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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

Relatos

Tolerancia cero para los maltratadores

 

 

Estoy totalmente de acuerdo con esa “tolerancia cero”, pero quisiera que este tema dejase de utilizarse de forma demagógica y se ampliase a otros delitos que parece que se les da menos importancia.

 

He leído en la prensa y visto en la televisión que un hombre ha estado encarcelado durante trece años, acusado de una violación que se ha demostrado que no cometió, ya que se ha encontrado al autor del hecho y coincide su ADN. ¿Por qué se ha tardado tanto en comprobar su ADN y/o porqué no se hizo esta prueba en su debido tiempo?

 

Y ahora, ¿qué va a pasar? No hay dinero suficiente para devolverle a ese hombre los trece años que pasó en la cárcel con la etiqueta de violador, con lo que eso supone en la prisión, las 4.745 noches donde el silencio se oye, se ve y se palpa, sólo roto por el chirriar de los cerrojos y alguna queja, lamento o maldición de los condenados. ¿Cómo se recompensa a su familia por los sufrimientos padecidos y el estigma de ser la esposa, la hija, el padre o la madre del violador?

 

Se me ocurre una idea: la mujer que lo acusó falsamente, el fiscal que se empeñó en su culpabilidad y el juez que lo envió a prisión con unas pruebas poco demostrables deberían ingresar en prisión durante el mismo tiempo que estuvo recluido el inocente, además de pagarle la indemnización por daños y perjuicios.

 

 

Maldito dinero (1)

Maldito dinero (1)

 

Aquel año había ganado mucho dinero trabajando duro y muy lejos de casa (por lo menos eso era lo que le contaba a quien me preguntaba). Además, era imposible gastar el dinero en aquel país perdido y olvidado del resto del mundo, porque allí no había nada en que gastar el dinero.

 

Así que, cuando volví a Francia, me encontré con un capital bastante considerable que, siguiendo por una vez los consejos de mis hermanos mayores, decidí invertir para evitar que me pasara como en otras ocasiones en las que dilapidé grandes sumas de dinero en negocios más o menos legales.

 

Aun siendo bastante joven, decidí convertirme en un empresario honrado. Adquirí un local en el centro de la ciudad y monté un bar-restaurante estilo español, con cocinero y camareros españoles. El negocio funcionaba bien, pero a mí me agobiaba tantas paellas familiares, niños corriendo y gritando entre las mesas y, sobre todo, las fiestas flamencas que se montaban los sábados por la noche.

 

Pensé en cambiar el negocio, así que reformé el local y lo convertí en un restaurante de lujo de cocina internacional, con un cocinero oriental, otro español y un tercero francés.

Ahora sí que entraba dinero en cantidad y contaba con una plantilla de casi 40 empleados. Yo sólo aparecía por el restaurante a firmar algunos papeles que me presentaba el administrador, hombre de mi entera confianza.

 

Un día fui invitado a una reunión de la Patronal de Hostelería, donde se acordó crear una sociedad entre los 24 restaurantes más importantes de la ciudad para la adquisición, al por mayor, de los productos culinarios, con el fin de reducir costes. Todo funcionaba a la perfección, las ganancias aumentaron.

 

Yo vivía rodeado de lujo, coches de alta gama, un ático de 250 metros en la mejor zona de la ciudad, con vistas extraordinarias. De mujeres no hablo. Eso era vivir.

 

Demasiado bonito para que durara mucho. Una mañana, el timbre de mi puerta empezó a sonar insistentemente, abrí y frente a mí encontré a tres hombres trajeados que se identificaron como policías. Me esposaron y me trasladaron a la Seguridad Nacional, donde una jueza dictó mi ingreso inmediato en prisión sin derecho a fianza. El director de la empresa de abastecimientos a los restaurantes no había cotizado ni un solo franco a la Hacienda pública, aunque, eso sí, se había encargado de que los propietarios de los restaurantes recibiéramos perfectas falsificaciones de las cartas de pagos, con sellos incluidos. Nos había convertido a todos en responsables solidarios del desfalco a Hacienda (en Francia los delitos fiscales no prescriben).

 

Me condujeron a la prisión, me desnudaron, ducharon a manguerazo, sesión fotográfica de frente y de perfil y traslado a una celda ocupada por un convicto de homicidio. El recibimiento por parte de este individuo fue deprimente: me leyó la cartilla nada más entrar, incluso en presencia de los funcionarios de prisiones que hacían oídos sordos:

 

—Ésta es mi celda. Aquí rige el horario y las leyes que impongo yo. ¿Fumas?

