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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2008. VACACIONES![]()
–Hola, Discóbolo…, esta vez casi la palmas. –Hola, Pulpito, no la he palmado porque había mucha gente empeñada en lo contrario. –Entre los que me encontraba yo. –Gracias, Pulpo. –Y ahora, ¿cómo te encuentras? –Bien, ya han pasado casi seis meses y me voy estacionando; sólo algunos problemas menores derivados de la medicación tan grande a la que estoy sometido, sobre todo inmunosupresores, corticoides… –Háblame en cristiano, con que me digas "pastillas" vale. ¿Y ahora a qué te dedicas? –Pues me voy de vacaciones, a descansar de hospitales y de médicos. –¿Y tú eres el que estás enfermo? ¿Sabes qué te digo?, pues que te estás montando una película para que te cuiden y te mimen. –Como te aprecio mucho no te voy a decir que te cambies conmigo. –Bueno, ¿cuándo vuelves? –Estaré fuera tres semanas. –Que te diviertas y no hagas excesos. –Gracias, Pulpo, hasta la vuelta.
Maldito dinero (2)![]()
Enseguida me hice una composición de la situación y decidí utilizarla en mi provecho. De aquí en adelante las leyes las dictaría yo:
—De estas cosas no se puede hablar alegremente, pero te aseguro que tengo el riñón bien repleto y mis abogados no tardarán en sacarme de aquí, ellos saben muy bien cómo hacerlo. Ya hablaremos con más tranquilidad en la celda.
Él asintió y ya sólo se interesaba por si yo necesitaba algo..., incluso me dijo que si quería doble ración de postre él me la conseguiría.
Camino hacia la celda, un funcionario me cogió del brazo, y me dijo:
—Usted está exento de ducharse con los demás, cuando quiera hacerlo utilice las duchas de los funcionarios, y si quiere algo del exterior sólo tiene que decírmelo... ¡Lo que sea!
Al llegar a la celda, mi compañero estaba nervioso; en una especie de mesita vi un paquete de Marlboro, un cenicero y un encendedor.
—Es mi regalo de bienvenida, espero que algún día nos podamos ver fuera de aquí y tener una buena amistad.
De repente se oyó un revuelo entre los internos y mi compañero me dijo que tendríamos que formar en las galerías porque no sé qué ONG venía a distribuir ropa y tabaco entre los presos. Yo me negué a ponerme en la fila y le dije que tampoco lo hiciera él, que yo le proporcionaría la ropa que necesitara. Estuvo de acuerdo con eso, pero fue a recoger su parte para después negociar con esa mercancía.
A la mañana siguiente mi compañero se ofreció a hacerme la cama alegando que yo no estaba acostumbrado a realizar esas labores. Estaba observando la agilidad con que realizaba aquella labor y la destreza con que manejaba las sábanas cuando apareció un funcionario que me pedía amablemente que le acompañara, ya que el director de la prisión deseaba hablar conmigo.
—Pase y siéntese, por favor —mientras pronunciaba estas palabras me ofrecía amablemente un cigarrillo—. He estado revisando su dossier y deduzco que usted no pasará muchos días aquí. Es más, opino que su detención es un acto político para evitar que se produzca alarma social, así que aquí le trataremos como a un hombre honrado que está sufriendo un error.
—Muchas gracias, señor.
—Por tanto —continuó—, usted no tendrá horario restringido de visitas y cuando quiera comunicarse con el exterior sólo tiene que decírselo al funcionario de turno, que le proporcionará un teléfono.
—No sé cómo agradecérselo.
—Bueno, no hago esto para que lo agradezca, sino porque lo considero un acto de justicia.
Estuvimos largo rato hablando de temas muy variados: economía, turismo, hostelería, política... Al llegar a este apartado comentó que el país no iba lo bien que se podría desear, que los jóvenes no tenían muchas oportunidades.
De pronto, fijó su vista en mí, y me dijo:
—Fíjese, tengo una sobrina que hace un año terminó Ciencias Económicas y no consigue encontrar un empleo acorde con su titulación. ¿No conocerá usted alguna empresa que pueda ofrecerle un empleo digno?
—¿Puedo hacer una llamada desde su teléfono?
—Por supuesto.
Llamé a mi administrador y le dije que le iba a mandar a una chica, que la contratara y facilitara su trabajo, que permanecería con nosotros hasta encontrarle una empresa de mayor volumen de negocio. Nada más colgar el teléfono, el director me dio un tremendo apretón de manos, mientras me decía que cualquier cosa que necesitara sólo tenía que pedirla.
¡Mardito parné!
Maldito dinero (1)![]()
Aquel año había ganado mucho dinero trabajando duro y muy lejos de casa (por lo menos eso era lo que le contaba a quien me preguntaba). Además, era imposible gastar el dinero en aquel país perdido y olvidado del resto del mundo, porque allí no había nada en que gastar el dinero.
Así que, cuando volví a Francia, me encontré con un capital bastante considerable que, siguiendo por una vez los consejos de mis hermanos mayores, decidí invertir para evitar que me pasara como en otras ocasiones en las que dilapidé grandes sumas de dinero en negocios más o menos legales.
Aun siendo bastante joven, decidí convertirme en un empresario honrado. Adquirí un local en el centro de la ciudad y monté un bar-restaurante estilo español, con cocinero y camareros españoles. El negocio funcionaba bien, pero a mí me agobiaba tantas paellas familiares, niños corriendo y gritando entre las mesas y, sobre todo, las fiestas flamencas que se montaban los sábados por la noche.
Pensé en cambiar el negocio, así que reformé el local y lo convertí en un restaurante de lujo de cocina internacional, con un cocinero oriental, otro español y un tercero francés. Ahora sí que entraba dinero en cantidad y contaba con una plantilla de casi 40 empleados. Yo sólo aparecía por el restaurante a firmar algunos papeles que me presentaba el administrador, hombre de mi entera confianza.
Un día fui invitado a una reunión de la Patronal de Hostelería, donde se acordó crear una sociedad entre los 24 restaurantes más importantes de la ciudad para la adquisición, al por mayor, de los productos culinarios, con el fin de reducir costes. Todo funcionaba a la perfección, las ganancias aumentaron.
Yo vivía rodeado de lujo, coches de alta gama, un ático de 250 metros en la mejor zona de la ciudad, con vistas extraordinarias. De mujeres no hablo. Eso era vivir.
Demasiado bonito para que durara mucho. Una mañana, el timbre de mi puerta empezó a sonar insistentemente, abrí y frente a mí encontré a tres hombres trajeados que se identificaron como policías. Me esposaron y me trasladaron a la Seguridad Nacional, donde una jueza dictó mi ingreso inmediato en prisión sin derecho a fianza. El director de la empresa de abastecimientos a los restaurantes no había cotizado ni un solo franco a la Hacienda pública, aunque, eso sí, se había encargado de que los propietarios de los restaurantes recibiéramos perfectas falsificaciones de las cartas de pagos, con sellos incluidos. Nos había convertido a todos en responsables solidarios del desfalco a Hacienda (en Francia los delitos fiscales no prescriben).
Me condujeron a la prisión, me desnudaron, ducharon a manguerazo, sesión fotográfica de frente y de perfil y traslado a una celda ocupada por un convicto de homicidio. El recibimiento por parte de este individuo fue deprimente: me leyó la cartilla nada más entrar, incluso en presencia de los funcionarios de prisiones que hacían oídos sordos:
—Ésta es mi celda. Aquí rige el horario y las leyes que impongo yo. ¿Fumas?
—Sí.
—Pues sólo podrás hacerlo en el patio, aquí lo tengo prohibido. ¿Tienes dinero?
—Algo.
—De ese tema ya hablaremos.
Era ya la hora de comer y nos condujeron al comedor. Yo observaba a los demás para imitar su conducta y no llamar la atención. Con la bandeja llena de aquella bazofia me dirigí a una mesa y me senté. Duró muy poco porque unos presos hicieron que me levantara porque decían que les pertenecía. Permanecí un rato de pie con la bandeja en las manos y cuando todos se habían sentado me dirigí a una mesa que no ocupaba nadie. Estaba alucinado, sólo se oía el sonido de las cucharas golpear en los platos y la televisión dando las noticias.
De pronto se hizo un gran silencio, la televisión daba la noticia de un desfalco a la Hacienda por un valor que nadie de los que estaban allí sabía muy bien la cantidad de dinero que eso suponía, pero que les parecía una cifra que incluso a muchos les costaría escribir. De pronto fueron apareciendo las fotos de los implicados, entre las que estaba la mía. Aquello obró un milagro, una docena de presos se dirigieron hacia mi solitaria mesa, pero fueron rechazados por mi compañero de celda, al cual le tenían un gran “respeto”.
—Perdone usted (ya no me tuteaba), lo que le he dicho en la celda es la típica broma que gastamos a los novatos.
—No te preocupes.
—¿Es verdad que tiene tanto dinero? ¿Lo tiene bien escondido?
Tolerancia cero para los maltratadores
Estoy totalmente de acuerdo con esa “tolerancia cero”, pero quisiera que este tema dejase de utilizarse de forma demagógica y se ampliase a otros delitos que parece que se les da menos importancia.
He leído en la prensa y visto en la televisión que un hombre ha estado encarcelado durante trece años, acusado de una violación que se ha demostrado que no cometió, ya que se ha encontrado al autor del hecho y coincide su ADN. ¿Por qué se ha tardado tanto en comprobar su ADN y/o porqué no se hizo esta prueba en su debido tiempo?
Y ahora, ¿qué va a pasar? No hay dinero suficiente para devolverle a ese hombre los trece años que pasó en la cárcel con la etiqueta de violador, con lo que eso supone en la prisión, las 4.745 noches donde el silencio se oye, se ve y se palpa, sólo roto por el chirriar de los cerrojos y alguna queja, lamento o maldición de los condenados. ¿Cómo se recompensa a su familia por los sufrimientos padecidos y el estigma de ser la esposa, la hija, el padre o la madre del violador?
Se me ocurre una idea: la mujer que lo acusó falsamente, el fiscal que se empeñó en su culpabilidad y el juez que lo envió a prisión con unas pruebas poco demostrables deberían ingresar en prisión durante el mismo tiempo que estuvo recluido el inocente, además de pagarle la indemnización por daños y perjuicios.
Acróstico a mi hija Eva María![]()
Estrella de luz radiante,
Vuelo de ave seductora,
Arte de mujer currante,
Melodía de la aurora.
Aroma de mil fragancias,
Rosa privada de espinas,
I lusión de mis amores,
Alma pura de mi hija.
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Así ando yo: entre el desasosiego y la flaqueza de ánimo; ora preguntando, ora indagando, sumido, naufragado, evertido, rescatado.
Sin ganas, medio vestido; más que saliendo, salido; más que jodiendo, jodido... y ella… esperando.
Sin apetito, de estragos harto; dispuesto, pero tranquilo; enervado, pero calmo... y ella… apurando.
