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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2008. MOZAMBIQUE-2![]() Tumbado en la cama, a pesar de que el reloj marcaba ya las 9:00 horas, sin la obligación de tener que madrugar para ir trabajar, José se encontraba plácidamente dormido cuando el timbre del teléfono le despertó con su sonido machacón. Pensó que habría surgido algún problema en su negocio y el jefe de cocina le llamaba para comunicárselo.
—Joder, no saben hacer nada sin mí —pensó mientras estiraba la mano para descolgar el teléfono. —Dígame. —José, buenos días, soy Michel. He estado hablando con Emilio y me ha dado tu teléfono: No sabes las ganas que tenía de hablar contigo.
Michel era un francés que había compartido con Emilio y José muchas aventuras en África, concretamente en Mozambique. Allí había amasado una pequeña fortuna que les había servido para montar su pequeño negocio de restauración, del que vivía holgadamente.
—Hombre, Michel, qué alegría oírte, ¿dónde estás? —En París, y quiero decirte que tengo una noticia muy buena para ti. Hay un inglés en Londres que está reclutando “soldados de fortuna” para actuar de nuevo en Mozambique, y ha vuelto a contratar a todo nuestro equipo. A mí me llamó Bernard y me encargó localizar a Emilio y al “Niño”, y aquí me tienes, cumpliendo mi misión. —Yo no quiero volver; ahora vivo bien. No quiero tentar a la suerte otra vez. —Eso decía Emilio hasta que le dije lo que íbamos a cobrar. Vamos a superar en más de un 200 por 100 lo de la vez anterior; además, ya sabes que con el enemigo que nos enfrentamos tenemos todas las de salir victoriosos. —He oído que el ejército portugués ha contratado a mercenarios, y eso sí que me da miedo, pero ¿estás seguro que es un 200 por 100? —Es tan cierto como que si no lo fuese yo no firmaba.
No habían pasado diez días y José y Emilio se encontraban, junto al grupo de compañeros, en la selva de Mozambique. De nuevo se vieron inmersos en la rutina del pasado: mucha instrucción para ponerse en forma, ejercicio de tiro y todo lo que conlleva estar al día en teórica para poder moverse en aquella espesura de vegetación y animales peligrosos, entre los que destacaban las serpientes venenosas de todos los tamaños, que eran los más temidos, porque no se veían venir, sobre todo las víboras. Los síntomas de la mordedura de una serpiente venenosa dependen del tipo de reptil: unas inyectan un veneno que destruye los vasos sanguíneos, provocando un dolor intenso e inmediato y una inflamación tan pronunciada que, a veces, incluso rompe la piel. La decoloración de los tejidos alrededor es un signo que denota que la mordedura ha sido provocada por este tipo de serpientes, aparte de los mareos y las náuseas; otras no te producen dolor instantáneo, pero su veneno ataca el sistema nervioso central y paraliza órganos vitales como los pulmones.
La primera semana, aparte de las agujetas, todo iba bien si exceptuamos el cambio continuo de ubicación, unas veces a pie y otras en helicópteros, con el fin de ir adquiriendo movilidad en un terreno tan hostil, para evitar ser localizados por el ejército enemigo. En esta ocasión acampaban en territorio mozambiqueño, por lo que había que estar en una alerta permanente.
Pasaban los días y el nerviosismo iba haciendo presa en el grupo de hombres. La inactividad les hacía imaginar malos presagios, porque ellos consideraban que estaban suficientemente preparados para desarrollar con éxito cualquier misión; todos contaban con mucha experiencia, porque, excepto una decena de hombres, el resto ya había participado en combates en ese mismo país. El trasladarse de un lugar a otro sin atacar ningún destacamento los tenía desconcertados: ¿por qué esa inactividad?, ¿no se tenían informes concretos y precisos sobre los destacamentos enemigos?, ¿o quizá el mando no estaba seguro de salir sin bajas importantes y eso lo retenía?
Pronto se iban a desvanecer sus dudas. Aquella tarde llegaron al campamento dos helicópteros de transporte y el grupo recibió las órdenes de trasladar el armamento y la munición a los helicópteros y embarcar en ellos. Durante el trayecto recibieron la orden de “camuflaje nocturno”, y así lo hicieron mientras los helicópteros volaban muy bajo, rozando casi las copas de los árboles. Al cabo de un rato, sobre un raso de la selva, los aparatos se posaron muy cerca el uno del otro y los hombres empezaron a descargar todo el material que más tarde necesitarían para llevar a cabo su misión. Después, despegaron y, volando de nuevo a muy baja cota, los helicópteros emprendieron el camino de regreso a la base.
El plan consistía en acercarse a pie a un pequeño pueblo, casi una aldea, donde se encontraba un puesto bastante importante del Ejército portugués, y atacarle por sorpresa, primero con morteros, granadas anticarro sobre la entrada, volver al sitio desde donde se bombardeaba, si fuese posible sin bajas, recoger los morteros y desandar el camino hasta el claro en la selva donde los recogerían los helicópteros para transportarlos al campamento.
Llegaron frente a la puerta central del destacamento hacia las 0:00 horas y enseguida se dispusieron los morteros en las posiciones más adecuadas, los francotiradores se apostaron en los sitios con mayor visibilidad, y todos, los que iban a atacar y los que se quedarían a custodiar el armamento, intentaron relajarse, haciendo tiempo hasta que llegara la hora H del ataque, tomando café y algo de güisqui. Nadie hablaba, ni hacía ruido, aunque el grupo se mantenía a una distancia prudencial de los centinelas: dos en las garitas exteriores y otros dos que hacían el recorrido por encima de la pared exterior del destacamento, que se trataba de una estupenda fortificación. Eran los peores momentos, porque una vez que sonaba el primer disparo aquellos hombres se transformaban y ya no sentían miedo, era una sensación distinta.
José sabía que tendría que ser el primero en disparar y empezó a arrepentirse de haber aceptado volver, pero ya no había marcha atrás, así que observaba una y otra vez a los centinelas a través de su mirilla telescópica. Fue recorriendo, uno a uno, a los cuatro centinelas, estudiando las posibilidades de tiro. Él sabía que le dispararía a la cabeza. Era lo más efectivo, lo más rápido y lo menos doloroso. No había tomado café y su ración de güisqui se la ofreció a Georges, un irlandés que bebía más que el que inventó el alcohol.
Estaba inmerso en sus pensamientos, en aquella chica de su pueblo que tanto le gustaba y de la que se encontraba tan lejos, en comprarse un nuevo coche, en comprarle un buen regalo a su madre, en fin, en cualquier cosa para conseguir que su mente no pensara en lo que se le venía encima, cuando el jefe del comando los reunió para explicarle los últimos detalles de la misión.
Aquellas explicaciones le sonaron a rutina a José, y, efectivamente, él era el primero en disparar, junto a tres más, uno por centinela. Entre los cuatro francotiradores se repartieron los objetivos, asignándose un centinela para cada uno. La consigna era disparar todos al mismo tiempo para evitar que ninguno de ellos pudiera herir a cualquier componente del comando. El encargado de dar la voz de ejecución era José, el único de los francotiradores que actuó con el grupo anteriormente y, por tanto, gozaba de la confianza del jefe del comando. Él había elegido el que estaba en la parte superior, a la derecha y asignado el resto. Cada francotirador, conforme tenía en el punto de mira su objetivo, iba comunicándolo:
—Listo el uno. —Listo el dos —Listo el tres.
Al oír al tercero, José dio la orden de fuego y los cuatro fusiles, a pesar del silenciador, sonaron al unísono. Tres de los cuatro centinelas cayeron fulminados. El jefe de comando, que observaba a los militares con prismáticos de visión nocturna, dio un grito:
—El de arriba, a la izquierda.
José recorrió rápidamente el espacio que separaba su objetivo al del soldado vivo y volvió a disparar. Esa noche sumó a su lista un hombre que no le pertenecía.
—¿Quién tenía que disparar a ese hombre? —Yo, pero creo que me he confundido de hombre y he disparado al de la derecha —dijo Favio, un italiano que era la primera vez que pisaba África. —Ya hablaremos de esto en la base.
No había tiempo para oír excusas. Se volvió hacia el resto del comando y dio la orden de atacar. Todos los morteros, sincronizados, empezaron a vomitar granadas sobre la guarnición militar. Dos granadas anticarro impactaron en la puerta, arrancándola de cuajo y provocando una lluvia de astillas de madera. La adrenalina invadía los cuerpos de los combatientes: todos ellos gente sin escrúpulos, en distintos grados.
A José empezaron a temblarle las piernas, se le secó la boca y un sudor frío recorrió su cuerpo, acompañado de unas náuseas que le costó mucho disimular cuando el jefe del comando echó su última arenga. Pensaba en Emilio, que era uno de los que tenía que entrar a combatir.
—Tenemos que hacer que nos teman, que sólo pronunciar nuestro nombre los paralice el miedo, así que no tenemos que tener piedad, que la piedad sólo puede traernos problemas, y ellos no la tendrán con nosotros. No pararos a pensar si están muertos o heridos, porque no tenemos mucho tiempo que perder. En cuanto terminen los morteros entraremos en tropel, no quiero ver en ninguno de vosotros ningún síntoma de debilidad. Cuando vengan sus compañeros sabrán que no venimos a jugar.
Enmudecieron los morteros y los mercenarios entraron a tropel en el acuartelamiento, excepto los cuatro francotiradores que se quedaban para impedir que nadie huyera de la batalla y vigilar el material. Aquel momento fue aprovechado por José para beber agua y explicarle a Favio lo que se imaginaba que sucedería en relación con el incidente del fallo en la acción de eliminación de los centinelas.
—Mira, Favio, cuando te pregunten qué pasó no se te ocurra decir que te equivocaste de hombre. —¿Ma que cosa poso dire? —Esto es muy serio, has puesto en peligro la vida de los miembros del grupo; si el soldado dispara una ráfaga contra nosotros alguien podía haber resultado muerto o herido. Y te advierto que a ninguno de estos le temblaría la mano para pegarte un tiro. Ándate con cuidado y no te tomes nada a la ligera. —Vale, pero ¿qué puedo decir? —Dile que el fusil se encasquilló, que la bala venía defectuosa, que no te enteraste bien por el idioma. Difícil de creer, pero no reconozcas nunca que has puesto nuestra vida en peligro. —OK, gracias, pero ya le dije que disparé a otro. —No importa, di que después has comprobado el fusil, que estabas muy nervioso y preocupado y no sabías qué decir. Yo te echaré un cable, tengo mucha amistad con Bernard.
La conversación fue rota por las luces de un camión que salía a toda velocidad de la fortaleza. José, que a pesar de su corta edad era el que daba las órdenes a los francotiradores, dio un grito:
—El 2 y el 3 a las ruedas, el 1 y 4 a la cabina.
Los disparos hicieron su efecto, el camión derrapó y seguidamente dio una vuelta de campana, quedando con las ruedas hacia el cielo y sus ocupantes aplastados por el peso del vehículo. Fue un alivio para los cuatro porque si el camión se escapa hubiesen tenido problemas, mucho más después del fallo con los centinelas.
Poco a poco los disparos se fueron distanciando en el tiempo, pero seguían oyéndose gritos ininteligibles mientras los hombres salían de la fortaleza corriendo y, lo que nunca había visto José, transportando dos bajas: un muerto y un herido de gravedad. Los guerrilleros que no habían participado en el interior de la fortaleza se apresuraron a preparar dos camillas para transportarlos al campamento. Les dio tiempo ha hacerlo porque nadie les molestaba: ninguna luz de las casas del poblado se encendió. Nadie quería recibir un disparo, e hicieron bien.