 

—Sí.

 

—Pues sólo podrás hacerlo en el patio, aquí lo tengo prohibido. ¿Tienes dinero?

 

—Algo.

 

—De ese tema ya hablaremos.

 

Era ya la hora de comer y nos condujeron al comedor. Yo observaba a los demás para imitar su conducta y no llamar la atención. Con la bandeja llena de aquella bazofia me dirigí a una mesa y me senté. Duró muy poco porque unos presos hicieron que me levantara porque decían que les pertenecía. Permanecí un rato de pie con la bandeja en las manos y cuando todos se habían sentado me dirigí a una mesa que no ocupaba nadie. Estaba alucinado, sólo se oía el sonido de las cucharas golpear en los platos y la televisión dando las noticias.

 

De pronto se hizo un gran silencio, la televisión daba la noticia de un desfalco a la Hacienda por un valor que nadie de los que estaban allí sabía muy bien la cantidad de dinero que eso suponía, pero que les parecía una cifra que incluso a muchos les costaría escribir. De pronto fueron apareciendo las fotos de los implicados, entre las que estaba la mía. Aquello obró un milagro, una docena de presos se dirigieron hacia mi solitaria mesa, pero fueron rechazados por mi compañero de celda, al cual le tenían un gran “respeto”.

 

—Perdone usted (ya no me tuteaba), lo que le he dicho en la celda es la típica broma que gastamos a los novatos.

 

—No te preocupes.

 

—¿Es verdad que tiene tanto dinero? ¿Lo tiene bien escondido?

 

Maldito dinero (2)

Maldito dinero (2)

 

Enseguida me hice una composición de la situación y decidí utilizarla en mi provecho. De aquí en adelante las leyes las dictaría yo:

 

—De estas cosas no se puede hablar alegremente, pero te aseguro que tengo el riñón bien repleto y mis abogados no tardarán en sacarme de aquí, ellos saben muy bien cómo hacerlo. Ya hablaremos con más tranquilidad en la celda.

 

Él asintió y ya sólo se interesaba por si yo necesitaba algo..., incluso me dijo que si quería doble ración de postre él me la conseguiría.

 

Camino hacia la celda, un funcionario me cogió del brazo, y me dijo:

 

—Usted está exento de ducharse con los demás, cuando quiera hacerlo utilice las duchas de los funcionarios, y si quiere algo del exterior sólo tiene que decírmelo... ¡Lo que sea!

 

Al llegar a la celda, mi compañero estaba nervioso; en una especie de mesita vi un paquete de Marlboro, un cenicero y un encendedor.

 

—Es mi regalo de bienvenida, espero que algún día nos podamos ver fuera de aquí y tener una buena amistad.

 

De repente se oyó un revuelo entre los internos y mi compañero me dijo que tendríamos que formar en las galerías porque no sé qué ONG venía a distribuir ropa y tabaco entre los presos. Yo me negué a ponerme en la fila y le dije que tampoco lo hiciera él, que yo le proporcionaría la ropa que necesitara. Estuvo de acuerdo con eso, pero fue a recoger su parte para después negociar con esa mercancía.

 

A la mañana siguiente mi compañero se ofreció a hacerme la cama alegando que yo no estaba acostumbrado a realizar esas labores. Estaba observando la agilidad con que realizaba aquella labor y la destreza con que manejaba las sábanas cuando apareció un funcionario que me pedía amablemente que le acompañara, ya que el director de la prisión deseaba hablar conmigo.

 

—Pase y siéntese, por favor —mientras pronunciaba estas palabras me ofrecía amablemente un cigarrillo—. He estado revisando su dossier y deduzco que usted no pasará muchos días aquí. Es más, opino que su detención es un acto político para evitar que se produzca alarma social, así que aquí le trataremos como a un hombre honrado que está sufriendo un error.

 

—Muchas gracias, señor.

 

—Por tanto —continuó—, usted no tendrá horario restringido de visitas y cuando quiera comunicarse con el exterior sólo tiene que decírselo al funcionario de turno, que le proporcionará un teléfono.

 

—No sé cómo agradecérselo.

 

—Bueno, no hago esto para que lo agradezca, sino porque lo considero un acto de justicia.

 

Estuvimos largo rato hablando de temas muy variados: economía, turismo, hostelería, política... Al llegar a este apartado comentó que el país no iba lo bien que se podría desear, que los jóvenes no tenían muchas oportunidades.

 

De pronto, fijó su vista en mí, y me dijo:

 

—Fíjese, tengo una sobrina que hace un año terminó Ciencias Económicas y no consigue encontrar un empleo acorde con su titulación. ¿No conocerá usted alguna empresa que pueda ofrecerle un empleo digno?