Hoy soy moro, musulmano, las quiero y se lo confieso, mas no me muevo… y me canso.
Y ellas... ellas que vayan bailando.
(Anónimo.)
PROVERBIOS MORALES de ALONSO DE BARROS (fragmento)![]()
Cuanto más lo considero, más me lastima y congoja ver que no se muda hoja que no me cause algún daño; aunque, si yo no me extraño, todos jugamos un juego, y un mismo desasosiego padecemos sin reposo; pues no tengo por dichoso al que el vulgo se lo llama, ni por verdadera fama la voz de solos amigos. Ni por fieles testigos los que son apasionados. Ni tampoco por honrados los que no son virtuosos. Ni los que son envidiosos por vecinos de codicia. Ni pienso que hará justicia el que no tiene conciencia. Ni al que le falte experiencia tendré por buen consejero. Ni capitán que presuma de serlo no estando alerta. Ni el cobarde hallará puerta segura para escaparse. Ni acertará a disculparse el que hiciere cosa fea. Ni tiene cebo el amor como amar y ser amado. Ni más infeliz estado que es el falto de esperanza. Ni hay quien tenga larga vida que no tenga larga pena. Ni es sabio el que se condena por culpa que otro merece. Ni puede un engaño estar por mucho tiempo ocultado. Ni hay hombre muy descuidado que también no sea perdido. Ni más cierto y deleitoso amigo que un libro bueno. Ni sabio que en vicio ajeno para el suyo no escarmiente. Ni falta jamás qué hacer al que bien quiere ocuparse. Ni puede nadie librarse de envidia o de menosprecio. Ni hay provecho cual gastar bien el tiempo antes que acabe. Ni sabe poco el que sabe vencer su dificultad. Ni tan ligera saeta como el pensamiento humano. Ni más bárbaro tirano que el que con muerte castiga. Ni hay Milón tan esforzado a quien no venza un mosquito. Ni término más finito ni infinito que el del hombre. Ni caudal tan suficiente que baste al gasto de un loco. Ni quien suba poco a poco, que no descienda rodando. Ni se puede una verdad, si es cruda, dar a comer. Ni hay quien se pueda valer contra su propio deseo. Ni puede haber calidad de que el hombre no sea divino. Ni más bravo desatino que el desprecio de la vida. Ni ofensa que se haya hecho que a tiempo no resucite. Ni habrá contento que quite tan solamente una cana. Ni manjar tan exquisito que mucho tiempo no enfade. Ni vicio que más agrade que no remuerda o condene. Ni loco y desenfrenado como el ignorante y rico. Ni grande que no sea chico si carece de virtud. Ni aprovecha un buen varón tanto como daña un malo. Ni es menester gran regalo para conservar la vida. Ni hay precio que satisfaga al hombre si es codicioso. Ni está alegre el envidioso no estando el vecino triste. Ni amistad con interés que pueda mucho durar. Ni quien guste de tratar con amigo que empobrece. Ni hay alguno tan sabido que sepa lo que le basta. Ni es justo que por ser casta la mujer se haga insufrible. Ni habrá tan cierta victoria como una segura paz. Ni razón más eficaz que el ejemplo y la experiencia. Ni será una medicina para todos lo humores. Ni jamás vi dos señores que quieran juntos mandar. Ni comienza el hombre sabio sin gran consejo gran cosa. Ni puede ser provechosa reprehensión con menosprecio. Ni está lejos de negar el que duda en responder. Ni hay cosa que a la mujer sea más propia que el adorno. Ni se deben diferir las cosas para mañana. Ni, aunque sabrosa, muy sana la salsa de murmurar. Ni hay caudal que a la doncella iguale a ser vergonzosa. Ni hay vida más deleitosa que el estudio en cosas varias. Ni hay buena conversación que no deleite el sentido. Ni plazo menos sabido ni más cierto que la muerte. Ni quien ame o aborrezca sin medio, si no es mujer. Ni es a todos el leer igualmente provechoso. Ni suele ser la riqueza de la vida compañera. Ni hay amistad verdadera entre el rico y el que es pobre. Ni hay cosa más natural que el ingenio ser curioso. Ni hay artificio engañoso que el tiempo no lo descubra. Ni presteza y providencia a quien fortuna no asista. Ni hay fuerza que no resista contra el poder de verdad. Ni necio más arrogante que un bajo con dignidad. Ni quien tenga libertad contra aquel que algo le dio. ............................................. Y pues llega el San Martín del mayor y del menor, cada uno en su dolor se consuele, que no hay mal a quien le falte su igual, y serán los duelos menos, medidos con los ajenos.
______ P/D.: Milón = Atleta griego. San Martín = El día de San Martín es el día de la matanza de cerdos en los pueblos.
08/08/2008 18:34 Autor: jose-b. #. Tema: Refranes, citas y proverbios. No hay comentarios. Comentar. MURCIÉLAGO![]() Lucía Echevarría, la famosa escritora dijo en una entrevista, que "murciélago" era la única palabra en el idioma español-castellano, que contenía las 5 vocales. Pues el señor José Fernando Blanco Sánchez, envió esta carta a un periódico, dando un repaso a la escritora y escribiendo varias palabras con las vocales...
Es curioso, al menos.
Carta al director en un diario nacional... hace pocos días.
"Acabo de ver en la televisión estatal a Lucía Echevarría diciendo que 'murciélago' es la única palabra en nuestro idioma que tiene las cinco vocales. ¡Confiturera, frene la euforia! Un arquitecto escuálido llamado Aurelio (o Eulalio... o Ausencio) dice que lo más auténtico es tener un abuelito que lleve un traje reticulado y siga el arquetipo de aquél viejo reumático, desahuciado y repudiado, que consiguiera en su tiempo ser esquilado por un comunicante que cometió adulterio con una encubridora cerca del estanquillo (sin usar estimulador).
Señora escritora: si el peliagudo enunciado de la ecuación la deja irresoluta, olvide su menstruación y piense de modo jerárquico. No se atragante con esta perturbación, que no va con su milonguera y meticulosa educación, y repita conmigo, como diría Cantinflas: ¡Lo que es la falta de ignorancia!”
José Fernando Blanco Sánchez.
Diálogos con mi Pulpo![]() LEY ANTITABACO
—Hola, Discóbolo.
—Hola, Pulpito.
—Qué poquito te queda para dejar de joder a los demás con el tabaco.
—Lo asumiré, Pulpo, porque en el fondo tenemos que agradecer a nuestro Gobierno que se preocupe por la salud pública, como es su obligación. No sé si sabes que este año han muerto en España 55.000 personas por culpa del tabaco.
—Lo que pienso es que esta ley sólo es para dar al exterior una imagen de Gobierno progresista y moderno. Le trae sin cuidado la salud de los ciudadanos; nos bombardean con campañas para idiotas, asustándonos con los perjuicios de fumar, empezando por las leyendas en los paquetes de cigarrillos.
—Ya sabes, Pulpo, que la información es fundamental para que nosotros, como seres racionales, actuemos en consecuencia.
—Bien, ¿por qué no informan de las sustancias cancerígenas que “las Autoridades Sanitarias” permiten que se le agreguen al tabaco, como amoníaco, disolventes, anestésicos, alcanfor, etc? Cuando alguien puede impedir un delito y no lo hace, y encima saca provecho de ello, se denomina complicidad necesaria para la comisión de un delito, y no olvidemos que ese delito es la muerte de muchas personas al año, y no me refiero a este Gobierno en particular, sino a casi todos los gobiernos del mundo. El tabaco no mata, matan los aditivos. Y no hablemos de la composición del papel en que va envuelto el tabaco ni de la tinta impresa sobre el cigarrillo, que también se fuma. ¿Por qué si en un alimento se detecta una sustancia cancerígena prohíben su venta y a la empresa alimentaria le meten un “puro” y las empresas tabacaleras tienen licencia para matar?
—Pues todo ese problema se acaba dejando de fumar, por el bien de los fumadores y de los no fumadores, Pulpo.
—Discóbolo, yo pienso que por encima de la salud está el interés económico. Imagínate que a partir del día 1 de enero y durante un año nadie fume ni un solo cigarrillo en España... ¿Qué pasaría?
—Pues que ganaríamos todos en salud, Pulpo.
—Yo te diré lo que pasaría: el Gobierno dejaría de percibir casi dos billones de pesetas en impuestos, dejaría de ahorrarse unos 600 millones de euros de las pensiones de los que palman, porque la mayoría de ellos son pensionistas; tendría que pagar el subsidio de paro a cientos de miles de trabajadores que viven del tabaco: plantación, recogida, transporte, manipulación, distribución y venta; impresión de cajetillas, manipulados de cartón, etc., aparte de otras industrias relacionadas con artículos para fumadores, y otras cosas más.
—Anda ya, Pulpo, me estás dando la inocentada.
—¡Qué listo eres, Discóbolo! Ciao.
—Ciao, Pulpito.
TU NOMBRE (fragmento)![]()
“A todas las madres del mundo.”
Yo quise grabar tu imagen en las olas del pensamiento, cuando acaricié tu cara, cuando te mecía el viento...
Yo quise grabar tu nombre en la arena fina y clara, cuando el sol ya languidece, cuando las palmeras hablan, cuando los jazmines huelen, cuando la noche está en calma...
Yo quise grabar tu rostro, en la arena de la playa, mas no pude conseguirlo... las olas se lo llevaban.
Antonio Molina Caballero. VIAJE A CUBA![]()
Mientras mi mujer se duchaba y se preparaba para salir a dar una vuelta decidí esperarla tomando una copa en el “hall” de aquel hotel de La Habana. Me encontraba en la barra del bar cuando se me acercó un cubano vestido con el uniforme de los empleados del hotel.
—Buenas tardes, señor, ¿se hospeda usted en el hotel?
—Sí, así es, ocupo la habitación 417.
De pronto empezó a tutearme, mientras me mostraba sus dientes oscuros con una sonrisa socarrona.
—¿Tú sabes?, aquí en este hotel hay un problema: está prohibido que las chicas cubanas suban a las habitaciones de los turistas.
—¿Y bien?
—Pero no pasa nada, ese problema te lo soluciono yo por 20 dólares. Además, yo te proporciono la chica que tú quieras. Las tengo desde 30 a 150 dólares. Tú sabes que las de 150 dólares están garantizadas, son cosa fina, chico, alto standing y la noche entera para lo que tú quieras.
—El caso es que yo también tengo un problema. Mi mujer está en la habitación conmigo.
—La cagaste, chico. ¿Cómo se te ocurre venir a La Habana con tu mujer?
Se dio media vuelta y me dejó pensativo terminándome mi whisky.
"JET EXTENDER"![]()
Aunque el pene erecto es “operativo” a partir de los 8 cm de longitud, algunos hombres deciden someterse quirúrgicamente a un estiramiento. Esta cirugía consiste en separar de la pelvis el ligamento suspensor, lo que hace que el pene caiga unos centímetros hacia adelante y hacia abajo. Esto es un engaño, porque el pene conserva su misma longitud, aunque óptimamente parece más largo.
