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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

Relatos

M E D I C A M E N T O S

M E D I C A M E N T O S

 

Se celebraba una Junta extraordinaria de la multinacional Medical Money. En la espaciosa sala, con una mesa ovalada en el centro de la estancia, se hallaban sentados los principales accionistas. En sus rostros podía verse la satisfacción de todos por la buena marcha de la compañía, ya que en el último ejercicio había ampliado sus fábricas de productos farmacéuticos, con lo que hacía un total de 27 países donde fabricaba sus fármacos, daba trabajo a más de 12.000 empleados y sus ganancias seguían una línea ascendente, hablándose de millones de dólares.

 

Esperaban el informe del jefe del departamento de Investigación. Éste, vestido con una impecable bata blanca, portaba una voluminosa cartera de donde empezó a sacar los documentos del dossier que había tardado en reunir unos diez años.

 

—Señores accionistas, tengo una formidable noticia que comunicarles: Después de muchos años de estudios, de pruebas con animales y con personas, sin su consentimiento, por supuesto, contando con la colaboración de profesionales de la medicina a sueldo de nuestra empresa, hemos conseguido el medicamento definitivo.

 

En su cara se dibujaba una sonrisa de orgullo, pensaba que nadie podría arrebatarle el premio Nobel. Hizo un silencio premeditado para conseguir la máxima atención de sus oyentes, y continuó:

 

—Se trata de una sustancia que actúa sobre el sistema inmunológico potenciando las defensas humorales, con lo cual el ser humano sería inmune a la enfermedad.

 

Los accionistas de la compañía lo miraban con cara de asombro, que él interpretó como admiración y le dio alas para seguir su disertación:

 

—No quiero abrumarles con explicaciones médicas; sólo quiero darles otra noticia quizá mejor que la que acaban de oír: estamos en la buena línea para conseguir un medicamento que actuará contra la oxidación y, por tanto, contra la senilidad. Señores, estamos a punto de conseguir que el hombre viva muchos años y sin enfermedades.

 

Un murmullo creciente se fue oyendo en la sala. El director de la empresa, muy amablemente, le dijo:

 

—Puede retirarse, ya tendrá noticias nuestras. Gracias por su exposición.

 

Mientras el jefe de Investigación se retiraba de la reunión, los hombres de la mesa comenzaron una acalorada conversación. A los pocos días los principales accionistas recibieron una escueta circular confidencial de régimen interior.

 

“Los departamentos de Viabilidad, Producción y Comercial, en reunión conjunta, han estudiado la conveniencia de comercialización del medicamento presentado por el departamento de Investigación, llegando a la conclusión de que la producción de dicho medicamento supondría la modificación de toda la maquinaria de nuestras fábricas, la retirada de nuestros productos actualmente comercializados, lo cual supondría una recesión en las ganancias que pondría a la empresa en serias dificultades. Por otra parte, en un espacio no muy amplio de tiempo, otras empresas farmacéuticas pondrían a la venta medicamentos muy similares al nuestro, con lo cual nuestras ventas descenderían escandalosamente.

 

Por estas razones se ha decidido la conveniencia de la no comercialización del producto y el archivo del dossier para su posible utilización en tiempos futuros. Asimismo, se recomienda la continuación en el estudio del segundo medicamento sobre la oxidación y, una vez concluido, la no comercialización del mismo, con el fin de mantener la competencia de la empresa en tiempos venideros”.

 

Esta historia es producto de mi imaginación, pero ¿podría estar pasando algo parecido mientras la gente muere de enfermedades que pueden curarse?

 

MI AMIGO PACO

MI AMIGO PACO

Paquillo, mi primer amigo, llamado por todos Paquillo de la Frasca (haciendo referencia al nombre de su madre: Francisca). Nacimos casi a la par, fuimos juntos al colegio Padre Lerchundi. Pasamos allí las primeras vergüenzas cuando nos obligaban a ir a Misa los domingos, bajo pena de recibir un castigo los lunes a los que faltaran. Éramos los únicos que no teníamos zapatos, íbamos con alpargatas y felices cuando estaban nuevas y no dejaban ver el dedo gordo del pie. ¡Puta miseria!

