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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

EL FARERO (Parte 5)

EL FARERO (Parte 5)

Plano del sótano primero

Nada más decir esto, David, después de despedirse del resto de compañeros, montó en su coche y salió a toda mecha en dirección a su ciudad, sin importarle radares de velocidad controlada ni nada. Sólo quería llegar a tiempo de poder ver a su hijo. Cuando llegó a casa de sus padres no recordaba el trayecto que había hecho de lo ensimismado que iba en el coche. Continuamente acariciaba la culata de su pistola reglamentaria, imaginando un secuestro y que se hallaba frente al secuestrador. Él tenía el convencimiento de que su mujer estaba viva… y no le había gustado la cara del farero.

 

Cuando llegó a casa de sus padres su hijo aún dormía y los abuelos se dirigieron a él indagándole con la mirada y sólo les salió la palabra “¿qué?”. Lo conocían muy bien y no esperaban respuesta. Empezaron a deambular por la casa con los ojos llorosos. Incluso su perra, una pastora alemana llamada Laika, que le regaló a Lourdes un policía de Aduanas porque no daba la talla para localizar drogas, tenía los ojos tristes y no se movió de una esquina, donde permaneció con las orejas tiesas, captando la tensión del ambiente y como si tuviese la intención de enterarse de algo.

 

Al levantarse Luis, lo primero que hizo fue preguntar por su madre, y el padre, haciendo de tripas corazón, le contó que a su madre se le había complicado el trabajo y seguramente tardaría unos días en volver y que él, hasta la vuelta de su madre, debería permanecer con los abuelos. Al chico le pareció muy raro porque su madre jamás había dormido ningún día fuera de casa, pero también sabía que su padre nunca le había mentido. Así que, de mala gana, aceptó la proposición del padre, máxime cuando había de por medio la promesa de un buen regalo a la vuelta de la madre. Nada más desayunar

Luis, su padre le acercó al colegio.

 

Desde allí fue a su cuartel, donde estuvo hablando con sus jefes y compañeros. Uno de ellos le sugirió que su perra sería de una gran ayuda para localizarla. Por lo menos marcaría el camino inicial que tomó Lourdes.

 

—Es cierto —dijo Daniel—, con el nerviosismo y las prisas olvidé llevarme a Laika.

 

Entró de nuevo en el despacho del jefe, le expuso el consejo que había recibido del compañero y le pidió de nuevo permiso para ausentarse. Su jefe le comunicó que se tomase el tiempo que necesitase y le deseó toda clase de suerte, lamentándose de que el hecho hubiese ocurrido fuera de su jurisdicción.

 

Daniel se dirigió a casa de sus padres, dejó el recado de que recogieran a Luis, puso la correa y el bozal a Laika y no esperó al día siguiente: se dirigió directamente al pueblo donde había desaparecido su mujer. Fue directamente al cuartelillo y ya Paco tenía el fichero del caso de la desaparición de la mujer del farero encima de la mesa.

 

La sorpresa fue mayúscula: había hecho una denuncia contra su mujer por abandono de hogar y nunca más se acercó a recabar información sobre la marcha de las investigaciones. Eso era todo lo que contenía el archivo; es decir, que no había hecho mención a la nota que le dejó la mujer. Mientras, Laika se mostraba nerviosa y hacía esfuerzos para salir a la calle. Una vez que la sacaron, la perra se dirigió al ayuntamiento, que estaba al lado de la policía; entró en los salones donde se había celebrado la fiesta, dio unas cuantas vueltas oliendo cada rincón y salió a la calle. Seguidamente enfiló la calle principal y se dirigió, olisqueando el suelo, hacia la costa. Primero fue al acantilado y después se dirigió directamente al edificio. El farero, escondido tras las cortinas de una ventana, no dejaba de observar los movimientos del animal. Esta vez no abrió la puerta ni se mostró tan amable; el sudor, a pesar del día tan fresco que hacía, corría por su frente. Abrió la ventana y, dirigiéndose a los dos policías, les gritó:

 

—¡Eh!, ustedes pueden pasar cuando quieran, pero el perro tendrán que dejarlo fuera porque soy alérgico a los perros.

 

—¿Cómo? —dijo Paco—. Cuando tu mujer vivía en el faro teníais un caniche.

 

—He dicho que el perro no entra, le tengo pánico a los perros grandes —ya no sabía qué excusa poner porque no estaba seguro de si la perra podría localizar a Lourdes, porque había oído muchas veces que perros habían localizado a personas enterradas por causa de cualquier terremoto.