Su grosor, en cambio, sí se puede aumentar mediante la inyección de grasa, que se obtiene del tejido adiposo del propio interesado, en la pared peneana.
El único método efectivo es el llamado “Jet Extender”, un mecanismo que adaptado al miembro durante varios meses consigue alargarlo unos 4 cm.
PELIRROJA![]()
Siento que no siento nada y este sentir me acongoja. Siento que no siento nada si no estás tú, pelirroja.
En la oscura claridad de mi mente atormentada, si no estás tú, pelirroja, siento que no siento nada.
En mi aridez mojada mi sentimiento se enoja. Siento que no siento nada si no estás tú, pelirroja.
Nada bueno y seductor que me alivie tu distancia. Vuelve conmigo, mi amor, necesito tu fragancia.
MI BATALLA![]()
¿Por qué se nos hace tan difícil comprender el misterio de la Santísima Trinidad? ¿No es más difícil entender que una persona nazca tres veces en su vida? La primera vez fue, en un mes de julio caluroso, hace ya muchos años, tantos que a veces pienso en qué he utilizado todo ese tiempo. El alumbramiento se produjo en un hospital donde mi madre tuvo que acudir sola porque mi padre se hallaba lejos trabajando y no pudo acudir con su mujer, o quizá sí que pudo y era más cómodo no hacerlo, total, quien tenía que parir era ella, no él; o puede que ya había tenido tantos niños que no sería muy importante acompañar a mi madre al nacimiento de su quinto hijo… ¡qué más da uno más! (menos mal que, como dicen los taurinos, “no hay quinto malo”).
Así que mi madre, con su hijo en los brazos lo primero que hizo fue dirigirse a una iglesia para que me bautizaran, pero sin padrinos: ella sola. Empezaba bien mi vida, llena de lujos de todo tipo. Una pareja de niños que jugaban en la calle fueron mis padrinos, apuntando en el registro los nombres de mis dos hermanos mayores, que desde que se enteraron que eran mis padrinos, cada aniversario del bautizo me agasajan y me hacen regalos, cada año sorprendiéndome con algo distinto. Regalos de esos que emocionan, es decir, un año nada y al siguiente, menos.
La segunda vez fue en agosto de 1986, cuando “nací” en un quirófano del Hospital General Militar de Madrid; fue una operación de un tumor canceroso, que junto con el intestino grueso amputado pesaba cuatro kilos. La operación fue “a vida o muerte”, ya que el tumor había provocado una peritonitis. Le pilló conmigo a mi mujer sola, y tuvo ella que dar la autorización para poderla llevar a cabo. Al final de la operación, las primeras palabras que le dijeron a mi mujer fue que su marido “acababa de nacer”.
En enero de 2000 fui al médico porque me cansaba al subir las escaleras. Después de hacerme las pruebas el neumólogo me dijo que tenía una fibrosis y que la media de vida era sólo de tres años: el 2003. Esta fecha se convirtió en mi tercer nacimiento. Así que he nacido en tres ocasiones, y eso sin contar un “aborto” que tuve con cuatro años cuando me operaron de anginas y tuve una severa hemorragia, aunque ya no los cuento, porque cada insuficiencia respiratoria que sufro, y que son cada vez más a menudo, son más peligrosas que los abortos.
Si llegan a tiempo esos pulmones que espero y soy trasplantado con éxito, entonces sí que “volveré a nacer” una vez más. Y yo me pregunto: ¿tendré siete vidas como los gatos? Si es así, es para estar tranquilo porque aún me quedan cuatro por vivir, y si no, alguna vez tiene que ser y todos vamos a pasar por ahí.
Así que aquí estoy esperando acontecimientos, y deseando que lo que tenga que suceder, sea rápido, porque la espera es muy dura.
Escrito antes del trasplante.
NIRVANA![]() Aquel hombre acababa de atravesar la franja de tiempo angustioso y desesperante que precede a la muerte, y ahora que se encontraba sumergido en un estado de paz y quietud infinita, con su mente vagando por aquel mar de armonía y bienestar. Se negaba a abandonar aquella sensación tan agradable que jamás había sentido.
SOBRE GATOS![]()
En mi infancia, que no fue todo lo agradable que yo hubiese deseado, me tocó vivir en un barrio marginal. Bueno, viendo cómo son ahora esos barrios, la palabra marginal me parece un lujo.
Cerca de mi casa había un cuartel de Intendencia, donde ese año llegaron dos soldados panaderos valencianos que, cuando las circunstancias les venían bien, pues se hacían sus paellas. Las circunstancias éramos los chavales del barrio que les proporcionábamos la carne a cambio de pan: Cuatro chuscos por gato. Sí, gatos callejeros, sin dueño, que cazábamos.
Se los llevábamos vivos, en sacos, y al día siguiente veíamos su piel y su cabeza en la basura. Éramos unos expertos en cazarlos y jamás sufrimos ningún arañazo. Así era el trato: gatos vivos en sacos, que ellos mismos nos proporcionaban. Gato entregado, cuatro chuscos. Pan que repartíamos entre los “cazadores” y llevábamos a casa, donde jamás nos preguntaban cómo lo habíamos conseguido.
Hoy en día que la gente tira comida, que la mayoría puede permitirse el lujo de ser un sibarita, esta historia, a algunos de los que ahora se la cogen con papel de fumar puede parecerle dantesca, como así le sucedió a una compañera de trabajo que un día me enseñó una foto de su gatito de Angora, y yo, al verlo exclamé: “joder, por éste me hubiesen dado seis chuscos para hacerlo en paella”.
La mujer se desencajó, cambió de color y me llamó de todo menos bonito: fue el final de una simple amistad. Incluso me llegó a amenazar con denunciarme, aunque ella sabía que eso era absurdo, y es que la señorita jamás supo en su vida lo que era pasar hambre, si no, se hubiese comido el gato sin quitarle la piel.
Con los animales pasa como con los hombres: dependiendo del lugar donde nazcan así será más o menos su futuro. Un perro que nazca en Europa tiene muchas posibilidades de que sea acogido en una familia y tenga una buena vida; sin embargo, si nace en Corea tiene más posibilidades de terminar cocinado. No hablemos ya de una vaca si nace en la India o en cualquier lugar del mundo. Y es que en cada sitio cada tipo de animal es mirado de una forma diferente… y los gatos de esta historia no supieron elegir su lugar de nacimiento.
BENDITA INFANCIA![]()
Recordando a Miguel
Estaba tocado por la mano del dios del arte, porque, como buen andaluz, tenía “un ánge que no se podía aguantá”. Había trabajado mucho en su vida y en muchos sitios. En la última etapa de su vida se dedicó a conducir autocares haciendo grandes rutas por toda Europa, y cuando se acercaba a su jubilación la empresa lo puso de asesor de conductores inexpertos y a hacer algunos servicios dentro de la ciudad, entre el que destacaba el transporte escolar.
Este hombre, de nombre Miguel, era una enciclopedia de la anécdota, un libro viviente. Me gustaba oírle porque siempre tenía una historia relacionada con cualquier tema que saliese a colación y casi siempre con humor, desdramatizando situaciones complicadas y riéndose hasta de su sombra.
Una de esas historias se refería a cuando él, con su autobús, iba recogiendo por una ruta predeterminada a niños con síndrome de Down y otras patologías mentales, para llevarlos a un colegio de educación especial. Éste era el servicio que más le gustaba hacer porque lo pasaba muy bien con los niños, a los que les tenía mucho cariño y, además, se sentía correspondido porque estos chavales tienen una sensibilidad especial. Cuando los críos iban subiendo al autobús a cada uno le iba diciendo una cosa, cuando no eran ellos los que se adelantaban, sobre todo el que conocía las preferencias futboleras del conductor:
—Miguel, viva el Madrid.
—Eso, Enriquito, que este año ganamos la copa de Europa.
O el provocador:
—Visca el Barça, visca el Barça, Miguel, jajajaja.
—Ricardito, o te haces ahora mismo del Madrid o no te dejo que subas al autobús —le gritaba Miguel mientras Ricardito corría hacia la parte trasera del autobús para evitar que cumpliera su amenaza.
La misión de Miguel se limitaba sólo a conducir, pero en más de una ocasión había echado una mano cuando el caso lo requería, aunque para eso en el coche viajaban dos ayudantes para cuidar a los niños durante el trayecto: María, una chica joven, recién casada, e Isabel, una mujer de cuarenta y muchos años, con gran experiencia en su profesión, quienes, aparte de poner orden, eran las encargadas de la limpieza interior del vehículo después del servicio.
Un día, a la vuelta del colegio, entre la algarabía que acompañaba a los desplazamientos, destacó un grito desesperado:
—¡Para, Miguel, que quiero mear!
—Espérate un poquito, que ya estamos llegando a casa.
—¡Que no, que me estoy meando!
El conductor se arrimó al arcén, puso los intermitentes de emergencia en marcha, paró el vehículo y abrió la puerta: —Vamos, una que lo ponga a hacer pis antes de que se lo haga encima y nos manche el asiento.
Isabel hizo un gesto a María para que se encargara del chaval, mientras ella controlaba al resto. María no lo hacía de buena gana, porque el chico se había empeñado en que no quería soltar su cartera, lo que le mantenía las manos ocupadas y era María la que debía ayudarle, mientras Miguel observaba a los dos, que estaban de espalda: el chico gritando y María manipulando en su bragueta. De repente, María soltó un grito:
—¡Qué barbaridad! ¿Has visto lo que tiene aquí el niño este? —decía a Miguel mientras giraba al chico para que el conductor pudiese verlo—. Pero si la tiene más grande que mi marido.
—Que tu marido y que cualquiera…, ya quisiera yo una como esa para pasar un fin de semana.
El niño, mientras miccionaba no paraba de gritar: “¡Mira, tengo pelos; tengo pelos!”
Miguel e Isabel se reían a carcajadas y María permanecía ruborizada con aquella cosa tan desproporcionada en la mano.
" E L B U R R A C O "![]()
Mis padres habían abandonado Madrid y vendido la casa que tenían. Yo trabajaba en un periódico y, aunque me picaba el gusanillo de correr mundo, decidí aguantar en Madrid hasta la llegada del buen tiempo. En el bar leí un cartel en el que se anunciaba que, en la misma calle donde se encontraba el periódico, un matrimonio joven alquilaba una habitación. No lo pensé dos veces y me puse en contacto con ellos, pues me venía muy bien vivir cerca de mi trabajo.
Era un matrimonio procedente de un pueblecito de Cuenca cuyo nombre no diré por razones obvias. Campechanos, agradables, simpáticos y luchando para poder pagar la hipoteca de su casa. Los dos trabajaban y con lo que recibían por el alquiler de dos habitaciones, el dinero les llegaba para vivir dignamente. Ella era muy astuta; decía que su marido tenía que cenar fuerte, por ejemplo, un plato de lentejas, porque su trabajo era duro, pero ella con un poco de jamón y un poco de lomo ibéricos, más el queso de su tierra se apañaba.