Pongo la foto mía en el colegio para que se observen las condiciones en las que estudiábamos. Todo preparado para la foto. A la derecha se ven los niños esperando su turno; esperando un solo baby, que teníamos que ir cediéndonoslo, y como era talla única, a los que le quedaba grande se les recogían las mangas y se les sujetaba por la espalda con pinzas de tender la ropa, como en el caso mío.

Después trabajamos juntos en la Editorial Cremades (escogimos la misma profesión: éramos linotipistas); más tarde él se marchó a Francia y a su regreso volvimos a trabajar juntos hasta que partimos cada uno para destinos distintos.

Él murió, injusta y absurdamente, a los 23 años, cuando seguramente yo aún permanecía en el Ejército.

Con Paco siempre me ha pasado una cosa muy curiosa, incluso antes de haberme enterado de su muerte, y también después, he estado soñando a diario con él. Después despareció de mis sueños y nuevamente ha vuelto a entrar de golpe en ellos. Nunca lo he olvidado ni creo que lo haga, a pesar de la cantidad de tiempo que hace que se fue.

Paco, mientras alguien te recuerde no mueres, sigues vivo en su imaginación, y yo sigo recordándote.

 

C O N S E J O S

C O N S E J O S

Dice un refrán que cuando el demonio no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas, vamos, como la vaca lechera. Y es que el aburrimiento es muy jodido para quien lo padece, y aquí nadie puede aconsejar a nadie lo que tiene que hacer para no aburrirse, porque lo que a usted le quita el aburrimiento a mí me lo produce en mayor escala. Cada persona es un mundo y cada cual se divierte de forma distinta, influyendo en el comportamiento de cada uno muchos factores, como educación, edad, sexo, complexión física, etc.

Tampoco los consejos que solemos dar sin que nadie nos los pida, y aunque lo hagamos con la mejor de nuestras intenciones, son igual de válidos para todos. A pesar de que hay algunos que a todo el mundo les pueden venir bien, yo alucino cuando oigo consejos sobre medicamentos, que quien da el consejo lo hace porque a alguien conocido por él le ha venido de perillas.

—Si te duele el estómago, por la mañana te tomas un omeprazol-20 y por la noche un almax, que una cuñada de la sobrina del yerno del primo de la mujer de Ricardo estaba que no se podía mover del dolor y ahora está como nueva.

Pero no le dice que antes compruebe si es alérgico o no al omeprazol, no se le vaya a quedar el cuerpo con más granos que una paella. A mi mujer la tuvieron que ingresar porque se tomó un calmante que contenía codeína y ella, sin saberlo, era alérgica a ese componente. La consejera, en este caso, fue la farmacéutica, y es que hasta el mismo médico te pregunta:

—¿Es usted alérgico a algún componente del flumil, del lexatín, de la simbastatina o de la viagra?

—Vamos a empezar diciendo que no tengo ni idea de los componentes de ningún medicamento. Lo único que puedo decirle es que jamás he sufrido un episodio alérgico.

Y como si no hubiese oído nada, te rellena las recetas que a él le parecen bien. Después, si vuelves a consulta convertido en un pitufo, te dice tan pancho que la dosis de viagra (vi-agra = viejos-agradecidos) era un pelín alta.

Peores son los psicólogos por afición. Su ilusión es encontrar a alguien con una enfermedad severa, para empezar la conversación con la frase: “tú lo que tienes que hacer es…”; el resto depende del pseudo psicólogo. El remate es, y lo sé por experiencia, cuando alguien es intervenido quirúrgicamente. Una gran parte de las visitas que recibe le cuentan casos de primos, sobrinos, cuñados y otros más en los que el cirujano se dejó dentro las tijeras, las gasas, un bisturí o un cenicero y lo tuvieron que volver a abrir.

O, aún peor, aquel que parecía que estaba tan bien y amaneció muerto; el que se quedó tonto con la anestesia o al que fue a operarse de piedras en los riñones y le amputaron un pie.

La mayoría no somos sensatos, y sólo, creo yo, que conservando una simple conducta se arreglaban estas cosas:

Primera: Que todo es relativo (la relatividad);

Segunda: Dejar los consejos a los profesionales.

Y AHORA..., ¿QUÉ HAGO?

Y AHORA..., ¿QUÉ HAGO?

 

Corrían los años de la Segunda Guerra Mundial. Europa olía a muerto. Millones de personas entregaban sus vidas en una guerra, como todas, absurda, esta vez provocada por los sueños de grandeza de un loco dictador llamado Hitler.

