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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

EL PLACER DE LA VENGANZA (II)

EL PLACER DE LA VENGANZA (II)

VENGANZA

Serían las 21,30 de aquella calurosa noche de verano. Al parque le quedaba media hora para cerrar sus puertas al público y allí, en aquel banco apartado, cogidos de la mano, María y César hacían planes para su futuro. Hablaban de comprar un piso, de boda, de los hijos que tendrían y de lo felices que serían.

De pronto aparecieron tres hombres jóvenes que se acercaron a ellos con toda tranquilidad. Una vez a su altura, el más fornido asestó un duro golpe a César que lo dejo semiinconsciente, mientras otro de ellos golpeaba a María,

que dejaba de oponer resistencia a causa del golpe recibido. Entre dos incorporaron a César y, sacando una cuerda que portaban en una bolsa de plástico, lo ataron a un árbol y tanto a él como a ella les pusieron en la boca una cinta plástica adhesiva, a modo de mordaza, para impedir que gritaran.

César había recobrado la consciencia y pudo ver cómo uno tras otro fueron violando a su novia, sin poder hacer otro gesto que llorar en silencio. Los jadeos de los desalmados se clavaron en su alma y sus muñecas sangraban del esfuerzo que estaba realizando por zafarse de sus ataduras. Todo fue inútil. Cuando terminaron su fechoría abandonaron el lugar entre risotadas, dejando allí aquel cuadro dantesco de César llorando atado a un árbol y María, en una postura grotesca, sin conocimiento en el suelo.

Sobre las 22,00 horas apareció por allí el empleado encargado de cerrar el parque y, sin prestarle ayuda inmediata, llamó a la policía. A los pocos minutos aparecieron un coche patrulla y uno del SAMUR, que prestaron auxilio a la pareja.

Habían pasado ya unos días, nada era igual, los dos estaban muy tocados psíquicamente, aunque hacían esfuerzos para recuperarse, cuando recibieron una llamada de la policía anunciándoles que habían detenido a unos sospechosos y citándolos para una rueda de reconocimiento. Ella se negó a ir alegando que no los reconocería porque todo pasó tan rápido antes de perder el conocimiento que no recordaba sus caras. Pero él, que los pudo observar durante varios minutos muy de cerca, nunca olvidaría sus caras. Así que decidió presentarse en comisaría para comprobar si eran ellos.

El día y a la hora señalados estaba en comisaría. Le pasaron a la habitación donde se realizan las ruedas de reconocimiento y detrás del cristal le mostraron a los individuos detenidos como posibles autores de la violación y agresión a la pareja.

—Lo siento mucho, agente, no reconozco a ninguno de ellos.

Abandonó la comisaría y se dirigió a su coche, aparcado en las inmediaciones. Abrió el maletero y sacó una escopeta repetidora de ocho disparos, cargada con munición de caza mayor y volvió sobre sus pasos. No tardó mucho en encontrarse de cara con los tres individuos a los que había dicho no conocer. Se plantó frente a ellos y disparó al primero en el pecho, que a causa del impacto cayó hacia atrás; el segundo se lanzó sobre él en un intento desesperado de evitar que disparara por segunda vez, pero no lo consiguió, su cara quedó destrozada por el plomo y su cuerpo sin vida tirado sobre la acera. El tercero emprendió una veloz carrera, pero César apuntó a su cabeza y apretó el gatillo haciéndole caer de bruces y, por supuesto, sin vida.

Al ruido de los disparos la policía acudió, pistola en mano, pero César dejó el arma en el suelo y levantó los brazos. Fue detenido, juzgado y condenado. La condena no fue muy dura y hoy en día esta pareja se encuentra casada y feliz, a pesar de todo.

Evidentemente, había mentido a la policía.

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