Yo sólo aparecía para dormir, que lo hacía de día por mi horario laboral, pero antes de irme a trabajar, mientras ellos cenaban, y después de hacerlo, manteníamos unas tertulias muy divertidas y así fuimos forjando una amistad sincera, hasta tal punto que el marido me invitó a la boda de su hermana que se celebraba en su pueblo natal.
Llegamos por la tarde al pueblo, donde íbamos a permanecer una semana, y Paco me iba presentando a todos como su amigo “el periodista”, más por darse importancia él que por dármela a mí. Así conocí a la maestra, una chica guapa, delgada y muy elegante que acababa de aprobar las oposiciones y ese pueblo fue su primer destino. Enseguida conectamos y tuvimos varias conversaciones muy largas y amenas, pues ella añoraba la vida de la gran ciudad y se encontraba muy desplazada en ese pueblo donde la única diversión era pasear por la calle principal (casi la única) y tomar un café en el bar.
Un día que me encontraba solo en el bar se acercaron a mí ocho o nueve mozos del pueblo, la mayoría unicejos, y hablando en un tono amenazador:
—Aquí tenemos la costumbre de que cuando un forastero festeja con una moza del pueblo tiene que pagar la patente.
—¿Y eso de la patente qué es?
—Pues que tienes que convidar a los mozos del pueblo a unos vinos o vas directamente a la pileta.
Como era invierno, la pileta de un tamaño considerable y yo veía a los mozos capaces de cumplir su amenaza, decidí pagar la invitación, después de la cual todos quedamos tan amigos: ellos calentitos y yo con el bolsillo pelado, pero con la tranquilidad de no haberme zambullido en el abrevadero del ganado.
Otra “alegría” que me llevé fue cuando pregunté a Paco dónde se encontraba el retrete. Me llevó hacia la ventana, y me dijo:
—¿Ves todo ese campo? Pues todo está a tu disposición. Pero puedes ir al bar o a la bodega abandonada; yo te dejaré una linterna para que no pises donde alguien haya estado agachado antes.
Llegó el día de la boda. Todo perfecto, comida en cantidad y de calidad: vino, licores e incluso alguna botellita de whisky. Tuve que bailar con la novia, la madrina, mi compañera de piso y, por supuesto, la maestra, que ya tenía yo mis derechos adquiridos al haber pagado la “patente”. La forma de bailar pasodobles me había producido agujetas en el sobaquillo derecho.
Por la noche, y siguiendo la santa tradición, los mozos pusieron patas arriba el pueblo hasta encontrar a los recién casados con el propósito de que el novio los invitara a anís. Se encontraban en el segundo piso de la casa del alcalde, única vivienda de dos alturas del pueblo. Hicieron una torre humana y fue Paco el encargado de subir a aporrear el balcón de la habitación nupcial.
En pleno invierno, con el termómetro bajo cero, apareció el novio en calzoncillos queriendo arrojar a su cuñado al vacío, pero se lo pensó mejor, volvió a entrar en la habitación y salió con un billete en la mano que le entregó a Paco. Acto seguido se dirigieron, y yo con ellos, a casa del tabernero, lo sacaron de la cama, le hicieron abrir el bar y le dijeron: “anís para todos hasta que se acabe el billete”.
Alrededor de las copas de anís se creó una ruidosa tertulia, donde cada cual contaba las aventuras de su boda u otras bodas celebradas en el pueblo. Allí todos tenían un apodo, como “el Jaro”, “el Penurias”, “el Guindillas”, etc., pero el que más me llamó la atención fue “el Burraco”, individuo de casi cincuenta años, y que el día que estreché su mano hubiese necesitado tres como la mía para abarcar la suya. Con un tono de voz exagerado empezó a relatar su historia:
“¡Ya no hay hombres como los de antes! La noche de bodas a la María le daba vergüenza quitarse la ropa delante mía. ¡Diosssss!, cogí un puñado de garbanzos y los esparramé por el suelo, después le rompí to lo que llevaba puesto, atrinqué una vara de abedul y le dije: como dejes un garbanzo en el suelo te marco el lomo de arriba abajo. Después la cogí en brazos, la llevé a la cama y le metí un viaje que ella me dijo: me has partío los riñones”. Toda esta romántica escena la iba adornando con tacos y blasfemias, que se hubiesen necesitado muchos litros de chanel número 5 para devolver a Dios, la Virgen y los Santos a su olor original.
Yo alucinaba, y lo que más me llamaba la atención era cómo lo jaleaban, le aplaudían y las risotadas se debían oír en todo el pueblo. Era un héroe. La verdad es que a pesar de los años transcurridos, que son muchos, no he podido olvidar esa boda que me transportó a la España profunda.
EN TUS MEJORES AÑOS![]() Cuando te veo ahora en tus mejores años, con toda la belleza de una copa de vino, brillándote en los ojos el deseo y las noches estrelladas de agosto, imagino ese invierno en que, vieja y cansada, te entregues al recuerdo.
He querido llegar antes que tú a ese día. Y revivir los tiempos en que tú levantaste de esta ruina una casa, plantaste en ella higueras, y alimentaste fuegos que a todos nos hicieron imaginar la vida muy lejos de los muertos.
Ya ves que han llegado, siniestros, silenciosos. Por eso tu poeta ha venido contigo a recorrer de nuevo nuestras amadas ruinas, y si ayer fue tu risa, hoy será tu silencio, cuando, vieja y cansada, de nada sirve el sueño.
Andrés Trapiello. LO QUE VALE UNA VIDA![]()
Estoy en esa edad en la que un hombre quiere, por encima de todo, ser feliz cada día. Y al júbilo prefiere la callada alegría y a la pasión que mata, la renuncia que hiere.
Vivir entre las cosas, mientras que el tiempo pasa –cada vez menos tiempo para las mismas cosas– y elegir las que valen una vida: las rosas y los libros de versos, y el viaje y la casa.
Hasta ahora he vivido perdido en el mañana. Seré, seré –decía– o en el pasado: he sido o pude ser –pensaba– y el mundo se me iba.
Ahora estoy en la edad en la que una ventana es cualquier aventura, y un regalo el olvido. Ya no quiero más luz que tu luz mientras viva.
Rafael Juárez.
HOMBRES RUDOS (historia 3)![]()
Corría el año 1938, la Guerra Civil española estaba en pleno apogeo. Los combatientes estaban agotados de casi tres años de luchas y aquel batallón había recibido la orden de asaltar la intendencia del enemigo y hacerse con sus provisiones. Como cada vez que sus hombres iban a entrar en combate, el sargento Pérez repartió varias botellas de coñac, que se iban pasando de unos a otros, con el fin de darse ánimo y anular el miedo.
El pueblo donde se encontraba el almacén de víveres estaba en un valle y se esperaba una fuerte resistencia. Los hombres se fueron acercando con sigilo y se llevaron una grata sorpresa al comprobar que el enemigo, no se sabe por qué razón, había abandonado el pueblo. Así que entraron en el almacén y sólo encontraron allí a un hombre, al que hicieron prisionero. Recogieron los víveres y regresaron a su posición.
Al interrogar al prisionero comprobaron que se trataba de un homosexual con mucha pluma y decidieron que no estaría mal un poco de diversión a costa suya. Montaron una pantomima de juicio sumarísimo y le condenaron a muerte. Le encerraron en una habitación y le obligaron a beber gran cantidad de aceite de ricino.
A la mañana siguiente le condujeron al patio, le ataron a un tronco con las manos libres para que pudiera moverlas libremente y frente a él montaron un pelotón de ejecución. El mariquita no paraba de pedir clemencia pregonando su inocencia de cualquier delito. El sargento hacía oídos sordos y pronunció las órdenes de rigor con mucha parsimonia: “Carguen armas”, “Apunten”… “Fuego”.
Se oyó un estruendo tremendo de nueve fusiles vomitando fuego. El hombre no murió, se palpaba el cuerpo agitadamente y miraba sus manos buscando sangre. Sólo salía una palabra de su boca: “ayyyy, ayyyy, ayyyy”. Los soldados se retorcían de risa mientras recogían los casquillos de las balas de fogueo.
El sargento, dirigiéndose a los soldados, entre risotadas, les ordenaba: “Soltarlo, darle un pantalón, que ése está cagado hasta el dobladillo, y que se vaya para su pueblo”. Ya no quedan hombres como los de antes... afortunadamente. HOMBRES RUDOS (historia 2)![]() Vivía en Jerez un inglés que acostumbraba muy a menudo a irse de copas con unos amigos jerezanos “hasta que el cuerpo aguante”. El hijo de la Gran Bretaña no destacaba por ser el que más aguantara la bebida, así que una noche en la que ya el alcohol empezaba a causar su efecto, se dirigió con grandes voces a uno de sus compañeros de parranda para recriminarle que era un gorrón, que bebía como todos, pero que nunca pagaba. El aludido, de apodo “El Gasolina”, estaba desencajado, aquello le estaba afectando mucho. Tomó un trago del vaso y se dirigió al inglés:
—Mira, killo, lo primero que voy a jasé e cagarme en tó tus muertos tós, hijo de la gran puta, por abuchararme en público y delante de los amigos, y, pa demostrarte que yo no me echo patrá, te vi pagá to lo que tas bebío y to lo que tengas cohone de beberte esta noche. Tú te va a acordá de mí. Después se dirigió al camarero, y le dijo:
—Juan, por tus muertos, mézclale al guiri de tó lo que tengas, que se caiga pronto o me va a dejar tieso.
El inglés seguía metiéndose para el cuerpo todas las mezclas que le iban poniendo en la mesa sin distinguir nada de lo que se tomaba. Pasada una hora se encontraba sentado en la silla y con la cabeza descansando sobre la mesa, al borde del coma etílico. Lo cogieron entre los amigos y lo llevaron a una pensión de mala muerte regentada por un conocido.
—Pepe, te traemo un cliente; yo te voy a pagar la habitasión, pero ante de subirlo dame un par de guindilla de esas picantes con mala leshe.
Lo subieron a la habitación, lo echaron sobre la cama boca abajo, lo dejaron completamente desnudo y “El Gasolina” le restregó en el ojete del culo las dos guindillas, con mucha saña y profundizando. Salieron de la pensión formando una escandalera de risas, no sin antes dar las instrucciones oportunas a Pepe.
A la mañana siguiente al inglés lo despertó un fuerte escozor en el ano. No sabía dónde estaba y se extrañó de verse desnudo. Se vistió con presteza y, mientras lo hacía, pudo ver en la mesita de noche una cantidad de dinero y una nota que decía: “Cariño, ha sido maravilloso. Love you”.
Entre el desconcierto y el resquemor que llevaba en su parte trasera bajó las escaleras y encaró a Pepe:
—Oiga, ¿dónde están mis amigos?