Emprendieron el camino de regreso hacia el lugar de la selva donde debían ser recogidos por los helicópteros. El trayecto lo hicieron a un buen paso de marcha, sin decir nadie ni una sola palabra. Llegaron al lugar de recogida y los helicópteros aún no habían llegado porque la operación duró menos de lo esperado. Así que tuvieron, por precaución, que ocultarse en la espesura de la selva, en los límite del helipuerto que habían improvisado.
Allí ocultos pasaron más de una hora en silencio, pensando, quizá, en lo recién vivido. Unos permanecían con la mirada perdida, mientras otros mantenían sus cabezas entre las manos para conseguir concentrar su pensamiento con más nitidez, alguno se secaba el sudor ya frío o intentaban no pensar en nada. El ruido de los helicópteros de transporte hizo que todos se pusieran en estado de alerta y preparados para embarcar. Así que fueron entrando, dando preferencia a las dos camillas. El poder de la morfina hacía que el herido no sintiera dolor, aunque era consciente de su gravedad y se aferraba a la mano de un compañero, sintiendo que, sin dolor, su vida se iba acabando. Y no se equivocaba: no había pasado ni media hora cuando dejó de respirar.
El viaje de vuelta se realizó en pleno silencio, roto de vez en cuando por alguna maldición de aquellos hombres que eran conscientes de que no habían realizado bien su trabajo: dos bajas en una operación quedaba muy lejos del objetivo de tantas horas de entrenamiento y preparación, que no era otro que buscar la perfección.
Los aparatos se posaron lentamente en el helipuerto de la base y fueron remolcados hacia el hangar. Los hombres descendieron con orden, contrariamente a lo que pensaban todos, de marcharse a dormir. Las horas de descanso fueron pocas, ya que a primera hora de la mañana se encontraban todos reunidos en el hangar cubierto por la red que lo mimetizaba con el entorno para evitar ser localizado desde el aire. Bernard se encontraba encumbrado sobre una peana desde donde podía ser divisado por todos los componentes del comando, y empezó a hablar con la voz un poco quebrada, ya que no pudo dormir en toda la noche, dominado por los sentimientos que le produjeron la muerte de dos de sus hombres:
—Jamás había perdido dos hombres, y eso me tiene desolado. Posiblemente hayamos hecho algo mal y tendremos que perfeccionar nuestra forma de actuar para que esto no vuelva a repetirse. Así que si alguien pone en peligro la vida de mis hombres por su ineptitud, seré yo mismo quien le dispare a la cabeza, y esto lo digo por ti, Flavio —mientras pronunciaba estas palabras su dedo acusador apuntaba al italiano, que no se atrevía a articular palabra—. Además, tengo una mala noticia: el Ejército portugués cuenta en sus filas con varios comandos de mercenarios que tratan de localizarnos. Ahora entenderéis el por qué de las cantidades que se nos pagan. Tendremos que andar con cuidado de no ser atacados por sorpresa y, si es posible, adelantarnos a ellos en un encuentro que más tarde o temprano se tendrá que producir.
Estas palabras se convirtieron en una profecía que se cumpliría de forma inexorable. El tiempo fue pasando y no se tenían noticias de los mercenarios del Gobierno portugués, así que los hombres de Bernard se dedicaban a hostigar los acuartelamientos enemigos sin grandes problemas y con bastante éxito en sus misiones. Habían pasado seis meses cuando los informadores nativos trajeron a la base noticias de que un grupo de hombres blancos armados estaban instalando un campamento a una distancia aproximada de unos 20 kilómetros. Bernard decidió, aprovechándose del factor sorpresa, dar el primer golpe por aquello de que “el que golpea primero, golpea dos veces”, así que mandó municionar los helicópteros con misiles aire-tierra y ametralladoras de grueso calibre.
La expedición estaba formada por tres helicópteros de ataque y dos de transporte, en los que irían los hombres que terminarían el trabajo de los misiles. Los cinco aparatos despegaron y se dirigieron hacia el objetivo volando en formación dispuestos de forma adecuada para abarcar la mayor visión posible sobre la selva, aunque se antojaba una misión casi imposible dada la exuberante vegetación de la zona.
No habían volado una distancia superior a siete kilómetros cuando se oyó un repiqueteo en el fuselaje de uno de los helicópteros de transporte, y casi al unísono la voz del piloto, que sonó como una mezcla de angustia y enfado:
—Nos están disparando. Sentaros sobre el casco, protegeros las pelotas.
Por el calibre de las armas y los impactos en el aparato Bernard llegó a la conclusión de que se trataba de una patrulla de reconocimiento, compuesta aproximadamente por una docena de hombres, por lo que decidió descender a tierra y atacarlos por su retaguardia en dirección a la base, con el fin de aislarlos y que no tuviesen posibilidad de entablar contacto con el resto de sus compañeros. Mientras los helicópteros de ataque hostigaban a aquel minúsculo grupo de exploradores, los de transporte dejaban a los hombres de Bernard dispuestos a terminar con el enemigo por la vía rápida. Se desplegaron en forma de abanico y, siguiendo las coordenadas recibidas desde el aire, comenzaron una operación envolvente con el fin de que no pudiese escapar ninguno. El combate duró muy poco, pues ante la lluvia de fuego que recibían los hombres sitiados, decidieron rendirse y sacaron una bandera blanca. Bernard interrogó a uno de ellos:
—¿Cuántos hombres sois? —No sé.
Esta respuesta arrogante molestó mucho al jefe del comando, y dirigiéndose hacia el irlandés, con una tranquilidad pasmosa le ordenó:
—Mátalo.
No tuvo que repetir la orden, el irlandés desenfundó su pistola y le disparó a la cabeza, lo que hizo que el mercenario cayese hacia atrás, quedando boca arriba y con cara de sorpresa, como si la última sensación antes de morir hubiese sido la de incredulidad. Dirigiéndose al siguiente le hizo la misma pregunta:
—¿Cuántos hombres sois?
Esta vez si obtuvo respuesta y continuó preguntando cuestiones tácticas, sobre el armamento que disponían, su ubicación, etc. Cuando quedó satisfecho de las respuestas recibidas ordenó que los mataran a todos. Otra orden que no dudaron en cumplir: los fusiles de asalto empezaron a vomitar plomo sobre aquellos hombres y, después de comprobar que estaban muertos, Bernard dijo:
—Sabéis que nosotros no hacemos prisioneros, es nuestra ley, y ahora volvamos a los helicópteros para terminar la misión que habíamos interrumpido. Tengo la impresión de que no son tan profesionales como decían o se han puesto nerviosos: es un suicidio que 12 hombres aislados ataquen a una patrulla aérea; tendrían que haberse quedado escondidos y en silencio.
Nada más decir esta frase se oyó un disparo y todos pudieron ver como un mercenario que no se había entregado, caía al suelo sin haberle dado tiempo a lanzar la granada que portaba en su mano. Todos miraron hacia el lugar de donde había salido el disparo y vieron que el arma de José aún soltaba un hilo de humo. Bernard, dirigiéndose a Favio le dijo:
—¿Ves?, esto es lo que se llama proteger a los compañeros, aplícate el cuento —aunque a José no le dijo nada, lo dejaría para mejor momento.
Y la verdad es que José no estaba en alerta continua por proteger a sus compañeros, su vigilia se la producía el pánico que le daba pensar que podía morir absurdamente, por él y por Emilio: su vida sin él no sería igual.
Una vez en las aeronaves se dio la orden de proseguir. Bernard pensaba que no sería muy difícil deshacerse de los mercenarios del Gobierno portugués y así conseguir un prestigio y una reputación que haría subir su “caché”. La información conseguida del prisionero sobre el contingente enemigo y la ubicación de su armamento le daba cierta seguridad y confianza en el éxito de la misión. Los helicópteros de ataque, más rápidos y operativos que los de transporte, se adelantaron en un vuelo rasante y a toda velocidad, como si los pilotos tuviesen ganas de terminar cuanto antes. Habían pasado sólo unos pocos minutos cuando se oyó en los helicópteros de transporte la voz del piloto jefe de la expedición:
—Atención Charly-1, objetivo localizado, procedemos a Alfa-Tango (AT=Ataque). —Recibido, adelante y suerte.
El ataque fue brutal, sobre todo por lo inesperado, para los hombres que estaban en tierra. Los misiles aire-tierra salían despedidos de los helicópteros en dirección hacia las lanzaderas de misiles tierra-aire de la base, el polvorín y fortificaciones donde se encontraba el personal, creando una masacre entre los hombres y muchos daños materiales. Una vez descargada su mortífera carga, las aeronaves se retiraron en dirección a su base para remunicionar por si se necesitaba una nueva intervención. Mientras tanto los helicópteros de transportes habían dejado en tierra a los hombres, que se dirigieron hacia el campamento enemigo con el fin de liquidar la misión. Se encontraron con un número superior del que les había comunicado el prisionero y la batalla cuerpo a cuerpo se produjo con evidente ventaja para los atacantes, que se encontraron con un grupo de hombres desconcentrados. La refriega duró varias horas, hasta que murió el último defensor del campamento, pero los hombres de Bernard tampoco tuvieron su mejor día: murieron doce hambres y siete resultaron con heridas graves, pero al fin volvían a su base con la tranquilidad de que los mercenarios enemigos habían sido eliminados.
En el viaje de regreso, en los helicópteros, unos permanecían callados, con gesto muy serio; algunos temblaban sin poderlo controlar y a otros les resbalaban por las mejillas lágrimas por los compañeros caídos.
José y Emilio se fundieron en un abrazo interminable, mientras los dos susurraban: “nunca más, nunca más”.
No había pasado una semana desde la batalla cuando Bernard los volvió a reunir en el hangar y les dijo:
—Esto se ha acabado. Los portugueses han puesto fecha para la independencia y nuestro trabajo ha terminado. Así que quiero daros las gracias por todo, aunque hemos sufrido más de lo que esperábamos por los compañeros que se han quedado en esta tierra, por unos malditos días. Sólo deciros que cuento con vosotros para próximas misiones, se produzcan donde se produzcan. Ahora, cambiaros de ropa, dentro de una hora regresamos a casa.
Los mercenarios se abrazaban, bailaban y daban gritos de alegría. Para más adelante les quedaba a cada uno de ellos su período de meditación, que le duraría lo que le dictara su conciencia.
