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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

Humor

P O B R E S

P O B R E S

Cuán distintos son los gustos en las distintas personas, y con qué poca cosa, a veces, nos sentimos regalados. Claro que, como dice el refrán, “hay gustos que merecen palos”.

Se podría decir que cada persona es un gusto, y si hiciésemos a la gente la pregunta de qué es lo que más le gusta, nos encontraríamos respuestas de las más variopintas. Cuántas veces hemos oído la frase de “a mí lo que más me gusta es...”, aunque detrás de esta frase casi nunca viene algo inalcanzable, sino algo banal, como, por ejemplo:

—Pegarme mi buena siesta.

—Dormir oyendo la lluvia golpear.

—Tirarme pedos en los ascensores y en el Metro cuando van “petaos”.

A poca gente le he oído decir que lo que más le gusta es hacer un crucero alrededor del mundo en las mismas condiciones que podría hacerlo el sultán de Bahreim. Y es que somos pobres hasta para pedir, ¡coño! Pues yo no, yo no soy pobre para pedir. Debo ser la excepción que confirma la regla, pero yo quiero que me toque el Euromillón, y mientras más millones mejor. Prefiero tener el problema de no saber qué hacer con tanto dinero que el de no poder llegar a fin de mes.

 

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¿HOMBRES MENTIROSOS?

¿HOMBRES MENTIROSOS?

 

 

He leído en algún sitio que los hombres mienten mucho porque las mujeres preguntan mucho, y esto entra dentro de la lógica matemática: a más preguntas, más posibilidades de mentir.

 

A veces, el hombre no miente con maldad, sino que contesta sin saber lo que dice porque no ha oído bien la pregunta por falta de atención, no porque no le funcione al 100 por 100 su capacidad auditiva, y es que ante una batería de preguntas absurdas, el cerebro masculino tiene un mecanismo de autodefensa que hace que cada vez las preguntas se vayan oyendo más lejanas hasta conseguir no oír nada.

 

—María, tengo que ir al dentista.

—¿Por qué?

—Se me ha desprendido un empaste.

—¿Y cómo ha sido eso?

—No lo sé.

—¿Ha sido comiendo?

—No me he dado cuenta.

—¿O ha sido cepillándote los dientes?

—Que no lo sé.

—Pues, hijo, sí que eres raro.

 

Y qué más da cómo se haya desprendido el empaste, el caso es mantener un diálogo para besugos, que es lo que hace que el marido se vaya aislando del tema y conteste lo primero que le venga a la cabeza, pero sin ánimo de mentir.

 

Eso me recuerda a los “¿y por qué?” de los niños:

 

—Abuelo, ¿por qué vamos a la playa en verano?

—Porque hace más calor para bañarnos.

—¿Y por qué hace más calor en verano?

—¿Por qué el sol calienta más?

—¿Y por qué calienta más el sol?

 

Y así pueden estar preguntando hasta aburrir a un camello. Otras veces su contestación va dirigida a que su mujer oiga lo que quiere oír, aunque este método es para muy expertos porque las mujeres son imprevisibles en sus respuestas. Veamos un ejemplo:

 

—Cariño, ¿te has fijado en la blusa que lleva Encarnita?

 

Esta pregunta es de doble filo: si contestas que no, es que estás en el mundo porque tiene que haber de todo, que pareces tonto, que no te fijas en nada. Si, por el contrario, contestas que sí, te puede caer encima un bombardeo de reproches, como que ya le extrañaba a ella que tú no te hubieses fijado en Encarnita, que vas salido por la vida y que se siente humillada porque te vas fijando en todas las mujeres que se cruzan contigo.

 

Resumiendo: No mentimos, sólo somos víctimas.

 

 

LABERINTO

LABERINTO

 

 

Encuentran un cadáver y en un bolsillo llevaba una carta dirigida al juez. Esta carta decía lo siguiente:

 

Señor, juez:


      No culpo a nadie de mi muerte, me quité la vida, porque en dos días más que viviera no sabría vivir en este mar de lágrimas.

 
      Tuve la desgracia de casarme con una viuda; de haberlo sabido no me hubiese casado, porque ella tenía una hija; mi padre, que era viudo también, para mayor desgracia, se enamoró de la hija de mi mujer, de manera que mi esposa era suegra e hija de mi padre, por tanto, hermana mía, hija de su suegra y al mismo tiempo mi padre era mi suegro y yo yerno de mi madre.


      Al poco tiempo la mujer de mi padre, o sea, mi madre, trajo al mundo un varón que era mi hermano, mi cuñado y mi nieto.

 

      Al correr el tiempo, mi mujer trajo al mundo un varón y como era hermano de mi madre, era cuñado de mi padre y tío de su hijo. A la vez mi mujer era suegra de su propia hija y yo padre de mi madre, mi padre y su mujer son mis hijos y, además, yo soy mi propio abuelo.

 
      Ya ve señor juez, me despido del mundo porque no se quien soy.

 

 

                                                     Fdo: El Muerto.

Recibido en un correo.