—¿Amigos? Usté vino anoche con el peazo maricón más famoso de Jerez. El estuvo arriba con usté un par de horas, pagó la habitación y se fue con una cara de satifasión exagerá.
No hace falta decir que el inglés desapareció de Jerez y jamás nadie lo volvió a ver. _________ Nota del Autor: Esta segunda historia está basada en una idea deFernando Quiñones, publicada en su libro Las mil noches de Hortensia Romero, salvando las distancias que existen entre él y yo, a su favor, por supuesto. HOMBRES RUDOS (historia 1)![]()
Esto ya no es lo que era. Ya no existen esos hombres rudos de antaño; esos hombres, como “El Burraco” de Cuenca, o como aquel que propinó una paliza a un homosexual y le dejó completamente desnudo en plena calle (se llevó literalmente la ropa), entre el regocijo de los espectadores “machotes”, porque el gay había tenido la osadía de decirle que tenía un buen culito.
Y es que el concepto de macho estaba entonces muy arraigado. Cualquier duda ofendía. Esto no quiere decir que no existieran homosexuales, pero el ser macho era un valor muy cotizado. Casi todo se hacía por imposición, desde “la letra con sangre entra” hasta el aprendizaje de cualquier oficio. La prueba de ello son las historias que relato a continuación:
Jugaba yo en un equipo de fútbol aficionado en Francia, compuesto en su mayoría por españoles, algunos marroquíes de la zona norte de Marruecos, un mexicano que hacía la labor de utillero, al que llamábamos el “Siete Machos”, en relación con la película de Cantinflas y su continuo afirmar su hombría. Nada podía molestarle más que alguna broma pusiera ese atributo en duda. Nuestro entrenador, Miguel, era un hombre de unos cuarenta y cinco años que tenía muchas cualidades, entre ellas su sentido del humor y un enorme pene que sobrepasaba los 25 cm en estado de reposo.
Un domingo, todos de acuerdo, decidió gastarle una broma al mexicano. Rompió el interior del bolsillo del chándal y colocó en él su pene. Al terminar el partido llamó al “Siete Machos” y le pidió, por favor, que le sacara el pañuelo que tenía en el bolsillo ya que él tenía las manos mojadas. El mexicano, muy servicial, metió la mano en el bolsillo del entrenador y le agarró el pene. Nos costó mucho trabajo evitar que golpeara al entrenador, mientras con los ojos desorbitados le profería toda clase de insultos, mientras el bromista le gritaba:
—No es lo que parece…, lo que has cogido es la cabeza de una tortuga que tengo en el bolsillo.
El mexicano cogió sus enseres y, entre el sonido de nuestras risas, desapareció a toda prisa. Jamás volvió por el equipo.
XXXV ANIVERSARIO![]() Gracias por estos treinta y cinco años PENSANDO EN TI
Siempre me pongo a pensar en tu divina figura, en tu radiante hermosura, en tu sereno mirar, en tu belleza infinita, en tu nariz pequeñita, en tu gracia en el andar, en tu forma de besar, en esos ojos brillantes con tu mirar penetrante que son luceros sin par.
Y me pongo a recordar los besos que tú me has dado con esos labios rosados, dulces y tiernos...; sabrás que mi corazón se inflama, se convierte en pura llama y te deseo abrazar.
Pienso entonces en tu pelo en tu reír y en tu risa, más suave que la brisa, que acaricia como un velo.
Pienso en tu cuerpo entero, en tu cuerpo y en tu alma, y te contemplo con calma porque te quise y te quiero.
A ALICIA![]()
Si sólo fuera porque a todas horas tu cerebro se funde con el mío; si sólo fuera porque mi vacío lo llenas con tus naves invasoras.
Si sólo fuera porque me enamoras a golpe de sonámbulo extravío; si sólo fuera porque en ti confío, princesa de galácticas auroras.
Si sólo fuera porque tú me quieres y yo te quiero a ti, y en nada creo que no sea el amor con que me hieres...
Pero es que hay, además, esa mirada con que premian tus ojos mi deseo, y tu cuerpo de reina esclavizada.
Luis Alberto de Cuenca.
EL CORREDOR DE LA MUERTE![]()
Siempre me ha intrigado lo que sienten los presos condenados a muerte, esos que se encuentran esperando su ejecución en lo que llaman “el corredor de la muerte”.
¿Pensarán en sus familias? ¿En lo que les ha llevado a esa situación en que se encuentran? ¿Sentirán pánico, terror a la muerte?
Supongo que habrá de todo —cada persona es un mundo—; incluso los habrá que deseen que la muerte les llegue lo antes posible. Nadie puede opinar, nadie puede saber lo que piensa, ni siquiera uno de ellos: yo sí, porque yo estoy en “el corredor de la muerte”.
Escrito antes del trasplante.
DIÁLOGOS CON MI PULPO![]()
ESPÍRITUS
—Discóbolo, ¿tú crees en los espíritus? ¿Crees que después de muertos nuestras almas vagan? —Pulpito, lo de otra vida, el cielo, el paraíso, la reencarnación y otras promesas, según mi opinión, son historias inventadas por la necesidad de encontrar un aliciente que nos dé una esperanza de futuro, de paso nos resuelva las cuestiones de “quiénes somos, de dónde venimos, dónde vamos” y nos quite de la cabeza la idea de lo absurdo que es nacer, vivir y morir para nada. —Me he quedado igual que antes de hacerte la pregunta. —Pues que lo que tú llamas espíritu y alma, yo lo llamo energía. —Ahí quería llevarte, porque, según la Ley de Lavoisier, “la materia ni se crea ni se destruye, solamente se transforma”. Así que pienso que con la energía pasa lo mismo, y si somos energía, cuando la palmamos, ¿en qué nos transformamos? —Partamos de la base que yo no creo a Lavoisier; cuando no se puede refutar algo es más cómodo aceptarlo. Yo tengo mi propia Ley, que dice que “la energía sí se crea, se transforma, se disemina y se agota”. —Discóbolo, cada vez estoy más convencido de que te metes algo en las venas. ¿No has oído hablar de las psicofonías ni has hecho nunca la oui-ja? Algo tiene que haber. —Mira, Pulpito, las psicofonías, la oui-ja, la precognición, clarividencia, telequinesia, viajes astrales, polstergeis y demás, son fenómenos paranormales producidos por la mente. —Y una leche, mi madre me contó que había visto un espíritu. —¿Le preguntó algo? —Para preguntas estaba la mujer.
MUERTE EN EL OLVIDO![]()
Yo sé que existo porque tú me imaginas. Soy alto porque tú me crees alto, y limpio porque tú me miras con buenos ojos, con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace inteligente, y en tu sencilla ternura, yo soy también sencillo y bondadoso.
Pero si tú me olvidas quedaré muerto sin que nadie lo sepa. Verán viva mi carne, pero será otro hombre —oscuro, torpe, malo— el que la habita...
Ángel González.
ESPEJO MÁGICO![]() La peor etapa de mi vida fueron los tres años que pasé interno en un colegio de curas (salesianos). Recibí allí tantas palizas, tantas humillaciones y vejaciones, que creo que acabé un poco tocado. Me habían dicho tantas veces que no valía para nada (era su frase favorita), que era una mierda, refiriéndose a deportes que yo nunca había practicado y en otras actividades, que creo que llegué a creérmelo. Cuando una persona mayor hablaba, enseguida mi cara se enrojecía, sobre todo si se trataba de alguien que ostentaba algo de autoridad, mucho más si era mujer. Me creía inferior a todo el mundo.
Los sábados por la tarde, mi hermano mayor y sus amigos organizaban un baile en un patio enorme que había en el barrio, y los pequeños nos colábamos a observar y, no sé los demás, que seguro que también, pero yo a soñar que abrazaba y besaba a alguna de aquellas chicas mayores que yo. Un sábado, una de ellas se dio cuenta de que no le quitaba ojo de encima, y antes de empezar a girar el disco en el pick-up (“Moliendo café” era la canción), se dirigió a mí y me dijo: —Ven, que te voy a enseñar a bailar. Tú pon tu mano derecha en mi cintura y con la izquierda coge mi mano derecha.
¡Joder! Cuando agarré aquella mano tan suave y su cadera comenzó a moverse al ritmo de la música, creí que me daba algo. Sentía fuego en mi cara y mis piernas comenzaron a temblar.
—Venga, muévete; es muy fácil: dos pasos a la izquierda y uno a la derecha.
—No, no me gusta el baile —fue lo primero que se me vino a la cabeza.
Ella me dejó y cogió a otro chico y yo estuve lamentándome cada vez que me acordaba, por haber sido tan idiota y no haber aprovechado aquella oportunidad con la que tantas veces había soñado.
Mi madre nos había criado en la fe católica, hasta tal punto que tengo hermanos con más de setenta años que rezan a diario, van a Misa y, si pueden, a procesiones religiosas, excepto el pequeño y yo, que hemos visto cómo es el mundo. Él más que yo, sin duda.
Bueno, me refería a lo de la fe católica porque, a pesar de mi paso por el colegio de curas, seguía creyendo que la religión era cosa de Dios y no de los hombres, y fui a confesar en una iglesia que había cerca del Alto de Extremadura (Madrid). Nada más entrar me abordó el cura:
—¿Qué deseas?
—Confesarme.
—Tendrás que volver luego, porque me iba con esta señorita a hacer unas gestiones.
La “señorita” estaba para hacer con ella cualquier clase de gestión, y repetir si llegaba el caso. Ella le comentó en voz alta que podía esperar, que no tenía prisa, pero el santo varón insistía en largarse y en que me largara yo, hasta que soltó las frases que me salvaron:
—Pero, ¿qué pecado puede tener? ¿No ves que se ha puesto rojo como un tomate sólo porque le he dicho que vuelva luego? Obsérvalo, está rojo —y empezó a sonreír.
Me di media vuelta sin decirle nada. La verdad es que me ponía tan rojo que casi se me saltaban las lágrimas, e incluso sentía calor en mis mejillas. Llegué a casa, entré en el baño y, cuando iba a lavarme las manos, miré instintivamente al espejo que estaba colgado encima del lavabo y vi una cara de idiota impresionante. Me agarré a los bordes del lavabo y empecé a hablar con aquel idiota que había en el espejo.
—¿Por qué te pasa eso? ¿Por qué te has puesto rojo por una “gracia” que haya hecho sobre ti ese imbécil? ¿No te acuerdas del colegio? Son todos iguales. Debías de haberle dado un puñetazo delante de su putita. Posiblemente ese tío con sotana sea una puta mierda. Posiblemente, no: es una puta mierda. ¿Sabes? Ya jamás te pondrás rojo por nadie. ¿Y sabes por qué? Porque tú eres más importante que ellos. Ellos no valen para nada. Vuélvete agresivo, porque el mundo está dividido en dos clases de personas: verdugos y víctimas. No seas más la víctima.
Desde aquel momento cambió mi vida. Desde entonces he aprendido muchas cosas, una de ellas es no tenerle miedo a nada y otra es que el del espejo se equivocó en lo de verdugos y víctimas: generalizó; pero lo que es cierto es que para que haya verdugos tiene que haber víctimas.
