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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

Relatos

MI AMIGO JUAN

MI AMIGO JUAN

 

Madrid es inmenso… Madrid es una plaza de pueblo. Acabo de encontrarme a un amigo que no veía hace treinta años. Mi amigo de la infancia y compañero de tantas vivencias. Habíamos permanecido juntos hasta aquel día de la licencia en La Legión.

 

Juan, conocido en la pandilla como “Juanillo el Tartaja” porque cuando se ponía nervioso se encasquillaba más que una escopeta de feria, era el más atrevido, el más valiente y temerario de todos. Cualquier sugerencia de una travesura él estaba dispuesto a llevarla a cabo por muy peligrosa que fuera. Debíamos haberle llamado “Juan sin miedo”.

 

En una ocasión, contando tan sólo con trece o catorce años, los amigos le propusimos una apuesta. Ésta consistía en entrar en el cementerio, sacar un cráneo con su mandíbula nferior y que tuviese la dentadura completa. Luego la tenía que hervir, barnizar y tenerla en su mesita de noche una noche completa.

 

No se lo pensó dos veces: escaló el muro, descendió al osario y volvió con el cráneo metido en un saco. Toda esta operación la realizó de noche, acompañado de una pequeña linterna. Nosotros le esperábamos fuera, y cuando salió nos dirigimos a su casa (su madre era enfermera y tenía turno de noche; no tenía padre), donde hirvió en una olla el cráneo, después lo secó con la toalla que estaba colgada en el lavabo, encendió una vela, derramó

unas gotas de cera derretida en la parte superior de la cabeza y allí la pegó.

 

La conservó en su casa durante dos semanas; la escondía de día y la sacaba de noche. Pasado este tiempo la dejó en un descampado de Vallecas, donde al día siguiente vimos cómo la policía mantuvo acordonada la zona toda la mañana. Nadie contó jamás nada de esto.

 

Aquella semana, Juan se quedó con toda la paga semanal de la pandilla.

 

 

 

ESPEJO MÁGICO

ESPEJO MÁGICO

La peor etapa de mi vida fueron los tres años que pasé interno en un colegio de curas (salesianos). Recibí allí tantas palizas, tantas humillaciones y vejaciones, que creo que acabé un poco tocado. Me habían dicho tantas veces que no valía para nada (era su frase favorita), que era una mierda, refiriéndose a deportes que yo nunca había practicado y en otras actividades, que creo que llegué a creérmelo. Cuando una persona mayor hablaba, enseguida mi cara se enrojecía, sobre todo si se trataba de alguien que ostentaba algo de autoridad, mucho más si era mujer. Me creía inferior a todo el mundo.

  

Los sábados por la tarde, mi hermano mayor y sus amigos organizaban un baile en un patio enorme que había en el barrio, y los pequeños nos colábamos a observar y, no sé los demás, que seguro que también, pero yo a soñar que abrazaba y besaba a alguna de aquellas chicas mayores que yo. Un sábado, una de ellas se dio cuenta de que no le quitaba ojo de encima, y antes de empezar a girar el disco en el pick-up (“Moliendo café” era la canción), se dirigió a mí y me dijo:

—Ven, que te voy a enseñar a bailar. Tú pon tu mano derecha en mi cintura y con la izquierda coge mi mano derecha.

 

¡Joder! Cuando agarré aquella mano tan suave y su cadera comenzó a moverse al ritmo de la música, creí que me daba algo. Sentía fuego en mi cara y mis piernas comenzaron a temblar.

 

—Venga, muévete; es muy fácil: dos pasos a la izquierda y uno a la derecha.

 

—No, no me gusta el baile —fue lo primero que se me vino a la cabeza.

 

Ella me dejó y cogió a otro chico y yo estuve lamentándome cada vez que me acordaba, por haber sido tan idiota y no haber aprovechado aquella oportunidad con la que tantas veces había soñado.