 

—¿Puedo hacer una llamada desde su teléfono?

 

—Por supuesto.

 

Llamé a mi administrador y le dije que le iba a mandar a una chica, que la contratara y facilitara su trabajo, que permanecería con nosotros hasta encontrarle una empresa de mayor volumen de negocio. Nada más colgar el teléfono, el director me dio un tremendo apretón de manos, mientras me decía que cualquier cosa que necesitara sólo tenía que pedirla.

 

¡Mardito parné!

 

 

CONCIENCIA

CONCIENCIA

 

 

Era un día frío, como casi todos los días del invierno en Estrasburgo; el termómetro posiblemente marcara los –15º. Tenía mucha pereza porque había dormido muy mal, pero, haciendo un esfuerzo, me vestí y bajé a tomar café, como cada día laborable en el bar “Étudiant” de la Quai des Batelieres. Tenía que aparentar normalidad, así que me senté y pedí un café, mientras bromeaba con el camarero.

 

Empecé a ojear con avidez el diario Dernières Nouvelles d'Alsace y allí, en la página de sucesos, estaba la noticia: “Ciudadano yugoslavo tiroteado bajo le Pont d'Europe” (puente que separa Francia de Alemania).

 

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, al mismo tiempo que me tranquilizaba la noticia de que había fallecido, lo que impedía que pudiera declarar. La versión del periódico distaba mucho de lo sucedido, ya que lo achacaba a un ajuste de cuentas o a un crimen de índole político entre facciones yugoslavas, cuando en realidad había sido un acto de legítima defensa.

 

Seguí ojeando el periódico y vi un anuncio que me llamó la atención porque suponía el abandono de la ciudad de una forma que no levantaría sospechas: “Empresa norteamericana ofrece trabajo a jóvenes en Nueva Caledonia”. Llamé por teléfono a mis amigos que la noche anterior me acompañaron y a las 10,00 horas estábamos los tres en las oficinas de la Warner Sofi, Co., firmando un contrato de trabajo sin saber qué firmábamos y sin importarnos nada: sólo queríamos salir de la ciudad, apartarnos de ese lugar.

 

Ninguno de los tres sabíamos dónde se encontraba Nueva Caledonia; incluso uno de mis amigos sugirió que debía encontrarse cerca de la frontera con España. Llegamos a París para el pertinente reconocimiento médico y recibir una batería de vacunas.

 

Al día siguiente nos encontrábamos dentro de un avión en el aeropuerto de Orly que nos llevaría a Roma. Desde allí, en aviones de compañías desconocidas y haciendo muchas escalas para conectar con vuelos baratos, fuimos recorriendo aeropuertos de ciudades de Europa y Asia: Estambul, Ankara, Delhi, Phnom Penh, Saigón.

 

Allí nos dimos cuenta de que la reacción de las vacunas había afectado severamente a Juan, hasta el punto de tener que hospitalizarlo. Pedimos al representante de la empresa que nos permitiera quedarnos con él y éste nos concedió una semana que después se transformó en dos meses.

 

Lo que sucedió en Saigón es otra historia. Una historia dura que quizá cuente en otro momento.

 

A los dos meses recibimos noticias de la empresa que nos comunicaba que nos recogerían en el aeropuerto y seguiríamos, junto a otra remesa de trabajadores, nuestro viaje: Saigón, Yakarta, Darwin, Brisbane y, por fin, Numea. Un viaje que duró cincuenta y dos horas cuando debía haber durado menos de doce.

 

Tenía un año por delante para tratar de borrar de mi mente esa maldita noche en que vi cómo mi amigo era introducido en un vehículo a punta de pistola. Me dirigí, furioso, acompañado de mi amigo Juan, hacia mi coche y emprendí una persecución desesperada.

 

Antes de llegar a la frontera, el vehículo se apartó de la carretera principal tomando un camino rural que conducía a la ribera del río Ill, afluente del Rin. El coche que iba delante se detuvo y yo paré el mío, apagué las luces; comprobé, junto con el amigo que me acompañaba, que los cargadores de la pistola que ocultaba bajo el asiento estaban completos y, bajando del coche, seguimos el camino a pie procurando no hacer ruido. La vegetación del lugar favorecía el acercamiento sin ser vistos. Cuando estábamos a pocos metros no se nos ocurrió otra idea que gritar: ¡Alto, policía! Los agresores intentaron huir y el que golpeaba a mi amigo entró en el coche, cuyo motor permanecía en marcha, y arrancó a una velocidad tal que a su compañero, el que iba armado, no le dio tiempo de subir al vehículo.

