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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

CAMILO JOSE CELA. (En paz descanse, coño)

CAMILO JOSE CELA. (En paz descanse, coño)

 
            La Donación de mis órganos....
 
 
            Quiero el día que yo muera
            poder donar mis riñones,
            mis ojos y mis pulmones.

            Que se los den a cualquiera.


            Si hay un paciente que espera
            por lo que yo ofrezco aquí,
            espero que se haga así
            para salvarle la vida.
            Si no puedo respirar,
            que respire otro por mí.
 
            Donaré mí corazón
            para algún pecho cansado
            que quiera ser restaurado
            y entrar de nuevo en acción.
 
            Hago firme donación
            y que se cumpla confío
            antes de sentirlo frío,
            roto, podrido y maltrecho
            que lata desde otro pecho
            si ya no late en el mío.
 
            La pinga la donaré:
            que se la den a un caído
            y levante poseído
            el vigor que disfruté.
 
            Entre otras donaciones
            me niego a donar la boca.
            Pues hay algo que me choca
            por poderosas razones.


            Sé de quien en ocasiones
            habla mucha bobería;
            mama lo que no debía
            y prefiero que se pierda
            antes que algún come mierda
            mame con la boca mía.
 
            El culo no lo donaré,
            pues siempre existe un confuso
            que pueda darle mal uso
            al culo que yo doné.


            Muchos años lo cuidé
            lavándomelo a menudo.
            Para que un cirujano chulo
            en dicha trasplantación
            se lo ponga a un maricón
            y muerto me den por culo.

 

Desconocido. Lo recibí en un correo.

A CONCHI

A CONCHI

 

                                        Cuarenta años de esencia,

                                        veintitrés años de amor,

                                        llenando con tu presencia,

                                        con tu fragancia y ardor

                                        los días de mi existencia.

 

                                        Pemán lo dijo una vez,

                                        y, aunque plagiar no quisiera:

                                       “a más tiempo, más mujer;

                                       a más años, más solera”,

                                       que es como tiene que ser.

 

ALEF LILA U LILA (Las mil y una noche)

ALEF LILA U LILA (Las mil y una noche)

La claraboya de mi terraza

Cuando viví en Marruecos, mi primera casa era un ático raro que tenía incluso una terraza con una claraboya en el centro para proporcionar luz a otro piso. Un caso raro, la claraboya estaba en mi casa pero pertenecía a otro piso.

 

Allí vivían un grupo de hombres (ya contaré esa historia), que un día se fueron y la casa fue ocupada por un profesor que poseía un serrallo, así que lo que para nosotros era un castigo el tener que mantener limpia la claraboya, se convirtió en un placer tenerla en perfecto estado de limpieza.

 

Por las tardes/noches, desde el pasillo de mi casa se podía ver el salón y el dormitorio principal y no ser vistos desde abajo si apagábamos las luces. Así que mi hermano pequeño y yo pasábamos allí buenos ratos restregando los ojos contra los cristales hasta que a colleja limpia nos desplazaban nuestros hermanos mayores para ocupar ellos el sitio.

 

El harén estaba perfectamente organizado, se componía de una mujer de unos cuarenta años, que era la jefa, y de tres más jóvenes, sobre todo una que tendría sobre dieciséis o diecisiete años. A mí, la que más me ponía era la jefa, siempre me han gustado las mujeres mayores, eso me pasaba desde los siete años, como ya he comentado en otro sitio, aunque ahora me ha cambiado la tendencia. Ella disponía los turnos; si en alguna ocasión el jefe lo demandaba, por supuesto, era complacido, pasaban dos, pero ella siempre entraba sola.

 

A mi edad aquello era el paraíso, ¡qué suerte tenía el tío ese!, ¡qué visión!, ¡qué excitación! En cierta ocasión me encontraba solo y, naturalmente, fui a observar qué pasaba en el piso de abajo. El profesor se encontraba metido en la cama y, a través de una goma larga, fumaba, me imagino que hachís; al lado de la cama, de pie, la segunda del harén, desnuda, permanecía desabotonando el camisón de la más joven, que llegaba hasta el suelo. Desde mi punto de vista la jovencita estaba de espalda y la más mayor de frente. Cuando el camisón estaba abierto hasta debajo del pecho, pasó las manos suavemente por los hombros de la niña, haciendo un movimiento hacia su espalda y desplazándolo hacia atrás, con lo que consiguió que la prenda cayera sobre sus pies, dejándola completamente desnuda.