 

—Tendremos que pedir una orden judicial. Sólo vas a conseguir retrasarlo un poco, pero la perra entrará —le dijo David.

 

—Le diré al alcalde que si eso sucede, que se vaya buscando un nuevo farero porque yo me marcho.

 

—Ése no es mi problema —dijo David—. Mi problema es que quiero que la perra entre.

 

Los dos policías se marcharon a buscar la orden judicial, ya que el faro estaba considerado como domicilio habitual y entrar por la fuerza hubiese sido un allanamiento de morada. Paco le comunicó a David que tendrían que esperar un día, si la cosa no se alargaba, porque el juez no se hallaba en el pueblo y se esperaba su regreso para dentro de uno o dos días. El marido de Lourdes estaba desesperado. Las muestras que daba la perra indicaban claramente que su mujer había estado allí. Pensó sacar la pistola, disparar a la cerradura y entrar por la fuerza, pero era consciente de que eso podría traerle unos problemas que seguramente le impedirían seguir buscando a Lourdes.

 

El farero estaba nervioso como nunca lo había estado y por su cabeza pasaban cientos de formas de solucionar el problema que tenía, pero buscaba una que no lo implicara en un secuestro y violación, que podría traerle graves consecuencias. Él sabía que tardarían en conseguir la orden judicial, como mínimo, dos días: ese era el tiempo que tenía para encontrar una solución para evitar que la perra la localizara. Tenía dos opciones: o despistar a la perra o deshacerse de la mujer. De momento, esa noche iba a disfrutar de aquella mujer, ya que sería absurdo haber estado preparando durante tanto tiempo su venganza como para ahora rendirse sin más. Se dirigió a su cuarto secreto y conectó las cámaras.

 

EL FARERO (Parte 4)

EL FARERO (Parte 4)

Planos de las plantas 1.ª y 2.ª, exactamente iguales

 

El zulo del faro que ocupaba Lourdes estaba vigilado por cinco cámaras ocultas que Ignacio controlaba desde un cuartito que no había mostrado a ella y cuya puerta estaba disimulada en una especie de armario giratorio. Así que cada movimiento de ella era minuciosamente observado por él. Esa noche el farero apenas había pegado ojo. Lourdes se había negado a cenar, pero bebió un vaso de agua, ya que tenía la boca seca y en cuyo interior Ignacio había diluido un fuerte relajante. Cuando éste, a través de las cámaras, observó que el medicamento había hecho su efecto, desplazó el suelo y empezó a descender lentamente. Lourdes permanecía tumbada en la cama, semiinconsciente. Sentía y veía lo que estaba pasando como si se tratase de una película borrosa donde ella, aunque lo intentara, no podía modificar en nada la acción que allí se estaba desarrollando. Le vio bajar la escalera y las piernas del farero se le antojaron inmensas de largas, mientras que éste se dirigía hacia ella y se sentaba en la cama. Le costaba mucho articular palabra, era como si su lengua se hubiese convertido en plomo o aumentado enormemente de tamaño. Logró articular una sola palabra: “¡cabrón!”.

 

La carcajada del farero penetró en su cerebro al igual que si estuviese sufriendo una terrible resaca. Él empezó a desnudarla muy despacio, recreándose en los vanos intentos de Lourdes por impedirlo. Ella era consciente de lo que estaba pasando, pero al final tuvo que abandonarse a la voluntad de aquel enfermo, que la manejaba como si se tratase de un fardo. Las fuerzas la habían abandonado. Una vez completamente desnuda, la violó de una forma tan brutal que parecía que más que buscar placer lo que buscaba era infligir un castigo. Una vez que acabó su cobarde acto, recogió la ropa de Lourdes y se la llevó con él para quemarla, mientras ella permanecía en la cama boca abajo, ahora completamente inconsciente.

 

Ya arriba, cerró el suelo y depositó la ropa de Lourdes en el fuego de la potente estufa de gas-oil con la que calentaba el faro, se duchó y se echó, vestido, en un camastro que tenía en el cuarto donde se hallaban los equipos técnicos de comunicación del faro. La potente luz seguía girando monótonamente y en toda la noche no se produjo ninguna incidencia. El sonido del despertador que se había puesto hizo que se incorporara enérgicamente, y, antes siquiera de lavarse, echó una mirada hacia la costa y hacia el pueblo.