 

Comenzamos a acercarnos al lugar de los hechos con dos claras intenciones: auxiliar a nuestro amigo y devolverle con creces a ese individuo el daño que le había infligido.

 

De repente, vi un fogonazo y sentí el silbido de una bala muy cerca de mi cabeza. Fue un acto reflejo, apreté el gatillo de mi pistola apuntando hacia el lugar donde salió la llamarada y vi cómo aquel hombre tan alto clavaba sus rodillas en tierra y caía con las manos en cruz.

 

No nos entretuvimos en comprobar nada, ayudamos a nuestro amigo a incorporarse y salimos con dirección a nuestro coche. Lo arranqué, nos pusimos en marcha en dirección a la ciudad y, sin casi pronunciar palabra, dejé a cada amigo en su casa y yo me fui hacia la mía, no sin antes pasar por el bar para dejarme ver con el fin de tener algún día una hipotética coartada.

 

Así que ahora tenía un año para olvidar, pero no fue suficiente porque al cabo de muchos años ese recuerdo sigue acudiendo a mi mente con una frecuencia poco deseada.

 

Y no ceso de hacerme muchas preguntas: ¿En un caso similar todos los hombres pensarán igual? ¿Qué sentirán al quitar la vida una persona? ¿Qué pensarán?

 

 

 

VIAJE A ESTRASBURGO

VIAJE A ESTRASBURGO

Decidí que era el momento de conocer mundo. No era la primera vez que había salido de casa, pero esta vez quería hacerlo definitivamente, vivir mis sueños, mis aventuras...

 

En casa tuvimos un intenso “intercambio de opiniones”, ya que mi madre se oponía radicalmente, mientras mi padre, que en esto me había transmitido sus genes, me miraba con cierta envidia e incluso me apoyaba. Ganó la mayoría.

 

Me puse en contacto con un individuo que se dedicaba a transportar personas y mercancías desde España al extranjero y viceversa. Quedé con él, ajustamos el precio del viaje y partimos hacia Estrasburgo, ciudad francesa en la frontera con Alemania. Al encontrarme con aquel tipo quedé impresionado: era un hombre muy corpulento, de una edad indefinida, manos muy grandes; en uno de sus dedos portaba un enorme sello de oro y, a pesar del frío intenso de Madrid en enero, vestía indumentaria de verano y un pañuelo de seda al cuello con nudo corbatero. Había sido campeón de boxeo en la categoría de peso pesado, no recuerdo dónde. Tenía una furgoneta Wolkswagen de aquellas que utilizaban los hippys, pero preparada para el transporte; en la parte delantera llevaba dos asientos de tres plazas, y el resto, destinado a la carga.

 

Salimos hacia Barcelona, acompañados de su hijo (un chaval que no había cumplido aún los quince años) y un pastor alsaciano que me llevó todo el viaje acojonado porque no apartaba su mirada de mí. Nada más llegar a la Ciudad Condal se dirigió al Barrio Chino, aparcó y le dijo a su hijo:

 

—Niño, cuida de la furgoneta y del perro que enseguida volvemos.

 

El niño se quedó renegando en arameo y nosotros nos dirigimos con paso firme a uno de esos bares que por entonces había en la zona.

 

—Es que si no hecho un buen polvo es como que no funciono bien.

 

—Mira, yo lo que quiero es comprarme unas botas con un buen forro para el frío que me espera.

 

—No te preocupes, después paramos en una zapatería.

 

Una vez dentro del local, nos sentamos en una mesa, yo pedí un café y él desapareció con una mujer a la que parecía conocer muy bien. Yo observaba todo aquel mundo como algo nuevo y curioso. Clientes que entraban, se acomodaban en la barra y enseguida eran abordados por mujeres con maquillaje exagerado, hablaban unos minutos y se marchaban juntos. Estaba absorto en mis pensamientos cuando, al levantar la vista, observo frente a mí a una mujer entradita en carnes, de una altura superior a la mía, con un bolsito en la mano que giraba en forma de molinete.

 

—Delgadito, ¿echamos un polvo?

 

—Lo siento, señora, espero a mi jefe, y si llega y no me ve, pues, ya sabe, estoy despedido.

 

—Anda, tonto, si no vamos a tardar nada; además, te voy a hacer un buen precio.

 

En ese momento unas risotadas me hicieron volver la cabeza. Era el transportista que volvía entre dos mujeres, a las que abarcaba por la cintura.