 

Aquella escena se quedó grabada en mi mente durante muchos años. No era difícil saber por qué la cuarentañera (que no cuarentona) era la jefa del harén. Cuando ella hacía el amor, siempre terminaba debajo, y desde arriba parecía que el culo del morito estaba echado sobre uno de aquellos tocadiscos antiguos que giraban los discos de vinilo a 45 revoluciones por minuto. Cada vez que hacía el amor daba un golpe de autoridad.

 

F E L I P E

F E L I P E

 

Durante la guerra perdió todo lo que tenía, incluso su casa fue bombardeada y aún conservaba un recuerdo de una esquirla de una bomba, que le hacía cojear levemente.

 

Se movía por el romboide (para los que conozcan Madrid) comprendido entre Bilbao, San Bernardo, Noviciado y Fuencarral. Era muy conocido y querido en todos los talleres y comercios de la zona, porque él había nacido allí, y ellos le proporcionaban el sustento a cambio de recados y pequeños favores que él hacía.

 

Felipe era su nombre, y dormía en el Metro de Bilbao, gracias a que conocía al jefe de estación, aunque tenía que acostarse muy tarde y levantarse muy temprano. El hombre estaba amargado, aunque jamás le oí quejarse de la vida que le había tocado vivir; se refugió en la bebida, y siempre encontraba a alguien dispuesto a invitarlo a un vaso de vino y a gastarle una broma, siempre que no se refiriese a su afiliación política: era republicano y si le llamabas “facha” podías tener un problema. A la hora del bocadillo me dirigía a él:

 

—Felipe, por favor, dile a la señá Almudena que he dicho yo que te dé un bocadillo con 50 gramos de jamón, pero que sea en tacos gordos.

 

La señora Almudena sabía lo que tenía que poner, pero Felipe volvía cabreao:

 

—Esta tía hace lo que le sale del coño; otra vez te ha puesto el jamón en lonchas.

 

A veces, al entrar al taller (donde había un escalón muy peligroso), resbalaba y alguien siempre soltaba la frase:

 

—¡Quieto, vino, que me tiras!

 

A lo que Felipe contestaba con rapidez y cara de pocos amigos:

 

—¡Que no es el vino, pringao, que es la herida de la pierna… me tiés contento!

 

Por las mañanas, cuando entrabas al bar a desayunar él ya estaba en su rincón, como si fuese a tirar un córner:

 

—Buenos días, Manolo, ponle un café a Felipe.

 

Aquella frase le hacía reaccionar enseguida:

 

—Manolo, a Felipe, mejor le pones un vaso de vino.

 

Ya desde por la mañana se le calentaba la boca y el cerebro y empezaba a contar historias que él mismo se creía y, por exageradas, grotescas y divertidas, causaban regocijo a todos los que las oían.

 

Cuando Felipe se ponía a contar algunas de sus aventuras se iba formando un corrillo a su alrededor que cada vez iba en aumento, y las rondas corriendo sin que él pagara ninguna.

 

Recuerdo muchas historias que me traen a la memoria una sonrisa, al recordar las carcajadas de los compañeros. Una de ellas trataba de cuando fue destinado a Guinea, con el grado de sargento. El barco partía desde el puerto de Algeciras a las 9:00 de la mañana, así que Felipe le dijo a un soldado:

 

—Esta noche, por ser la última en la Península, vamos a pasarla de cachondeo, que ya tendremos tiempo de descansar durante la travesía.

 

Así lo hicieron, y cogieron tal borrachera, que a las 9.30 se despertó el soldado y le dijo:

 

—Mi sargento, mire la hora que es. El barco se ha ido y nos hemos quedao en tierra.

 

—Vamos corriendo al puerto —dijo Felipe.

 

Al llegar al puerto, con petate incluido, vieron que el barco ya había partido, y, según contaba Felipe, se veía muy pequeñito a lo lejos.

 

—¿Qué hacemos mi sargento?

 

—¿Cómo que qué hacemos? Al agua.

 

Los dos hombres se lanzaron al agua y comenzaron a nadar para conseguir alcanzar al barco. Al rato de ir nadando, Felipe dijo:

 

—Soldado, ¿dónde coño está el barco?

 

—Mi sargento, nos lo hemos pasado; se ha quedado atrás y tendremos que esperarlo para que nos recoja.

 

Así lo hicieron hasta que el barco llegó a su altura.

