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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2008. RAP DE LA VIDA DE NICO![]()
Cuando me despierto están todos muertos. Y no quiero guerra, así que me bajo a jugar con la perra.
Pasa media hora y mi madre asoma, me peina y me lava y me da la jala.
Llega el Albertito y le digo: tío, ¿tú de qué vas? con ese careto me vas a asustar.
No entiende la broma, pone cara rara, y sacando las uñas me araña la cara, me araña la cara, me araña la cara.
Tras la pelotera me voy a la escuela. Allí me espera Carol, que si por mi fuera, la mandaba al paro.
Qué pesá la tía, quiere que haga un mapa sólo en cinco días, sólo en cinco días, sólo en cinco días.
Es que estoy muy fuerte, más que Spiderman, más fuerte que el Titi y más que Supermán.
Menos mal que pronto vamos a tener a los Reyes Magos y a Papá Noel, y a Papá Noel, y a Papá Noel.
Me pido a los Lunis y al perrito Guani, pa jugá to el día con mi hermano Dani, con mi hermano Dani, con mi hermano Dani.
Nico es mi nieto y tiene cuatro años. LA TUMBA PERDIDA DE JESÚS![]()
El cine ha encontrado un filón en la figura de Jesucristo, y la prueba la tenemos en las más de 100 películas que sobre el tema se han filmado, algunas de ellas dando beneficios espectaculares, como Los Diez Mandamientos, de la que C. B. DeMille hizo dos versiones.
Pero mientras más dura y más polémica, más morbo, más taquilla y más dinero, que es lo que se pretende. Así que la cosa ha ido in crescendo y más directores subiéndose al carro de los dólares, empezando por Martin Scorsese con La última tentación de Cristo, Mel Gibson con La Pasión de Cristo, Ron Howard con El Código Da Vinci y para poner la guinda y no quedarse fuera del pastel, James Cameron y Simcha Jacobovici se sacan de la manga un documental (La tumba perdida de Jesús) sobre una supuesta tumba de Jesucristo.
Se trata de un sepulcro hallado en Jerusalén, en el barrio de Talpiot, donde hay varios nombres grabados: Jesús, María, José, Mateos, Judas..., que es la prueba que tienen estos cineastas para asegurar, en contra de la opinión de los arqueólogos israelíes que señalan que las pruebas son inconsistentes, y de la tradición cristiana que ubica el sepulcro de Jesús bajo la basílica que mandó construir Santa Elena, madre del emperador Constantino el Grande, en el siglo IV, para proteger ellugar.
Según el censo de aquella época, se calcula que había más de 600 familias judías con coincidencia de nombres entre sus miembros. Pero, como digo, todo es bueno para sacar dinero, y han esperado veintisiete años después de su descubrimiento para, espoleados por el éxito económico que está aportando la figura de Jesús en el cine, sacar este documental, que no hará ningún daño a la Iglesia, como no se lo ha hecho El Código Da Vinci, pero sí dará muchos millones a los listos que saben cómo conseguirlos. Y no hará daño porque, aunque fuese cierto, la doctrina de la Iglesia católica, que, según muchos autores no fundó Jesucristo, sino San Pablo, con la cabeza visible de San Pedro, forma parte de nuestra memoria histórica, para bien o para mal y pese a quien pese.
P O B R E S![]() Cuán distintos son los gustos en las distintas personas, y con qué poca cosa, a veces, nos sentimos regalados. Claro que, como dice el refrán, “hay gustos que merecen palos”. Se podría decir que cada persona es un gusto, y si hiciésemos a la gente la pregunta de qué es lo que más le gusta, nos encontraríamos respuestas de las más variopintas. Cuántas veces hemos oído la frase de “a mí lo que más me gusta es...”, aunque detrás de esta frase casi nunca viene algo inalcanzable, sino algo banal, como, por ejemplo: —Pegarme mi buena siesta. —Dormir oyendo la lluvia golpear. —Tirarme pedos en los ascensores y en el Metro cuando van “petaos”. A poca gente le he oído decir que lo que más le gusta es hacer un crucero alrededor del mundo en las mismas condiciones que podría hacerlo el sultán de Bahreim. Y es que somos pobres hasta para pedir, ¡coño! Pues yo no, yo no soy pobre para pedir. Debo ser la excepción que confirma la regla, pero yo quiero que me toque el Euromillón, y mientras más millones mejor. Prefiero tener el problema de no saber qué hacer con tanto dinero que el de no poder llegar a fin de mes.
HISTORIA CON DOS FINALES![]()
Serían las 0,30 horas, la actividad era frenética en los talleres del periódico; todos sabían su cometido y lo desarrollaban con profesionalidad, aunque, a decir verdad, una mezcla de nerviosismo y orgullo los embargaba. Ese día era el elegido para el nacimiento de un nuevo diario de tirada nacional y tenían la responsabilidad de que todo saliese perfecto. Las linotipias “Electrones” no paraban de escupir las últimas líneas de los artículos y noticias que debían aparecer en ese primer número.
Julián, uno de los linotipistas encargados del cierre de la sección de “Internacional”, empezó a sentirse mal, un leve mareo y un “nudo” en el estómago le impedían rendir a la altura que las circunstancias requerían en aquel momento. Se dirigió al jefe de sección y le comunicó su malestar. Éste le dijo que abandonara el puesto de trabajo y se fuese a casa. Julián se resistió porque era una ocasión muy especial en su vida profesional, pero su estado empeoraba por momentos y no tuvo más remedio que abandonar los talleres.