 

—Bueno, señora —proseguí hablando con la del bolsito—, ya está aquí mi jefe.

 

—No me digas que “El Manolo” es tu jefe… Chaval, ten cuidado con él porque este tío termina jodiéndote.

 

Aún hoy no sé el sentido que aquella mujer quiso darle a lo de “termina jodiéndote”.

 

Salimos hacia Francia después de comprar las botas y un bocadillo con una cerveza para el chaval…; la cerveza era “para que se fuera haciendo un hombre”, y paramos a cenar antes de cruzar la frontera “porque era más barato”.

 

Después de cenar sacó al perro para que hiciera sus necesidades en el lugar más apartado del aparcamiento, donde se hallaba un hombre haciendo lo mismo con otro animal.

 

—Eh, oiga, llévese su perro de aquí, que éste es muy agresivo —le gritó Manolo.

 

—Pues si es agresivo, es usted quien tiene que llevárselo, aparte de ponerle un bozal.

 

—Serás cabrón —dijo Manolo—, pues te vas a enterar. Niño, vete al coche por la estaca.

 

Dicho esto, soltó al pastor alsaciano, que se lanzó sobre el otro perro. La pelea fue feroz y Manolo se llevó una gran desilusión, pues el otro perro casi destrozó al suyo. Ciego de rabia, la emprendió a estacazos con el otro animal al que el dueño acudió a defender. Manolo le propinó tal puñetazo que el hombre quedó tendido en el suelo sin conocimiento. Cogió a su perro en brazos, que estaba lleno de sangre y se manchó toda la camisa, y nos dijo con mucha tranquilidad:

 

—Venga, corriendo a la furgoneta, que hay que pasar la frontera antes de que llegue la policía.

 

Pasamos la frontera española sin ningún problema y llegamos a la francesa. Apareció un gendarme, nos pidió los pasaportes y después de sellarlos se dirigió hacia Manolo:

 

—¿Algo que declarar?

 

—No, nada.

 

—Abra la furgoneta.

 

Aquello parecía el almacén del Corte Inglés: cajas de coñac Soberano, anís del Mono, cajas de cartones de Ducados y Celtas cortos, chorizos, latas de espárragos, jamones…, en fin, suministro para un año.

 

—Queda confiscada la furgoneta.

 

—Por favor, tengo siete hijos pequeños, estoy parado y tengo que hacer lo que sea para darles de comer. Mire, me acaban de asaltar en España, mire la camisa llena de sangre, querían robarme todo, pero tengo que dar mi vida por mis hijos. Fíjese el chichón que me han hecho con un palo. El gendarme tocó aquel enorme bulto en la cabeza y ponía cara de circunstancias mientras observaba las lágrimas resbalar por las mejillas de Manolo. Yo alucinaba al ver aquella perfecta representación teatral.

 

—¿Ha presentado denuncia en España?

 

—No, señor agente, lo que quiero es llegar pronto a casa porque no sé en qué circunstancias se encuentran mi mujer y mis hijos.

 

—Mire, nada más tenga ocasión hágase examinar en un hospital: siga su camino, pero jamás vuelva a pasar por este puesto fronterizo o haré que lo encarcelen.

 

—Muchas gracias, es usted una buena persona.

 

—Váyase antes de que me arrepienta.

 

Nada más subir a la furgoneta, al ver que yo lo miraba con ojos desorbitados, me dijo:

 

—Chaval, en esta vida hay que saber montárselo.

 

—¿Y cómo te has hecho ese chichón?

 

—Bah, es de nacimiento.

 

Continuamos viaje hacia Estrasburgo, y a las cuatro o cinco horas, se arrimó al arcén, paró la furgoneta y le dijo a su hijo:

 

—Venga, Juan, coge el volante que voy a echar una cabezadita.

 

—¿Qué? —exclamé yo asustado.

 

—A ver si va a resultar que eres un cagón acojonao; el niño sabe conducir muy bien, ¿o crees que voy yo a hacer 2.000 km sin parar?

 

No dije nada, ese tío era capaz de dejarme tirado en la cuneta. Así que él se echó a dormir en los asientos traseros y el tal Juanito empezó a conducir. La verdad es que lo hacía muy bien, pero yo seguía con el miedo metido en el cuerpo. No paré de darle conversación para que no se quedara dormido. De pronto el niño dio un volantazo y soltó una maldición:

 

—Joder, por qué poco se me ha escapado ese conejo.