 

Mi madre nos había criado en la fe católica, hasta tal punto que tengo hermanos con más de setenta años que rezan a diario, van a Misa y, si pueden, a procesiones religiosas, excepto el pequeño y yo, que hemos visto cómo es el mundo. Él más que yo, sin duda.

 

Bueno, me refería a lo de la fe católica porque, a pesar de mi paso por el colegio de curas, seguía creyendo que la religión era cosa de Dios y no de los hombres, y fui a confesar en una iglesia que había cerca del Alto de Extremadura (Madrid). Nada más entrar me abordó el cura:

 

—¿Qué deseas?

 

—Confesarme.

 

—Tendrás que volver luego, porque me iba con esta señorita a hacer unas gestiones.

 

La “señorita” estaba para hacer con ella cualquier clase de gestión, y repetir si llegaba el caso. Ella le comentó en voz alta que podía esperar, que no tenía prisa, pero el santo varón insistía en largarse y en que me largara yo, hasta que soltó las frases que me salvaron:

 

—Pero, ¿qué pecado puede tener? ¿No ves que se ha puesto rojo como un tomate sólo porque le he dicho que vuelva luego? Obsérvalo, está rojo —y empezó a sonreír.

 

Me di media vuelta sin decirle nada. La verdad es que me ponía tan rojo que casi se me saltaban las lágrimas, e incluso sentía calor en mis mejillas. Llegué a casa, entré en el baño y, cuando iba a lavarme las manos, miré instintivamente al espejo que estaba colgado encima del lavabo y vi una cara de idiota impresionante. Me agarré a los bordes del lavabo y empecé a hablar con aquel idiota que había en el espejo.

 

—¿Por qué te pasa eso? ¿Por qué te has puesto rojo por una “gracia” que haya hecho sobre ti ese imbécil? ¿No te acuerdas del colegio? Son todos iguales. Debías de haberle dado un puñetazo delante de su putita. Posiblemente ese tío con sotana sea una puta mierda. Posiblemente, no: es una puta mierda. ¿Sabes? Ya jamás te pondrás rojo por nadie. ¿Y sabes por qué? Porque tú eres más importante que ellos. Ellos no valen para nada. Vuélvete agresivo, porque el mundo está dividido en dos clases de personas: verdugos y víctimas. No seas más la víctima.

 

Desde aquel momento cambió mi vida. Desde entonces he aprendido muchas cosas, una de ellas es no tenerle miedo a nada y otra es que el del espejo se equivocó en lo de verdugos y víctimas: generalizó; pero lo que es cierto es que para que haya verdugos tiene que haber víctimas.

 

 

 

HOMBRES RUDOS (historia 1)

HOMBRES RUDOS (historia 1)

 

Esto ya no es lo que era. Ya no existen esos hombres rudos de antaño; esos hombres, como “El Burraco” de Cuenca, o como aquel que propinó una paliza a un homosexual y le dejó completamente desnudo en plena calle (se llevó literalmente la ropa), entre el regocijo de los espectadores “machotes”, porque el gay había tenido la osadía de decirle que tenía un buen culito.

 

Y es que el concepto de macho estaba entonces muy arraigado. Cualquier duda ofendía. Esto no quiere decir que no existieran homosexuales, pero el ser macho era un valor muy cotizado. Casi todo se hacía por imposición, desde “la letra con sangre entra” hasta el aprendizaje de cualquier oficio. La prueba de ello son las historias que relato a continuación:

 

 

Jugaba yo en un equipo de fútbol aficionado en Francia, compuesto en su mayoría por españoles, algunos marroquíes de la zona norte de Marruecos, un mexicano que hacía la labor de utillero, al que llamábamos el “Siete Machos”, en relación con la película de Cantinflas y su continuo afirmar su hombría. Nada podía molestarle más que alguna broma pusiera ese atributo en duda. Nuestro entrenador, Miguel, era un hombre de unos cuarenta y

cinco años que tenía muchas cualidades, entre ellas su sentido del humor y un enorme pene que sobrepasaba los 25 cm en estado de reposo.