FIN
MOZAMBIQUE-1![]() Aquellos dos hombres estaban dispuestos a todo con tal de hacer dinero con rapidez, montar algún tipo de negocio y seguir viviendo sus vidas como ciudadanos normales. Se habían enterado de que buscaban “soldados de fortuna” en Mozambique y no se lo pensaron dos veces. Era imprescindible hablar inglés y, aunque uno de ellos no conocía el idioma lo suplía con el portugués, y los dos salieron con dirección a Zambia, ya que Tanzania, Rhodesia y la República Africana apoyaban a Portugal y no permitían actividades bélicas en sus territorios. El cometido de los mercenarios era hostigar a los portugueses para así conseguir la independencia. Y para conseguir este objetivo, los negritos del COREMO (Comité Revolucionario de Mozambique), y después el FRELIMO, apoyado por la UNAMI, etc., pagaban pero que muy bien para ir arrinconando a los lusos en la capital, Lourenço Marques, y obligarlos a marcharse de su tierra. Los dos hombres, después de un largo y accidentado viaje llegaron al campamento que los mercenarios tenían montado cerca de Blantyre, pueblo situado en una lengua de terreno perteneciente a Zambia que se adentraba en territorio de Mozambique. Allí tuvieron sus primeros contactos con otros compañeros y advirtieron que el entrenamiento iba a ser muy duro. No tardaron mucho en asignarle su primera misión: atacar por sorpresa a un pequeño destacamento portugués, situado en un pueblo llamado Vila Moatice, cerca del río Zambebe, y volver a la base causando el mayor número posible de bajas, prefiriendo dejar más que muertos, heridos, ya que éstos bajan mucho más la moral en la tropa enemiga. Los soldados portugueses estaban mucho peor entrenados y con peor armamento que los mercenarios, que utilizaban los últimos modelos de armamento soviético. Todos conocían perfectamente su misión. José era tirador de elite e incluso portaba silenciador, aparte de mirilla telescópica y visor nocturno. Era el encargado de silenciar a los posibles centinelas y, por tanto, el primero en entrar en acción, mientras Emilio portaba el armamento convencional. Aquella noche calurosa los mercenarios llegaron cerca de su objetivo sin que nadie advirtiera su presencia. Empezaba la operación programada para la hora de la cena, y para José era la primera vez que tenía que disparar a alguien que previamente no le había hecho ningún daño. Recibió una seña del jefe de equipo y se colocó el fusil en posición. Era un hombre joven el que hacía guardia, seguramente un soldado de reemplazo. Fue observándolo a través de su visor telescópico y al colocar la cruz en la sien, aguantó la respiración para evitar cualquier movimiento de su cuerpo y, por tanto, del arma, y apretó el gatillo. No quería hacerle sufrir. El soldado cayó al suelo como si una fuerza invisible le hubiese golpeado en la parte posterior de las rodillas. José no sintió nada. Su mente hizo un esfuerzo para aceptar la idea de que la bala dio en la pared y el centinela se tiró al suelo para protegerse. Nadie en el cuartel notó que en la puerta principal ya no tenían centinela hasta que una granada la arrancó de cuajo. En ese momento, el jefe del grupo ordenó atacar a los mercenarios, excepto a José y tres francotiradores más, por si desde su posición localizaban a militares portugueses. José deseó suerte a Emilio. Desde el interior del cuartel les llegaban gritos y el casi exclusivo sonido de las armas rusas. El caduco armamento luso poco tenía que hacer. A los pocos minutos se produjo un silencio roto por los quejidos de los soldados portugueses. Los mercenarios volvieron sin ninguna baja. Regresaron al campamento, se lavaron y quitaron la pintura negra de la cara y se echaron a dormir tranquilamente. No todos durmieron, José, por ejemplo, estuvo casi todo el resto de la noche pensando en la forma tan grotesca en que quedó el cuerpo del centinela. No sería el último hombre que tendría que matar en su vida. Estuvieron en Mozambique varios meses, contando por éxito cada misión, ya que el Ejército portugués era escaso y mal armado para proteger una región tan extensa. Una vez terminado su “trabajo”, los mercenarios fueron trasladados a Etiopía desde donde un avión los transportó a Roma, con sus contratos terminados y con una cuenta bancaria tan grande como manchada de sangre de los de siempre: los inocentes. Al cabo de los años, aquellos hombres muertos por nada, ni por dinero ni por ideales, en tierras muy lejanas a la que les vio nacer, han sido olvidados por el gobierno que los envió allí, e incluso algunos hasta por sus familiares y amigos; pero, en su conjunto, por lo menos uno de sus verdugos por dinero, José, se acuerda de ellos cada día y maldice el momento en que tomó la decisión de creerse Dios, y poder decidir quién tenía derecho a vivir y quién no. R E F L E X I O N ES![]() Durante los nueve mese que pasé en la "Lista de espera" me dio tiempo de escribir sobre algunas de mis ansiedades.
Esta mierda de vida casi sin vida, este maldito pulmón que se marchitó, este aferrarme a todo para engañarme, este soñar lo insoñable, este vivir de ilusión.
Este llegar siempre tarde a todo, menos a mi fecha de caducidad, este no ver crecer a mis nietos, este esperarme quieto, lo que no quiero esperar. Escrita antes del trasplante. A MI MADRE![]() Mi madre y yo cuando me contaba historias. A mi madre y, por extensión, a todas las madres que no han tenido nada fácil criar a sus hijos.
Jamás yo podré olviarme de lo mucho que has sufrío, cuando pasábamos jambre, cuando pasábamos frío, cuando yo andaba descalzo, tú sólo con un vestío, que lo lavabas de noche y estaba descolorío.
Cuando no te veía, llorabas; cuando te veía, reías y me contabas historias, historias de fantasías: “Hijo, cuando tú seas grande me comprarás un cortijo, con un grifo que eche agua y una chimenea par frío”.
Después seguiste sufriendo cuando tus hijos partían a buscarse otra vida, a buscarse la comía. Algunos nunca volvieron, la pena te consumía y te fuiste de este mundo con mu pocas alegrías.
Y no te compré el cortijo como yo hubiera querío, aquel cortijo con grifos y chimenea par frío. Ni contigo pude estar el día que tú te has ío; pero ya sabes, mamá, que siempre estarás conmigo.
En una cosa, mamá, Dios fue muy bueno contigo: te llamó a ti la primera, no viste morir a tu hijo, y te libró del dolor que nosotros hemos tenido. Si es cierto lo que contabas, lo tendrás ahí contigo.
Te quiero, vieja. MENSAJE DESPUÉS DE MUERTO![]() Más de treinta años casado con esta mujer.
Cuánto amor me llevo y cuánto amor te dejo. Esta frase, pronunciada en la película Gosh, la hago mía porque quiero decirte que aunque yo haya muerto, si tú lo deseas, no moriré. Estaré contigo, te protegeré, te daré compañía en las noches de soledad, en las noches en que te encuentres sola con tu dolor; en las noches en que creas que el mundo no tiene sentido para ti. Mi espíritu estará contigo, aferrado a un amor que ni siquiera la muerte pudo destruir. Yo te esperaré en mi eternidad, no me alejaré de ti. Creo que en esta vida no he hecho daño a nadie y creo que tengo derecho a disfrutar del cielo. Pero el cielo sin ti es imposible. Si tú no estás no existe para mí el cielo. Nadie que sea justo puede separarnos hasta el fin de los tiempos. Sólo deseo que los años que vivas seas feliz mientras yo te contemplo con la esperanza de tenerte de nuevo, de seguir algún día gozando de tu amor. Tú sabes, igual que yo, que los dos somos un mismo ser, una misma esencia dividida, pero que el destino quiso hacer justicia juntándonos. Tú eres mi carne, tú eres mi sangre, tú eres mi aliento, tú eres mi vida y tú eres yo, y yo soy tú. Tú eres la razón de mi existencia pasada, presente y futura. Tú eres mi amor. Te espero. LA MUJER DE LA ESTACIÓN![]() Estación de Atocha (Madrid) Inteligente y sencilla, verdadera maravilla de mujer.
Amena y muy divertida, sensata y controvertida a la vez.
Monumento a la belleza, de los pies a la cabeza y al revés.
Mujer por mí deseada, sensualidad reflejada en su piel.
Un día que, por ventura, la vi en aquella estación, conocí su vida dura; se nos unió el corazón.
Después de medio contarme lo que no quería contar, a un paso de enamorarme, yo la quise consolar:
¿Quién se merece tu espanto? ¿Quién tu pena? ¿Quién tu llanto y tu sufrir?
¿Quién puede ajar una flor? ¿Quién es el maltratador tan ruin?
¿Quién de noche? ¿Quién de día? ¿Quién cercena tu alegría y tu reír?
Te has cruzado en mi camino quiero cambiar tu destino y tu vivir. ESCRIBIR BIEN![]() Escribir bien, en contra de lo que piensan algunos, es fundamental. Pero la virtud, como siempre, no está en los extremos, y yo diría que prefiero leer un mensaje lleno de faltas ortográficas que uno escrito con el diccionario de sinónimos y antónimos encima de la mesa del ordenador, siempre que dicho mensaje exprese algo con interés para los que lo leen. Veamos algunos ejemplos de ambos extremos:
“Hacía un día extraordinario, excelente, singular, sorprendente, prodigioso y asombroso, y aquel hombre que caminaba por la calle llevaba un gabán estrafalario, estrambótico, grotesco y chocante...”, lo podíamos cambiar por “hacía un día estupendo y aquel hombre que iba por la calle llevaba un abrigo ridículo...”, sin más. Y esto sin meternos en textos que ni el que los ha escrito se ha enterado de lo que quería decir.
Ahora veamos el uso erróneo de comas, tildes y faltas ortográficas: Es muy conocida la anécdota de la sentencia que dice: “Resultando que no, se le condena a muerte”, suprimir esa coma supone salvarte de la silla eléctrica, por ejemplo.
Otro caso puede ser el de la frase: “Un beso dulce, amor”. Así escrito el beso es el dulce, pero si ponemos la coma detrás de beso, el dulce es el amor.
En relación a la tilde, todos sabemos que no es igual “un examen de inglés” que “un examen de ingles”.
Yo soy un ignorante en gramática, por eso me gusta escribir palabras como “endibias”, porque, como es correcta con be y con uve, no corro el riesgo de equivocarme.
Y, para terminar, quisiera que algún erudito de los que puedan leer este blog me ayudara a terminar esta frase: “Llevaba una vaca encima de la baca de mi coche. Al derrapar en una curva se cayeron las dos.... ¿vacas?, ¿bacas?” Plegaria de un agnóstico![]() ¿Hasta cuándo, Señor?... ¿Hasta cuándo he de sentir la agonía de la muerte antes de morir?
¿Hasta cuándo, Señor?... ¿Hasta cuándo he de mirar esos ojos, en otros tiempos alegres, brillantes por la contención continuada del llanto?
¿Hasta cuándo, Señor?... ¿Hasta cuándo voy a estar haciendo sufrir a esta mujer que me ha entregado su vida a cambio de casi nada?
¿Hasta cuándo, Señor?... ¿Hasta cuándo voy a estar diciendo a mis hijos que me encuentro bien cuando ellos y yo sabemos que estoy mintiendo?
¿Hasta cuándo, Señor?... ¿Hasta cuándo tendré que decir a mis nietos que pronto me curaré y podré jugar con ellos?
¿Hasta cuándo, Señor?... ¿Hasta cuándo crearé ansiedad e inquietud entre mis amigos haciéndoles temer el inevitable desenlace?
