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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

EL FARERO (Parte 5)

EL FARERO (Parte 5)

Plano del sótano primero

Nada más decir esto, David, después de despedirse del resto de compañeros, montó en su coche y salió a toda mecha en dirección a su ciudad, sin importarle radares de velocidad controlada ni nada. Sólo quería llegar a tiempo de poder ver a su hijo. Cuando llegó a casa de sus padres no recordaba el trayecto que había hecho de lo ensimismado que iba en el coche. Continuamente acariciaba la culata de su pistola reglamentaria, imaginando un secuestro y que se hallaba frente al secuestrador. Él tenía el convencimiento de que su mujer estaba viva… y no le había gustado la cara del farero.

 

Cuando llegó a casa de sus padres su hijo aún dormía y los abuelos se dirigieron a él indagándole con la mirada y sólo les salió la palabra “¿qué?”. Lo conocían muy bien y no esperaban respuesta. Empezaron a deambular por la casa con los ojos llorosos. Incluso su perra, una pastora alemana llamada Laika, que le regaló a Lourdes un policía de Aduanas porque no daba la talla para localizar drogas, tenía los ojos tristes y no se movió de una esquina, donde permaneció con las orejas tiesas, captando la tensión del ambiente y como si tuviese la intención de enterarse de algo.

 

Al levantarse Luis, lo primero que hizo fue preguntar por su madre, y el padre, haciendo de tripas corazón, le contó que a su madre se le había complicado el trabajo y seguramente tardaría unos días en volver y que él, hasta la vuelta de su madre, debería permanecer con los abuelos. Al chico le pareció muy raro porque su madre jamás había dormido ningún día fuera de casa, pero también sabía que su padre nunca le había mentido. Así que, de mala gana, aceptó la proposición del padre, máxime cuando había de por medio la promesa de un buen regalo a la vuelta de la madre. Nada más desayunar

Luis, su padre le acercó al colegio.

 

Desde allí fue a su cuartel, donde estuvo hablando con sus jefes y compañeros. Uno de ellos le sugirió que su perra sería de una gran ayuda para localizarla. Por lo menos marcaría el camino inicial que tomó Lourdes.

 

—Es cierto —dijo Daniel—, con el nerviosismo y las prisas olvidé llevarme a Laika.

 

Entró de nuevo en el despacho del jefe, le expuso el consejo que había recibido del compañero y le pidió de nuevo permiso para ausentarse. Su jefe le comunicó que se tomase el tiempo que necesitase y le deseó toda clase de suerte, lamentándose de que el hecho hubiese ocurrido fuera de su jurisdicción.

 

Daniel se dirigió a casa de sus padres, dejó el recado de que recogieran a Luis, puso la correa y el bozal a Laika y no esperó al día siguiente: se dirigió directamente al pueblo donde había desaparecido su mujer. Fue directamente al cuartelillo y ya Paco tenía el fichero del caso de la desaparición de la mujer del farero encima de la mesa.

 

La sorpresa fue mayúscula: había hecho una denuncia contra su mujer por abandono de hogar y nunca más se acercó a recabar información sobre la marcha de las investigaciones. Eso era todo lo que contenía el archivo; es decir, que no había hecho mención a la nota que le dejó la mujer. Mientras, Laika se mostraba nerviosa y hacía esfuerzos para salir a la calle. Una vez que la sacaron, la perra se dirigió al ayuntamiento, que estaba al lado de la policía; entró en los salones donde se había celebrado la fiesta, dio unas cuantas vueltas oliendo cada rincón y salió a la calle. Seguidamente enfiló la calle principal y se dirigió, olisqueando el suelo, hacia la costa. Primero fue al acantilado y después se dirigió directamente al edificio. El farero, escondido tras las cortinas de una ventana, no dejaba de observar los movimientos del animal. Esta vez no abrió la puerta ni se mostró tan amable; el sudor, a pesar del día tan fresco que hacía, corría por su frente. Abrió la ventana y, dirigiéndose a los dos policías, les gritó:

 

—¡Eh!, ustedes pueden pasar cuando quieran, pero el perro tendrán que dejarlo fuera porque soy alérgico a los perros.

 

—¿Cómo? —dijo Paco—. Cuando tu mujer vivía en el faro teníais un caniche.

 

—He dicho que el perro no entra, le tengo pánico a los perros grandes —ya no sabía qué excusa poner porque no estaba seguro de si la perra podría localizar a Lourdes, porque había oído muchas veces que perros habían localizado a personas enterradas por causa de cualquier terremoto.

 

—Tendremos que pedir una orden judicial. Sólo vas a conseguir retrasarlo un poco, pero la perra entrará —le dijo David.

 

—Le diré al alcalde que si eso sucede, que se vaya buscando un nuevo farero porque yo me marcho.

 

—Ése no es mi problema —dijo David—. Mi problema es que quiero que la perra entre.

 

Los dos policías se marcharon a buscar la orden judicial, ya que el faro estaba considerado como domicilio habitual y entrar por la fuerza hubiese sido un allanamiento de morada. Paco le comunicó a David que tendrían que esperar un día, si la cosa no se alargaba, porque el juez no se hallaba en el pueblo y se esperaba su regreso para dentro de uno o dos días. El marido de Lourdes estaba desesperado. Las muestras que daba la perra indicaban claramente que su mujer había estado allí. Pensó sacar la pistola, disparar a la cerradura y entrar por la fuerza, pero era consciente de que eso podría traerle unos problemas que seguramente le impedirían seguir buscando a Lourdes.

 

El farero estaba nervioso como nunca lo había estado y por su cabeza pasaban cientos de formas de solucionar el problema que tenía, pero buscaba una que no lo implicara en un secuestro y violación, que podría traerle graves consecuencias. Él sabía que tardarían en conseguir la orden judicial, como mínimo, dos días: ese era el tiempo que tenía para encontrar una solución para evitar que la perra la localizara. Tenía dos opciones: o despistar a la perra o deshacerse de la mujer. De momento, esa noche iba a disfrutar de aquella mujer, ya que sería absurdo haber estado preparando durante tanto tiempo su venganza como para ahora rendirse sin más. Se dirigió a su cuarto secreto y conectó las cámaras.

 

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