 

Un domingo, todos de acuerdo, decidió gastarle una broma al mexicano. Rompió el interior del bolsillo del chándal y colocó en él su pene. Al terminar el partido llamó al “Siete Machos” y le pidió, por favor, que le sacara el pañuelo que tenía en el bolsillo ya que él tenía las manos mojadas. El mexicano, muy servicial, metió la mano en el bolsillo del entrenador y le agarró el pene. Nos costó mucho trabajo evitar que golpeara al entrenador, mientras con los ojos desorbitados le profería toda clase de insultos, mientras el bromista

le gritaba:

 

—No es lo que parece…, lo que has cogido es la cabeza de una tortuga que tengo en el bolsillo.

 

El mexicano cogió sus enseres y, entre el sonido de nuestras risas, desapareció a toda prisa. Jamás volvió por el equipo.

 

 

 

HOMBRES RUDOS (historia 2)

HOMBRES RUDOS (historia 2)

Vivía en Jerez un inglés que acostumbraba muy a menudo a irse de copas con unos amigos jerezanos “hasta que el cuerpo aguante”. El hijo de la Gran Bretaña no destacaba por ser el que más aguantara la bebida, así que una noche en la que ya el alcohol empezaba a causar su efecto, se dirigió con grandes voces a uno de sus compañeros de parranda para recriminarle que era un gorrón, que bebía como todos, pero que nunca pagaba. El aludido, de apodo “El Gasolina”, estaba desencajado, aquello le estaba afectando mucho. Tomó un trago del vaso y se dirigió al inglés:

 

—Mira, killo, lo primero que voy a jasé e cagarme en tó tus muertos tós, hijo de la gran puta, por abuchararme en público y delante de los amigos, y, pa demostrarte que yo no me echo patrá, te vi pagá to lo que tas bebío y to lo que tengas cohone de beberte esta noche. Tú te va a acordá de mí. Después se dirigió al camarero, y le dijo:

 

—Juan, por tus muertos, mézclale al guiri de tó lo que tengas, que se caiga pronto o me va a dejar tieso.

 

El inglés seguía metiéndose para el cuerpo todas las mezclas que le iban poniendo en la mesa sin distinguir nada de lo que se tomaba. Pasada una hora se encontraba sentado en la silla y con la cabeza descansando sobre la mesa, al borde del coma etílico. Lo cogieron entre los amigos y lo llevaron a una pensión de mala muerte regentada por un conocido.

 

—Pepe, te traemo un cliente; yo te voy a pagar la habitasión, pero ante de subirlo dame un par de guindilla de esas picantes con mala leshe.

 

Lo subieron a la habitación, lo echaron sobre la cama boca abajo, lo dejaron completamente desnudo y “El Gasolina” le restregó en el ojete del culo las dos guindillas, con mucha saña y profundizando. Salieron de la pensión formando una escandalera de risas, no sin antes dar las instrucciones oportunas a Pepe.

 

A la mañana siguiente al inglés lo despertó un fuerte escozor en el ano. No sabía dónde estaba y se extrañó de verse desnudo. Se vistió con presteza y, mientras lo hacía, pudo ver en la mesita de noche una cantidad de dinero y una nota que decía: “Cariño, ha sido maravilloso. Love you”.

 

Entre el desconcierto y el resquemor que llevaba en su parte trasera bajó las escaleras y encaró a Pepe:

 

—Oiga, ¿dónde están mis amigos?

 

—¿Amigos? Usté vino anoche con el peazo maricón más famoso de Jerez. El estuvo arriba con usté un par de horas, pagó la habitación y se fue con una cara de satifasión exagerá.

 

No hace falta decir que el inglés desapareció de Jerez y jamás nadie lo volvió a ver.

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Nota del Autor: Esta segunda historia está basada en una idea deFernando Quiñones, publicada en su libro Las mil noches de Hortensia Romero, salvando las distancias que existen entre él y yo, a su favor, por supuesto.

