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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

HOMBRES RUDOS (historia 2)

HOMBRES RUDOS (historia 2)

Vivía en Jerez un inglés que acostumbraba muy a menudo a irse de copas con unos amigos jerezanos “hasta que el cuerpo aguante”. El hijo de la Gran Bretaña no destacaba por ser el que más aguantara la bebida, así que una noche en la que ya el alcohol empezaba a causar su efecto, se dirigió con grandes voces a uno de sus compañeros de parranda para recriminarle que era un gorrón, que bebía como todos, pero que nunca pagaba. El aludido, de apodo “El Gasolina”, estaba desencajado, aquello le estaba afectando mucho. Tomó un trago del vaso y se dirigió al inglés:

 

—Mira, killo, lo primero que voy a jasé e cagarme en tó tus muertos tós, hijo de la gran puta, por abuchararme en público y delante de los amigos, y, pa demostrarte que yo no me echo patrá, te vi pagá to lo que tas bebío y to lo que tengas cohone de beberte esta noche. Tú te va a acordá de mí. Después se dirigió al camarero, y le dijo:

 

—Juan, por tus muertos, mézclale al guiri de tó lo que tengas, que se caiga pronto o me va a dejar tieso.

 

El inglés seguía metiéndose para el cuerpo todas las mezclas que le iban poniendo en la mesa sin distinguir nada de lo que se tomaba. Pasada una hora se encontraba sentado en la silla y con la cabeza descansando sobre la mesa, al borde del coma etílico. Lo cogieron entre los amigos y lo llevaron a una pensión de mala muerte regentada por un conocido.

 

—Pepe, te traemo un cliente; yo te voy a pagar la habitasión, pero ante de subirlo dame un par de guindilla de esas picantes con mala leshe.

 

Lo subieron a la habitación, lo echaron sobre la cama boca abajo, lo dejaron completamente desnudo y “El Gasolina” le restregó en el ojete del culo las dos guindillas, con mucha saña y profundizando. Salieron de la pensión formando una escandalera de risas, no sin antes dar las instrucciones oportunas a Pepe.

 

A la mañana siguiente al inglés lo despertó un fuerte escozor en el ano. No sabía dónde estaba y se extrañó de verse desnudo. Se vistió con presteza y, mientras lo hacía, pudo ver en la mesita de noche una cantidad de dinero y una nota que decía: “Cariño, ha sido maravilloso. Love you”.

 

Entre el desconcierto y el resquemor que llevaba en su parte trasera bajó las escaleras y encaró a Pepe:

 

—Oiga, ¿dónde están mis amigos?

 

—¿Amigos? Usté vino anoche con el peazo maricón más famoso de Jerez. El estuvo arriba con usté un par de horas, pagó la habitación y se fue con una cara de satifasión exagerá.

 

No hace falta decir que el inglés desapareció de Jerez y jamás nadie lo volvió a ver.

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Nota del Autor: Esta segunda historia está basada en una idea deFernando Quiñones, publicada en su libro Las mil noches de Hortensia Romero, salvando las distancias que existen entre él y yo, a su favor, por supuesto.

HOMBRES RUDOS (historia 3)

HOMBRES RUDOS (historia 3)

 

Corría el año 1938, la Guerra Civil española estaba en pleno apogeo. Los combatientes estaban agotados de casi tres años de luchas y aquel batallón había recibido la orden de asaltar la intendencia del enemigo y hacerse con sus provisiones. Como cada vez que sus hombres iban a entrar en combate, el sargento Pérez repartió varias botellas de coñac, que se iban pasando de unos a otros, con el fin de darse ánimo y anular el miedo.

 

El pueblo donde se encontraba el almacén de víveres estaba en un valle y se esperaba una fuerte resistencia. Los hombres se fueron acercando con sigilo y se llevaron una grata sorpresa al comprobar que el enemigo, no se sabe por qué razón, había abandonado el pueblo. Así que entraron en el almacén y sólo encontraron allí a un hombre, al que hicieron prisionero. Recogieron los víveres y regresaron a su posición.

 

Al interrogar al prisionero comprobaron que se trataba de un homosexual con mucha pluma y decidieron que no estaría mal un poco de diversión a costa suya. Montaron una pantomima de juicio sumarísimo y le condenaron a muerte. Le encerraron en una habitación y le obligaron a beber gran cantidad de aceite de ricino.