Se desprendió de su bata de trabajo, se puso el abrigo y se dirigió a los ascensores que le conducían al garaje donde tenía aparcado el coche. A pesar de sus cuarenta años era un hombre deportista, había sido subcampeón de tiro de precisión con arma corta y aún participaba en torneos de tenis para aficionados.
Entró en su coche y se dirigió a su casa. Quitó la calefacción, a pesar de que corría el mes de enero y Madrid sufría un invierno durísimo con temperaturas de varios grados bajo cero. Pensó que el frío le despejaría la cabeza. Tuvo que aparcar a dos manzanas de distancia de su domicilio y comenzó a andar despacio, hasta llegar a su portal. Tenía razón, el frío le había despojado de la presión y se sentía bastante mejor.
Abrió con parsimonia el portal, se dirigió al ascensor, se introdujo en él y pulsó el botón del piso 14. Mientras subía, por su cabeza pasaban un sinfín de pensamientos, entre ellos el de volver al periódico. De repente el ascensor paró y las puertas se abrieron. Se encontraba en la puerta de casa y pensó no hacer el más mínimo ruido para no despertar a su mujer, que dormiría plácidamente.
Así lo hizo, cerró la puerta tras de él con sumo cuidado y fue directamente al dormitorio sin encender las luces, guiándose en la oscuridad por la luz de su encendedor. De pronto notó que por debajo de la puerta de su dormitorio se veía una raya de luz. Pensó que su mujer estaría desvelada y quizá leyendo algún libro, pero, al acercarse, oyó unos jadeos que lo dejaron petrificado.
La sangre le ardía, en su estómago notó una presión que le producía náuseas. Su primera intención fue derribar la puerta y asesinarlos a los dos. Le temblaban las piernas, las manos. En su mente se produjo una lucha de ideas contradictorias sobre lo que debía hacer. Intentó calmarse. Se dirigió a su cuarto de trabajo, abrió uno de los cajones de su mesa, y, del fondo, debajo de una carpeta, sacó una pistola del calibre 22 que él utilizaba para tiro de precisión. Cogió un cargador que tenía repleto de balas, y, con las manos temblorosas, introdujo el cargador en el arma y alojó una bala en la recámara.
PRIMER FINAL
Ya no pensaba, el rencor y el dolor que sentía le impedían pensar, pero, haciendo un esfuerzo, consiguió calmarse. Se dirigió al dormitorio, abrió la puerta de golpe y allí se encontró con una escena que jamás se le había pasado por la imaginación que un día podría verla. Su mujer dio un grito y el amante no podía articular palabra. Julián, con lágrimas de dolor y rencor en los ojos, permanecía de pie apuntando con su arma a la adúltera y a su amante.
Éste temblaba y sólo llegó a decir:
—No sabía que estaba casada.
La mujer, por su parte, intentando cubrir su desnudez, le dijo:
—Julián, por favor, guarda la pistola, vamos a hablar, haré lo que quieras.
Julián ni los oía. Sin dejar de apuntarles con la pistola, se dirigió al balcón, lo abrió y el tremendo frío invadió la alcoba.
—Salid los dos al balcón, pero sin nada de ropa, tal y como estáis.
La mujer intentó protestar, pero Julián la atajó:
—Si vuelvo a oírte dispararé contra los dos.
No tuvieron más remedio que salir a cinco grados bajo cero y desnudos.
Julián cerró la puerta del balcón, echó todas las cerraduras de la puerta de entrada de la calle, desconectó el teléfono y se dejó caer abatido en un sillón con la cabeza entre las manos. Así permaneció, sumido en sus pensamientos, hasta que el estruendo de la puerta de entrada, derribada por los bomberos, le hizo reaccionar. Detrás de los bomberos aparecieron la policía y los servicios del SAMUR; unos para detener a Julián y otros para retirar a dos personas que se encontraban en el balcón, fallecidas por hipotermia.
Jamás volví a ver a Julián.
SEGUNDO FINAL
Se dirigió al dormitorio. Julián amaba profundamente a su mujer, incluso en esa situación no la culpaba a ella, sino que pensaba que toda la culpa era de ese indeseable que había engañado a su esposa. La perdonaría; cambiaría, si fuese necesario, su profesión para no dejarla sola de noche; empezarían una nueva vida olvidando el incidente, pero él, ese hijo de puta que había osado acostarse con su mujer tenía que pagarlo... y lo pagaría.
Abrió la puerta mientras sujetaba la pistola con las dos manos. La mujer dio un salto y salió gritando de la cama. El amante permaneció paralizado, sin reacción... no sabía qué hacer, sólo intentó vestirse rápidamente, pero no le dio tiempo. Un primer disparo le destrozó su rodilla derecha. Gritaba de dolor cuando recibió un segundo impacto en la otra rodilla, un tercero en la articulación del codo izquierdo y el cuarto en el codo derecho.
Julián sabía dónde disparar y no falló. Quería dejarlo paralítico, que pagara con creces lo que le había hecho, matarlo sería poco castigo. Cegado por la ira, y pareciéndole poco, la emprendió a golpes contra el herido. Después le colocó cuatro torniquetes para evitar que se desangrara y salió corriendo de casa antes de que la policía llegara.
Deambuló por las calles hasta que abrieron los bancos. Retiró todo el dinero y desapareció. Pero era tanto el amor que sentía por su mujer que la llamó para que se reuniera con él. Ése fue su error, la policía tenía intervenido el teléfono. |
LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO
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