 

Llegamos a Estrasburgo y nos dirigimos directamente al “Amicale Espagnole”, centro de reunión de españoles en esa ciudad. Allí vino a recogerme mi hermano y nos dirigimos a su casa, donde permanecí un tiempo hasta que encontré un trabajo y una vivienda. Empezaba una de las épocas más felices y más activas de mi vida.

 

 

 

 

MI PRIMER AMOR

MI PRIMER AMOR

 

Yo soy un viejo verde desde los siete años y he hecho lo que he querido desde la misma edad, ya que mi madre tuvo tantos hijos (todos con mi padre, claro) que casi nunca recordaba el número con exactitud, lo que nos daba margen para escaquearnos. Y me viene esto a la memoria porque he recordado mi primer gran amor cuando yo tenía esa edad: Paquita, una niña más o menos como yo, pero con el encanto que acompaña a las mujeres desde su nacimiento. Al agacharse mostraba una braguita muy blanca, soleada, y yo me moría por saber qué ocultaba aquella braguita.

 

Pero había un problema: a mi mejor amigo le gustaba la misma chica y decidimos que sería ella la que tendría que elegir. Preparamos una estrategia y la llevamos a cabo. Se trataba de mandarle cada uno una chocolatina Nestlé, de esas que eran tan finas que podrían valer para liar un porro, y una notita cada uno con la inscripción: “¿Quieres ser mi novia?”, y cada notita con nuestra firma. No recuerdo de dónde sacamos el dinero para comprar las chocolatinas, no sé si buscamos chatarra y la vendimos o directamente le dimos un asalto a los poco abultados monederos de nuestras madres.

 

Una vez las chocolatinas en nuestro poder, pensamos que era una injusticia que la niña se comiese las dos, mientras nosotros ni las probaríamos. Así que decidimos mandarle sólo una y la otra repartirla muy equitativamente entre los dos, porque por mucha amistad que nos uniese un mal reparto del chocolate podría acarrear una pelotera entre nosotros.

 

Cada uno escribió y firmó su nota: “¿Quieres ser mi novia?”, y una vez decididos a entregarle el delicioso manjar, no hizo falta hablar; abrimos la chocolatina que quedaba, y mi amigo dio un chupetón desde el centro hacia el norte y yo otro desde el centro al sur. La volvimos a liar en el papel de aluminio, lo pegamos con engrudo y la echamos por debajo de la puerta. No hubo respuesta para ninguno de los dos.

 

A los pocos días me encontré de frente con su madre, que me amenazó con contárselo a la mía. ¡Como si mi madre no tuviese otros problemas que solucionar!

 

Pienso que esa niña me dejó traumatizado. En todas las mujeres busco rasgos suyos: era morena, de dientes blancos y sonrisa soñadora y generosa. He visitado psicólogos que me han aconsejado que busque mujeres de características completamente opuestas, pero nada… las nórdicas, sí, puede que sean guapitas y educadas, pero les falta sangre, son muy sosas; además, cuando veo vellos rojos o rubios en ciertas partes, me da la risa porque a mí lo que me gustan son los felpudos como mi “Bienvenido”, es decir, negros, que resalten en las sábanas blancas (aclaro que es una opción particular, no vaya a ser que a alguien le guste las nórdicas).

 

Dando vueltas por el Mundo he comprobado que las mejores mujeres son las de los países limítrofes con el Mediterráneo y las caribeñas. Lo dice uno que ha “mojado” en los cinco continentes.

 

P/D.: No confundir la Literatura, aunque sea mala, con la vida real del autor del mensaje, porque yo jamás he “mojado” en Oceanía. Estos tíos están tan bien organizados y cumplen los horarios tan a rajatabla que no te dan tiempo ni a echar un “rapidito” en los servicios del aeropuerto.

 

 

 

ALEF LILA U LILA (Las mil y una noche)

ALEF LILA U LILA (Las mil y una noche)

La claraboya de mi terraza

Cuando viví en Marruecos, mi primera casa era un ático raro que tenía incluso una terraza con una claraboya en el centro para proporcionar luz a otro piso. Un caso raro, la claraboya estaba en mi casa pero pertenecía a otro piso.

 

Allí vivían un grupo de hombres (ya contaré esa historia), que un día se fueron y la casa fue ocupada por un profesor que poseía un serrallo, así que lo que para nosotros era un castigo el tener que mantener limpia la claraboya, se convirtió en un placer tenerla en perfecto estado de limpieza.

 

Por las tardes/noches, desde el pasillo de mi casa se podía ver el salón y el dormitorio principal y no ser vistos desde abajo si apagábamos las luces. Así que mi hermano pequeño y yo pasábamos allí buenos ratos restregando los ojos contra los cristales hasta que a colleja limpia nos desplazaban nuestros hermanos mayores para ocupar ellos el sitio.