 

A la mañana siguiente le condujeron al patio, le ataron a un tronco con las manos libres para que pudiera moverlas libremente y frente a él montaron un pelotón de ejecución. El mariquita no paraba de pedir clemencia pregonando su inocencia de cualquier delito. El sargento hacía oídos sordos y pronunció las órdenes de rigor con mucha parsimonia: “Carguen armas”, “Apunten”… “Fuego”.

 

Se oyó un estruendo tremendo de nueve fusiles vomitando fuego. El hombre no murió, se palpaba el cuerpo agitadamente y miraba sus manos buscando sangre. Sólo salía una palabra de su boca: “ayyyy, ayyyy, ayyyy”. Los soldados se retorcían de risa mientras recogían los casquillos de las balas de fogueo.

 

El sargento, dirigiéndose a los soldados, entre risotadas, les ordenaba: “Soltarlo, darle un pantalón, que ése está cagado hasta el dobladillo, y que se vaya para su pueblo”.

Ya no quedan hombres como los de antes... afortunadamente.

LO QUE VALE UNA VIDA

LO QUE VALE UNA VIDA

 

                    Estoy en esa edad en la que un hombre quiere,

                    por encima de todo, ser feliz cada día.

                    Y al júbilo prefiere la callada alegría

                    y a la pasión que mata, la renuncia que hiere.

 

                    Vivir entre las cosas, mientras que el tiempo pasa

                    –cada vez menos tiempo para las mismas cosas–

                    y elegir las que valen una vida: las rosas

                    y los libros de versos, y el viaje y la casa.

 

                    Hasta ahora he vivido perdido en el mañana.

                    Seré, seré –decía– o en el pasado: he sido

                    o pude ser –pensaba– y el mundo se me iba.

 

                    Ahora estoy en la edad en la que una ventana

                    es cualquier aventura, y un regalo el olvido.

                    Ya no quiero más luz que tu luz mientras viva.

 

Rafael Juárez.

 

 

EN TUS MEJORES AÑOS

EN TUS MEJORES AÑOS

Cuando te veo ahora en tus mejores años,

con toda la belleza de una copa de vino,

brillándote en los ojos el deseo y las noches

estrelladas de agosto, imagino ese invierno

en que, vieja y cansada, te entregues al recuerdo.

 

He querido llegar antes que tú a ese día.

Y revivir los tiempos en que tú levantaste

de esta ruina una casa, plantaste en ella higueras,

y alimentaste fuegos que a todos nos hicieron

imaginar la vida muy lejos de los muertos.

 

Ya ves que han llegado, siniestros, silenciosos.

Por eso tu poeta ha venido contigo

a recorrer de nuevo nuestras amadas ruinas,

y si ayer fue tu risa, hoy será tu silencio,

cuando, vieja y cansada, de nada sirve el sueño.

 

Andrés Trapiello.

" E L B U R R A C O "

" E L   B U R R A C O "

 

Mis padres habían abandonado Madrid y vendido la casa que tenían. Yo trabajaba en un periódico y, aunque me picaba el gusanillo de correr mundo, decidí aguantar en Madrid hasta la llegada del buen tiempo. En el bar leí un cartel en el que se anunciaba que, en la misma calle donde se encontraba el periódico, un matrimonio joven alquilaba una habitación. No lo pensé dos veces y me puse en contacto con ellos, pues me venía muy bien vivir cerca de mi trabajo.

 

Era un matrimonio procedente de un pueblecito de Cuenca cuyo nombre no diré por razones obvias. Campechanos, agradables, simpáticos y luchando para poder pagar la hipoteca de su casa. Los dos trabajaban y con lo que recibían por el alquiler de dos habitaciones, el dinero les llegaba para vivir dignamente. Ella era muy astuta; decía que su marido tenía que cenar fuerte, por ejemplo, un plato de lentejas, porque su trabajo era duro, pero ella con un poco de jamón y un poco de lomo ibéricos, más el queso de su tierra se apañaba.

 

Yo sólo aparecía para dormir, que lo hacía de día por mi horario laboral, pero antes de irme a trabajar, mientras ellos cenaban, y después de hacerlo, manteníamos unas tertulias muy divertidas y así fuimos forjando una amistad sincera, hasta tal punto que el marido me invitó a la boda de su hermana que se celebraba en su pueblo natal.

 

Llegamos por la tarde al pueblo, donde íbamos a permanecer una semana, y Paco me iba presentando a todos como su amigo “el periodista”, más por darse importancia él que por dármela a mí. Así conocí a la maestra, una chica guapa, delgada y muy elegante que acababa de aprobar las oposiciones y ese pueblo fue su primer destino. Enseguida conectamos y tuvimos varias conversaciones muy largas y amenas, pues ella añoraba la vida de la gran ciudad y se encontraba muy desplazada en ese pueblo donde la única diversión era pasear por la calle principal (casi la única) y tomar un café en el bar.