¿Hasta cuándo, Señor?... ¿Hasta cuándo? SOBRE EL CHAT![]() Paco estaba y se sentía solo. Encendió el ordenador y entró en un chat para buscar a alguien con quien distraerse un poco y olvidar su soledad. Pensó ponerse un nick acorde con su estado de ánimo y se le vino a la mente “Anacoreta”, pues así se sentía él. Enseguida le abrieron un privado. El nick no le entusiasmaba mucho (Penetraitor-24), pero decidió entablar una conversación: —Hola. —Buenas noches, Penetraitor-24. —Déjame adivinar: tu nombre es Ana y tu apellido Coreta. —Chico listo. —Es que me lo has puesto muy fácil, jajajajaja. —No creas. Mucha gente piensa que anacoreta es un eremita, vamos, un ermitaño de esos que viven solos. —Es que hay gente para todo, jajajajajaja. —¿El 24 son tus años? Porque lo otro está muy clarito. —Jajaja, no, son centímetros; en realidad son 25, me he puesto uno de menos porque estaba harto de que me pincharan para decirme: “Penetraitor-25, por el culo te la hinco”, jajajajajaja. —Da gusto encontrar por aquí gente tan inteligente como tú. —Te propongo un juego. Tú me haces una pregunta sobre mí y yo una sobre ti; eso sí, contestando con sinceridad. —Vale. Ahí va la mía: ¿cuál es tu nombre? —Me llamo Maximiliano, pero mis amigos me llaman Maxi, jajajajaja. ¿Estás casada? —Tienes algún perjuicio con el estado civil de las personas. —No, pero me gustan las casadas y las separadas, tienen más morbo. —Pues lo siento, yo no tengo ni pareja, pero eso sí, he tenido varias. —Es igual, tienes experiencia, que es lo que importa. —Vas directo al grano, ¿eh? —Pues sí, te voy a ser sincero, me tienes muy excitado… estás buenísima. —¿Cómo puedes decir eso si no me has visto? —Tengo una imaginación portentosa, y te imagino estupenda. ¿De dónde eres? —De Madrid. —Estoy solo en casa, ¿por qué no te acercas y nos lo montamos en mi apartamento? —¿En qué zona vives? —Vivo en la calle Magnolias, número 234, en el segundo izquierda, en La Latina. —Dame una hora, tengo que depilarme los pelos del escroto. —¿Escroto? ¿Eres un maricón? —No, un transexual. —Tú lo que eres es un hijo de puta maricón y me voy a cagar en todos tus muertos. Ni que decir tiene que Penetraitor-24 desapareció del chat. RIMAS![]() Rima primera
Tú eres mi pensamiento más profundo, tú eres el aire que respiro noche y día; tú eres lo más lindo que tengo en este mundo, tú eres, Conchi, la existencia mía.
Rima segunda
Tú eres la causa de mi eterno deseo: eres mi amor, mi inspiración y mis delicias; yo soy el hombre más feliz del mundo cuando me haces gozar con tus caricias.
Rima tercera
Quiero decirte con esta poesía que para mí eres mi tesoro, que tu alma siente lo que siente el alma mía, que me quieres, mi vida…, que te adoro. NO EN MI NOMBRE![]() ¿Qué pasa con nuestros soldados en Afganistán? ¿Por qué el PSOE no convoca manifestaciones en contra de la guerra? Allí también hay guerra, aunque los guerrilleros tengan menos medios que los irakíes, y de vez en cuando hacen cosas, como derribar helicópteros, para intentar echar a los invasores de su país. Los militares muertos en Afganistán superan en ocho veces a los muertos en Irak. ¿Por qué el Gobierno actual ha triplicado el número de efectivos españoles en ese país? ¿Por qué Zapatero no hace como en Túnez, que pidió a todos los países que se retiraran de Irak?
Muchas preguntas con respuesta para tontos útiles: “Esta guerra sí es legal”. ¿Puede ser una guerra legal?
Y ahora nos querrán vender la moto del “accidente”. Y no, señores, yo no me lo trago, porque sé cómo son los helicópteros Cougar HT-21, que van provistos de dos motores de turbina con más de 2.000 caballos cada uno, que pueden volar perfectamente con un solo motor, en caso de que uno fallara; que los pilotos, que siempre van dos más un mecánico, son muy expertos.
Por eso tampoco me creo que el segundo helicóptero tuviese que hacer un aterrizaje forzoso si no es porque estuviese siendo atacado desde tierra.
Y pienso también que ya está bien de “misiones humanitarias” donde mueren nuestros militares: el Ejército no es una ONG.
LA MISMA PIEDRA
En plena guerra de Israel contra Hezbolá, a nuestro presidente no se le ocurre otra “gracia” que ponerse el cuello el pañuelo palestino (kafiya).
A los dos días, y antes que la ONU haga ningún tipo de declaración, se ofrece para enviar mil soldados españoles a la zona del conflicto. Pero lo extraño es que el jefe de la oposición le dé automáticamente su apoyo sin que antes se haya debatido en el Congreso las condiciones de todo en las que se van a encontrar nuestros soldados en el Líbano, sobre todo las de seguridad.
¿Cree usted, señor Zapatero, que España es una superpotencia, al igual que Estados Unidos, que debe tener sus tropas en todas partes del mundo?
Donde hacían falta los soldados fue en los incendios de Galicia, pero allí llegaron tarde, pocos y con pocos medios.
Y, claro, que vayan preparando las medallas para los que regresen en cajas de pino, porque eso lo arregla todo.
Por todo esto, ahora soy yo el que grito: “No en mi nombre”.
Trueque moruno![]() He oído la historia cientos de veces. Muchas mujeres que han ido de vacaciones a países árabes vienen contando que el morito de turno quiso cambiarla por camellos (el número de estos rumiantes va en función de la fantasía de la turista).
Yo, que he vivido diecisiete años en países árabes, estoy en disposición de decir que esto es completamente falso por las siguientes razones:
— El camello o el dromedario es el medio de vida del beduino. — Transporta sus mercancías y a él mismo a través del desierto. — La mujer sólo le produce gastos. — Además, si son camellas o dromedarias le dan leche, alimento muy importante en el desierto, y cuando la travesía es larga le alivian su necesidad sexual.
Y es que piensan que donde se ponga una buena camella, que se quiten todas las turistas.
DANI![]() Mientras escribo estas líneas, mis vellos están erizados y un escalofrío recorre todo mi cuerpo, y eso que yo soy un escéptico en estos temas y a todo le busco una explicación científica, pero esto no la tiene o al menos yo no se la encuentro.
Tengo dos nietecitos, uno de seis meses y otro de dos años y medio, que es un revoleras y charla como una cotorra. Ellos viven en Madrid y yo en Alicante. Un día, a la hora de la siesta, mi hija se acostó con ellos en la cama de matrimonio, poniendo uno a cada lado, para evitar que el mayor incordiara al pequeño. Enseguida el pequeño se quedó dormido, mientras el mayor no paraba de charlar.
Mi hija lo dejó por imposible pensando que el cansancio lo acabaría por dormir y ella fue cayendo en un semisueño, a pesar de que no quería dormirse por no fiarse de lo que pudiera hacer el niño, como levantarse.
Entre sueños seguía oyendo los monólogos del niño y se quedó petrificada, no se atrevía a moverse, y esto es lo que oyó:
—¿Cómo estás, hijo?
—Estoy bien, abuela.
—¿No duermes?
—No me gusta dormir, me gusta jugar y la playa.
La voz que oyó mi hija era la de su abuela, la bisabuela del niño, a la que el pequeño no conoció porque falleció siendo éste un bebé y estando ella ingresada durante cuatro años a causa de su enfermedad de Alzheimer.
Se incorporó de un salto, pero, evidentemente, no vio nada.
—¿Con quién hablabas?
—Con la abuela Conchi.
—La abuela Conchi no está aquí, está en Alicante.
—No, con esa no, con la otra abuela Conchi.
Mi mujer, abuela del pequeño, se llama igual que su madre, Conchi, pero al pequeño jamás se le habló de su bisabuela. Mi hija nos llamó llorando entre emocionada y asustada para contarnos la historia.
Hasta aquí podía tener una explicación, pero un día que el niño estaba incordiando mucho, le cogí en brazos y le senté conmigo en el ordenador. Estaba clasificando las fotos antiguas de la familia y apareció la foto de su bisabuela cuando era joven, y el niño, con una cara de alegría inmensa, me dijo:
—Mira, abuelo, la otra abuela Conchi. HISTORIAS DE ATASCOS![]() BENDITO ATASCO Le quedaba hora y media para coger el vuelo que le llevaría a aquella reunión de negocios que pensaba podría solucionarle la vida, y se encontraba en aquel monumental atasco sin poder moverse. —¡Por Dios, sáqueme de aquí, que pierdo el avión! —le dijo al taxista. —Imposible, señor, no podemos movernos en ninguna dirección. Fueron pasando los minutos mientras el nerviosismo le consumía, y cuando su avión despegaba él aún no había llegado al aeropuerto. Tuvo que volver a casa, pues el siguiente vuelo hacia Nueva York no despegaría hasta el día siguiente. Cuando llegó a casa se dejó caer abatido en el sofá y vio cómo la televisión, en un avance informativo, daba la información: “El avión Concorde con destino a Nueva York, que realizaba el vuelo AF4590, acaba de sufrir un accidente nada más despegar del aeropuerto. No hay supervivientes”. ALGUNOS TIENEN SUERTE Vestido con chaqué, la flor en el ojal, al lado de una madrina elegantísima y sin cobertura en el móvil se vio en aquel atasco infernal. Cuando pudo llegar a la iglesia donde debían estar esperándole la novia y los invitados, se encontró la plaza desierta, el templo cerrado y el cura en la puerta. Al verlo llegar, el sacerdote se dirigió corriendo hacia el coche, y el dijo: —No te bajes del coche, se han ido todos; hoy es tu día de suerte. ES QUE... Se encontraba en aquel inmenso atasco después de haber pasado un día muy duro de trabajo. Se armó de paciencia, encendió la radio y se puso a repasar mentalmente lo que había realizado durante el día. Una voz ronca y desagradable le sacó de sus pensamientos: —Eres tonto, siempre te pasa igual, es que no hay otra carretera que no sea ésta; y mira que le dije veces a mi hija que no se casara contigo. Aquella voz siguió martilleando sus tímpanos durante más de una hora. El hombre esperó que los coches que le precedían avanzaran un poco, descendió del vehículo, abrió la puerta trasera y bajó a la señora: —Salga del coche ahora mismo. Se volvió a subir y emprendió la marcha velozmente. Le remordía la conciencia por haber dejado a su suegra en la cuneta, hasta que de pronto se dijo: “pero qué coño suegra, si yo estoy soltero. Ya he vuelto a equivocarme de coche en la gasolinera. Tendré que ir al oculista”. PESADILLA EN EL ATASCO Eran las 5 de la madrugada. Habíamos elegido esa hora para salir de viaje con el fin de no encontrarnos con ningún atasco. A los pocos kilómetros de la salida el grito de mi mujer me sobresaltó: —Frena, Jose, que nos tragamos a ese coche. —Ya lo he visto, ¿crees que estoy ciego? El coche se detuvo muy cerca del vehículo que nos precedía, y enseguida puse en marcha los intermitentes de emergencia. Lo que tanto temíamos nos estaba pasando: estábamos metidos en un atasco. Por el espejo retrovisor vi las luces destellantes del SAMUR y la Guardia Civil que se acercaban por el arcén. Cinco coches nos separaban del accidente provocado por un vehículo que circulaba en dirección contraria a la nuestra y cuyo conductor, probablemente, se había dormido y saltado la mediana de la autovía para ir a empotrarse de frente con otro que circulaba en nuestra dirección. Como la mayoría de los conductores, me apeé y me dirigí al lugar del accidente. La Guardia Civil había establecido un cordón de seguridad y no dejaba pasar a nadie. Desde mi posición lo podía ver con bastante claridad. —Joder —pensé—, un Megane del mismo modelo y color que el mío. Al fijarme más pude ver que la matrícula coincidía con la mía, menos el último número que no alcanzaba a verlo. Los hombres del SAMUR consiguieron abrir la puerta y vi al conductor con la cabeza apoyada en el volante. —Increíble, viste igual que yo. Esto hizo que sintiera un peso en el estómago: eran demasiadas coincidencias. Al echar los médicos la cabeza del accidentado hacia atrás quedé petrificado, al tiempo que sentía unas enormes náuseas. Era yo el hombre que conducía ese coche. Por la comisura de mis labios se desprendía un hilo de sangre. Mis piernas comenzaron a temblar cuando un médico gritaba: “La mujer que le acompaña también está muerta”. Mi respiración se iba volviendo dificultosa y un sudor frío invadía mi cuerpo cuando sentí que alguien me zarandeaba con fuerza: —Despierta, que son las cuatro y tenemos que salir de viaje.