 

Aquí, en Madrid, la gente vivía casi ajena a esa confrontación europea, intentando recuperarse de su propia guerra fraticida, acabada unos años antes. A Juan y a Rosario la vida empezaba a sonreírles: llevaban dos años casados, él tenía un buen trabajo y las bombas de la aviación del Ejército “nacional” habían respetado su casa. Se conocían desde que eran pequeños, desde que jugaban en las calles del barrio de Vallecas y fueron creciendo juntos.

 

Aquel hombre, con mucho sacrificio, consiguió hacerse con una casita pequeña que ahora disfrutaba con su mujer. Pero un mal día su suerte cambió, le vistieron de soldado, le dieron un fusil y le enrolaron como “voluntario” en la División Azul. Rosario recibió varias misivas de Juan desde la Unión Soviética; la última le decía que partía hacia Leningrado, que la quería mucho, que no la olvidaba ni un solo segundo y que deseaba que ese infierno terminara pronto para volver junto a ella. Después se hizo el silencio, no volvió a tener noticias suyas, sólo una comunicación oficial diciéndole que su marido “había muerto como un héroe defendiendo a España y a los valores de Occidente contra el comunismo”.

Pasaron los años y Rosario rehizo su vida, volvió a enamorarse y se casó con José, con el que tuvo dos hermosos hijos, niño y niña. Ya superado el dolor vivía muy feliz con su familia. Todo era perfecto, se sentía amada por el hombre que ella también amaba y muy reconfortada con el cariño de sus hijos.

Un día llamaron a la puerta; se dirigió a abrirla y encontró frente a ella a un hombre alto, delgado, muy demacrado, al que tardó en reconocer. Era Juan; el documento oficial se había equivocado, no había muerto, sino que cayó prisionero y pasó quince años en un campo de concentración. Sus piernas comenzaron a temblarle, tuvo que sentarse. Su mente estaba a punto de estallarle y sólo se repetía una pregunta: "¿hora qué hago?”

 

 

EL PLACER DE LA VENGANZA (II)

EL PLACER DE LA VENGANZA (II)

VENGANZA

Serían las 21,30 de aquella calurosa noche de verano. Al parque le quedaba media hora para cerrar sus puertas al público y allí, en aquel banco apartado, cogidos de la mano, María y César hacían planes para su futuro. Hablaban de comprar un piso, de boda, de los hijos que tendrían y de lo felices que serían.

De pronto aparecieron tres hombres jóvenes que se acercaron a ellos con toda tranquilidad. Una vez a su altura, el más fornido asestó un duro golpe a César que lo dejo semiinconsciente, mientras otro de ellos golpeaba a María,

que dejaba de oponer resistencia a causa del golpe recibido. Entre dos incorporaron a César y, sacando una cuerda que portaban en una bolsa de plástico, lo ataron a un árbol y tanto a él como a ella les pusieron en la boca una cinta plástica adhesiva, a modo de mordaza, para impedir que gritaran.

César había recobrado la consciencia y pudo ver cómo uno tras otro fueron violando a su novia, sin poder hacer otro gesto que llorar en silencio. Los jadeos de los desalmados se clavaron en su alma y sus muñecas sangraban del esfuerzo que estaba realizando por zafarse de sus ataduras. Todo fue inútil. Cuando terminaron su fechoría abandonaron el lugar entre risotadas, dejando allí aquel cuadro dantesco de César llorando atado a un árbol y María, en una postura grotesca, sin conocimiento en el suelo.

Sobre las 22,00 horas apareció por allí el empleado encargado de cerrar el parque y, sin prestarle ayuda inmediata, llamó a la policía. A los pocos minutos aparecieron un coche patrulla y uno del SAMUR, que prestaron auxilio a la pareja.

Habían pasado ya unos días, nada era igual, los dos estaban muy tocados psíquicamente, aunque hacían esfuerzos para recuperarse, cuando recibieron una llamada de la policía anunciándoles que habían detenido a unos sospechosos y citándolos para una rueda de reconocimiento. Ella se negó a ir alegando que no los reconocería porque todo pasó tan rápido antes de perder el conocimiento que no recordaba sus caras. Pero él, que los pudo observar durante varios minutos muy de cerca, nunca olvidaría sus caras. Así que decidió presentarse en comisaría para comprobar si eran ellos.