 

Un día que me encontraba solo en el bar se acercaron a mí ocho o nueve mozos del pueblo, la mayoría unicejos, y hablando en un tono amenazador:

 

—Aquí tenemos la costumbre de que cuando un forastero festeja con una moza del pueblo tiene que pagar la patente.

 

—¿Y eso de la patente qué es?

 

—Pues que tienes que convidar a los mozos del pueblo a unos vinos o vas directamente a la pileta.

 

Como era invierno, la pileta de un tamaño considerable y yo veía a los mozos capaces de cumplir su amenaza, decidí pagar la invitación, después de la cual todos quedamos tan amigos: ellos calentitos y yo con el bolsillo pelado, pero con la tranquilidad de no haberme zambullido en el abrevadero del ganado.

 

Otra “alegría” que me llevé fue cuando pregunté a Paco dónde se encontraba el retrete. Me llevó hacia la ventana, y me dijo:

 

—¿Ves todo ese campo? Pues todo está a tu disposición. Pero puedes ir al bar o a la bodega abandonada; yo te dejaré una linterna para que no pises donde alguien haya estado agachado antes.

 

Llegó el día de la boda. Todo perfecto, comida en cantidad y de calidad: vino, licores e incluso alguna botellita de whisky. Tuve que bailar con la novia, la madrina, mi compañera de piso y, por supuesto, la maestra, que ya tenía yo mis derechos adquiridos al haber pagado la “patente”. La forma de bailar pasodobles me había producido agujetas en el sobaquillo derecho.

 

Por la noche, y siguiendo la santa tradición, los mozos pusieron patas arriba el pueblo hasta encontrar a los recién casados con el propósito de que el novio los invitara a anís. Se encontraban en el segundo piso de la casa del alcalde, única vivienda de dos alturas del pueblo. Hicieron una torre humana y fue Paco el encargado de subir a aporrear el balcón de la habitación nupcial.

 

En pleno invierno, con el termómetro bajo cero, apareció el novio en calzoncillos queriendo arrojar a su cuñado al vacío, pero se lo pensó mejor, volvió a entrar en la habitación y salió con un billete en la mano que le entregó a Paco. Acto seguido se dirigieron, y yo con ellos, a casa del tabernero, lo sacaron de la cama, le hicieron abrir el bar y le dijeron: “anís para todos hasta que se acabe el billete”.

 

Alrededor de las copas de anís se creó una ruidosa tertulia, donde cada cual contaba las aventuras de su boda u otras bodas celebradas en el pueblo. Allí todos tenían un apodo, como “el Jaro”, “el Penurias”, “el Guindillas”, etc., pero el que más me llamó la atención fue “el Burraco”, individuo de casi cincuenta años, y que el día que estreché su mano hubiese necesitado tres como la mía para abarcar la suya. Con un tono de voz exagerado empezó a relatar su historia:

 

“¡Ya no hay hombres como los de antes! La noche de bodas a la María le daba vergüenza quitarse la ropa delante mía. ¡Diosssss!, cogí un puñado de garbanzos y los esparramé por el suelo, después le rompí to lo que llevaba puesto, atrinqué una vara de abedul y le dije: como dejes un garbanzo en el suelo te marco el lomo de arriba abajo. Después la cogí en brazos, la llevé a la cama y le metí un viaje que ella me dijo: me has partío los riñones”. Toda esta romántica escena la iba adornando con tacos y blasfemias, que se hubiesen necesitado muchos litros de chanel número 5 para devolver a Dios, la Virgen y los Santos a su olor original.

 

Yo alucinaba, y lo que más me llamaba la atención era cómo lo jaleaban, le aplaudían y las risotadas se debían oír en todo el pueblo. Era un héroe. La verdad es que a pesar de los años transcurridos, que son muchos, no he podido olvidar esa boda que me transportó a la España profunda.

 

 

 

BENDITA INFANCIA

BENDITA INFANCIA

 

Recordando a Miguel

 

Estaba tocado por la mano del dios del arte, porque, como buen andaluz, tenía “un ánge que no se podía aguantá”. Había trabajado mucho en su vida y en muchos sitios. En la última etapa de su vida se dedicó a conducir autocares haciendo grandes rutas por toda Europa, y cuando se acercaba a su jubilación la empresa lo puso de asesor de conductores inexpertos y a hacer algunos servicios dentro de la ciudad, entre el que destacaba el transporte escolar.

