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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

MONAGUILLO DE DIOS

MONAGUILLO DE DIOS

 

“José, el padre Gregorio me ha dicho que vaya el niño a la iglesia para que sea monaguillo y el niño rebelde éste se niega en rotundo” (mi madre con voz de cabreo).

 

José (mi padre), clavando sus pupilas en las mías me dice: “Ahora mismo te vas a la iglesia”, y yo, cagándome mentalmente en todo lo que se menea me voy hacia la iglesia, porque antes a los padres se les tenía mucho respeto.

 

—Buenas tardes, padre Gregorio, que me ha dicho mi madre que quería usted hablar conmigo. —Mientras le decía esto, besaba su mano (costumbre impuesta por ellos, porque por mí seguro que no), mientras pensaba que lo mismo este joputa se acababa de pajillear.

 

—Ve a Vázquez (monaguillo más antiguo) y dile que te vaya enseñando, que eres el nuevo

monaguillo.

 

Vázquez era amiguete mío, incluso estaba en mi misma clase y era vecino. Allí nos conocíamos todos y éste no era santo de mi devoción, pero aprendí todo lo que me enseñó, sobre todo a tocar las campanas, cosa que me divertía y en la que llegué a ser todo un virtuoso.

Estuve a punto de perder "el empleo" porque tuve que ir a otra iglesia que distaba como un kilómetro de la que yo ejercía. Me daban el importe del transporte público, pero yo iba y volvía andando para ahorrarme un dinerito en aquel tiempo muy necesario. El sacristán de la otra iglesia me dio dos paquetes: uno que casi no pesaba nada, y otro que parecía que llevaba dentro plomo. Al entregárselo a mi sacristán, éte se partía de risa y me hizo ver que el paquete pesado contenía solamente una piedra; una broma del sacristán de la otra iglesia. Yo cogí el paquete, me volví a donde me lo había dado y busqué al sacristán, y, como eran franciscanos, utilizaban sandalias:

—Me ha dicho el sacristán de la iglesia de San Antonio que le devuelva el paquete. —Y se lo solté encima del pie y salí corriendo mientras él se quedó allí bailando a la pata coja.

 

Pasó el tiempo y fui ascendiendo hasta llegar a ser jefe de los monaguillos. Enseguida hablé con Colomeras, que era mi colega, y conseguí que entrara conmigo. Convertimos la iglesia en la Cosa Nostra. Se acabó la miseria a cuenta del clero. De entrada nos marcamos tres

objetivos: cepillos, fotógrafos y San Nicolás.

 

Con los cepillos no tardamos en hacernos con una copia de la llave maestra y cada día distraíamos algunas pesetas de los de San Antonio y San Nicolás; los demás solían estar vacíos. Fue un fracaso, tuvimos que desistir porque era demasiado riesgo para tan poca rentabilidad.

 

Con los fotógrafos actuábamos como auténticos profesionales de la mafia. Teníamos un acuerdo con uno que cada vez que le avisábamos de la fecha de una boda nos daba 25 pesetas y la de un bautizo 15, lo hiciera él o no. Cuando “nuestro” fotógrafo no conseguía la boda o el bautizo, al nuevo que se presentara yo era el encargado de pedirle las 25 pesetas para los monaguillos, por supuesto por adelantado porque ya una vez nos la jugó uno. Al que se negaba a pagar le jodíamos el reportaje porque, se pusiera por donde se pusiera siempre había un monaguillo en la línea de tiro. Algunas veces nos daban unos toquecitos en la espalda y nos decían: “chaval, échate a un lado”, pero para estos casos contábamos con la colaboración involuntaria de la mala leche del padre Gregorio, que siempre les decía: “¿es que va usted a disponer nuestra posición en el altar? La próxima vez que interrumpa la ceremonia, abandona usted el altar”, y se acabó el fotógrafo.

 

Dice un refrán que el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón. San Nicolás es un santo “muy milagroso” cuya efigie se encontraba en nuestra iglesia, y los lunes, que era el día dedicado a su culto, la iglesia se llenaba de fieles, sobre todo mujeres mayores que acudían a hacer la novena o ponerle una vela.

 

Ése era el negocio de la iglesia (y el nuestro), porque el cura no se cortaba en cobrarle a aquellas mujeres seis pesetas por una vela que no debía de valer ni una peseta. Yo estaba en la sacristía y era el encargado de vender las velas, y el cura pensaba que cada vela que faltara de las que me daba contadas, seis pesetas que tenía que haber en el cajón. Evidentemente conmigo se equivocaba: las matemáticas funcionaban a mi capricho.

Aquello era un reguero de abuelillas soltando las seis pesetas y solicitando la vela para el santo. A todas las decía lo mismo: “ahora se la pongo, señora”, y cuando habían pasado 20 mujeres por caja, yo cogía 10 velas y a todas las que me iba encontrando les decía: “aquí va la suya, señora”. Así que los lunes sacábamos dinero para vivir “a todo lujo” toda la semana. Eso sí, nunca nos pasamos en demasía, sólo cogíamos lo que necesitábamos.

 

¿EXISTE LA JUSTICIA DIVINA?

 

El día de mi boda el cura me dijo que mi fotógrafo no podía tirar fotos dentro de la iglesia, que para eso estaba el suyo (que imagino que es el que le suelta la comisión). Yo, incauto de mí, llevaba mi fotógrafo, que por tratarse de un familiar, pensaba ahorrarme algún dinero, así que no acepte que su fotógrafo nos hiciese el reportaje.

 

Como no le hicimos caso, al segundo fogonazo nos amenazó con detener la ceremonia, así que por no dar un disgusto a mi madre que en aquellos momentos andaba mal del corazón, me quedé sin fotos de mi boda en la iglesia. Una vez en la sacristía, le monte tal pollo, que amenazó con llamar a la Guardia Civil, y ante la perspectiva de pasar la noche de bodas en el cuartelillo, le dejé los dientes en su sitio.

 

Eso ya era lo que me faltaba para incrementar mi odio por los curas. Me recordó pasajes de la Biblia y así se lo dije: que era un fariseo que negociaba con las cosas sagradas, que él no era la Iglesia, que la Iglesia es el pueblo. En fin, esto, unido a lo que me hicieron sufrir en su maldito colegio de Málaga me hizo ver claramente lo que es en realidad la Santa Madre Iglesia católica, apostólica y romana.

 

Yo no quería casarme por la Iglesia, pero si no lo hago hubiese sido un gran disgusto para mi madre y la madre de mi mujer. Llevaba muchos años sin entrar en una iglesia, y desde entonces, sólo lo he hecho en los bautizos, primeras comuniones y boda de mis hijos, porque no he tenido más remedio. Jamás he puesto la equis en su casilla en mi declaración de la renta y jamás cogerán un euro mío si puedo evitarlo.

Y como aún se mantiene activo el tándem mafioso cura-fotógrafo, un mes antes de la boda de mi hija fui a hablar con el cura que la iba a casar y le puse las cosas tan claritas que, aunque de mala gana, consintió en que llevásemos nuestro fotógrafo.

 

 

  

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