 

 

 

PARECIDOS

PARECIDOS

 

No me explico la manía que tiene la gente, sobre todo las mujeres, de buscarle un parecido a los niños pequeños:

 

—Es clavadito a su abuela materna.

 

—Pues no, señora, va a ser que no porque la madre del bebé es adoptada.

 

—Los ojos son de su padre.

 

—Pues tampoco, señora, porque el niño se concibió por fecundación in vitro, con semen de un banco de esperma.

 

En cierta ocasión viajaba en Metro junto a mi mujer, que llevaba en sus brazos a nuestra hija de muy poquitos meses. Ella iba sentada con la niña y yo permanecía a su lado de pie. En una estación subió al tren una señora que se colocó a nuestro lado, empezó a hacer carantoñas a la niña e inició una conversación con mi mujer:

 

—¡Qué niño más simpático, mira cómo se ríe!

 

—Es niña, señora.

 

—¿Cómo se llama?

 

—Se llama Eva.

 

—Tiene la misma cara que el padre.

 

Mientras decía esto señalaba a un señor que iba sentado frente a mi mujer y que no conocíamos de nada. El hombre puso cara de asombro, mi mujer me miraba y se reía y yo no quise decirle nada, pero pensé: “¡Que Santa Lucía te conserve el oído, porque lo que es la vista ya no tiene arreglo!”

 

Y al llegar a su estación se apeó del tren tan pancha.

 

 

JUNTA DE VECINOS

JUNTA DE VECINOS

 

 

Se celebra la Junta de vecinos, con siete puntos a tratar en el orden del día: el primero, la instalación de un ascensor, ya que la finca tiene cinco pisos y carece de él. Antes de empezar a debatir, el vecino del bajo D (bendito elemento), se dirige a los presentes y dice:

—Os advierto que yo no pongo ni un euro para el ascensor, y que nadie me venga con leyes, que yo me paso las leyes por el forro de los güevos.

 

EL PRESIDENTE:

 

—Bueno, eso ya lo veremos; habrá que informarse y aplicar la Ley de Propiedad Horizontal.

 

EL DEL PRIMERO:

 

—Y, claro, los del quinto pagarán más que los del primero. Hay que pagar según la altura del piso.

 

EL DEL QUINTO:

 

—Una leche; nosotros somos sólo dos y en tu casa viven seis personas, así que vais a utilizar mucho más el ascensor que nosotros. O pagamos todos iguales o a tomar por culo el ascensor.

 

EL DEL PRIMERO:

 

—Sois dos, pero tu mujer pesa más de 100 kilos (risas del resto de los vecinos, algunas escandalosas).

 

LA SEÑORA DEL QUINTO:

 

 —¿Me estás llamando gorda, tío grosero?

 

LA SEÑORA DEL PRIMERO:

 

—Tú a mi marido no le insultes, verdulera.

 

EL DEL PRIMERO:

 

—Cállate, María, que con esta gentuza es mejor no hablar.

 

EL DEL QUINTO:

 

—A ver si tienes cojones de llamarme gentuza en la calle.

 

EL DEL PRIMERO:

—Venga, vamos a la calle.

 

El vecino del quinto se lanza sobre el del primero; sus mujeres tienen una enganchada y el resto de vecinos no dan a basto para separarlos. Una vez calmada la cosa, el presidente suspende la junta ante la perspectiva de tener que terminarla en comisaría.

 

 

 

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MI PUEBLO

MI PUEBLO

 

 

¡Ay, morena, como te pille el “Agapito”!

 

 

Mi pueblo es muy pequeño; llamarlo pueblo es exagerar. Ya no hay jóvenes, todos se fueron a las grandes ciudades para buscar  un futuro mejor; sólo quedamos una veintena de personas mayores apegados a nuestra tierra, nuestra barquita, nuestras tertulias y las partidas por las tarde en el café de Paco. Aquí nos conocemos todos los vecinos, las puertas de las casas permanecen abiertas durante todo el día porque no hay de quién protegerse. Somos un colectivo solidario que se preocupa de los problemas de cada uno de nosotros.

 

Como todo pueblo, tiene sus características especiales, y  éste, aparte del mar y de sus campos, tenemos un burro que se llama “Agapito”, y aunque su propietario es Nemesio, está adoptado por todos porque no hay vecino que no haya tenido alguna vez la necesidad de la colaboración de “Agapito”.  Aunque parezca una contradicción, es un burro inteligente, al que no le ponemos de alcalde porque no sabe hablar; siempre es mejor un burro inteligente, que un inteligente, burro.

 

“Agapito” ya es famoso en toda la región, y es que tiene una peculiaridad que, pienso yo, no creo que la tenga ningún otro congénere suyo, o sí, ¡vaya usted a saber!, y es que tiene querencia por las turistas que en el caluroso mes de agosto se dejan ver por el pueblo buscando la playa. Además es selectivo, sólo le gustan las morenas, a las rubias las ignora.

 

 

MORITO TONTO, MORITO LISTO

MORITO TONTO, MORITO LISTO

—Hola, Mustafá.

—Hola, Mohamed.