CHASCO![]() Se había levantado nervioso, agitado. Era el día elegido: hoy le daría la gran sorpresa a su novia, sorpresa que llevaba guardando como el secreto más preciado para él durante casi un año.
Había comprado un chalet con maravillosas vistas, había empleado todos sus ahorros en reformarlo a su gusto y, por fin, estaba terminado. Era una vivienda de ensueño, amplias habitaciones, todo exterior con grandes ventanales, miradores y una gran terraza desde donde se contemplaba el mar.
Pero donde Juan se había esmerado más fue en el dormitorio. Instaló una cama de 2 x 2 metros, forró de espejos todas las paredes e incluso el techo, de forma que desde cualquier punto de la cama podían contemplar sus cuerpos desde todos los ángulos posibles.
La novia estaba tan emocionada al ver el chalet, que no era capaz de negarle nada; así que, después de hacer una visita al mueble-bar, decidieron estrenar la enorme cama. Se desnudaron el uno al otro con parsimonia. Juan estaba encantado de que con sólo un movimiento de ojos contemplaba el cuerpo desnudo de su novia desde todas las perspectivas. Ella también.
La tumbó en la cama boca arriba y él, sobre ella, empezó a besar su cuello, después buscó su boca, volvió al cuello y empezó a descender hacia sus pechos sin dejar de besarla. No paró ahí, siguió descendiendo dejando una estela de saliva hasta su pubis. Allí se detuvo, separó las piernas de ella, mientras se incorporaba y quedaba él de rodillas. Acercó su cabeza hacia el sexo de su novia, dispuesto a disfrutar y a hacerla disfrutar, embriagado por el olor que desprendía a almizcle.
De repente ella le agarró por la cabeza y le separó con violencia: él la miró sorprendido y pudo ver cómo cerraba con fuerza sus ojos mientras en su boca se dibujaba un gesto que no supo distinguir si se trataba de una sonrisa mal disimulada o de una arcada contenida. Elevó un poco más la vista y allí, encima de sus testículos, como bola de Navidad adornando el árbol, estaba la maldita almorrana.
"NASÍA PARA KAPÁ"![]() La pared del salón de la moza en cuestión Anoche fui a visitar a mi mujer preferida, de todos muy conocida, feminista radical, talibán sindicalista, enamorada de Marx.
Nos pusimos a cenar, y antes de irnos a la cama ella se quiso duchar. Y yo, con mi caradura, miré por la cerradura aquel cuerpo sensual.
Cuando se quitó el vestido me quedé tan sorprendido, yo diría anonadado. Tenía, de lado a lado, entre el pubis y el ombligo, un letrero tatuado.
Aquel letrero decía, con muy mala ortografía: “Nasía para kapá”. No me quiero ni acordar que aún me tiemblan las canillas y me cuesta respirar.
Sentí temor angustiado de ver mi escroto cortado por su tijera afilada, o quizá por las espadas samurais con que adornaba la pared de su morada.
Corrí hacia el ascensor, pero, antes que viniera, bajé por las escaleras, escalones, dos a dos, hasta meterme en mi coche que no quería arrancar.
Es que no podía pensar, y con tanta agitación, quise arrancar el motor con la llave del buzón. En menuda situación me metí yo por salido.
Ahora estoy arrepentido y me he dicho: “por mi bien, me quedo con mi mujer, no lo dudo ni un momento, porque estoy viejo y cansado y no quiero un escarmiento”.
EL DETERIORO![]() La última cena, de Leonardo da Vinci
Hace bastante tiempo leí una historia que contemplaba el deterioro de las personas. Esta historia contaba que Leonardo da Vinci, en su magistral obra La última cena, fue seleccionando modelos para copiar sus rostros, y que tanto Jesús como sus apóstoles fuesen imagen de hombres reales.
Para representar a Jesús, que fue el primero que pintó, eligió a un hombre joven, de diecinueve años, cuyo rostro reflejaba paz y serenidad.
Leonardo siguió buscando y pintando apóstoles, dejando para el final a Judas, ya que no encontraba a nadie que reflejara en su cara la mezcla de expresiones de un hombre traicionero, desleal e hipócrita que él tenía en su mente al decidirse a realizar dicha pintura.
Al fin, en una prisión, encontró a un condenado a muerte por varios delitos de robos y asesinatos, y le propuso que posara para él. El reo, al ver a Da Vinci, le dijo:
—Maestro, ¿no te acuerdas de mí?
—No te conozco; jamás olvidaría una cara como la tuya. Jamás olvidaría ese odio, ese rencor y esa miseria humana que transmite tu mirada.
—Maestro, hace años que posé para ti. Yo soy el Jesús de tu Última cena.
Recapacitando sobre esta historia, pienso que en un tiempo pude ser modelo para representar a Jesús; más tarde, seguramente, pude ser válido para representar a Judas; y ahora creo que soy el modelo ideal para representar al demonio (rabo incluido).
F E L I P E![]()
Durante la guerra perdió todo lo que tenía, incluso su casa fue bombardeada y aún conservaba un recuerdo de una esquirla de una bomba, que le hacía cojear levemente.
Se movía por el romboide (para los que conozcan Madrid) comprendido entre Bilbao, San Bernardo, Noviciado y Fuencarral. Era muy conocido y querido en todos los talleres y comercios de la zona, porque él había nacido allí, y ellos le proporcionaban el sustento a cambio de recados y pequeños favores que él hacía.
Felipe era su nombre, y dormía en el Metro de Bilbao, gracias a que conocía al jefe de estación, aunque tenía que acostarse muy tarde y levantarse muy temprano. El hombre estaba amargado, aunque jamás le oí quejarse de la vida que le había tocado vivir; se refugió en la bebida, y siempre encontraba a alguien dispuesto a invitarlo a un vaso de vino y a gastarle una broma, siempre que no se refiriese a su afiliación política: era republicano y si le llamabas “facha” podías tener un problema. A la hora del bocadillo me dirigía a él:
—Felipe, por favor, dile a la señá Almudena que he dicho yo que te dé un bocadillo con 50 gramos de jamón, pero que sea en tacos gordos.
La señora Almudena sabía lo que tenía que poner, pero Felipe volvía cabreao:
—Esta tía hace lo que le sale del coño; otra vez te ha puesto el jamón en lonchas.
A veces, al entrar al taller (donde había un escalón muy peligroso), resbalaba y alguien siempre soltaba la frase:
—¡Quieto, vino, que me tiras!
A lo que Felipe contestaba con rapidez y cara de pocos amigos:
—¡Que no es el vino, pringao, que es la herida de la pierna… me tiés contento!
Por las mañanas, cuando entrabas al bar a desayunar él ya estaba en su rincón, como si fuese a tirar un córner:
—Buenos días, Manolo, ponle un café a Felipe.
Aquella frase le hacía reaccionar enseguida:
—Manolo, a Felipe, mejor le pones un vaso de vino.
Ya desde por la mañana se le calentaba la boca y el cerebro y empezaba a contar historias que él mismo se creía y, por exageradas, grotescas y divertidas, causaban regocijo a todos los que las oían.
Cuando Felipe se ponía a contar algunas de sus aventuras se iba formando un corrillo a su alrededor que cada vez iba en aumento, y las rondas corriendo sin que él pagara ninguna.
Recuerdo muchas historias que me traen a la memoria una sonrisa, al recordar las carcajadas de los compañeros. Una de ellas trataba de cuando fue destinado a Guinea, con el grado de sargento. El barco partía desde el puerto de Algeciras a las 9:00 de la mañana, así que Felipe le dijo a un soldado:
—Esta noche, por ser la última en la Península, vamos a pasarla de cachondeo, que ya tendremos tiempo de descansar durante la travesía.
Así lo hicieron, y cogieron tal borrachera, que a las 9.30 se despertó el soldado y le dijo:
—Mi sargento, mire la hora que es. El barco se ha ido y nos hemos quedao en tierra.
—Vamos corriendo al puerto —dijo Felipe.
Al llegar al puerto, con petate incluido, vieron que el barco ya había partido, y, según contaba Felipe, se veía muy pequeñito a lo lejos.
—¿Qué hacemos mi sargento?
—¿Cómo que qué hacemos? Al agua.
Los dos hombres se lanzaron al agua y comenzaron a nadar para conseguir alcanzar al barco. Al rato de ir nadando, Felipe dijo:
—Soldado, ¿dónde coño está el barco?
—Mi sargento, nos lo hemos pasado; se ha quedado atrás y tendremos que esperarlo para que nos recoja.
Así lo hicieron hasta que el barco llegó a su altura.
—Eh, los del barco, tíranos unas maromas.
Después de una noche de borrachera y estar nadando a velocidad de motora, subieron a pulso al barco escalando por las maromas y cargados con los petates. Pero la sorpresa y lo más interesante de esta historia estaba por pasar: nada más poner los pies en cubierta se oyó un grito a bordo:
—Hombre al agua.
—¿Qué pasa? —preguntó Felipe.
—Pues que se ha caído un negro al mar y está rodeado de tiburones blancos.
No se lo pensó dos veces. Cogió un cuchillo de cocina y se lanzó al agua para salvar al negro de una muerte segura. Y así lo hizo. Según él, mató siete tiburones... y porque el resto se dio a la fuga.
Cuando los izaron al barco el negro no paraba de decirle:
—Buana, desde hoy soy tu esclavo.
Y terminaba con la frase:
—No le hice ni puto caso al negro, ya conocéis cómo soy yo.
Una vez en su destino de Guinea, un domingo por la tarde, contaba:
—Como me aburría, cogí nueve Land Rover largos, los llené de negros y me fui a cazar leones. Nos pasamos todo el día andando y no vimos ningún león. Ya íbamos a volver cuando, detrás de una mata, asomó un león de unos 300 kilos, gruñendo, amenazando en forma rampante, como en los escudos heráldicos. En la selva se formó una carrera de negros y me dejaron solo ante aquel bicho tan grande. Ni me inmuté. Me eché el CETME a la cara y empecé a disparar en la posición de ráfaga, pero para mi desgracia el arma se había encasquillado y no disparaba. Como el león avanzaba hacia mí a toda leche, le di un meneo al arma, miré el interior del cañón, vi que venía la bala, apunté al león y éste me dijo: “Felipe, no me dispares, que soy la Virgen del Carmen”. Pues si tú eres la Virgen del Carmen yo soy el sargento Felipe. Naturalmente, no me dejé engañar y me lo cargué.
Felipe seguía contando su historia haciendo caso omiso a las carcajadas de los compañeros:
—Así que mandé a los negros que le amarraran al león las patas y las manos, les metieron un palo entre ellas y lo subieron a un Land Rover. A la vuelta al cuartel tuvimos que pasar un riachuelo que venía muy crecido y se nos averiaron seis coches; los negros se bajaron a empujar y aparecieron cientos de cocodrilos…, en fin, que tuvimos que hacer una escabechina de cocodrilos.
Uno de los presentes, para provocar más su imaginación, le recordó que en Guinea no había cocodrilos:
—Felipe, si en Guinea no hay cocodrilos…
—¡Coño!, pues serían anacondas; el caso es que tenían un pedazo de boca que cada vez que la abrían se tragaban a un negro.
—Menuda bronca te echaría el capitán, después de perder seis coches y un montón de soldados indígenas…
—De eso nada, sólo me dijo que se quedaba con la cabeza para ponerla disecada en la pared, y el pellejo del león para regalárselo a su mujer como alfombra.
