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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

COLEGIO (Parte 2)

COLEGIO (Parte 2)

 

En ese momento, un cura con cara de cínico me agarró del brazo y me metió hacia el interior del colegio. Todavía resuenan en mi mente mis gritos llamando a mi madre y su imagen, allí, puesta de pie, llorando, con un pañuelo en sus manos con el que unas veces se secaba las lágrimas y otras se lo llevaba a la nariz. Acababa de entrar en el infierno, en el lugar donde me daría cuenta que jamás podría ser un católico, como mucho un agnóstico en honor de mi madre, que era católica practicante, ya que es, desde mi punto de vista, imposible que Dios tenga esos ministros, como ellos mismos se autodenominan.

 

No dejaba de pensar en mi madre: cualquier cosa me la recordaba; por ejemplo, ve el número bordado en la ropa, el 200. Todavía me extraña que no me lo tatuaran en el brazo.

 

La primera semana fue de castigos continuados, hasta que le cogí el truco a la cosa. Me venían castigos por cosas tontas como hablar en la fila, y es que había espías que nos observaban. Aunque he dicho antes que era muy delgado, por el contrario era un manojo de nervios, y como chaval de barrio bajo, de mano muy suelta. Así que quien me quisiera gastar una novatada o una broma que no me agradara, se la llevaba de seguro y, por tanto, el correspondiente castigo por pegón. Los castigos eran torturas refinadas.

 

En el colegio había muchos huérfanos de militares y yo hice amistad con un chico de mi edad que tenía un hermano en el último curso (17/18 años), que fueron los que expulsaron. Un día, en la sala de juegos, mi amigo jugaba al futbolín con un chico mayor que nosotros, que descaradamente le hacía trampas elevando el futbolín para que la bolita se dirigiera al lugar a donde a él le interesaba. Yo, que observaba en un lateral, no pude callarme: “Tú, gilipollas, no le hagas trampas porque él sea más pequeño”. Al cambiar de campo, el contrincante de mi amigo pasó por detrás de mí y me dio un fuerte golpe en la espalda. Mi reacción fue inmediata: me volví y le di un puñetazo con tan mala suerte que le impactó de lleno en el ojo, y a la mañana siguiente se presentó (él era externo) con la madre para reclamar que a su hijo le habían puesto un ojo como una berenjena.

 

El “consejero”, como llamaban al cura encargado de la disciplina me llamó a su despacho y me dio una galleta que me dejó la cara como si la hubiese metido en un perola de agua hirviendo:

 

—Tú estás muy fuerte, ¿verdad?

 

—Usted también.

 

Recibí otra leche, así que decidí callarme y contestar con monosílabos, seguidos de la palabra “padre”.

 

—Así que, como eres tan fuerte y los campeonatos deportivos escolares son la semana que viene, te voy a apuntar como lanzador de peso, a ver si se te quita un poco la violencia cuando hagas el ridículo. Y tenía razón, porque ya levantar la bola, que pesaba 7,625 kg, me costaba trabajo, y todos los colegios enviaban a participar en esta disciplina a sus chicos más mayores y de más peso. Así que yo sería el último no sólo por mi constitución física en aquellos momentos, sino porque jamás, obviamente, había practicado este deporte.

 

Llegó el día de la competición y todos eran mayores menos yo. Los chavales que había en las gradas se reían y me decían cosas que, la verdad, entre el jaleo, el ruido y los nervios ni me enteraba. Menos mal que antes de empezar llegó el director y me dijo que me vistiera. Hubiese matado al “consejero” si hubiese podido, pero me dio más motivos para hacerlo. Yo era un chico rebelde y él me tenía mucha inquina.

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