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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

VIAJE A ESTRASBURGO

VIAJE A ESTRASBURGO

Decidí que era el momento de conocer mundo. No era la primera vez que había salido de casa, pero esta vez quería hacerlo definitivamente, vivir mis sueños, mis aventuras...

 

En casa tuvimos un intenso “intercambio de opiniones”, ya que mi madre se oponía radicalmente, mientras mi padre, que en esto me había transmitido sus genes, me miraba con cierta envidia e incluso me apoyaba. Ganó la mayoría.

 

Me puse en contacto con un individuo que se dedicaba a transportar personas y mercancías desde España al extranjero y viceversa. Quedé con él, ajustamos el precio del viaje y partimos hacia Estrasburgo, ciudad francesa en la frontera con Alemania. Al encontrarme con aquel tipo quedé impresionado: era un hombre muy corpulento, de una edad indefinida, manos muy grandes; en uno de sus dedos portaba un enorme sello de oro y, a pesar del frío intenso de Madrid en enero, vestía indumentaria de verano y un pañuelo de seda al cuello con nudo corbatero. Había sido campeón de boxeo en la categoría de peso pesado, no recuerdo dónde. Tenía una furgoneta Wolkswagen de aquellas que utilizaban los hippys, pero preparada para el transporte; en la parte delantera llevaba dos asientos de tres plazas, y el resto, destinado a la carga.

 

Salimos hacia Barcelona, acompañados de su hijo (un chaval que no había cumplido aún los quince años) y un pastor alsaciano que me llevó todo el viaje acojonado porque no apartaba su mirada de mí. Nada más llegar a la Ciudad Condal se dirigió al Barrio Chino, aparcó y le dijo a su hijo:

 

—Niño, cuida de la furgoneta y del perro que enseguida volvemos.

 

El niño se quedó renegando en arameo y nosotros nos dirigimos con paso firme a uno de esos bares que por entonces había en la zona.

 

—Es que si no hecho un buen polvo es como que no funciono bien.

 

—Mira, yo lo que quiero es comprarme unas botas con un buen forro para el frío que me espera.

 

—No te preocupes, después paramos en una zapatería.

 

Una vez dentro del local, nos sentamos en una mesa, yo pedí un café y él desapareció con una mujer a la que parecía conocer muy bien. Yo observaba todo aquel mundo como algo nuevo y curioso. Clientes que entraban, se acomodaban en la barra y enseguida eran abordados por mujeres con maquillaje exagerado, hablaban unos minutos y se marchaban juntos. Estaba absorto en mis pensamientos cuando, al levantar la vista, observo frente a mí a una mujer entradita en carnes, de una altura superior a la mía, con un bolsito en la mano que giraba en forma de molinete.

 

—Delgadito, ¿echamos un polvo?

 

—Lo siento, señora, espero a mi jefe, y si llega y no me ve, pues, ya sabe, estoy despedido.

 

—Anda, tonto, si no vamos a tardar nada; además, te voy a hacer un buen precio.

 

En ese momento unas risotadas me hicieron volver la cabeza. Era el transportista que volvía entre dos mujeres, a las que abarcaba por la cintura.

 

—Bueno, señora —proseguí hablando con la del bolsito—, ya está aquí mi jefe.

 

—No me digas que “El Manolo” es tu jefe… Chaval, ten cuidado con él porque este tío termina jodiéndote.

 

Aún hoy no sé el sentido que aquella mujer quiso darle a lo de “termina jodiéndote”.

 

Salimos hacia Francia después de comprar las botas y un bocadillo con una cerveza para el chaval…; la cerveza era “para que se fuera haciendo un hombre”, y paramos a cenar antes de cruzar la frontera “porque era más barato”.

 

Después de cenar sacó al perro para que hiciera sus necesidades en el lugar más apartado del aparcamiento, donde se hallaba un hombre haciendo lo mismo con otro animal.

 

—Eh, oiga, llévese su perro de aquí, que éste es muy agresivo —le gritó Manolo.

 

—Pues si es agresivo, es usted quien tiene que llevárselo, aparte de ponerle un bozal.