Un día de invierno a Felipe tuvieron que sacarlo del Metro los servicios del SAMUR. Había muerto quizá soñando con la próxima historia que nos iba a contar. ALEF LILA U LILA (Las mil y una noche)![]() La claraboya de mi terraza Cuando viví en Marruecos, mi primera casa era un ático raro que tenía incluso una terraza con una claraboya en el centro para proporcionar luz a otro piso. Un caso raro, la claraboya estaba en mi casa pero pertenecía a otro piso.
Allí vivían un grupo de hombres (ya contaré esa historia), que un día se fueron y la casa fue ocupada por un profesor que poseía un serrallo, así que lo que para nosotros era un castigo el tener que mantener limpia la claraboya, se convirtió en un placer tenerla en perfecto estado de limpieza.
Por las tardes/noches, desde el pasillo de mi casa se podía ver el salón y el dormitorio principal y no ser vistos desde abajo si apagábamos las luces. Así que mi hermano pequeño y yo pasábamos allí buenos ratos restregando los ojos contra los cristales hasta que a colleja limpia nos desplazaban nuestros hermanos mayores para ocupar ellos el sitio.
El harén estaba perfectamente organizado, se componía de una mujer de unos cuarenta años, que era la jefa, y de tres más jóvenes, sobre todo una que tendría sobre dieciséis o diecisiete años. A mí, la que más me ponía era la jefa, siempre me han gustado las mujeres mayores, eso me pasaba desde los siete años, como ya he comentado en otro sitio, aunque ahora me ha cambiado la tendencia. Ella disponía los turnos; si en alguna ocasión el jefe lo demandaba, por supuesto, era complacido, pasaban dos, pero ella siempre entraba sola.
A mi edad aquello era el paraíso, ¡qué suerte tenía el tío ese!, ¡qué visión!, ¡qué excitación! En cierta ocasión me encontraba solo y, naturalmente, fui a observar qué pasaba en el piso de abajo. El profesor se encontraba metido en la cama y, a través de una goma larga, fumaba, me imagino que hachís; al lado de la cama, de pie, la segunda del harén, desnuda, permanecía desabotonando el camisón de la más joven, que llegaba hasta el suelo. Desde mi punto de vista la jovencita estaba de espalda y la más mayor de frente. Cuando el camisón estaba abierto hasta debajo del pecho, pasó las manos suavemente por los hombros de la niña, haciendo un movimiento hacia su espalda y desplazándolo hacia atrás, con lo que consiguió que la prenda cayera sobre sus pies, dejándola completamente desnuda.
Aquella escena se quedó grabada en mi mente durante muchos años. No era difícil saber por qué la cuarentañera (que no cuarentona) era la jefa del harén. Cuando ella hacía el amor, siempre terminaba debajo, y desde arriba parecía que el culo del morito estaba echado sobre uno de aquellos tocadiscos antiguos que giraban los discos de vinilo a 45 revoluciones por minuto. Cada vez que hacía el amor daba un golpe de autoridad.
A CONCHI![]()
Cuarenta años de esencia, veintitrés años de amor, llenando con tu presencia, con tu fragancia y ardor los días de mi existencia.
Pemán lo dijo una vez, y, aunque plagiar no quisiera: “a más tiempo, más mujer; a más años, más solera”, que es como tiene que ser.
CAMILO JOSE CELA. (En paz descanse, coño)![]() Que se los den a cualquiera.
Desconocido. Lo recibí en un correo. MI PULPO![]() Ya casi no entro en Internet, me siento sólo entre tanta gente que se esfuerza por intentar que mi vida sea normal, en hacérmela agradable, y mis palabras más repetidas son: “no me apetece, no puedo”.
Sólo hago caso a mi animal de compañía, un pulpo de agua dulce que aún no sé si es real o fruto, por llamarlo de alguna forma, de mi imaginación.
A veces me anima: “Tú que te comías el mundo, que en mayo del 68 levantabas barricadas en las calles de París, que fuiste una institución respetada en el Tercio, que no te asustaban las bombas que explosionaban a tu lado en Saigón, y tantas veces que te jugabas la vida alegremente..., y ahora, mírate, acobardado, acojonado por nada”.
Otras veces me cuenta su vida: “Verás, he vivido varias vidas; ésta es mi quinta reencarnación. En una de mis vidas anteriores fui una araña y tuve una relación maravillosa con la más hermosa araña del Universo. Me enamoré de sus ojos, de la blancura de sus dientes, de sus labios..., de toda ella. Hicimos un viaje de placer a Palma de Mallorca y allí se terminó todo: me pilló en dos infidelidades (sin contar la de la profesora de matemáticas, que me la había perdonado). La primera vez me sorprendió cabalgando sobre la camarera de habitaciones del hotel, y la segunda bebiéndome una fanta en el surtidor de la entrepierna de la mejor amiga de la camarera, mientras ella sostenía una naranja en su boca”.
— ¡Qué mentiroso eres, Pulpito!
—Ay, calla, si yo te contara... Desde la princesa altiva, a la que pesca en ruin barca...
— Anda, déjame descansar y no plagies.
Elucubraciones mañaneras de una mente castigada por el insomnio. Escrito anterior al trasplante. ¿POR QUÉ HAS VENIDO?![]()
Por tus encantos, tus lindos ojos, tus labios rojos que yo besaré.
Por tu dulzura, por tu ternura, por la tersura que tiene tu piel.
Por tus sonrisas, por tus caricias, y por la dicha de estar junto a ti.
Y, POR PENSAR, PIENSO A VECES![]()
GRACIAS
Después de mi trasplante quise leer lo que sobre mí se había escrito en los foros. Me fue imposible hacerlo porque, al empezar a leer, mis ojos se llenaron de lágrimas y no conseguía avanzar en la lectura. Por tanto, decidí copiarlo y guardarlo en un archivo para leerlo más adelante. Hoy ha sido ese día, pero sigo emocionándome, no sé si es por la edad que me está haciendo más sensible o, como dice una amiga mía, me estoy amariconando.
Son cantidades de mensajes de ánimo y buenos deseos, llegados de muchos sitios de España e incluso del extranjero. Tengo mensajes de, por orden alfabético, Alexandra, Amazonía, Ankara, Asereti, Bathyscaphe, Bruja36, Carson, Cora, Divina, Enid, Enik, Filipides, Gea, Gisela, Jazmín, Leonsolitario, Luzdemaría, Luzzz, Marieta, Paqui, Ploa, Roki, Rastinger, Rubita_2007, Sakkarah, Smama, Seikences, Sugus, Urania, Velus, Yaiza-II, Zandra… y algunos otros, además de un grupo numeroso de Invitados. A éstos hay que agregar los aue llamaron a casa para dar ánimo a la familia, y aún hoy siguen haciéndilo.
Lieter tuvo el detalle de dedicarnos un emotivo programa de radio desde su emisora “En Clave de Sol”.
YaSi merece una mención aparte, ya que, además de convertirse en el portavoz de la familia, me escribió tantos mensajes que con ellos podría hacer un libro titulado “Cartas sin contestación, dirigidas a un desagradecido”,
Desde aquí quiero daros las gracias a todos por haberme dado parte de las fuerzas que he necesitado para salir de este trance y haber hecho que me sienta apreciado y querido.
Gracias a todos,
ÉRASE UNA VEZ...![]()
No puedo escribir hoy nada alegre o divertido, porque mi cabeza sólo está en disposición de narrar algo así como un diario de una muerte anunciada y espaciada en el tiempo de forma inútil y absurda, a forma de castigo a las personas que me quieren, porque para mí morir sería un descanso, un alivio, una evasión y un escape hacia un mundo de paz, supongo. Sería librarme del sufrimiento constante y machacón, difícil de vencer aun poniendo toda mi voluntad en un positivismo, inoperante ante la obviedad.
Solamente unos cuantos “elegidos” tenemos la desventaja de ver llegar el fin de nuestros días y hacerlo en un perfecto estado de facultades mentales, y, por tanto, conscientes de todo lo que acaece en nuestro organismo, sin necesidad de ningún tipo de escáner para ello. Nuestra mente recibe, en tres dimensiones, las imágenes del órgano dañado, y su lento pero inexorable deterioro hasta alcanzar el cese de la función para la que fue concebido.
Cuántas veces, simulando aquella película, que creo que se llamaba Viaje alucinante, donde se reducían hombres y submarino a un tamaño casi celular y se introducían dentro de un cuerpo humano, o la serie para niños de Érase una vez…, me he introducido en el interior de mi cuerpo y al llegar a los pulmones he exclamado: “¡Esto no hay quién lo arregle, esto es hormigón!”.
La fibrosis no detiene su marcha y se va extendiendo por los pulmones como una mancha de aceite. Es la marabunta o un banco de pirañas hambrientas y empeñadas en acabar por engullir su presa, pero todo proyectado a cámara lenta.
Y ya, viéndome tan cerca del final del camino, no me queda el ánimo ni la fuerza suficientes para pronunciar ni una letanía en forma de lamento desgarrador, ni una plegaria, ni una oración. Ni siquiera preguntar un ¿por qué? Ya sólo la esperanza de que los acontecimientos venideros no sean tardos en su desarrollo y concluyan sin necesidad de prolongarse más este sufrimiento que, como una maldición vengativa, cayó, quiero pensar que por azar, sobre mi familia y amigos.
A veces quisiera creer, creer que hay un otro lado donde me esperan mis padres y mi hermano Miguel, y donde yo esperaré, quisiera que fuese por mucho tiempo, al resto de mi familia y de mis amigos. Que existiese una continuación de esta vida, pero sin las injusticias y desigualdades que existen en este Mundo. Donde no haya privilegios para nadie. Quisiera que hubiese algo que justificara el paso por esta vida. Pero, desgraciadamente, no creo que un Dios pueda ser tan injusto, que en un punto insignificante del Universo haya puesto un planeta lleno de seres con entendimiento para comprender su sufrimiento, pero sin conocimiento del por qué.
Escrito antes del trasplante.
PULPO EN EL CHAT![]()
—Hola, Pulpito, ¿qué me cuentas hoy?
—Hola, Discóbolo, hoy te voy a contar que estoy harto de hacer el cibergilipollas. Harto de ser alto, moreno, con ojos verdes; unas veces separado, otras casado, dependiendo de lo morbosa que sea la dama contertulia; empresario, abogado, médico o militar..., cuando en realidad soy un frutero bajito, calvo como la entrepierna de la Nancy, con ojos saltones y tripa cervecera tan pronunciada que me impide vérmela hasta para mear.
—Bueno, Pulpito, por lo menos te evades un rato y no haces mal a nadie.
—También estoy harto de leer eso de “soy muy sincera, auténtica e irrepetible”. De que te vendan la moto describiendo un cuerpo de mujer escultural mientras la imagino en bata, con los rulos puestos, un culo que no le cabe en la silla y una cara hecha con un compás.
—Tú, en tu línea: muy positivo. No me negarás que es muy gratificante mantener una conversación amena, de esas que te proporcionan una gran satisfacción, que siempre te saben a poco y piensas que sería estupendo tener a esa persona a tu lado, como amiga, porque te das cuenta que enriquece tu espíritu.
—Déjate de chorradas, Discóbolo, lo mío en el chat son las cibermamadas, cuando en realidad lo que quiero es besar unos labios de mujer, aunque tengan sabor a chorizo de pueblo conquense, a empanada mallorquina, a butifarra catalana o a cocido madrileño.
—Venga, relájate y vete para el chat. En más de 35 puedes pillar cacho.
—Ya estoy tardando.