MI AMIGO JUAN![]()
Madrid es inmenso… Madrid es una plaza de pueblo. Acabo de encontrarme a un amigo que no veía hace treinta años. Mi amigo de la infancia y compañero de tantas vivencias. Habíamos permanecido juntos hasta aquel día de la licencia en La Legión.
Juan, conocido en la pandilla como “Juanillo el Tartaja” porque cuando se ponía nervioso se encasquillaba más que una escopeta de feria, era el más atrevido, el más valiente y temerario de todos. Cualquier sugerencia de una travesura él estaba dispuesto a llevarla a cabo por muy peligrosa que fuera. Debíamos haberle llamado “Juan sin miedo”.
En una ocasión, contando tan sólo con trece o catorce años, los amigos le propusimos una apuesta. Ésta consistía en entrar en el cementerio, sacar un cráneo con su mandíbula nferior y que tuviese la dentadura completa. Luego la tenía que hervir, barnizar y tenerla en su mesita de noche una noche completa.
No se lo pensó dos veces: escaló el muro, descendió al osario y volvió con el cráneo metido en un saco. Toda esta operación la realizó de noche, acompañado de una pequeña linterna. Nosotros le esperábamos fuera, y cuando salió nos dirigimos a su casa (su madre era enfermera y tenía turno de noche; no tenía padre), donde hirvió en una olla el cráneo, después lo secó con la toalla que estaba colgada en el lavabo, encendió una vela, derramó unas gotas de cera derretida en la parte superior de la cabeza y allí la pegó.
La conservó en su casa durante dos semanas; la escondía de día y la sacaba de noche. Pasado este tiempo la dejó en un descampado de Vallecas, donde al día siguiente vimos cómo la policía mantuvo acordonada la zona toda la mañana. Nadie contó jamás nada de esto.
Aquella semana, Juan se quedó con toda la paga semanal de la pandilla.
DIOS, DESPIERTA![]()
Luchando cuerpo a cuerpo con la muerte, al borde del abismo, estoy clamando a Dios. Y su silencio, retumbando, ahoga mi voz en el vacío inerte.
¡Oh, Dios! Si he de morir, quiero tenerte despierto. Y, noche a noche, no sé cuando oirás mi voz. ¡Oh, Dios! Estoy hablando solo. Arañando sombras para verte.
Alzo la mano, y tú me la cercenas. Abro los ojos: me lo sajas vivos. Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.
Esto es ser hombre: horror a manos llenas. Ser —y no ser— eternos, fugitivos. ¡Ángel con grandes alas de cadenas!
Blas de Otero.
MONAGUILLO DE DIOS![]()
“José, el padre Gregorio me ha dicho que vaya el niño a la iglesia para que sea monaguillo y el niño rebelde éste se niega en rotundo” (mi madre con voz de cabreo).
José (mi padre), clavando sus pupilas en las mías me dice: “Ahora mismo te vas a la iglesia”, y yo, cagándome mentalmente en todo lo que se menea me voy hacia la iglesia, porque antes a los padres se les tenía mucho respeto.
—Buenas tardes, padre Gregorio, que me ha dicho mi madre que quería usted hablar conmigo. —Mientras le decía esto, besaba su mano (costumbre impuesta por ellos, porque por mí seguro que no), mientras pensaba que lo mismo este joputa se acababa de pajillear.
—Ve a Vázquez (monaguillo más antiguo) y dile que te vaya enseñando, que eres el nuevo monaguillo.
Vázquez era amiguete mío, incluso estaba en mi misma clase y era vecino. Allí nos conocíamos todos y éste no era santo de mi devoción, pero aprendí todo lo que me enseñó, sobre todo a tocar las campanas, cosa que me divertía y en la que llegué a ser todo un virtuoso. Estuve a punto de perder "el empleo" porque tuve que ir a otra iglesia que distaba como un kilómetro de la que yo ejercía. Me daban el importe del transporte público, pero yo iba y volvía andando para ahorrarme un dinerito en aquel tiempo muy necesario. El sacristán de la otra iglesia me dio dos paquetes: uno que casi no pesaba nada, y otro que parecía que llevaba dentro plomo. Al entregárselo a mi sacristán, éte se partía de risa y me hizo ver que el paquete pesado contenía solamente una piedra; una broma del sacristán de la otra iglesia. Yo cogí el paquete, me volví a donde me lo había dado y busqué al sacristán, y, como eran franciscanos, utilizaban sandalias: —Me ha dicho el sacristán de la iglesia de San Antonio que le devuelva el paquete. —Y se lo solté encima del pie y salí corriendo mientras él se quedó allí bailando a la pata coja.
Pasó el tiempo y fui ascendiendo hasta llegar a ser jefe de los monaguillos. Enseguida hablé con Colomeras, que era mi colega, y conseguí que entrara conmigo. Convertimos la iglesia en la Cosa Nostra. Se acabó la miseria a cuenta del clero. De entrada nos marcamos tres objetivos: cepillos, fotógrafos y San Nicolás.
Con los cepillos no tardamos en hacernos con una copia de la llave maestra y cada día distraíamos algunas pesetas de los de San Antonio y San Nicolás; los demás solían estar vacíos. Fue un fracaso, tuvimos que desistir porque era demasiado riesgo para tan poca rentabilidad.
Con los fotógrafos actuábamos como auténticos profesionales de la mafia. Teníamos un acuerdo con uno que cada vez que le avisábamos de la fecha de una boda nos daba 25 pesetas y la de un bautizo 15, lo hiciera él o no. Cuando “nuestro” fotógrafo no conseguía la boda o el bautizo, al nuevo que se presentara yo era el encargado de pedirle las 25 pesetas para los monaguillos, por supuesto por adelantado porque ya una vez nos la jugó uno. Al que se negaba a pagar le jodíamos el reportaje porque, se pusiera por donde se pusiera siempre había un monaguillo en la línea de tiro. Algunas veces nos daban unos toquecitos en la espalda y nos decían: “chaval, échate a un lado”, pero para estos casos contábamos con la colaboración involuntaria de la mala leche del padre Gregorio, que siempre les decía: “¿es que va usted a disponer nuestra posición en el altar? La próxima vez que interrumpa la ceremonia, abandona usted el altar”, y se acabó el fotógrafo.
Dice un refrán que el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón. San Nicolás es un santo “muy milagroso” cuya efigie se encontraba en nuestra iglesia, y los lunes, que era el día dedicado a su culto, la iglesia se llenaba de fieles, sobre todo mujeres mayores que acudían a hacer la novena o ponerle una vela.
Ése era el negocio de la iglesia (y el nuestro), porque el cura no se cortaba en cobrarle a aquellas mujeres seis pesetas por una vela que no debía de valer ni una peseta. Yo estaba en la sacristía y era el encargado de vender las velas, y el cura pensaba que cada vela que faltara de las que me daba contadas, seis pesetas que tenía que haber en el cajón. Evidentemente conmigo se equivocaba: las matemáticas funcionaban a mi capricho. Aquello era un reguero de abuelillas soltando las seis pesetas y solicitando la vela para el santo. A todas las decía lo mismo: “ahora se la pongo, señora”, y cuando habían pasado 20 mujeres por caja, yo cogía 10 velas y a todas las que me iba encontrando les decía: “aquí va la suya, señora”. Así que los lunes sacábamos dinero para vivir “a todo lujo” toda la semana. Eso sí, nunca nos pasamos en demasía, sólo cogíamos lo que necesitábamos.
¿EXISTE LA JUSTICIA DIVINA?
El día de mi boda el cura me dijo que mi fotógrafo no podía tirar fotos dentro de la iglesia, que para eso estaba el suyo (que imagino que es el que le suelta la comisión). Yo, incauto de mí, llevaba mi fotógrafo, que por tratarse de un familiar, pensaba ahorrarme algún dinero, así que no acepte que su fotógrafo nos hiciese el reportaje.
Como no le hicimos caso, al segundo fogonazo nos amenazó con detener la ceremonia, así que por no dar un disgusto a mi madre que en aquellos momentos andaba mal del corazón, me quedé sin fotos de mi boda en la iglesia. Una vez en la sacristía, le monte tal pollo, que amenazó con llamar a la Guardia Civil, y ante la perspectiva de pasar la noche de bodas en el cuartelillo, le dejé los dientes en su sitio.
Eso ya era lo que me faltaba para incrementar mi odio por los curas. Me recordó pasajes de la Biblia y así se lo dije: que era un fariseo que negociaba con las cosas sagradas, que él no era la Iglesia, que la Iglesia es el pueblo. En fin, esto, unido a lo que me hicieron sufrir en su maldito colegio de Málaga me hizo ver claramente lo que es en realidad la Santa Madre Iglesia católica, apostólica y romana.
Yo no quería casarme por la Iglesia, pero si no lo hago hubiese sido un gran disgusto para mi madre y la madre de mi mujer. Llevaba muchos años sin entrar en una iglesia, y desde entonces, sólo lo he hecho en los bautizos, primeras comuniones y boda de mis hijos, porque no he tenido más remedio. Jamás he puesto la equis en su casilla en mi declaración de la renta y jamás cogerán un euro mío si puedo evitarlo. Y como aún se mantiene activo el tándem mafioso cura-fotógrafo, un mes antes de la boda de mi hija fui a hablar con el cura que la iba a casar y le puse las cosas tan claritas que, aunque de mala gana, consintió en que llevásemos nuestro fotógrafo.
UN RELÁMPAGO APENAS![]() Besas como si fueses a comerme. me declaro vencido, si vencerme tiras de mi raíz, subes mi muerte Oh Dios, oh Dios, oh Dios, si para verte Blas de Otero. DE VITA BEATA![]() En un viejo país ineficiente, Jaime Gil de Biedma. DIÁLOGOS CON MI PULPOVIOLACIÓN —Hola, Discóbolo. —Uy, Pulpito, ¿tú por aquí? Algo grave debe haberte pasado para que me visites con tanta frecuencia. —Pero, ¿es que no te has enterado de la niñita de dos años que ha sido violada y asesinada por el querido de su madre? —Verdaderamente esa noticia me ha impactado, Pulpito. No sé qué es lo que puede suceder en la mente de alguien para que cometa una bestialidad ese calibre. —Ahora me dirás que estaba loco, y no lo voy a admitir. Un loco es que se pega cabezazos contra la pared o se corta los genitales, pero el que hace lo que ha hecho éste yo tengo un nombre específico para él: hijo de pu.ta. —Pulpito, seguro que su madre no tiene culpa y la mujer estará también afectada. —Sólo espero que la Justicia dicte una sentencia dura y que la cumpla, porque es muy joven y dentro de unos años podría estar en la calle dispuesto a repetir su hazaña. —Yo también lo espero, Pulpito. —Lo que sucede es que tenemos unas leyes de mierda para estos casos. Yo le aplicaría la ley del talión, pero directamente proporcional. Me explico: sodomizarlo hasta que le desgarren el ano y los intestinos, como él ha hecho con la pequeña, aunque creo que parte de esto se cumplirá en la cárcel, y así espero, que se cumpla la ley de los presos para con los violadores: no me gustaría estar en su pellejo los días en que tenga que ducharse junto al resto presidiarios. —Hoy no estoy por llevarte la contraria, te veo muy excitado. —Pues eso, Discóbolo, hasta otro día. —Chao, Pulpo. DESDE AQUÍ HAGO UN LLAMAMIENTO PARA QUE ESTOS INDIVIDUOS SE PUDRAN EN LA CÁRCEL DE POR VIDA, SIN NINGÚN TIPO DE BENEFICIO PENITENCIARIO A CRISTO CRUCIFICADO![]() No me mueve, mi Dios, para quererte Tú me mueves, Señor; muéveme el verte Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, No me tienes que dar porque te quiera; Anónimo (atribuido a Santa Teresa de Jesús) DIÁLOGOS CON MI PULPO![]() VENGANZA —Hola, Pulpo, ¡cuánto tiempo sin venir a visitarme!