HOMBRES RUDOS (historia 3)

HOMBRES RUDOS (historia 3)

 

Corría el año 1938, la Guerra Civil española estaba en pleno apogeo. Los combatientes estaban agotados de casi tres años de luchas y aquel batallón había recibido la orden de asaltar la intendencia del enemigo y hacerse con sus provisiones. Como cada vez que sus hombres iban a entrar en combate, el sargento Pérez repartió varias botellas de coñac, que se iban pasando de unos a otros, con el fin de darse ánimo y anular el miedo.

 

El pueblo donde se encontraba el almacén de víveres estaba en un valle y se esperaba una fuerte resistencia. Los hombres se fueron acercando con sigilo y se llevaron una grata sorpresa al comprobar que el enemigo, no se sabe por qué razón, había abandonado el pueblo. Así que entraron en el almacén y sólo encontraron allí a un hombre, al que hicieron prisionero. Recogieron los víveres y regresaron a su posición.

 

Al interrogar al prisionero comprobaron que se trataba de un homosexual con mucha pluma y decidieron que no estaría mal un poco de diversión a costa suya. Montaron una pantomima de juicio sumarísimo y le condenaron a muerte. Le encerraron en una habitación y le obligaron a beber gran cantidad de aceite de ricino.

 

A la mañana siguiente le condujeron al patio, le ataron a un tronco con las manos libres para que pudiera moverlas libremente y frente a él montaron un pelotón de ejecución. El mariquita no paraba de pedir clemencia pregonando su inocencia de cualquier delito. El sargento hacía oídos sordos y pronunció las órdenes de rigor con mucha parsimonia: “Carguen armas”, “Apunten”… “Fuego”.

 

Se oyó un estruendo tremendo de nueve fusiles vomitando fuego. El hombre no murió, se palpaba el cuerpo agitadamente y miraba sus manos buscando sangre. Sólo salía una palabra de su boca: “ayyyy, ayyyy, ayyyy”. Los soldados se retorcían de risa mientras recogían los casquillos de las balas de fogueo.

 

El sargento, dirigiéndose a los soldados, entre risotadas, les ordenaba: “Soltarlo, darle un pantalón, que ése está cagado hasta el dobladillo, y que se vaya para su pueblo”.

Ya no quedan hombres como los de antes... afortunadamente.

" E L B U R R A C O "

" E L   B U R R A C O "

 

Mis padres habían abandonado Madrid y vendido la casa que tenían. Yo trabajaba en un periódico y, aunque me picaba el gusanillo de correr mundo, decidí aguantar en Madrid hasta la llegada del buen tiempo. En el bar leí un cartel en el que se anunciaba que, en la misma calle donde se encontraba el periódico, un matrimonio joven alquilaba una habitación. No lo pensé dos veces y me puse en contacto con ellos, pues me venía muy bien vivir cerca de mi trabajo.

 

Era un matrimonio procedente de un pueblecito de Cuenca cuyo nombre no diré por razones obvias. Campechanos, agradables, simpáticos y luchando para poder pagar la hipoteca de su casa. Los dos trabajaban y con lo que recibían por el alquiler de dos habitaciones, el dinero les llegaba para vivir dignamente. Ella era muy astuta; decía que su marido tenía que cenar fuerte, por ejemplo, un plato de lentejas, porque su trabajo era duro, pero ella con un poco de jamón y un poco de lomo ibéricos, más el queso de su tierra se apañaba.

 

Yo sólo aparecía para dormir, que lo hacía de día por mi horario laboral, pero antes de irme a trabajar, mientras ellos cenaban, y después de hacerlo, manteníamos unas tertulias muy divertidas y así fuimos forjando una amistad sincera, hasta tal punto que el marido me invitó a la boda de su hermana que se celebraba en su pueblo natal.