MI PRIMER AMOR![]()
Yo soy un viejo verde desde los siete años y he hecho lo que he querido desde la misma edad, ya que mi madre tuvo tantos hijos (todos con mi padre, claro) que casi nunca recordaba el número con exactitud, lo que nos daba margen para escaquearnos. Y me viene esto a la memoria porque he recordado mi primer gran amor cuando yo tenía esa edad: Paquita, una niña más o menos como yo, pero con el encanto que acompaña a las mujeres desde su nacimiento. Al agacharse mostraba una braguita muy blanca, soleada, y yo me moría por saber qué ocultaba aquella braguita.
Pero había un problema: a mi mejor amigo le gustaba la misma chica y decidimos que sería ella la que tendría que elegir. Preparamos una estrategia y la llevamos a cabo. Se trataba de mandarle cada uno una chocolatina Nestlé, de esas que eran tan finas que podrían valer para liar un porro, y una notita cada uno con la inscripción: “¿Quieres ser mi novia?”, y cada notita con nuestra firma. No recuerdo de dónde sacamos el dinero para comprar las chocolatinas, no sé si buscamos chatarra y la vendimos o directamente le dimos un asalto a los poco abultados monederos de nuestras madres.
Una vez las chocolatinas en nuestro poder, pensamos que era una injusticia que la niña se comiese las dos, mientras nosotros ni las probaríamos. Así que decidimos mandarle sólo una y la otra repartirla muy equitativamente entre los dos, porque por mucha amistad que nos uniese un mal reparto del chocolate podría acarrear una pelotera entre nosotros.
Cada uno escribió y firmó su nota: “¿Quieres ser mi novia?”, y una vez decididos a entregarle el delicioso manjar, no hizo falta hablar; abrimos la chocolatina que quedaba, y mi amigo dio un chupetón desde el centro hacia el norte y yo otro desde el centro al sur. La volvimos a liar en el papel de aluminio, lo pegamos con engrudo y la echamos por debajo de la puerta. No hubo respuesta para ninguno de los dos.
A los pocos días me encontré de frente con su madre, que me amenazó con contárselo a la mía. ¡Como si mi madre no tuviese otros problemas que solucionar!
Pienso que esa niña me dejó traumatizado. En todas las mujeres busco rasgos suyos: era morena, de dientes blancos y sonrisa soñadora y generosa. He visitado psicólogos que me han aconsejado que busque mujeres de características completamente opuestas, pero nada… las nórdicas, sí, puede que sean guapitas y educadas, pero les falta sangre, son muy sosas; además, cuando veo vellos rojos o rubios en ciertas partes, me da la risa porque a mí lo que me gustan son los felpudos como mi “Bienvenido”, es decir, negros, que resalten en las sábanas blancas (aclaro que es una opción particular, no vaya a ser que a alguien le guste las nórdicas).
Dando vueltas por el Mundo he comprobado que las mejores mujeres son las de los países limítrofes con el Mediterráneo y las caribeñas. Lo dice uno que ha “mojado” en los cinco continentes.
P/D.: No confundir la Literatura, aunque sea mala, con la vida real del autor del mensaje, porque yo jamás he “mojado” en Oceanía. Estos tíos están tan bien organizados y cumplen los horarios tan a rajatabla que no te dan tiempo ni a echar un “rapidito” en los servicios del aeropuerto.
VIAJE A ESTRASBURGO![]() Decidí que era el momento de conocer mundo. No era la primera vez que había salido de casa, pero esta vez quería hacerlo definitivamente, vivir mis sueños, mis aventuras...
En casa tuvimos un intenso “intercambio de opiniones”, ya que mi madre se oponía radicalmente, mientras mi padre, que en esto me había transmitido sus genes, me miraba con cierta envidia e incluso me apoyaba. Ganó la mayoría.
Me puse en contacto con un individuo que se dedicaba a transportar personas y mercancías desde España al extranjero y viceversa. Quedé con él, ajustamos el precio del viaje y partimos hacia Estrasburgo, ciudad francesa en la frontera con Alemania. Al encontrarme con aquel tipo quedé impresionado: era un hombre muy corpulento, de una edad indefinida, manos muy grandes; en uno de sus dedos portaba un enorme sello de oro y, a pesar del frío intenso de Madrid en enero, vestía indumentaria de verano y un pañuelo de seda al cuello con nudo corbatero. Había sido campeón de boxeo en la categoría de peso pesado, no recuerdo dónde. Tenía una furgoneta Wolkswagen de aquellas que utilizaban los hippys, pero preparada para el transporte; en la parte delantera llevaba dos asientos de tres plazas, y el resto, destinado a la carga.
Salimos hacia Barcelona, acompañados de su hijo (un chaval que no había cumplido aún los quince años) y un pastor alsaciano que me llevó todo el viaje acojonado porque no apartaba su mirada de mí. Nada más llegar a la Ciudad Condal se dirigió al Barrio Chino, aparcó y le dijo a su hijo:
—Niño, cuida de la furgoneta y del perro que enseguida volvemos.
El niño se quedó renegando en arameo y nosotros nos dirigimos con paso firme a uno de esos bares que por entonces había en la zona.
—Es que si no hecho un buen polvo es como que no funciono bien.
—Mira, yo lo que quiero es comprarme unas botas con un buen forro para el frío que me espera.
—No te preocupes, después paramos en una zapatería.
Una vez dentro del local, nos sentamos en una mesa, yo pedí un café y él desapareció con una mujer a la que parecía conocer muy bien. Yo observaba todo aquel mundo como algo nuevo y curioso. Clientes que entraban, se acomodaban en la barra y enseguida eran abordados por mujeres con maquillaje exagerado, hablaban unos minutos y se marchaban juntos. Estaba absorto en mis pensamientos cuando, al levantar la vista, observo frente a mí a una mujer entradita en carnes, de una altura superior a la mía, con un bolsito en la mano que giraba en forma de molinete.
—Delgadito, ¿echamos un polvo?
—Lo siento, señora, espero a mi jefe, y si llega y no me ve, pues, ya sabe, estoy despedido.
—Anda, tonto, si no vamos a tardar nada; además, te voy a hacer un buen precio.
En ese momento unas risotadas me hicieron volver la cabeza. Era el transportista que volvía entre dos mujeres, a las que abarcaba por la cintura.
—Bueno, señora —proseguí hablando con la del bolsito—, ya está aquí mi jefe.
—No me digas que “El Manolo” es tu jefe… Chaval, ten cuidado con él porque este tío termina jodiéndote.
Aún hoy no sé el sentido que aquella mujer quiso darle a lo de “termina jodiéndote”.
Salimos hacia Francia después de comprar las botas y un bocadillo con una cerveza para el chaval…; la cerveza era “para que se fuera haciendo un hombre”, y paramos a cenar antes de cruzar la frontera “porque era más barato”.
Después de cenar sacó al perro para que hiciera sus necesidades en el lugar más apartado del aparcamiento, donde se hallaba un hombre haciendo lo mismo con otro animal.
—Eh, oiga, llévese su perro de aquí, que éste es muy agresivo —le gritó Manolo.
—Pues si es agresivo, es usted quien tiene que llevárselo, aparte de ponerle un bozal.
—Serás cabrón —dijo Manolo—, pues te vas a enterar. Niño, vete al coche por la estaca.
Dicho esto, soltó al pastor alsaciano, que se lanzó sobre el otro perro. La pelea fue feroz y Manolo se llevó una gran desilusión, pues el otro perro casi destrozó al suyo. Ciego de rabia, la emprendió a estacazos con el otro animal al que el dueño acudió a defender. Manolo le propinó tal puñetazo que el hombre quedó tendido en el suelo sin conocimiento. Cogió a su perro en brazos, que estaba lleno de sangre y se manchó toda la camisa, y nos dijo con mucha tranquilidad:
—Venga, corriendo a la furgoneta, que hay que pasar la frontera antes de que llegue la policía.
Pasamos la frontera española sin ningún problema y llegamos a la francesa. Apareció un gendarme, nos pidió los pasaportes y después de sellarlos se dirigió hacia Manolo:
—¿Algo que declarar?
—No, nada.
—Abra la furgoneta.
Aquello parecía el almacén del Corte Inglés: cajas de coñac Soberano, anís del Mono, cajas de cartones de Ducados y Celtas cortos, chorizos, latas de espárragos, jamones…, en fin, suministro para un año.
—Queda confiscada la furgoneta.
—Por favor, tengo siete hijos pequeños, estoy parado y tengo que hacer lo que sea para darles de comer. Mire, me acaban de asaltar en España, mire la camisa llena de sangre, querían robarme todo, pero tengo que dar mi vida por mis hijos. Fíjese el chichón que me han hecho con un palo. El gendarme tocó aquel enorme bulto en la cabeza y ponía cara de circunstancias mientras observaba las lágrimas resbalar por las mejillas de Manolo. Yo alucinaba al ver aquella perfecta representación teatral.
—¿Ha presentado denuncia en España?
—No, señor agente, lo que quiero es llegar pronto a casa porque no sé en qué circunstancias se encuentran mi mujer y mis hijos.
—Mire, nada más tenga ocasión hágase examinar en un hospital: siga su camino, pero jamás vuelva a pasar por este puesto fronterizo o haré que lo encarcelen.
—Muchas gracias, es usted una buena persona.
—Váyase antes de que me arrepienta.
Nada más subir a la furgoneta, al ver que yo lo miraba con ojos desorbitados, me dijo:
—Chaval, en esta vida hay que saber montárselo.
—¿Y cómo te has hecho ese chichón?
—Bah, es de nacimiento.
Continuamos viaje hacia Estrasburgo, y a las cuatro o cinco horas, se arrimó al arcén, paró la furgoneta y le dijo a su hijo:
—Venga, Juan, coge el volante que voy a echar una cabezadita.
—¿Qué? —exclamé yo asustado.
—A ver si va a resultar que eres un cagón acojonao; el niño sabe conducir muy bien, ¿o crees que voy yo a hacer 2.000 km sin parar?
No dije nada, ese tío era capaz de dejarme tirado en la cuneta. Así que él se echó a dormir en los asientos traseros y el tal Juanito empezó a conducir. La verdad es que lo hacía muy bien, pero yo seguía con el miedo metido en el cuerpo. No paré de darle conversación para que no se quedara dormido. De pronto el niño dio un volantazo y soltó una maldición:
—Joder, por qué poco se me ha escapado ese conejo.
Llegamos a Estrasburgo y nos dirigimos directamente al “Amicale Espagnole”, centro de reunión de españoles en esa ciudad. Allí vino a recogerme mi hermano y nos dirigimos a su casa, donde permanecí un tiempo hasta que encontré un trabajo y una vivienda. Empezaba una de las épocas más felices y más activas de mi vida.
CONCIENCIA![]()
Era un día frío, como casi todos los días del invierno en Estrasburgo; el termómetro posiblemente marcara los –15º. Tenía mucha pereza porque había dormido muy mal, pero, haciendo un esfuerzo, me vestí y bajé a tomar café, como cada día laborable en el bar “Étudiant” de la Quai des Batelieres. Tenía que aparentar normalidad, así que me senté y pedí un café, mientras bromeaba con el camarero.
Empecé a ojear con avidez el diario Dernières Nouvelles d'Alsace y allí, en la página de sucesos, estaba la noticia: “Ciudadano yugoslavo tiroteado bajo le Pont d'Europe” (puente que separa Francia de Alemania).
Un escalofrío recorrió mi cuerpo, al mismo tiempo que me tranquilizaba la noticia de que había fallecido, lo que impedía que pudiera declarar. La versión del periódico distaba mucho de lo sucedido, ya que lo achacaba a un ajuste de cuentas o a un crimen de índole político entre facciones yugoslavas, cuando en realidad había sido un acto de legítima defensa.