 

El harén estaba perfectamente organizado, se componía de una mujer de unos cuarenta años, que era la jefa, y de tres más jóvenes, sobre todo una que tendría sobre dieciséis o diecisiete años. A mí, la que más me ponía era la jefa, siempre me han gustado las mujeres mayores, eso me pasaba desde los siete años, como ya he comentado en otro sitio, aunque ahora me ha cambiado la tendencia. Ella disponía los turnos; si en alguna ocasión el jefe lo demandaba, por supuesto, era complacido, pasaban dos, pero ella siempre entraba sola.

 

A mi edad aquello era el paraíso, ¡qué suerte tenía el tío ese!, ¡qué visión!, ¡qué excitación! En cierta ocasión me encontraba solo y, naturalmente, fui a observar qué pasaba en el piso de abajo. El profesor se encontraba metido en la cama y, a través de una goma larga, fumaba, me imagino que hachís; al lado de la cama, de pie, la segunda del harén, desnuda, permanecía desabotonando el camisón de la más joven, que llegaba hasta el suelo. Desde mi punto de vista la jovencita estaba de espalda y la más mayor de frente. Cuando el camisón estaba abierto hasta debajo del pecho, pasó las manos suavemente por los hombros de la niña, haciendo un movimiento hacia su espalda y desplazándolo hacia atrás, con lo que consiguió que la prenda cayera sobre sus pies, dejándola completamente desnuda.

 

Aquella escena se quedó grabada en mi mente durante muchos años. No era difícil saber por qué la cuarentañera (que no cuarentona) era la jefa del harén. Cuando ella hacía el amor, siempre terminaba debajo, y desde arriba parecía que el culo del morito estaba echado sobre uno de aquellos tocadiscos antiguos que giraban los discos de vinilo a 45 revoluciones por minuto. Cada vez que hacía el amor daba un golpe de autoridad.

 

F E L I P E

F E L I P E

 

Durante la guerra perdió todo lo que tenía, incluso su casa fue bombardeada y aún conservaba un recuerdo de una esquirla de una bomba, que le hacía cojear levemente.

 

Se movía por el romboide (para los que conozcan Madrid) comprendido entre Bilbao, San Bernardo, Noviciado y Fuencarral. Era muy conocido y querido en todos los talleres y comercios de la zona, porque él había nacido allí, y ellos le proporcionaban el sustento a cambio de recados y pequeños favores que él hacía.

 

Felipe era su nombre, y dormía en el Metro de Bilbao, gracias a que conocía al jefe de estación, aunque tenía que acostarse muy tarde y levantarse muy temprano. El hombre estaba amargado, aunque jamás le oí quejarse de la vida que le había tocado vivir; se refugió en la bebida, y siempre encontraba a alguien dispuesto a invitarlo a un vaso de vino y a gastarle una broma, siempre que no se refiriese a su afiliación política: era republicano y si le llamabas “facha” podías tener un problema. A la hora del bocadillo me dirigía a él:

 

—Felipe, por favor, dile a la señá Almudena que he dicho yo que te dé un bocadillo con 50 gramos de jamón, pero que sea en tacos gordos.

 

La señora Almudena sabía lo que tenía que poner, pero Felipe volvía cabreao:

 

—Esta tía hace lo que le sale del coño; otra vez te ha puesto el jamón en lonchas.

 

A veces, al entrar al taller (donde había un escalón muy peligroso), resbalaba y alguien siempre soltaba la frase:

 

—¡Quieto, vino, que me tiras!

 

A lo que Felipe contestaba con rapidez y cara de pocos amigos:

 

—¡Que no es el vino, pringao, que es la herida de la pierna… me tiés contento!

 

Por las mañanas, cuando entrabas al bar a desayunar él ya estaba en su rincón, como si fuese a tirar un córner:

 

—Buenos días, Manolo, ponle un café a Felipe.

 

Aquella frase le hacía reaccionar enseguida:

 

—Manolo, a Felipe, mejor le pones un vaso de vino.

 

Ya desde por la mañana se le calentaba la boca y el cerebro y empezaba a contar historias que él mismo se creía y, por exageradas, grotescas y divertidas, causaban regocijo a todos los que las oían.

 

Cuando Felipe se ponía a contar algunas de sus aventuras se iba formando un corrillo a su alrededor que cada vez iba en aumento, y las rondas corriendo sin que él pagara ninguna.