El día y a la hora señalados estaba en comisaría. Le pasaron a la habitación donde se realizan las ruedas de reconocimiento y detrás del cristal le mostraron a los individuos detenidos como posibles autores de la violación y agresión a la pareja.

—Lo siento mucho, agente, no reconozco a ninguno de ellos.

Abandonó la comisaría y se dirigió a su coche, aparcado en las inmediaciones. Abrió el maletero y sacó una escopeta repetidora de ocho disparos, cargada con munición de caza mayor y volvió sobre sus pasos. No tardó mucho en encontrarse de cara con los tres individuos a los que había dicho no conocer. Se plantó frente a ellos y disparó al primero en el pecho, que a causa del impacto cayó hacia atrás; el segundo se lanzó sobre él en un intento desesperado de evitar que disparara por segunda vez, pero no lo consiguió, su cara quedó destrozada por el plomo y su cuerpo sin vida tirado sobre la acera. El tercero emprendió una veloz carrera, pero César apuntó a su cabeza y apretó el gatillo haciéndole caer de bruces y, por supuesto, sin vida.

Al ruido de los disparos la policía acudió, pistola en mano, pero César dejó el arma en el suelo y levantó los brazos. Fue detenido, juzgado y condenado. La condena no fue muy dura y hoy en día esta pareja se encuentra casada y feliz, a pesar de todo.

Evidentemente, había mentido a la policía.

EL PLACER DE LA VENGANZA (I)

EL PLACER DE LA VENGANZA (I)

EN PLATO FRÍO

El timbre del despertador la hizo incorporarse de golpe en la cama. María era una mujer de treinta y dos años que ya había sufrido en sus carnes la amargura de un divorcio, ya que su ex marido no era compatible con su trabajo. Vivía entregada por completo a su profesión, la Cirugía, que la apasionaba y gratificaba más que cualquier otra cosa.

Se levantó con energía y se dirigió a la cocina para conectar la cafetera; mientras el café se iba haciendo lentamente, entró en la ducha. Transcurrida una media hora, ya estaba dispuesta para dirigirse a su trabajo. Montó en el ascensor que la llevaría al garaje de su casa, subió en su BMW y se dirigió a la autovía A-3 que unía Alicante, donde vivía, con Elda, lugar donde se encontraba el hospital donde prestaba sus servicios.

A la altura del kilómetro 13 el motor de su coche empezó a temblar, pero tuvo tiempo de llegar al aparcamiento de aquel bar de carretera, mientras maldecía su mala suerte. Estaba contando su problema al propietario del local cuando un camionero de aspecto rudo y a la vez atractivo, que oía la conversación sin ningún tipo de pudor, se ofreció a dejarla en su lugar de destino alegando que se encontraba en la ruta que él debía seguir.

Después de una corta charla, la invitó a subir a aquel mastodonte de 16 ruedas y ella accedió agradecida.

No llevaban tres kilómetros recorridos cuando el camionero, inesperadamente, abandonó la autovía, entrando por una carretera secundaria y a su vez desviándose hacia una zona de árboles completamente desierta, haciendo caso omiso de las protestas de la doctora. Una vez parado el camión, abrió la guantera y sacó un gran cuchillo de monte con el que la amenazó para que descendiera del vehículo. La condujo hacia la parte trasera, abrió la caja del camión, que iba completamente vacía y la obligó a introducirse en ella. Él subió detrás, encendió una pequeña luz interior y cerró la puerta tras ellos.

—Quítate las bragas y túmbate en el suelo.

María le obedeció sin poner resistencia, y él la estuvo violando hasta que, agotado, soltó su veneno en el interior de ella, que se mordía los labios en un ademán de impotencia, de dolor y de asco.

—Gracias —le dijo ella—. Jamás ningún hombre me hizo sentir tanto placer, nunca me sentí más deseada ni nunca conocí a un macho tan potente como tú.

Estos halagos lo dejaron fuera de juego… alucinaba.

—No pensaba hacerte nada con el cuchillo —se justificó él.

—Por favor, quiero repetir esta experiencia, pero en un sitio cómodo. ¿Te atreverías a quedar conmigo para hacerlo sin prisas en un hotel?

—¿Lo dices en serio?

—Es más, mejor que un hotel, te propongo que vengas a mi casa. ¿Te parece bien el sábado a las 9? Haré una cena deliciosa para ti y después haremos el amor toda la noche.