 

No vio a nadie. Se aseó y descendió a la planta baja para hacerse un café, y llenó la cafetera porque esperaba alguna visita. No se equivocó, al levantar la mirada vio que por la calle principal del pueblo, precisamente la que conducía al faro, se acercaban dos hombres: uno vestido con el uniforme de policía local y otro de paisano.

 

Conoció al policía y abrió la puerta con celeridad:

 

—Buenos días, Paco… y compañía.

 

—Buenos días —le contestaron los dos al unísono.

 

—No he pegado ojo en toda la noche —mintió—. Todos los kilómetros de costa que alcanza este foco los he estado mirando continuamente con el telescopio y no he visto rastro de esa pobre mujer.

 

El policía, adelantándose hacia Ignacio, le tendió la mano y le dijo:

 

—Este señor es su marido, además de colega. Con eso quiero decirte que todo lo que hagamos por encontrar a su mujer es poco.

 

Ignacio dio la mano a David, marido de Lourdes, y le dijo:

 

—Siento mucho conocerle en estas circunstancias. Créame que entiendo perfectamente lo que siente, porque yo he pasado por la misma situación: mi mujer también desapareció —obvió decirle que él fue abandonado y no hizo mención al abandono de su mujer, término éste que desconocía incluso la policía—, pero pasad, acabo de hacer café y la mañana está muy fría.

 

Pasaron y tomaron café en la planta baja, después el marido quiso subir a la parte más alta del faro para ver él mismo si su mujer pudo caerse al mar, por dónde y por qué circunstancias. La verdad es que aquel acantilado era muy peligroso y el accidente pudo ocurrir en cualquier lugar, pero algo le decía en su interior que Lourdes, mujer atlética, que fue compañera suya en la policía desde que eran solteros hasta algunos años después de casarse, hubiese perfectamente detectado el peligro de acercarse demasiado a aquella costa. Salieron los dos policías para andar un poco por la costa para ver si conseguían localizar algún indicio que confirmara que a Lourdes se la había tragado el mar, mientras el farero, por la ventana, no apartaba los ojos de ellos.

 

David, dirigiéndose a su colega le dijo:

 

—No me gusta nada ese tío…, no me gusta su cara: tiene una expresión rara. Quisiera dos cosas: ver la denuncia y la investigación que se realizó cuando desapareció su mujer, y conseguir una orden judicial para registrar el faro a conciencia.

 

—Pero, hombre, Ignacio lleva en el faro desde que yo era un niño y jamás ha tenido problemas, exceptuando el de su mujer, pero si así lo quieres no creo que te pongan ninguna pega, ya has visto cómo nos ha invitado a pasar. En cuanto a lo de su mujer, ahora pediremos en el cuartelillo que nos proporcionen el archivo del caso.

 

—De acuerdo, pero lo de visitar el faro lo haremos mañana, porque tengo que volver a casa. Tengo un chico de siete años y han ido a recogerlo al colegio los abuelos y quisiera ser yo quien lo lleve esta mañana. Tendré que darle alguna explicación sobre su madre. Ya se me ocurrirá algo durante el camino. También tengo que pasarme por el cuartel.

 

—Como quieras, David, ya sabes que nos tienes a tu disposición. A ver si terminamos pronto con esta pesadilla. Me viene bien que vengas mañana, así me da tiempo de sobra para empaparme el archivo de la desaparición de la mujer del farero.

 

—Gracias, Paco, mañana nos vemos.

EL FARERO (Parte 3)

EL FARERO (Parte 3)

Plano de la planta baja del faro

En ese momento el miedo hizo mella en la mujer, pero recordando cómo hablaba de su mujer y las lágrimas resbalando por sus mejillas, pensó que el hombre estaba emocionado. Además, su compañera sabía que estaba en el faro (ella había oído dar el recado por teléfono); eso la relajó y empezó a bajar al segundo sótano. Él la seguía sin quitarse el pañuelo de los ojos, dándole a ella la impresión de que el recuerdo de su mujer le hacía llorar.

 

Nada más llegar al suelo él le asestó un golpe tremendo en la cara, que el cuerpo de Lourdes cayó en la cama como un fardo, y él empezó a subir las escaleras, mientras iba diciendo en voz alta:

 

—Esta habitación está por debajo del mar; tiene cierre automático imposible de abrir desde dentro si no es con un mando a distancia que nunca tendrás en tu poder si no me matas, porque ese mando va incluido en este reloj. Está tan insonorizada que ni siquiera una explosión de una bomba se oiría en el exterior. Bajaré a traerte comida y a hacer uso sexual de tu cuerpo cuando se me antoje. Así que vete cogiéndole cariño a la habitación,

porque en ella vas a pasar el resto de tus días.