—Las pulpitas no me dejan tiempo libre, Discóbolo, pero hoy he hecho un hueco para comentar contigo un suceso que me ha llenado de satisfacción.
—Miedo me das, Pulpito.
—Vamos a ver, Discóbolo, ¿qué opinas sobre esa mujer que ha metido fuego al violador de su hija?
—Una salvajada, nadie puede tomarse la justicia por su mano. Además, ese hombre ya estaba pagando su delito y disfrutaba de un permiso carcelario. Esa mujer llevaba planeando su venganza desde hacía muchos años y la consumó con una sangre fría impresionante.
—Pero, ¿se le pueden dar permisos a un violador de niñas de trece años?
—Cometió un delito y la Justicia hizo que lo pagara. Ahora, con setenta años, no creo que vuelva a reincidir, aunque pienso que al juez se le olvidó extender una orden de alejamiento, porque con ella este suceso se hubiese evitado.
—Seguro que no vuelve a reincidir, gracias al coraje de esa madre, porque si no palma, cuando vea a una niña de trece años se le van a poner los pelos de punta.
—Vamos, Pulpito, ¿no ves que ese hombre es muy mayor?
—Pero la chica no lo es; lleva siete años con ese trauma y le queda una vida por delante para recordar cada día que un cabronazo destrozó su vida y la de su familia. Si hubiesen más madres-coraje los violadores se lo pensarían más. —Pulpito… no cambias.
—Es que desde que está este Gobierno sólo me llevo disgustos: adopción de niños por homosexuales, prohibición de investigaciones con células madres, negociación con terroristas, las bandas de sudamericanos hechas dueñas de nuestras calles a base de navajazos…
—A que vas a ser de derechas…
—Te dejo, Discóbolo, no aguanto tus vaciles. —Chao, Pulpito.
SIN TÍTULO![]()
Y en ese páramo la necesidad Yasi.
¿SOY XENÓFOBO?![]()
Se están perdiendo las costumbres españolas y estamos siendo invadidos por las extranjeras, excepción hecha de la “siesta”, única, creo yo, que hemos exportado. Les estamos inculcando a nuestros niños tradiciones foráneas en detrimento de las nacionales. Ahora se celebra el “jalogüey de los güeis”, Papá Noël y Santa Claus (¿quiénes coño son estos payasos?); se pone el árbol de Navidad en vez del clásico Belén.
Otra cosa importante que se está perdiendo es el piropo, y vaya como avanzadilla que nunca he dicho un piropo a una mujer desconocida. Las aceras de las calles donde se realizaba alguna obra se convertían en consultas ambulantes de psicólogos, donde el profesional, en este caso el albañil, levantaba la moral, sobre todo a las feas que tenían que atravesar la zona. También se levantaba la moral, con una terapia de grupo, cuando alguien decía un piropo a varias chicas que caminaban juntas, sin especificar, por ejemplo, un simple “¡qué buena estás!” hacía que la más fea se volviese, impulsada como un resorte, para a veces dar las gracias y otras hacerse la ofendida.
Y del idioma ¿para qué hablar?, en la tele, sobre todo al final de los anuncios de perfúmenes, te sueltan una parrafada en algún idioma extranjero, que de entrada me pone de mala leche porque, al igual que los políticos, los publicistas nos tratan de idiotas. Y yo me pregunto, ¿esa chorradita no pueden decirla en nuestro idioma? Gila tenía razón, quedan muchos españoles tontos, muchos… de esos que te dicen: “me he comprado una pluma cojonuda” y a continuación, para terminar de chulear: “es americana”. Pues bien, los americanos, ingleses, franceses, alemanes, chinos, japoneses, etc., fabrican unas mierdas iguales o más grandes que los españoles. Estoy tan cabreado como aquella mona del parque zoológico a la que tirábamos piedras envueltas en papeles de caramelos. Para colmo, acabo de leer en una "revista científica", donde un pseudocientífico "guiri" dicen que los hombres heteros tenemos unas etapas en las que nos da un subidón de hormonas femeninas y nos da por "culear" y mantener relaciones sexuales con travestís, y a las mujeres el subidón es de hormonas masculinas y les da por rascarse en público los genitales con la misma facilidad que lo hacen los hombres. Este tío se ha quedado tan pancho. Pues yo jamás he sentido ningún subidón de los que habla la revista, lo cual quiere decir que mi organismo tiene una reserva de hormonas femeninas a punto de eclosionar. Así que, como me suceda con carácter retroactivo, voy a dejar a Boris Eizaguirre a la altura del betún. EL CICLO SATÁNICO![]()
¿Cómo pude dudar? ¿Cómo he podido vivir sin vida todos estos años? Por evitarme daños tuve daños, y huyendo penas, penas me han venido.
¡Cuánto tiempo, cuánto placer perdido en virtud, muerte, ritos tan extraños como inflexibles, místicos engaños, humillaciones, Dios! ¡Qué buena he sido!
Me arrepiento del tiempo en que fui buena, viviendo sin gozar el prodigioso fulgor del mal, quebrando mi destino.
Y ahora que su goce me envenena, ¿cómo negarse, si es tan delicioso, o cómo retornar al buen camino?
Carmen Jodra Davó. DIÁLOGOS CON MI PULPO![]() El colectivo gay agradeciendo a Zapatero la ley
LEY DE MARICONES
—Hola, Discóbolo, estoy que trino.
—¿Qué te pasa hoy, Pulpito?
—Que estos sociatas han aprobado una ley para que se casen los maricones y las tortilleras, y lo peor es que pueden adoptar niños.
—Vamos, cálmate, es un derecho constitucional; son españoles, pagan sus impuestos y tienen derecho a vivir como ellos quieran, a vivir su sexualidad libremente, como hacen los heterosexuales. Lo que hasta ahora existía era una discriminación evidente.
—Claro, la discriminación también es evidente para los partidarios del incesto y de la poligamia, por poner un ejemplo de personas mayores de edad y con una opción sexual, pero jamás se aprobará porque suponen pocos votos. A mí me da igual, pero este país se ha convertido en el paraíso de los maricones. Ahora el raro es el que no pierde aceite. Todos los programas de televisión tienen su mariconcito.
—Por favor, llámalos homosexuales, es menos despectivo.
—¿Y qué me dices de la adopción? ¿Te imaginas a un niño decir que su padre es el de la barba y su madre el del bigote? Además, un niño criado entre maricones, será otro maricón seguro, porque lo verá normal en casa.
—Bueno, en algunos matrimonios heterosexuales hay niños que pueden decir que su madre es la del bigote, y ten en cuenta que todos los homosexuales han nacido de matrimonios heterosexuales.
—Pues imagínate que si de una pareja normal sale un maricón, qué no saldrá de dos maricones. Y no me digas que porque pagan impuestos tienen derecho a que les haga la Seguridad Social la operación de cambio de sexo, porque yo también pago mis impuestos, no puedo comer porque no tengo casi dientes, no veo porque soy miope y la Seguridad Social me ignora.
—Con el destino que se le da a los impuestos nadie está conforme: unos se quejan porque subvencionen a la Iglesia Católica, otros porque se hagan guarderías, y así podría continuar una lista interminable. Cada cual trata de arrimar el ascua a su sardina.
—Mira, Discóbolo, gente como tú y los llamados “tontos útiles”, los que votan a los partidos llamados progresistas, que progresan hacia atrás, estáis llevando a España a ser el país-hazmerreír del mundo. Por un puñado de votos, pues eso, como el hijo de Esteso, venden a su madre.
—Anda, Pulpito, tómate un Valium 10.
DAME EL BESO SOÑADO![]()
No deseo el deleite que enerva,
¡Oh, mi amada! ¡Mi amada imposible!,
Dame el beso soñado en mis noches,
Desconocido para mí.