 

Llegamos por la tarde al pueblo, donde íbamos a permanecer una semana, y Paco me iba presentando a todos como su amigo “el periodista”, más por darse importancia él que por dármela a mí. Así conocí a la maestra, una chica guapa, delgada y muy elegante que acababa de aprobar las oposiciones y ese pueblo fue su primer destino. Enseguida conectamos y tuvimos varias conversaciones muy largas y amenas, pues ella añoraba la vida de la gran ciudad y se encontraba muy desplazada en ese pueblo donde la única diversión era pasear por la calle principal (casi la única) y tomar un café en el bar.

 

Un día que me encontraba solo en el bar se acercaron a mí ocho o nueve mozos del pueblo, la mayoría unicejos, y hablando en un tono amenazador:

 

—Aquí tenemos la costumbre de que cuando un forastero festeja con una moza del pueblo tiene que pagar la patente.

 

—¿Y eso de la patente qué es?

 

—Pues que tienes que convidar a los mozos del pueblo a unos vinos o vas directamente a la pileta.

 

Como era invierno, la pileta de un tamaño considerable y yo veía a los mozos capaces de cumplir su amenaza, decidí pagar la invitación, después de la cual todos quedamos tan amigos: ellos calentitos y yo con el bolsillo pelado, pero con la tranquilidad de no haberme zambullido en el abrevadero del ganado.

 

Otra “alegría” que me llevé fue cuando pregunté a Paco dónde se encontraba el retrete. Me llevó hacia la ventana, y me dijo:

 

—¿Ves todo ese campo? Pues todo está a tu disposición. Pero puedes ir al bar o a la bodega abandonada; yo te dejaré una linterna para que no pises donde alguien haya estado agachado antes.

 

Llegó el día de la boda. Todo perfecto, comida en cantidad y de calidad: vino, licores e incluso alguna botellita de whisky. Tuve que bailar con la novia, la madrina, mi compañera de piso y, por supuesto, la maestra, que ya tenía yo mis derechos adquiridos al haber pagado la “patente”. La forma de bailar pasodobles me había producido agujetas en el sobaquillo derecho.

 

Por la noche, y siguiendo la santa tradición, los mozos pusieron patas arriba el pueblo hasta encontrar a los recién casados con el propósito de que el novio los invitara a anís. Se encontraban en el segundo piso de la casa del alcalde, única vivienda de dos alturas del pueblo. Hicieron una torre humana y fue Paco el encargado de subir a aporrear el balcón de la habitación nupcial.

 

En pleno invierno, con el termómetro bajo cero, apareció el novio en calzoncillos queriendo arrojar a su cuñado al vacío, pero se lo pensó mejor, volvió a entrar en la habitación y salió con un billete en la mano que le entregó a Paco. Acto seguido se dirigieron, y yo con ellos, a casa del tabernero, lo sacaron de la cama, le hicieron abrir el bar y le dijeron: “anís para todos hasta que se acabe el billete”.

 

Alrededor de las copas de anís se creó una ruidosa tertulia, donde cada cual contaba las aventuras de su boda u otras bodas celebradas en el pueblo. Allí todos tenían un apodo, como “el Jaro”, “el Penurias”, “el Guindillas”, etc., pero el que más me llamó la atención fue “el Burraco”, individuo de casi cincuenta años, y que el día que estreché su mano hubiese necesitado tres como la mía para abarcar la suya. Con un tono de voz exagerado empezó a relatar su historia:

 

“¡Ya no hay hombres como los de antes! La noche de bodas a la María le daba vergüenza quitarse la ropa delante mía. ¡Diosssss!, cogí un puñado de garbanzos y los esparramé por el suelo, después le rompí to lo que llevaba puesto, atrinqué una vara de abedul y le dije: como dejes un garbanzo en el suelo te marco el lomo de arriba abajo. Después la cogí en brazos, la llevé a la cama y le metí un viaje que ella me dijo: me has partío los riñones”. Toda esta romántica escena la iba adornando con tacos y blasfemias, que se hubiesen necesitado muchos litros de chanel número 5 para devolver a Dios, la Virgen y los Santos a su olor original.