Él asentía con la cabeza mientras intentaba sacudir la suciedad del vestido de ella, después la ayudó con delicadeza a bajar de la parte trasera del camión, la condujo a la puerta y la ayudó a subir delicadamente. Puso el vehículo en marcha y por el camino ella le dio su dirección. Al llegar, ella le besó, y le dijo:

—No me falles, estoy ansiosa de que llegue el sábado.

Llegó al hospital y entró directamente en la ducha. Allí pasó un buen rato enjabonándose poro a poro todo su cuerpo y conteniendo las arcadas que le producía el recuerdo de lo recientemente vivido. Pensó pedirle a un compañero que realizara la intervención quirúrgica que debía hacer ella, pero desechó la idea. Fue directamente a la cafetería y con un café delante de ella estuvo meditando largo rato. Estaba decidida.

Llegó el sábado y ella, en su terraza, observaba la calle cuando vio aparecer un coche rojo que aparcó justo delante del portal de la vivienda. Se abrió la puerta del vehículo y apareció el camionero muy bien vestido y portando en las manos un ramo de rosas. Esperó a que sonara el timbre del portero automático y preguntó quién era, como si no hubiese advertido su llegada. Una vez en la casa, le hizo entrar y, después de agradecerle el detalle de las rosas, le dijo que se pusiese cómodo mientras ella le preparaba algo de beber. Así lo hizo el camionero, que se sentía lleno de orgullo por su masculinidad.

Sentados en la cama ya, él le dijo:

—Desnúdate, que vas a conocer lo que es un hombre.

—Espera un poco, cariño, vamos a tomar otra copa, me gusta estar un poquito alegre para hacer el amor, y el whisky me pone muy cariñosa.

No le dio tiempo a tomar la segunda copa, el fuerte somnífero suministrado por María había producido su efecto y el camionero quedó profundamente dormido. Con toda frialdad desabrochó los pantalones del camionero y los bajó hasta los tobillos, introdujo un plástico debajo de su culo para evitar manchas de sangre y fue a buscar el material quirúrgico necesario. Inyectó anestesia local en los testículos del violador y comenzó su trabajo.

Tardó aproximadamente quince minutos en realizar la operación. Suturó, puso los apósitos necesarios y volvió a subirle los pantalones. Bajó a la portería y dijo al conserje de la finca:

—Antonio, por favor, ayúdeme a meter a un amigo en su coche, es que le ha sentado mal la bebida y quiero llevarlo a su casa.

Antonio no lo dudó un momento, cargó con casi todo el peso del camionero y lo metieron en el asiento delantero. Ella se sentó frente al volante del vioñador y se dirigió a la autovía A-3. Justo en el kilómetro 13, en el aparcamiento de aquel bar de carretera detuvo el vehículo, dejó las llaves puestas y se dirigió a su coche que previamente había dejado aparcado en aquel lugar.

Cuando él despertó encontró un papel con la siguiente leyenda: “No volverás a hacerlo. Puedes volver a casa, pero ten cuidado porque en el asiento del conductor hay un frasquito con formol y algo dentro… No te vayas a sentar encima de tus cojones”.

¿SOY XENÓFOBO?

¿SOY XENÓFOBO?

 

 

Se están perdiendo las costumbres españolas y estamos siendo invadidos  por las extranjeras, excepción hecha de la “siesta”, única, creo yo, que hemos exportado. Les estamos inculcando a nuestros niños tradiciones foráneas en detrimento de las nacionales. Ahora se celebra el “jalogüey de los güeis”, Papá Noël y Santa Claus (¿quiénes coño son estos payasos?); se pone el árbol de Navidad en vez del clásico Belén.

 

Otra cosa importante que se está perdiendo es el piropo, y vaya como avanzadilla que nunca he dicho un piropo a una mujer desconocida. Las aceras de las calles donde se realizaba alguna obra se convertían en consultas ambulantes de psicólogos, donde el profesional, en este caso el albañil, levantaba la moral, sobre todo a las feas que tenían que atravesar la zona. También se levantaba la moral, con una terapia de grupo, cuando alguien decía un piropo a varias chicas que caminaban juntas, sin especificar, por  ejemplo, un simple “¡qué buena estás!” hacía que la más fea se volviese, impulsada como un resorte, para a veces dar las gracias y otras hacerse la ofendida.