EL PLACER DE LA VENGANZA (I)![]() EN PLATO FRÍO El timbre del despertador la hizo incorporarse de golpe en la cama. María era una mujer de treinta y dos años que ya había sufrido en sus carnes la amargura de un divorcio, ya que su ex marido no era compatible con su trabajo. Vivía entregada por completo a su profesión, la Cirugía, que la apasionaba y gratificaba más que cualquier otra cosa. Se levantó con energía y se dirigió a la cocina para conectar la cafetera; mientras el café se iba haciendo lentamente, entró en la ducha. Transcurrida una media hora, ya estaba dispuesta para dirigirse a su trabajo. Montó en el ascensor que la llevaría al garaje de su casa, subió en su BMW y se dirigió a la autovía A-3 que unía Alicante, donde vivía, con Elda, lugar donde se encontraba el hospital donde prestaba sus servicios. A la altura del kilómetro 13 el motor de su coche empezó a temblar, pero tuvo tiempo de llegar al aparcamiento de aquel bar de carretera, mientras maldecía su mala suerte. Estaba contando su problema al propietario del local cuando un camionero de aspecto rudo y a la vez atractivo, que oía la conversación sin ningún tipo de pudor, se ofreció a dejarla en su lugar de destino alegando que se encontraba en la ruta que él debía seguir. Después de una corta charla, la invitó a subir a aquel mastodonte de 16 ruedas y ella accedió agradecida. No llevaban tres kilómetros recorridos cuando el camionero, inesperadamente, abandonó la autovía, entrando por una carretera secundaria y a su vez desviándose hacia una zona de árboles completamente desierta, haciendo caso omiso de las protestas de la doctora. Una vez parado el camión, abrió la guantera y sacó un gran cuchillo de monte con el que la amenazó para que descendiera del vehículo. La condujo hacia la parte trasera, abrió la caja del camión, que iba completamente vacía y la obligó a introducirse en ella. Él subió detrás, encendió una pequeña luz interior y cerró la puerta tras ellos. —Quítate las bragas y túmbate en el suelo. María le obedeció sin poner resistencia, y él la estuvo violando hasta que, agotado, soltó su veneno en el interior de ella, que se mordía los labios en un ademán de impotencia, de dolor y de asco. —Gracias —le dijo ella—. Jamás ningún hombre me hizo sentir tanto placer, nunca me sentí más deseada ni nunca conocí a un macho tan potente como tú. Estos halagos lo dejaron fuera de juego… alucinaba. —No pensaba hacerte nada con el cuchillo —se justificó él. —Por favor, quiero repetir esta experiencia, pero en un sitio cómodo. ¿Te atreverías a quedar conmigo para hacerlo sin prisas en un hotel? —¿Lo dices en serio? —Es más, mejor que un hotel, te propongo que vengas a mi casa. ¿Te parece bien el sábado a las 9? Haré una cena deliciosa para ti y después haremos el amor toda la noche. Él asentía con la cabeza mientras intentaba sacudir la suciedad del vestido de ella, después la ayudó con delicadeza a bajar de la parte trasera del camión, la condujo a la puerta y la ayudó a subir delicadamente. Puso el vehículo en marcha y por el camino ella le dio su dirección. Al llegar, ella le besó, y le dijo: —No me falles, estoy ansiosa de que llegue el sábado. Llegó al hospital y entró directamente en la ducha. Allí pasó un buen rato enjabonándose poro a poro todo su cuerpo y conteniendo las arcadas que le producía el recuerdo de lo recientemente vivido. Pensó pedirle a un compañero que realizara la intervención quirúrgica que debía hacer ella, pero desechó la idea. Fue directamente a la cafetería y con un café delante de ella estuvo meditando largo rato. Estaba decidida. Llegó el sábado y ella, en su terraza, observaba la calle cuando vio aparecer un coche rojo que aparcó justo delante del portal de la vivienda. Se abrió la puerta del vehículo y apareció el camionero muy bien vestido y portando en las manos un ramo de rosas. Esperó a que sonara el timbre del portero automático y preguntó quién era, como si no hubiese advertido su llegada. Una vez en la casa, le hizo entrar y, después de agradecerle el detalle de las rosas, le dijo que se pusiese cómodo mientras ella le preparaba algo de beber. Así lo hizo el camionero, que se sentía lleno de orgullo por su masculinidad. Sentados en la cama ya, él le dijo: —Desnúdate, que vas a conocer lo que es un hombre. —Espera un poco, cariño, vamos a tomar otra copa, me gusta estar un poquito alegre para hacer el amor, y el whisky me pone muy cariñosa. No le dio tiempo a tomar la segunda copa, el fuerte somnífero suministrado por María había producido su efecto y el camionero quedó profundamente dormido. Con toda frialdad desabrochó los pantalones del camionero y los bajó hasta los tobillos, introdujo un plástico debajo de su culo para evitar manchas de sangre y fue a buscar el material quirúrgico necesario. Inyectó anestesia local en los testículos del violador y comenzó su trabajo. Tardó aproximadamente quince minutos en realizar la operación. Suturó, puso los apósitos necesarios y volvió a subirle los pantalones. Bajó a la portería y dijo al conserje de la finca: —Antonio, por favor, ayúdeme a meter a un amigo en su coche, es que le ha sentado mal la bebida y quiero llevarlo a su casa. Antonio no lo dudó un momento, cargó con casi todo el peso del camionero y lo metieron en el asiento delantero. Ella se sentó frente al volante del vioñador y se dirigió a la autovía A-3. Justo en el kilómetro 13, en el aparcamiento de aquel bar de carretera detuvo el vehículo, dejó las llaves puestas y se dirigió a su coche que previamente había dejado aparcado en aquel lugar. Cuando él despertó encontró un papel con la siguiente leyenda: “No volverás a hacerlo. Puedes volver a casa, pero ten cuidado porque en el asiento del conductor hay un frasquito con formol y algo dentro… No te vayas a sentar encima de tus cojones”. EL PLACER DE LA VENGANZA (II)![]() VENGANZA Serían las 21,30 de aquella calurosa noche de verano. Al parque le quedaba media hora para cerrar sus puertas al público y allí, en aquel banco apartado, cogidos de la mano, María y César hacían planes para su futuro. Hablaban de comprar un piso, de boda, de los hijos que tendrían y de lo felices que serían. De pronto aparecieron tres hombres jóvenes que se acercaron a ellos con toda tranquilidad. Una vez a su altura, el más fornido asestó un duro golpe a César que lo dejo semiinconsciente, mientras otro de ellos golpeaba a María, que dejaba de oponer resistencia a causa del golpe recibido. Entre dos incorporaron a César y, sacando una cuerda que portaban en una bolsa de plástico, lo ataron a un árbol y tanto a él como a ella les pusieron en la boca una cinta plástica adhesiva, a modo de mordaza, para impedir que gritaran. César había recobrado la consciencia y pudo ver cómo uno tras otro fueron violando a su novia, sin poder hacer otro gesto que llorar en silencio. Los jadeos de los desalmados se clavaron en su alma y sus muñecas sangraban del esfuerzo que estaba realizando por zafarse de sus ataduras. Todo fue inútil. Cuando terminaron su fechoría abandonaron el lugar entre risotadas, dejando allí aquel cuadro dantesco de César llorando atado a un árbol y María, en una postura grotesca, sin conocimiento en el suelo. Sobre las 22,00 horas apareció por allí el empleado encargado de cerrar el parque y, sin prestarle ayuda inmediata, llamó a la policía. A los pocos minutos aparecieron un coche patrulla y uno del SAMUR, que prestaron auxilio a la pareja. Habían pasado ya unos días, nada era igual, los dos estaban muy tocados psíquicamente, aunque hacían esfuerzos para recuperarse, cuando recibieron una llamada de la policía anunciándoles que habían detenido a unos sospechosos y citándolos para una rueda de reconocimiento. Ella se negó a ir alegando que no los reconocería porque todo pasó tan rápido antes de perder el conocimiento que no recordaba sus caras. Pero él, que los pudo observar durante varios minutos muy de cerca, nunca olvidaría sus caras. Así que decidió presentarse en comisaría para comprobar si eran ellos. El día y a la hora señalados estaba en comisaría. Le pasaron a la habitación donde se realizan las ruedas de reconocimiento y detrás del cristal le mostraron a los individuos detenidos como posibles autores de la violación y agresión a la pareja. —Lo siento mucho, agente, no reconozco a ninguno de ellos. Abandonó la comisaría y se dirigió a su coche, aparcado en las inmediaciones. Abrió el maletero y sacó una escopeta repetidora de ocho disparos, cargada con munición de caza mayor y volvió sobre sus pasos. No tardó mucho en encontrarse de cara con los tres individuos a los que había dicho no conocer. Se plantó frente a ellos y disparó al primero en el pecho, que a causa del impacto cayó hacia atrás; el segundo se lanzó sobre él en un intento desesperado de evitar que disparara por segunda vez, pero no lo consiguió, su cara quedó destrozada por el plomo y su cuerpo sin vida tirado sobre la acera. El tercero emprendió una veloz carrera, pero César apuntó a su cabeza y apretó el gatillo haciéndole caer de bruces y, por supuesto, sin vida. Al ruido de los disparos la policía acudió, pistola en mano, pero César dejó el arma en el suelo y levantó los brazos. Fue detenido, juzgado y condenado. La condena no fue muy dura y hoy en día esta pareja se encuentra casada y feliz, a pesar de todo. Evidentemente, había mentido a la policía. PENA DE MUERTE![]() —Bueno, doctor, qué es lo que dicen mis pruebas. —Voy a ser franco con usted, la cosa está muy complicada. En otras palabras, le queda muy poco tiempo, pero procuraremos que su calidad de vida sea lo mejor posible hasta el desenlace final. —¡Qué lástima!, de haberlo sabido cuando aún estaba fuerte, hubiese matado a alguien para que me condenaran a muerte: por ejemplo, al padre que violó a su hija de ocho años y al juez que redujo su condena alegando que sólo eran abusos deshonestos porque la niña no opuso la resistencia debida. Claro, antes de matarlos los caparía a los dos. —No sea bestia, hombre. Además, en España no existe la pena de muerte. Y dígame: ¿por qué quiere que le condenen a muerte? —Me ilusionaría que me preguntaran eso de “¿cuál es su última voluntad?” —Y ¿cuál es su última voluntad? —Follarme a una funcionaria. —¿Estatal o autonómica? —Autonómica, naturalmente. Son más liberales y están más buenas. —¿Cómo puede hacer esa afirmación? —En el prostíbulo que frecuento, la mayoría de los clientes somos maridos de funcionarias estatales. —La elegiría usted o sería voluntaria. —Yo elegiría entre las voluntarias. —Me tiene alucinado, le acabo de comunicar que le queda poco tiempo de vida y usted se pone a frivolizar. —Lo hago porque no me afectan sus palabras. Yo tengo un gran dominio sobre mi mente (¿o es al revés?) y puedo autosugestionarme hasta el punto de que me extraigan una muela sin anestesia sin sentir el más mínimo dolor; puedo imaginar algo y hacerlo tan real en mi mente que sienta todas las emociones y sensaciones de lo que imagine...; en fin, yo soy un espíritu portentoso encerrado en un cuerpo de circunstancias. —¿Dónde ha nacido usted? —En Urano. DIÁLOGOS CON MI PULPO![]() PULPO CHATERO
— Hola, Discóbolo, buenos días.
— ¿Qué historia me vas a contar hoy, Pulpito?
— He aprendido a chatear y, sin pretenderlo, me he convertido en el contertulio preferido de las damas.
— ¿De todas?
— Sí, verás: como sabes, soy un pulpo de agua dulce, vivo en el río y me deslizo a través de las tuberías invadiendo los hogares donde haya alguna mujer sentada frente a un ordenador. Una vez dentro de sus casas me apodero de su alma, de su mente y de su cuerpo. A veces pienso que mi actitud no es correcta, que no me pertenecen, pero… ¿qué quieres que haga?, tengo lo que he bautizado como cibercarisma.
— Tú lo que tienes es una imaginación fabulosa para inventarte historias en las que siempre eres el héroe y tu cibercarisma sólo existe en tu mente.
— Es evidente que me tienes envidia, Discóbolo. Pero no te preocupes, te enseñaré mis refinadas tácticas de seducción. La primera es decirles lo que ellas quieren oír: a las feas, guapas; a las guapas, inteligentes; a las tontas, listas; a las inteligentes, paletas. Claro que para esto hay que ser un gran psicólogo, cosa que está muy lejos de tus posibilidades. Además, mentir, siempre mentir. Yo en el chat puedo ser alto, moreno, ojos verdes… siempre dependiendo del gusto de mi poseída. — No puedo dar crédito a lo que oigo. ¿Cómo puedes ser tan machista? ¿Cómo menosprecias la inteligencia de las mujeres? ¿No te has enterado que estamos en el siglo XXI y son mayoría en las universidades? Lo único que falta oír de ti es que eres también racista.
— Pues lo soy, no quiero ver un calamar ni en pintura.
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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO
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