 

Yo alucinaba, y lo que más me llamaba la atención era cómo lo jaleaban, le aplaudían y las risotadas se debían oír en todo el pueblo. Era un héroe. La verdad es que a pesar de los años transcurridos, que son muchos, no he podido olvidar esa boda que me transportó a la España profunda.

 

 

 

SOBRE GATOS

SOBRE GATOS

 

En mi infancia, que no fue todo lo agradable que yo hubiese deseado, me tocó vivir en un barrio marginal. Bueno, viendo cómo son ahora esos barrios, la palabra marginal me parece un lujo.

 

Cerca de mi casa había un cuartel de Intendencia, donde ese año llegaron dos soldados panaderos valencianos que, cuando las circunstancias les venían bien, pues se hacían sus paellas. Las circunstancias éramos los chavales del barrio que les proporcionábamos la carne a cambio de pan: Cuatro chuscos por gato. Sí, gatos callejeros, sin dueño, que cazábamos.

 

Se los llevábamos vivos, en sacos, y al día siguiente veíamos su piel y su cabeza en la basura. Éramos unos expertos en cazarlos y jamás sufrimos ningún arañazo. Así era el trato: gatos vivos en sacos, que ellos mismos nos proporcionaban. Gato entregado, cuatro chuscos. Pan que repartíamos entre los “cazadores” y llevábamos a casa, donde jamás nos preguntaban cómo lo habíamos conseguido.

 

Hoy en día que la gente tira comida, que la mayoría puede permitirse el lujo de ser un sibarita, esta historia, a algunos de los que ahora se la cogen con papel de fumar puede parecerle dantesca, como así le sucedió a una compañera de trabajo que un día me enseñó una foto de su gatito de Angora, y yo, al verlo exclamé: “joder, por éste me hubiesen dado seis chuscos para hacerlo en paella”.

 

La mujer se desencajó, cambió de color y me llamó de todo menos bonito: fue el final de una simple amistad. Incluso me llegó a amenazar con denunciarme, aunque ella sabía que eso era absurdo, y es que la señorita jamás supo en su vida lo que era pasar hambre, si no, se hubiese comido el gato sin quitarle la piel.

 

Con los animales pasa como con los hombres: dependiendo del lugar donde nazcan así será más o menos su futuro. Un perro que nazca en Europa tiene muchas posibilidades de que sea acogido en una familia y tenga una buena vida; sin embargo, si nace en Corea tiene más posibilidades de terminar cocinado. No hablemos ya de una vaca si nace en la India o en cualquier lugar del mundo. Y es que en cada sitio cada tipo de animal es mirado de una

forma diferente… y los gatos de esta historia no supieron elegir su lugar de nacimiento.

 

 

 

VIAJE A CUBA

VIAJE A CUBA

 

Mientras mi mujer se duchaba y se preparaba para salir a dar una vuelta decidí esperarla tomando una copa en el “hall” de aquel hotel de La Habana. Me encontraba en la barra del bar cuando se me acercó un cubano vestido con el uniforme de los empleados del hotel.

 

—Buenas tardes, señor, ¿se hospeda usted en el hotel?

 

—Sí, así es, ocupo la habitación 417.

 

De pronto empezó a tutearme, mientras me mostraba sus dientes oscuros con una sonrisa socarrona.

 

—¿Tú sabes?, aquí en este hotel hay un problema: está prohibido que las chicas cubanas suban a las habitaciones de los turistas.

 

—¿Y bien?

 

—Pero no pasa nada, ese problema te lo soluciono yo por 20 dólares. Además, yo te proporciono la chica que tú quieras. Las tengo desde 30 a 150 dólares. Tú sabes que las de 150 dólares están garantizadas, son cosa fina, chico, alto standing y la noche entera para lo que tú quieras.

 

—El caso es que yo también tengo un problema. Mi mujer está en la habitación conmigo.

 

—La cagaste, chico. ¿Cómo se te ocurre venir a La Habana con tu mujer?

 

Se dio media vuelta y me dejó pensativo terminándome mi whisky.