 

—Eh, los del barco, tíranos unas maromas.

 

Después de una noche de borrachera y estar nadando a velocidad de motora, subieron a pulso al barco escalando por las maromas y cargados con los petates. Pero la sorpresa y lo más interesante de esta historia estaba por pasar: nada más poner los pies en cubierta se oyó un grito a bordo:

 

—Hombre al agua.

 

—¿Qué pasa? —preguntó Felipe.

 

—Pues que se ha caído un negro al mar y está rodeado de tiburones blancos.

 

No se lo pensó dos veces. Cogió un cuchillo de cocina y se lanzó al agua para salvar al negro de una muerte segura. Y así lo hizo. Según él, mató siete tiburones... y porque el resto se dio a la fuga.

 

Cuando los izaron al barco el negro no paraba de decirle:

 

—Buana, desde hoy soy tu esclavo.

 

Y terminaba con la frase:

 

—No le hice ni puto caso al negro, ya conocéis cómo soy yo.

 

Una vez en su destino de Guinea, un domingo por la tarde, contaba:

 

—Como me aburría, cogí nueve Land Rover largos, los llené de negros y me fui a cazar leones. Nos pasamos todo el día andando y no vimos ningún león. Ya íbamos a volver cuando, detrás de una mata, asomó un león de unos 300 kilos, gruñendo, amenazando en forma rampante, como en los escudos heráldicos. En la selva se formó una carrera de negros y me dejaron solo ante aquel bicho tan grande. Ni me inmuté. Me eché el CETME a la cara y empecé a disparar en la posición de ráfaga, pero para mi desgracia el arma se había encasquillado y no disparaba. Como el león avanzaba hacia mí a toda leche, le di un meneo al arma, miré el interior del cañón, vi que venía la bala, apunté al león y éste me dijo: “Felipe, no me dispares, que soy la Virgen del Carmen”. Pues si tú eres la Virgen del Carmen yo soy el sargento Felipe. Naturalmente, no me dejé engañar y me lo cargué.

 

Felipe seguía contando su historia haciendo caso omiso a las carcajadas de los compañeros:

 

—Así que mandé a los negros que le amarraran al león las patas y las manos, les metieron un palo entre ellas y lo subieron a un Land Rover. A la vuelta al cuartel tuvimos que pasar un riachuelo que venía muy crecido y se nos averiaron seis coches; los negros se bajaron a empujar y aparecieron cientos de cocodrilos…, en fin, que tuvimos que hacer una escabechina de cocodrilos.

 

Uno de los presentes, para provocar más su imaginación, le recordó que en Guinea no había cocodrilos:

 

—Felipe, si en Guinea no hay cocodrilos…

 

—¡Coño!, pues serían anacondas; el caso es que tenían un pedazo de boca que cada vez que la abrían se tragaban a un negro.

 

—Menuda bronca te echaría el capitán, después de perder seis coches y un montón de soldados indígenas…

 

—De eso nada, sólo me dijo que se quedaba con la cabeza para ponerla disecada en la pared, y el pellejo del león para regalárselo a su mujer como alfombra.

 

Un día de invierno a Felipe tuvieron que sacarlo del Metro los servicios del SAMUR. Había muerto quizá soñando con la próxima historia que nos iba a contar.

EL DETERIORO

EL DETERIORO

La última cena, de Leonardo da Vinci

 

Hace bastante tiempo leí una historia que contemplaba el deterioro de las personas. Esta historia contaba que Leonardo da Vinci, en su magistral obra La última cena, fue seleccionando modelos para copiar sus rostros, y que tanto Jesús como sus apóstoles fuesen imagen de hombres reales.

 

Para representar a Jesús, que fue el primero que pintó, eligió a un hombre joven, de diecinueve años, cuyo rostro reflejaba paz y serenidad.

 

Leonardo siguió buscando y pintando apóstoles, dejando para el final a Judas, ya que no encontraba a nadie que reflejara en su cara la mezcla de expresiones de un hombre traicionero, desleal e hipócrita que él tenía en su mente al decidirse a realizar dicha pintura.

 

Al fin, en una prisión, encontró a un condenado a muerte por varios delitos de robos y asesinatos, y le propuso que posara para él. El reo, al ver a Da Vinci, le dijo:

 

—Maestro, ¿no te acuerdas de mí?

 

—No te conozco; jamás olvidaría una cara como la tuya. Jamás olvidaría ese odio, ese rencor y esa miseria humana que transmite tu mirada.