 

Recuerdo muchas historias que me traen a la memoria una sonrisa, al recordar las carcajadas de los compañeros. Una de ellas trataba de cuando fue destinado a Guinea, con el grado de sargento. El barco partía desde el puerto de Algeciras a las 9:00 de la mañana, así que Felipe le dijo a un soldado:

 

—Esta noche, por ser la última en la Península, vamos a pasarla de cachondeo, que ya tendremos tiempo de descansar durante la travesía.

 

Así lo hicieron, y cogieron tal borrachera, que a las 9.30 se despertó el soldado y le dijo:

 

—Mi sargento, mire la hora que es. El barco se ha ido y nos hemos quedao en tierra.

 

—Vamos corriendo al puerto —dijo Felipe.

 

Al llegar al puerto, con petate incluido, vieron que el barco ya había partido, y, según contaba Felipe, se veía muy pequeñito a lo lejos.

 

—¿Qué hacemos mi sargento?

 

—¿Cómo que qué hacemos? Al agua.

 

Los dos hombres se lanzaron al agua y comenzaron a nadar para conseguir alcanzar al barco. Al rato de ir nadando, Felipe dijo:

 

—Soldado, ¿dónde coño está el barco?

 

—Mi sargento, nos lo hemos pasado; se ha quedado atrás y tendremos que esperarlo para que nos recoja.

 

Así lo hicieron hasta que el barco llegó a su altura.

 

—Eh, los del barco, tíranos unas maromas.

 

Después de una noche de borrachera y estar nadando a velocidad de motora, subieron a pulso al barco escalando por las maromas y cargados con los petates. Pero la sorpresa y lo más interesante de esta historia estaba por pasar: nada más poner los pies en cubierta se oyó un grito a bordo:

 

—Hombre al agua.

 

—¿Qué pasa? —preguntó Felipe.

 

—Pues que se ha caído un negro al mar y está rodeado de tiburones blancos.

 

No se lo pensó dos veces. Cogió un cuchillo de cocina y se lanzó al agua para salvar al negro de una muerte segura. Y así lo hizo. Según él, mató siete tiburones... y porque el resto se dio a la fuga.

 

Cuando los izaron al barco el negro no paraba de decirle:

 

—Buana, desde hoy soy tu esclavo.

 

Y terminaba con la frase:

 

—No le hice ni puto caso al negro, ya conocéis cómo soy yo.

 

Una vez en su destino de Guinea, un domingo por la tarde, contaba:

 

—Como me aburría, cogí nueve Land Rover largos, los llené de negros y me fui a cazar leones. Nos pasamos todo el día andando y no vimos ningún león. Ya íbamos a volver cuando, detrás de una mata, asomó un león de unos 300 kilos, gruñendo, amenazando en forma rampante, como en los escudos heráldicos. En la selva se formó una carrera de negros y me dejaron solo ante aquel bicho tan grande. Ni me inmuté. Me eché el CETME a la cara y empecé a disparar en la posición de ráfaga, pero para mi desgracia el arma se había encasquillado y no disparaba. Como el león avanzaba hacia mí a toda leche, le di un meneo al arma, miré el interior del cañón, vi que venía la bala, apunté al león y éste me dijo: “Felipe, no me dispares, que soy la Virgen del Carmen”. Pues si tú eres la Virgen del Carmen yo soy el sargento Felipe. Naturalmente, no me dejé engañar y me lo cargué.

 

Felipe seguía contando su historia haciendo caso omiso a las carcajadas de los compañeros:

 

—Así que mandé a los negros que le amarraran al león las patas y las manos, les metieron un palo entre ellas y lo subieron a un Land Rover. A la vuelta al cuartel tuvimos que pasar un riachuelo que venía muy crecido y se nos averiaron seis coches; los negros se bajaron a empujar y aparecieron cientos de cocodrilos…, en fin, que tuvimos que hacer una escabechina de cocodrilos.

 

Uno de los presentes, para provocar más su imaginación, le recordó que en Guinea no había cocodrilos:

 

—Felipe, si en Guinea no hay cocodrilos…

 

—¡Coño!, pues serían anacondas; el caso es que tenían un pedazo de boca que cada vez que la abrían se tragaban a un negro.

 

—Menuda bronca te echaría el capitán, después de perder seis coches y un montón de soldados indígenas…

 

—De eso nada, sólo me dijo que se quedaba con la cabeza para ponerla disecada en la pared, y el pellejo del león para regalárselo a su mujer como alfombra.

 

Un día de invierno a Felipe tuvieron que sacarlo del Metro los servicios del SAMUR. Había muerto quizá soñando con la próxima historia que nos iba a contar.