 

Y del idioma ¿para qué hablar?, en la tele, sobre todo al final de los anuncios de perfúmenes, te sueltan una parrafada en algún idioma extranjero, que de entrada me pone de mala leche porque, al igual que los políticos, los publicistas nos tratan de idiotas. Y yo me pregunto, ¿esa chorradita no pueden decirla en nuestro idioma? Gila tenía razón, quedan muchos españoles tontos, muchos… de esos que te dicen: “me he comprado una pluma cojonuda” y a continuación, para terminar de chulear: “es americana”. Pues bien, los americanos, ingleses, franceses, alemanes, chinos, japoneses, etc., fabrican unas mierdas iguales o más grandes que los españoles.

Estoy tan cabreado como aquella mona del parque zoológico a la que tirábamos piedras envueltas en papeles de caramelos. Para colmo, acabo de leer en una "revista científica", donde un pseudocientífico "guiri" dicen que los hombres heteros tenemos unas etapas en las que nos da un subidón de hormonas femeninas y nos da por "culear" y mantener relaciones sexuales con travestís, y a las mujeres el subidón es de hormonas masculinas y les da por rascarse en público los genitales con la misma facilidad que lo hacen los hombres. Este tío se ha quedado tan pancho.

Pues yo jamás he sentido ningún subidón de los que habla la revista, lo cual quiere decir que mi organismo tiene una reserva de hormonas femeninas a punto de eclosionar. Así que, como me suceda con carácter retroactivo, voy a dejar a Boris Eizaguirre a la altura del betún.

MONAGUILLO DE DIOS

MONAGUILLO DE DIOS

 

“José, el padre Gregorio me ha dicho que vaya el niño a la iglesia para que sea monaguillo y el niño rebelde éste se niega en rotundo” (mi madre con voz de cabreo).

 

José (mi padre), clavando sus pupilas en las mías me dice: “Ahora mismo te vas a la iglesia”, y yo, cagándome mentalmente en todo lo que se menea me voy hacia la iglesia, porque antes a los padres se les tenía mucho respeto.

 

—Buenas tardes, padre Gregorio, que me ha dicho mi madre que quería usted hablar conmigo. —Mientras le decía esto, besaba su mano (costumbre impuesta por ellos, porque por mí seguro que no), mientras pensaba que lo mismo este joputa se acababa de pajillear.

 

—Ve a Vázquez (monaguillo más antiguo) y dile que te vaya enseñando, que eres el nuevo

monaguillo.

 

Vázquez era amiguete mío, incluso estaba en mi misma clase y era vecino. Allí nos conocíamos todos y éste no era santo de mi devoción, pero aprendí todo lo que me enseñó, sobre todo a tocar las campanas, cosa que me divertía y en la que llegué a ser todo un virtuoso.

Estuve a punto de perder "el empleo" porque tuve que ir a otra iglesia que distaba como un kilómetro de la que yo ejercía. Me daban el importe del transporte público, pero yo iba y volvía andando para ahorrarme un dinerito en aquel tiempo muy necesario. El sacristán de la otra iglesia me dio dos paquetes: uno que casi no pesaba nada, y otro que parecía que llevaba dentro plomo. Al entregárselo a mi sacristán, éte se partía de risa y me hizo ver que el paquete pesado contenía solamente una piedra; una broma del sacristán de la otra iglesia. Yo cogí el paquete, me volví a donde me lo había dado y busqué al sacristán, y, como eran franciscanos, utilizaban sandalias:

—Me ha dicho el sacristán de la iglesia de San Antonio que le devuelva el paquete. —Y se lo solté encima del pie y salí corriendo mientras él se quedó allí bailando a la pata coja.

 

Pasó el tiempo y fui ascendiendo hasta llegar a ser jefe de los monaguillos. Enseguida hablé con Colomeras, que era mi colega, y conseguí que entrara conmigo. Convertimos la iglesia en la Cosa Nostra. Se acabó la miseria a cuenta del clero. De entrada nos marcamos tres

objetivos: cepillos, fotógrafos y San Nicolás.

 

Con los cepillos no tardamos en hacernos con una copia de la llave maestra y cada día distraíamos algunas pesetas de los de San Antonio y San Nicolás; los demás solían estar vacíos. Fue un fracaso, tuvimos que desistir porque era demasiado riesgo para tan poca rentabilidad.

