no era para enfriarlos, sino para quitarles el polvo. Y si es cierto que existe una vida después de ésta, allí estará el hombre esperando a más de uno para que le paguen los bollos que le robaron en cuanto se descuidaba lo más mínimo.

 

Y es que mis relaciones con la bollería, pastelería y confitería habían sido muy escasas en mi infancia, y no fue precisamente un problema de diabetes. Ni buscando en los archivos más antiguos de mi memoria encuentro gran cosa, sólo unos vagos recuerdos, como cuando me veo lamiendo los cristales de una confitería porque detrás de ellos se exponía una hermosa bandeja de “tocinos de cielo”.

 

Un episodio que tengo grabado fue la boda de mi hermana mayor: allí, en una mesa, se encontraba una bandeja en la que sólo quedaba un pastel, mirándome tiernamente a los ojos. Cuando me dirigía a cogerlo, una mano de un niño, que yo no conocía, se me adelantó. Naturalmente que yo no podía consentir que en la boda de mi hermana me quitaran un pastel en mi propia cara, y, claro, se lió una tangana donde salimos rodando por el suelo enganchados los dos. Al griterío del niño acudió la madre, nos levantó a los dos, hizo un simulacro de darle una colleja, y le dijo:

 

—Pero, ¿te vas a pelear por un pastel? Anda, toma el pastel y vete pallá.

 

Y es que las madres… ya se sabe. A propósito de madres, la mía, guardiana de la moral, la decencia, la pureza y la castidad; guardiana también del honor de la familia, que, por lo visto, debía de estar representado por los bajos de mi hermana, no consentía que asistiese la niña al cine sola con el novio, no fuese que en la oscuridad de la sala al mozalbete se le disparase la mano y aterrizara en zona declarada de uso restringido. Así que me tocaba a mí hacer de carabina: lo mejor que le podía pasar a mi cuñado, que por lo visto agradecía mi “colaboración”. Antes de entrar al cine me llevaba a una pastelería y me decía:

 

—Joselito, anda, elige el pastel que más te guste.

 

Y Joselito no elegía por sabores, sino por tamaño: el que más abultaba.

 

Una vez que empezaba el No-Do, me quedaba frito, hasta que me despertaban al terminar la película.

 

Otros contactos esporádicos fueron con los mojicones que, a veces, cuando nos levantábamos tarde y no nos daba tiempo a desayunar, mi madre nos daba dinero para que de camino al colegio nos compráramos uno. También hay que reseñar las Navidades. Aquellos roscos navideños con sabor a matalahúva que hacía mi madre para las fiestas.

 

Pero el colmo de comer bollos hasta hartarnos fue el poco tiempo que mi hermano Miguel entró a trabajar en una pastelería como aprendiz. Cuando llegaba a casa por la noche, siempre traía una bolsa de bollos que ya no se iban a vender y no podían quedar para el día siguiente. Lo esperábamos como los hebreos al Mesías.

 

Eso no impedía que nos burláramos de él por el oficio que estaba aprendiendo, y mi hermano pequeño y yo le cantábamos una canción que dice:

 

                              A ese gachó que toca el bombo

                             se le cayó el mondongo

                             de tanto tocar.

                             Quiso meterse a pastelero

                             para chuparse el dedo,

                             pero lo han calao.

                             El dueño de la pastelería

                             lo vio comerse un día

                             quince mazapanes,

                             kilo y medio de merengue,

                             y parecía un mengue

                             hinchándose de flanes.

                             Tuvieron que despedirlo de momento,

                             porque tenía el sieso descompuesto;

                              (ozú, mi mare).

                             Y se tiró más de un mes

                             sin beber, sin comer

                             y durmiendo por los callejones.

 

Algo de razón llevaba la canción: el dueño de la pastelería se había propuesto que mi hermano aborreciese los pasteles, así que le dijo que comiese todo lo que quisiese, con la intención de que después de que le saliese el merengue por las orejas, al ver un pastel se le pusieran los pelos como escarpias. Evidentemente el pastelero se equivocó: mi hermano era capaz de comerse todos los días un escaparate de pasteles, sin necesidad siquiera de soltar un erupto ni aunque los acompañara con gaseosa. Y lo demostró: un día el dueño le había enviado a comprar un kilo de coco molido, y en el corto trayecto del almacén a la pastelería el kilo se había convertido en 200 g. Esta pequeña tontería le costó el puesto de trabajo, y a nosotros, el chollo.

 

 

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