—´Hoy es un gran día, Mustafá. Hoy podremos ponernos los cinturones de explosivos y explosionarlos en alguna aglomeración de infieles, judíos o cristianos, convertirnos en mártires y así entrar directamente en el Paraíso, donde corren ríos de leche y miel y donde dispondremos de 40 vírgenes desnudas para satisfacer nuestros deseos.

—¿Y quién te ha dicho eso, Mohamed?

—El ulema de la mezquita, que ha recibido la orden del mullah.

—¡Coño!, si eso es tan bueno, ¿por qué no se ponen ellos el cinturón?

—Porque nosotros somos los elegidos, Mustafá.

—Nosotros no, Mohamed. Yo no puedo beber leche por lo de mis piedras en el riñón, y de la miel ni probarla: tengo el azúcar disparao.

—¿Y las vírgenes? ¿Qué me dices de las vírgenes?

—Mira, Mohamed, esto no se lo he dicho nunca a nadie, pero yo soy más maricón que el Boris Izaguirre.

S O B R I N O

S O B R I N O

Algo parecido fue lo que llevó el “sobrinito” a la fiesta de fin de año.

A estas mujeres, de medio cuerpo hacia arriba las envidian algunas mujeres; 

de medio cuerpo hacia abajo, algunos hombres.

En aquella época yo vivía en el Pueblo de Vallecas. Allí también vivía mi amigo Juan, al que llamábamos  El tartaja” porque se encasquillaba hablando, y del que hago referencia en otro lugar de este blog. El hombre más valiente que he conocido. Lo pasábamos en grande y nos reíamos mucho porque tenía un gran sentido del humor, pero no hay nada perfecto y Juan tenía su defecto: un sobrino con más plumas que un zorzal.

En Atocha, a veces, coincidía con el sobrino de Juan, que también trabajaba, pero en otra cosa muy distinta: era “telonero” de no sé qué tipo de espectáculo. Cuando le veía subir al bus me daban las siete agonías de la muerte juntas. Empezaba a llamarme a gritos: “¡Jooose!, ¡Jooose!”, mientras hacía unas cosas muy raras con las manos, simulando un saludo y se estremecía como si sufriese escalofríos por todo el cuerpo.

Los ojos de los pasajeros noctámbulos parecían comandados por un mando digital: todos se dirigían a mí como si se tratase de un solo ojo. Una vez sentado a mi lado empezaba a contarme cómo le había ido la noche, pero a grito pelado.

—Jose, hoy tenías que haberme visto: he tenido una actuación brutal. Imagínate el escenario completamente a oscuras; de pronto lo ilumina un cañón de luz y aparezco yo con un bikini de lentejuelas cantando el “Fumando espero”.

Yo no dejaba de pensar cómo me aguantaba y, a pesar de la amistad con Juan, no le daba un tortazo en la boca para que se callara (con la mano abierta, claro), o por lo menos no lo había mandado a hacer puñetas, por no decir algo más grosero.

Un día de diciembre Juan se acercó a mi casa para decirme que no buscase nada para la fiesta de noche vieja, porque íbamos a celebrarlo en su casa y que no llevásemos chicas porque su sobrino se encargaba de llevar a unas amigas. Yo en eso no le pude complacer porque tenía una novieta que no podía dejar tirada una noche como esa.

Llegó el día señalado y, después de las tomar las uvas con la familia, nos fuimos a casa de Juan. Al rato apareció el sobrino acompañado de aquellas cuatro bellezas que parecían modelos de las que salen en las revistas: más femeninas, más guapas y mejor maquilladas que todas las chicas que había allí juntas.

Los que no tenían novia vieron el cielo abierto y los que la teníamos sentimos envidia, pero no sana: envidia pura. Empezó la fiesta, y mi amigo Juan, como jefe del cotarro, se eligió a la más guapa de las invitadas por su sobrino. Fue una noche tremenda, una bacanal hasta donde los cánones de aquellos años permitían. Juan le hizo a la chica un lavado de campanilla con la lengua y cada vez que pasaba junto a mí me guiñaba el ojo para darme a entender que estaba triunfando con la reina de la noche.

Sobre las 6:00 de la mañana, cuando ya teníamos todos la sangre color Johny Walker (etiqueta roja, que es más barato), el bellezón preguntó si alguien se atrevía a ayudarle a cambiarse de ropa, mientras se dirigía a una mochila donde guardaba la ropa que debía ponerse. La puerta de la habitación parecía la del Metro en hora punta un día de trabajo, por la cantidad de chavales queriendo entrar todos al mismo tiempo. Aquello era un verdadero espectáculo: un cuerpo que mareaba desnudándose con parsimonia, mientras que decenas de ojos no perdían detalle. Pero aquello era un huevo Kinder: tenía sorpresa, y la sorpresa era que cuando se quitó las braguitas llevaba pegado con esparadrapo un chorizo que parecía el anuncio de Revilla.

Entre todos los que estábamos allí no éramos capaces de evitar que Juan matara a su “reina”, pero al final conseguimos que los cinco pudieran marcharse sin daño alguno. Lo que es seguro es que el día siguiente al que encuentre a su sobrino, iremos de entierro, porque el chaval, conociendo a su tío, despareció de Madrid.

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