Seguí ojeando el periódico y vi un anuncio que me llamó la atención porque suponía el abandono de la ciudad de una forma que no levantaría sospechas: “Empresa norteamericana ofrece trabajo a jóvenes en Nueva Caledonia”. Llamé por teléfono a mis amigos que la noche anterior me acompañaron y a las 10,00 horas estábamos los tres en las oficinas de la Warner Sofi, Co., firmando un contrato de trabajo sin saber qué firmábamos y sin importarnos nada: sólo queríamos salir de la ciudad, apartarnos de ese lugar.
Ninguno de los tres sabíamos dónde se encontraba Nueva Caledonia; incluso uno de mis amigos sugirió que debía encontrarse cerca de la frontera con España. Llegamos a París para el pertinente reconocimiento médico y recibir una batería de vacunas.
Al día siguiente nos encontrábamos dentro de un avión en el aeropuerto de Orly que nos llevaría a Roma. Desde allí, en aviones de compañías desconocidas y haciendo muchas escalas para conectar con vuelos baratos, fuimos recorriendo aeropuertos de ciudades de Europa y Asia: Estambul, Ankara, Delhi, Phnom Penh, Saigón.
Allí nos dimos cuenta de que la reacción de las vacunas había afectado severamente a Juan, hasta el punto de tener que hospitalizarlo. Pedimos al representante de la empresa que nos permitiera quedarnos con él y éste nos concedió una semana que después se transformó en dos meses.
Lo que sucedió en Saigón es otra historia. Una historia dura que quizá cuente en otro momento.
A los dos meses recibimos noticias de la empresa que nos comunicaba que nos recogerían en el aeropuerto y seguiríamos, junto a otra remesa de trabajadores, nuestro viaje: Saigón, Yakarta, Darwin, Brisbane y, por fin, Numea. Un viaje que duró cincuenta y dos horas cuando debía haber durado menos de doce.
Tenía un año por delante para tratar de borrar de mi mente esa maldita noche en que vi cómo mi amigo era introducido en un vehículo a punta de pistola. Me dirigí, furioso, acompañado de mi amigo Juan, hacia mi coche y emprendí una persecución desesperada.
Antes de llegar a la frontera, el vehículo se apartó de la carretera principal tomando un camino rural que conducía a la ribera del río Ill, afluente del Rin. El coche que iba delante se detuvo y yo paré el mío, apagué las luces; comprobé, junto con el amigo que me acompañaba, que los cargadores de la pistola que ocultaba bajo el asiento estaban completos y, bajando del coche, seguimos el camino a pie procurando no hacer ruido. La vegetación del lugar favorecía el acercamiento sin ser vistos. Cuando estábamos a pocos metros no se nos ocurrió otra idea que gritar: ¡Alto, policía! Los agresores intentaron huir y el que golpeaba a mi amigo entró en el coche, cuyo motor permanecía en marcha, y arrancó a una velocidad tal que a su compañero, el que iba armado, no le dio tiempo de subir al vehículo.
Comenzamos a acercarnos al lugar de los hechos con dos claras intenciones: auxiliar a nuestro amigo y devolverle con creces a ese individuo el daño que le había infligido.
De repente, vi un fogonazo y sentí el silbido de una bala muy cerca de mi cabeza. Fue un acto reflejo, apreté el gatillo de mi pistola apuntando hacia el lugar donde salió la llamarada y vi cómo aquel hombre tan alto clavaba sus rodillas en tierra y caía con las manos en cruz.
No nos entretuvimos en comprobar nada, ayudamos a nuestro amigo a incorporarse y salimos con dirección a nuestro coche. Lo arranqué, nos pusimos en marcha en dirección a la ciudad y, sin casi pronunciar palabra, dejé a cada amigo en su casa y yo me fui hacia la mía, no sin antes pasar por el bar para dejarme ver con el fin de tener algún día una hipotética coartada.
Así que ahora tenía un año para olvidar, pero no fue suficiente porque al cabo de muchos años ese recuerdo sigue acudiendo a mi mente con una frecuencia poco deseada.
Y no ceso de hacerme muchas preguntas: ¿En un caso similar todos los hombres pensarán igual? ¿Qué sentirán al quitar la vida una persona? ¿Qué pensarán?
VIETNAM![]()
Corría el mes de marzo de 1971, cuando a aquella Compañía de Marines estadounidenses, acompañada por un grupo de mercenarios, se le encomendó la misión de limpiar de guerrilleros del Vietcong el triángulo comprendido entre las poblaciones de Ap Loc Thanh, Ba Ra y Bo Tuc, cerca de la frontera con Camboya y una de las zonas más selváticas del país.
El capitán Smith dividió la Compañía en varios grupos y nos envió a los mercenarios como avanzadilla, bajo las órdenes del sargento hispano Sánchez. No llevábamos media hora caminando cuando una lluvia de balas cayó sobre nosotros. Los guerrilleros salían de túneles subterráneos, descargaban sus kalashnikov sobre nosotros y desaparecían con la misma rapidez que aparecían. La escaramuza duró pocos minutos y causó tres bajas mortales en nuestro grupo, más un compañero que introdujo el pie en una trampa de bambú. No encontramos a ningún enemigo.
Mientras proseguíamos la marcha, la adrenalina y un sinfín de sensaciones se adueñaron de nosotros, entre las que destacaban el miedo y la sed de venganza por los compañeros muertos. A unos 100 metros divisamos una pequeña aldea formada por cabañas de bambú. Pensamos que allí se ocultarían los guerrilleros y procedimos a rodearla y atacarla por varios flancos.
Nadie respondió a nuestros disparos; sólo nos recibieron mujeres, niños y ancianos portando banderas blancas. El intérprete preguntaba por los guerrilleros, pero no obtenía respuestas. Mis compañeros no se andaban con miramientos, disparaban a todo lo que se movía, mientras un grupo nos dedicábamos a registrar las cabañas buscando combatientes o cualquier indicio que denotara su presencia.
Al entrar en aquella cabaña noté una sensación rara, contuve la respiración y oí un ruido bajo mis botas. Retiré una alfombra de juncos y me encontré situado encima de una portezuela que daba a un pequeño sótano. Abrí la puerta con mucho cuidado sin dejar de apuntar con mi arma hacia la oscuridad que emanaba del suelo. Encendí la linterna y allí, encogidos en un rincón, se encontraba una anciana con tres pequeños. La anciana se incorporó y me miró con ojos suplicantes. Yo llevé mi dedo a la boca para pedirle silencio y después volví a bajar la puerta y poner encima la alfombra de juncos.
La operación terminó con una masacre de civiles y el poblado en llamas.
Dos meses después me encontraba en Saigón, tomando una cerveza en un bar frecuentado por soldados americanos. Alguien me golpeó en la espalda y, al volverme, me encontré de frente con aquella anciana, cuyo rostro nunca podré olvidar.
—Aléjate de este bar todo lo que puedas, ahora mismo.
Le hice caso, y cuando llevaba unos metros andados, sentí en mi cabeza el vacío de una fuerte explosión y en mi espalda el empujón de la onda expansiva. Volví la cabeza y vi en llamas el bar donde hacía tres minutos tomaba una cerveza plácidamente.
¿Du llu espic ingliss?
Esto es la carta que escribió una señora al programa de Luis del Olmo para que la leyeran en directo:
Desde que las insignias se llaman pins, los maricones gays, las comidas frías lunchs, y los repartos de cine castings, este país no es el mismo: ahora es mucho, muchísimo más moderno.
Antaño los niños leían tebeos en vez de comics, los estudiantes pegaban posters creyendo que eran carteles, los empresarios hacían negocios en vez de business, y los obreros, tan ordinarios ellos, sacaban la fiambrera al mediodía en vez del tupper-ware.
Yo, en el colegio, hice aerobic muchas veces, pero, tonta de mi, creía que hacía gimnasia. Nadie es realmente moderno si no dice cada día cien palabras en inglés. Las cosas, en otro idioma, nos suenan mucho mejor.
Evidentemente, no es lo mismo decir bacon que panceta, aunque tengan la misma grasa, ni vestíbulo que hall, ni inconveniente que handicap...
Desde ese punto de vista, los españoles somos modernísimos. Ya no decimos bizcocho, sino plum-cake, ni tenemos sentimientos, sino feelings.
Sacamos tickets, compramos compacs, comemos sandwiches, vamos al pub, practicamos el rappel y el raffting, en lugar de acampar hacemos camping y, cuando vienen los fríos, nos limpiamos los mocos con kleenex.
Esos cambios de lenguaje han influido en nuestras costumbres y han mejorado mucho nuestro aspecto. Las mujeres no usan medias, sino pantys y los hombres no utilizan calzoncillos, sino slips, y después de afeitarse se echan after shave, que deja la cara mucho más fresca que el tónico.
El español moderno ya no corre, porque correr es de cobardes, pero hace footing; no estudia, pero hace masters y nunca consigue aparcar pero siempre encuentra un parking.
El mercado ahora es el marketing; el autoservicio, el self-service; el escalafón, el ranking y el representante, el manager. Los importantes son vips, los auriculares walkman, los puestos de venta stands, los ejecutivos yuppies; las niñeras baby-sitters, y hasta nannies, cuando el hablante moderno es, además, un pijo irredento.
En la oficina, el jefe esta siempre en meetings o brain storms, casi siempre con la public-relations, mientras la assistant envía mailings y organiza trainings; luego se irá al gimnasio a hacer gim-jazz, y se encontrará con todas las de la jet, que vienen de hacerse liftings, y con alguna top-model amante del yoghurt light y el body-fitness.
El arcaico aperitivo ha dado paso a los cocktails, donde se hartan a bitter y a roast-beef que, aunque parezca lo mismo, engorda mucho menos que la carne.
Ustedes, sin ir más lejos trabajan en un magazine, no en un programa. En la tele, cuando el presentador dice varias veces la palabra O.K. y baila como un trompo por el escenario la cosa se llama show, bien distinto, como saben ustedes, del anticuado espectáculo; si el show es heavy es que contiene carnaza y si es reality parece el difunto diario "El Caso", pero en moderno.
Entre medias, por supuesto, ya no ponen anuncios, sino spots que, aparte de ser mejores, te permiten hacer zapping.
Estas cosas enriquecen mucho. Para ser ricos del todo, y quitarnos el complejo tercermundista que tuvimos en otros tiempos, sólo nos queda decir con acento americano la única palabra que el español ha exportado al mundo: la palabra "SIESTA".
Espero que os haya gustado... yo antes de leerlo no sabía si tenía stress o es que estaba hasta los cojones.
SOLDADOS DE FORTUNA![]()
El jefe de aquel nutrido grupo de mercenarios daba las últimas instrucciones antes de comenzar la acción de desalojar a los guerrilleros de aquel poblado, donde habían conseguido hacerse fuertes y establecer su base de operaciones:
“Revisad el armamento y la munición, y ya sabéis: primero disparar y después preguntar. No quiero ningún tipo de sorpresa, sobresalto ni imprevisto. Dentro de una hora llegará el ejército regular y no debe encontrar ninguna resistencia. Mañana, los periódicos hablarán de su proeza, pero eso a nosotros nos da igual, lo único que nos interesa es llenar los bolsillos a tope. Con tres misiones más nos podremos retirar a vivir tranquilamente en la civilización.”
No era verdad. No se puede vivir tranquilamente. En tu interior sabes que por cada cuerpo que cae, por cada hombre al que le quitas la vida, matas un trozo de la vida de sus seres queridos. Estás en una guerra que no te incumbe, matando hombres que no te han hecho nada, y eso, tarde o temprano, se paga.
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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO
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