 

—Maestro, hace años que posé para ti. Yo soy el Jesús de tu Última cena.

 

Recapacitando sobre esta historia, pienso que en un tiempo pude ser modelo para representar a Jesús; más tarde, seguramente, pude ser válido para representar a Judas; y ahora creo que soy el modelo ideal para representar al demonio (rabo incluido).

 

"NASÍA PARA KAPÁ"

"NASÍA PARA KAPÁ"

La pared del salón de la moza en cuestión

Anoche fui a visitar

a mi mujer preferida,

de todos muy conocida,

feminista radical,

talibán sindicalista,

enamorada de Marx.

 

Nos pusimos a cenar,

y antes de irnos a la cama

ella se quiso duchar.

Y yo, con mi caradura,

miré por la cerradura

aquel cuerpo sensual.

 

Cuando se quitó el vestido

me quedé tan sorprendido,

yo diría anonadado.

Tenía, de lado a lado,

entre el pubis y el ombligo,

un letrero tatuado.

 

Aquel letrero decía,

con muy mala ortografía:

“Nasía para kapá”.

No me quiero ni acordar

que aún me tiemblan las canillas

y me cuesta respirar.

 

Sentí temor angustiado

de ver mi escroto cortado

por su tijera afilada,

o quizá por las espadas

samurais con que adornaba

la pared de su morada.

 

Corrí hacia el ascensor,

pero, antes que viniera,

bajé por las escaleras,

escalones, dos a dos,

hasta meterme en mi coche

que no quería arrancar.

 

Es que no podía pensar,

y con tanta agitación,

quise arrancar el motor

con la llave del buzón.

En menuda situación

me metí yo por salido.

 

Ahora estoy arrepentido

y me he dicho: “por mi bien,

me quedo con mi mujer,

no lo dudo ni un momento,

porque estoy viejo y cansado

y no quiero un escarmiento”.

 

 

CHASCO

CHASCO

Se había levantado nervioso, agitado. Era el día elegido: hoy le daría la gran sorpresa a su novia, sorpresa que llevaba guardando como el secreto más preciado para él durante casi un año.

 

Había comprado un chalet con maravillosas vistas, había empleado todos sus ahorros en reformarlo a su gusto y, por fin, estaba terminado. Era una vivienda de ensueño, amplias habitaciones, todo exterior con grandes ventanales, miradores y una gran terraza desde donde se contemplaba el mar.

 

Pero donde Juan se había esmerado más fue en el dormitorio. Instaló una cama de 2 x 2 metros, forró de espejos todas las paredes e incluso el techo, de forma que desde cualquier punto de la cama podían contemplar sus cuerpos desde todos los ángulos posibles.

 

La novia estaba tan emocionada al ver el chalet, que no era capaz de negarle nada; así que, después de hacer una visita al mueble-bar, decidieron estrenar la enorme cama. Se desnudaron el uno al otro con parsimonia. Juan estaba encantado de que con sólo un movimiento de ojos contemplaba el cuerpo desnudo de su novia desde todas las perspectivas. Ella también.

 

La tumbó en la cama boca arriba y él, sobre ella, empezó a besar su cuello, después buscó su boca, volvió al cuello y empezó a descender hacia sus pechos sin dejar de besarla. No paró ahí, siguió descendiendo dejando una estela de saliva hasta su pubis. Allí se detuvo, separó las piernas de ella, mientras se incorporaba y quedaba él de rodillas. Acercó su cabeza hacia el sexo de su novia, dispuesto a disfrutar y a hacerla disfrutar, embriagado por el olor que desprendía a almizcle.

 

De repente ella le agarró por la cabeza y le separó con violencia: él la miró sorprendido y pudo ver cómo cerraba con fuerza sus ojos mientras en su boca se dibujaba un gesto que no supo distinguir si se trataba de una sonrisa mal disimulada o de una arcada contenida. Elevó un poco más la vista y allí, encima de sus testículos, como bola de Navidad adornando el árbol, estaba la maldita almorrana.

 

HISTORIAS DE ATASCOS

HISTORIAS DE ATASCOS

BENDITO ATASCO

 

Le quedaba hora y media para coger el vuelo que le llevaría a aquella reunión de negocios que pensaba podría solucionarle la vida, y se encontraba en aquel monumental atasco sin poder moverse.

 

—¡Por Dios, sáqueme de aquí, que pierdo el avión! —le dijo al taxista.