 

Este hombre, de nombre Miguel, era una enciclopedia de la anécdota, un libro viviente. Me gustaba oírle porque siempre tenía una historia relacionada con cualquier tema que saliese a colación y casi siempre con humor, desdramatizando situaciones complicadas y riéndose hasta de su sombra.

 

Una de esas historias se refería a cuando él, con su autobús, iba recogiendo por una ruta predeterminada a niños con síndrome de Down y otras patologías mentales, para llevarlos a un colegio de educación especial. Éste era el servicio que más le gustaba hacer porque lo pasaba muy bien con los niños, a los que les tenía mucho cariño y, además, se sentía correspondido porque estos chavales tienen una sensibilidad especial. Cuando los críos iban subiendo al autobús a cada uno le iba diciendo una cosa, cuando no eran ellos los que se adelantaban, sobre todo el que conocía las preferencias futboleras del conductor:

 

—Miguel, viva el Madrid.

 

—Eso, Enriquito, que este año ganamos la copa de Europa.

 

O el provocador:

 

—Visca el Barça, visca el Barça, Miguel, jajajaja.

 

—Ricardito, o te haces ahora mismo del Madrid o no te dejo que subas al autobús —le gritaba Miguel mientras Ricardito corría hacia la parte trasera del autobús para evitar que cumpliera su amenaza.

 

La misión de Miguel se limitaba sólo a conducir, pero en más de una ocasión había echado una mano cuando el caso lo requería, aunque para eso en el coche viajaban dos ayudantes para cuidar a los niños durante el trayecto: María, una chica joven, recién casada, e Isabel, una mujer de cuarenta y muchos años, con gran experiencia en su profesión, quienes, aparte de poner orden, eran las encargadas de la limpieza interior del vehículo después del servicio.

 

Un día, a la vuelta del colegio, entre la algarabía que acompañaba a los desplazamientos, destacó un grito desesperado:

 

—¡Para, Miguel, que quiero mear!

 

—Espérate un poquito, que ya estamos llegando a casa.

 

—¡Que no, que me estoy meando!

 

El conductor se arrimó al arcén, puso los intermitentes de emergencia en marcha, paró el vehículo y abrió la puerta:

—Vamos, una que lo ponga a hacer pis antes de que se lo haga encima y nos manche el asiento.

 

Isabel hizo un gesto a María para que se encargara del chaval, mientras ella controlaba al resto. María no lo hacía de buena gana, porque el chico se había empeñado en que no quería soltar su cartera, lo que le mantenía las manos ocupadas y era María la que debía ayudarle, mientras Miguel observaba a los dos, que estaban de espalda: el chico gritando y María manipulando en su bragueta. De repente, María soltó un grito:

 

—¡Qué barbaridad! ¿Has visto lo que tiene aquí el niño este? —decía a Miguel mientras giraba al chico para que el conductor pudiese verlo—. Pero si la tiene más grande que mi marido.

 

—Que tu marido y que cualquiera…, ya quisiera yo una como esa para pasar un fin de semana.

 

El niño, mientras miccionaba no paraba de gritar: “¡Mira, tengo pelos; tengo pelos!”

 

Miguel e Isabel se reían a carcajadas y María permanecía ruborizada con aquella cosa tan desproporcionada en la mano.

 

 

 

SOBRE GATOS

SOBRE GATOS

 

En mi infancia, que no fue todo lo agradable que yo hubiese deseado, me tocó vivir en un barrio marginal. Bueno, viendo cómo son ahora esos barrios, la palabra marginal me parece un lujo.

 

Cerca de mi casa había un cuartel de Intendencia, donde ese año llegaron dos soldados panaderos valencianos que, cuando las circunstancias les venían bien, pues se hacían sus paellas. Las circunstancias éramos los chavales del barrio que les proporcionábamos la carne a cambio de pan: Cuatro chuscos por gato. Sí, gatos callejeros, sin dueño, que cazábamos.

 

Se los llevábamos vivos, en sacos, y al día siguiente veíamos su piel y su cabeza en la basura. Éramos unos expertos en cazarlos y jamás sufrimos ningún arañazo. Así era el trato: gatos vivos en sacos, que ellos mismos nos proporcionaban. Gato entregado, cuatro chuscos. Pan que repartíamos entre los “cazadores” y llevábamos a casa, donde jamás nos preguntaban cómo lo habíamos conseguido.