 

Con los fotógrafos actuábamos como auténticos profesionales de la mafia. Teníamos un acuerdo con uno que cada vez que le avisábamos de la fecha de una boda nos daba 25 pesetas y la de un bautizo 15, lo hiciera él o no. Cuando “nuestro” fotógrafo no conseguía la boda o el bautizo, al nuevo que se presentara yo era el encargado de pedirle las 25 pesetas para los monaguillos, por supuesto por adelantado porque ya una vez nos la jugó uno. Al que se negaba a pagar le jodíamos el reportaje porque, se pusiera por donde se pusiera siempre había un monaguillo en la línea de tiro. Algunas veces nos daban unos toquecitos en la espalda y nos decían: “chaval, échate a un lado”, pero para estos casos contábamos con la colaboración involuntaria de la mala leche del padre Gregorio, que siempre les decía: “¿es que va usted a disponer nuestra posición en el altar? La próxima vez que interrumpa la ceremonia, abandona usted el altar”, y se acabó el fotógrafo.

 

Dice un refrán que el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón. San Nicolás es un santo “muy milagroso” cuya efigie se encontraba en nuestra iglesia, y los lunes, que era el día dedicado a su culto, la iglesia se llenaba de fieles, sobre todo mujeres mayores que acudían a hacer la novena o ponerle una vela.

 

Ése era el negocio de la iglesia (y el nuestro), porque el cura no se cortaba en cobrarle a aquellas mujeres seis pesetas por una vela que no debía de valer ni una peseta. Yo estaba en la sacristía y era el encargado de vender las velas, y el cura pensaba que cada vela que faltara de las que me daba contadas, seis pesetas que tenía que haber en el cajón. Evidentemente conmigo se equivocaba: las matemáticas funcionaban a mi capricho.

Aquello era un reguero de abuelillas soltando las seis pesetas y solicitando la vela para el santo. A todas las decía lo mismo: “ahora se la pongo, señora”, y cuando habían pasado 20 mujeres por caja, yo cogía 10 velas y a todas las que me iba encontrando les decía: “aquí va la suya, señora”. Así que los lunes sacábamos dinero para vivir “a todo lujo” toda la semana. Eso sí, nunca nos pasamos en demasía, sólo cogíamos lo que necesitábamos.

 

¿EXISTE LA JUSTICIA DIVINA?

 

El día de mi boda el cura me dijo que mi fotógrafo no podía tirar fotos dentro de la iglesia, que para eso estaba el suyo (que imagino que es el que le suelta la comisión). Yo, incauto de mí, llevaba mi fotógrafo, que por tratarse de un familiar, pensaba ahorrarme algún dinero, así que no acepte que su fotógrafo nos hiciese el reportaje.

 

Como no le hicimos caso, al segundo fogonazo nos amenazó con detener la ceremonia, así que por no dar un disgusto a mi madre que en aquellos momentos andaba mal del corazón, me quedé sin fotos de mi boda en la iglesia. Una vez en la sacristía, le monte tal pollo, que amenazó con llamar a la Guardia Civil, y ante la perspectiva de pasar la noche de bodas en el cuartelillo, le dejé los dientes en su sitio.

 

Eso ya era lo que me faltaba para incrementar mi odio por los curas. Me recordó pasajes de la Biblia y así se lo dije: que era un fariseo que negociaba con las cosas sagradas, que él no era la Iglesia, que la Iglesia es el pueblo. En fin, esto, unido a lo que me hicieron sufrir en su maldito colegio de Málaga me hizo ver claramente lo que es en realidad la Santa Madre Iglesia católica, apostólica y romana.

 

Yo no quería casarme por la Iglesia, pero si no lo hago hubiese sido un gran disgusto para mi madre y la madre de mi mujer. Llevaba muchos años sin entrar en una iglesia, y desde entonces, sólo lo he hecho en los bautizos, primeras comuniones y boda de mis hijos, porque no he tenido más remedio. Jamás he puesto la equis en su casilla en mi declaración de la renta y jamás cogerán un euro mío si puedo evitarlo.

Y como aún se mantiene activo el tándem mafioso cura-fotógrafo, un mes antes de la boda de mi hija fui a hablar con el cura que la iba a casar y le puse las cosas tan claritas que, aunque de mala gana, consintió en que llevásemos nuestro fotógrafo.