 

—Serás cabrón —dijo Manolo—, pues te vas a enterar. Niño, vete al coche por la estaca.

 

Dicho esto, soltó al pastor alsaciano, que se lanzó sobre el otro perro. La pelea fue feroz y Manolo se llevó una gran desilusión, pues el otro perro casi destrozó al suyo. Ciego de rabia, la emprendió a estacazos con el otro animal al que el dueño acudió a defender. Manolo le propinó tal puñetazo que el hombre quedó tendido en el suelo sin conocimiento. Cogió a su perro en brazos, que estaba lleno de sangre y se manchó toda la camisa, y nos dijo con mucha tranquilidad:

 

—Venga, corriendo a la furgoneta, que hay que pasar la frontera antes de que llegue la policía.

 

Pasamos la frontera española sin ningún problema y llegamos a la francesa. Apareció un gendarme, nos pidió los pasaportes y después de sellarlos se dirigió hacia Manolo:

 

—¿Algo que declarar?

 

—No, nada.

 

—Abra la furgoneta.

 

Aquello parecía el almacén del Corte Inglés: cajas de coñac Soberano, anís del Mono, cajas de cartones de Ducados y Celtas cortos, chorizos, latas de espárragos, jamones…, en fin, suministro para un año.

 

—Queda confiscada la furgoneta.

 

—Por favor, tengo siete hijos pequeños, estoy parado y tengo que hacer lo que sea para darles de comer. Mire, me acaban de asaltar en España, mire la camisa llena de sangre, querían robarme todo, pero tengo que dar mi vida por mis hijos. Fíjese el chichón que me han hecho con un palo. El gendarme tocó aquel enorme bulto en la cabeza y ponía cara de circunstancias mientras observaba las lágrimas resbalar por las mejillas de Manolo. Yo alucinaba al ver aquella perfecta representación teatral.

 

—¿Ha presentado denuncia en España?

 

—No, señor agente, lo que quiero es llegar pronto a casa porque no sé en qué circunstancias se encuentran mi mujer y mis hijos.

 

—Mire, nada más tenga ocasión hágase examinar en un hospital: siga su camino, pero jamás vuelva a pasar por este puesto fronterizo o haré que lo encarcelen.

 

—Muchas gracias, es usted una buena persona.

 

—Váyase antes de que me arrepienta.

 

Nada más subir a la furgoneta, al ver que yo lo miraba con ojos desorbitados, me dijo:

 

—Chaval, en esta vida hay que saber montárselo.

 

—¿Y cómo te has hecho ese chichón?

 

—Bah, es de nacimiento.

 

Continuamos viaje hacia Estrasburgo, y a las cuatro o cinco horas, se arrimó al arcén, paró la furgoneta y le dijo a su hijo:

 

—Venga, Juan, coge el volante que voy a echar una cabezadita.

 

—¿Qué? —exclamé yo asustado.

 

—A ver si va a resultar que eres un cagón acojonao; el niño sabe conducir muy bien, ¿o crees que voy yo a hacer 2.000 km sin parar?

 

No dije nada, ese tío era capaz de dejarme tirado en la cuneta. Así que él se echó a dormir en los asientos traseros y el tal Juanito empezó a conducir. La verdad es que lo hacía muy bien, pero yo seguía con el miedo metido en el cuerpo. No paré de darle conversación para que no se quedara dormido. De pronto el niño dio un volantazo y soltó una maldición:

 

—Joder, por qué poco se me ha escapado ese conejo.

 

Llegamos a Estrasburgo y nos dirigimos directamente al “Amicale Espagnole”, centro de reunión de españoles en esa ciudad. Allí vino a recogerme mi hermano y nos dirigimos a su casa, donde permanecí un tiempo hasta que encontré un trabajo y una vivienda. Empezaba una de las épocas más felices y más activas de mi vida.

 

 

 

 

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2 comentarios

Discóbolo -

La verdad es que la primera mitad de mi vida no fue muy sedentaria, jeje.

U>n beso.

Sakkarah -

Vaya...veo que has llevado una vida muy agetreada...

Un beso.
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