 

Hoy en día que la gente tira comida, que la mayoría puede permitirse el lujo de ser un sibarita, esta historia, a algunos de los que ahora se la cogen con papel de fumar puede parecerle dantesca, como así le sucedió a una compañera de trabajo que un día me enseñó una foto de su gatito de Angora, y yo, al verlo exclamé: “joder, por éste me hubiesen dado seis chuscos para hacerlo en paella”.

 

La mujer se desencajó, cambió de color y me llamó de todo menos bonito: fue el final de una simple amistad. Incluso me llegó a amenazar con denunciarme, aunque ella sabía que eso era absurdo, y es que la señorita jamás supo en su vida lo que era pasar hambre, si no, se hubiese comido el gato sin quitarle la piel.

 

Con los animales pasa como con los hombres: dependiendo del lugar donde nazcan así será más o menos su futuro. Un perro que nazca en Europa tiene muchas posibilidades de que sea acogido en una familia y tenga una buena vida; sin embargo, si nace en Corea tiene más posibilidades de terminar cocinado. No hablemos ya de una vaca si nace en la India o en cualquier lugar del mundo. Y es que en cada sitio cada tipo de animal es mirado de una

forma diferente… y los gatos de esta historia no supieron elegir su lugar de nacimiento.

 

 

 

NIRVANA

NIRVANA

Aquel hombre acababa de atravesar la franja de tiempo angustioso y desesperante que precede a la muerte, y ahora que se encontraba sumergido en un estado de paz y quietud infinita, con su mente vagando por aquel mar de armonía y bienestar. Se negaba a abandonar aquella sensación tan agradable que jamás había sentido.


De pronto, las imágenes de su vida empezaron a correr, en lo que a él le pareció un segundo, como si se tratara de una película a cámara rápida y donde él era el único espectador y el principal protagonista. En ese corto período de tiempo pudo observar los momentos más importantes vividos en sus casi noventa años: desde su nacimiento, su primera comunión; su primer amor, con el que nunca llegó a casarse y con el que recordó lo fuerte que le latió el corazón la primera vez que pudo besar sus labios; sus primeras experiencias sexuales, etc. Después aquella maldita guerra y los años posteriores que partieron su vida…, su boda, el nacimiento de sus hijos, de sus nietos… En fin, un buen tomo de experiencias acumuladas.


“Me estoy muriendo —pensó—, esto lo he leído y oído muchas veces; ahora vendrá el paso por el túnel con la luz al fondo”. Y así sucedió: empezó a sentir que se deslizaba por un túnel en el que al final veía una luz, a la que deseaba llegar pronto porque el recorrido le producía cierto desasosiego. Al llegar a la claridad, después de abandonar la angostura del túnel, se llevó una gran sorpresa. Empezó a oír gritos, sintió cómo le cogían de las piernas y un fuerte dolor en sus nalgas. Quiso gritar y oyó su voz como el llanto desesperado de un bebé.


“¡Dios mío!, no me estoy muriendo, estoy naciendo. Mi mente se encuentra dentro del cerebro de un bebé. ¿Quiénes serán mis padres? A pesar de que hablo tres idiomas y comprendo otros tres, no entiendo lo que dicen, sus voces están distorsionadas; tampoco veo con claridad, sólo veo a mi alrededor gigantescas figuras difuminadas, moviéndose al tiempo que organizan un gran revuelo; debe ser que mis sentidos aún no están formados. Esto quiere decir que la reencarnación existe, pero aquí ha debido haber un fallo, porque yo no he pasado por ningún estado de nirvana: recuerdo todo. No quiero dejar de pensar. No quiero olvidar nada. Quiero crecer con mis recuerdos para comunicar al mundo cómo funciona el ciclo vital. ¿Qué sexo tendrá el bebé? ¿Y si es mujer? ¿Será, si fuese chica, la respuesta a la homosexualidad?... Porque a mí me gustan las mujeres. Menudo trauma sería tener la regla. ¡Qué cantidad de preguntas y divagaciones se acumulan en mi mente! No puedo controlar mi cuerpo, no puedo moverme. Tengo que calmarme y tener paciencia…, tengo que pensar con serenidad, si no acabaré volviéndome loco”.


Pero quizá no haya habido ningún fallo; quizá los siguientes meses se conviertan en lo que él llama nirvana, y sea ése el tiempo que le quede para olvidar que no se muere, que se vuelve a nacer.