—Imposible, señor, no podemos movernos en ninguna dirección.

 

Fueron pasando los minutos mientras el nerviosismo le consumía, y cuando su avión despegaba él aún no había llegado al aeropuerto. Tuvo que volver a casa, pues el siguiente vuelo hacia Nueva York no despegaría hasta el día siguiente.

 

Cuando llegó a casa se dejó caer abatido en el sofá y vio cómo la televisión, en un avance informativo, daba la información: “El avión Concorde con destino a Nueva York, que realizaba el vuelo AF4590, acaba de sufrir un accidente nada más despegar del aeropuerto. No hay supervivientes”.

 

ALGUNOS TIENEN SUERTE

 

Vestido con chaqué, la flor en el ojal, al lado de una madrina elegantísima y sin cobertura en el móvil se vio en aquel atasco infernal.

 

Cuando pudo llegar a la iglesia donde debían estar esperándole la novia y los invitados, se encontró la plaza desierta, el templo cerrado y el cura en la puerta.

 

Al verlo llegar, el sacerdote se dirigió corriendo hacia el coche, y el dijo:

 

—No te bajes del coche, se han ido todos; hoy es tu día de suerte.

 

ES QUE...

 

Se encontraba en aquel inmenso atasco después de haber pasado un día muy duro de trabajo. Se armó de paciencia, encendió la radio y se puso a repasar mentalmente lo que había realizado durante el día.

 

Una voz ronca y desagradable le sacó de sus pensamientos:

 

—Eres tonto, siempre te pasa igual, es que no hay otra carretera que no sea ésta; y mira que le dije veces a mi hija que no se casara contigo.

 

Aquella voz siguió martilleando sus tímpanos durante más de una hora.

 

El hombre esperó que los coches que le precedían avanzaran un poco, descendió del vehículo, abrió la puerta trasera y bajó a la señora:

 

—Salga del coche ahora mismo.

 

Se volvió a subir y emprendió la marcha velozmente. Le remordía la conciencia por haber dejado a su suegra en la cuneta, hasta que de pronto se dijo: “pero qué coño suegra, si yo estoy soltero. Ya he vuelto a equivocarme de coche en la gasolinera. Tendré que ir al oculista”.

 

PESADILLA EN EL ATASCO

 

Eran las 5 de la madrugada. Habíamos elegido esa hora para salir de viaje con el fin de no encontrarnos con ningún atasco. A los pocos kilómetros de la salida el grito de mi mujer me sobresaltó:

 

—Frena, Jose, que nos tragamos a ese coche.

—Ya lo he visto, ¿crees que estoy ciego?

 

El coche se detuvo muy cerca del vehículo que nos precedía, y enseguida puse en marcha los intermitentes de emergencia. Lo que tanto temíamos nos estaba pasando: estábamos metidos en un atasco.

 

Por el espejo retrovisor vi las luces destellantes del SAMUR y la Guardia Civil que se acercaban por el arcén. Cinco coches nos separaban del accidente provocado por un vehículo que circulaba en dirección contraria a la nuestra y cuyo conductor, probablemente, se había dormido y saltado la mediana de la autovía para ir a empotrarse de frente con otro que circulaba en nuestra dirección.

 

Como la mayoría de los conductores, me apeé y me dirigí al lugar del accidente. La Guardia Civil había establecido un cordón de seguridad y no dejaba pasar a nadie. Desde mi posición lo podía ver con bastante claridad.

 

—Joder —pensé—, un Megane del mismo modelo y color que el mío.

 

Al fijarme más pude ver que la matrícula coincidía con la mía, menos el último número que no alcanzaba a verlo. Los hombres del SAMUR consiguieron abrir la puerta y vi al conductor con la cabeza apoyada en el volante.

 

—Increíble, viste igual que yo.

 

Esto hizo que sintiera un peso en el estómago: eran demasiadas coincidencias. Al echar los médicos la cabeza del accidentado hacia atrás quedé petrificado, al tiempo que sentía unas enormes náuseas. Era yo el hombre que conducía ese coche. Por la comisura de mis labios se desprendía un hilo de sangre. Mis piernas comenzaron a temblar cuando un médico gritaba: “La mujer que le acompaña también está muerta”.

 

Mi respiración se iba volviendo dificultosa y un sudor frío invadía mi cuerpo cuando sentí que alguien me zarandeaba con fuerza:

 

—Despierta, que son las cuatro y tenemos que salir de viaje.