 

En la cabeza de Lourdes se iba repitiendo, como un eco cada vez más lejano: “… el resto de tus días…, el resto de tus días…”. Una vez arriba volvió a girar la palometa y el suelo volvió a cerrarse de forma tal que nadie hubiese imaginado que allí debajo había otra habitación.

 

El farero, hombre muy inteligente, ingeniero electrónico, que había ejercido su profesión hasta que cierto día se le inflamó la vena bohemia y lo dejó todo para trasladarse a vivir al faro, lo que influyó bastante para que su mujer no dudara en abandonarlo ante la perspectiva de pasar en un faro de un pueblo sin vida el resto de sus días y renunciar a su vida social. Así que vio en aquel apuesto muchacho, que llegó al pueblo para realizar unas obras de infraestructuras, y que no dejaba de intentar mantener una relación con ella, la tabla de salvación para huir de aquel aburrido faro y de aquel marido que rozaba la esquizofrenia. No tuvo que pararse a pensar en nada: todo lo tenía planeado desde hacía mucho tiempo, y cada movimiento estudiado minuciosamente, con el fin de no cometer ningún fallo. La negativa de la viuda que regentaba el bar del pueblo a mantener relaciones con él, terminó de agudizar su problema y desde entonces sólo abandonaba el faro para hacer las compras semanales.

 

Se dirigió a una cesta de mimbre cuadrada donde guardaba los trapos de limpieza, cogió uno de ellos y empezó a limpiar todo lo que había tocado Lourdes: los pasamanos de las escaleras, el vaso donde tomó el refresco, la silla, la mesa… en fin, todo aquello que pudiese albergar alguna huella de ella. Después fregó el suelo con el mismo objetivo: hacer desaparecer las pisadas que no correspondieran a él. Cuando todo estaba seco, realizó el mismo itinerario, dejando sus huellas, que así quedarían como las únicas en el faro.

 

Mientras realizaba esta labor, con una sangre fría impresionante iba recordando lo mal que le había tratado el mundo y que había llegado la hora de devolverle a ese mundo el veneno que había vertido sobre él, sobre todo las mujeres. Desde la Universidad tuvo mala suerte con ellas, a pesar de tener un físico atractivo. Después el abandono de su mujer y la nota pidiéndole que no la buscara, que el verdadero amor le había llegado tan de repente y de una formas tan intensa, que no estaba dispuesta a perder ni un minuto más a su lado. Al leer la nota sintió la misma sensación que produce una hoja helada de un cuchillo clavándose en el corazón. Pero al fin el destino había puesto la venganza al

alcance de su mano. Aquello que había esperado tantos años, por fin lo podía disfrutar; se había presentado en el momento menos pensado.

 

En los salones del ayuntamiento ya había terminado la fiesta, con mayor éxito para unos que para otros, y la moderadora y el conductor del autocar se preguntaban por Lourdes, y la noticia de su ausencia corrió como un reguero de pólvora. Algunas mujeres reclamaban su derecho a volver a casa a la hora pactada, pero la mayoría estuvo de acuerdo en dar una batida por el pueblo para buscarla, ante el temor de que le hubiese pasado algo desagradable.

 

Todos salieron en su búsqueda, y el ruido que provocaban hizo que la pareja de ancianos que se cruzó con ella saliese de su casa y les comunicasen que la vieron dirigirse hacia el mar. Más de uno, al oír a los ancianos, sintió cómo el estómago le daba un vuelco, ya que en ese pueblo no había playa, sino un acantilado, donde se encontraba el faro, que iba descendiendo hacia unos riscos contra los que las olas golpeaban, convirtiendo aquel trozo de costa en un lugar peligroso.

 

El farero, al ver acercarse a tanta gente, puso en marcha la siguiente fase de su plan, que consistía en dar una clase magistral de cinismo. Abrió la puerta del faro y se dirigió al alcalde que encabezaba aquel grupo de personas, y con cara de asombro preguntó qué era lo que pasaba. Una vez puesto al corriente por el alcalde, el farero le invitó, junto al jefe de la policía local, sus compañeros y algunas personas más, a subir a lo más alto del faro, desde donde se podría divisar algo que diese una pista.

 

Así lo hicieron y, como es lógico, nada vieron. El farero se ofreció a poner la máxima atención por si veía algo, aparte de dedicar todo el tiempo que pudiese a esa labor. La gente continuaba recorriendo la costa, pero al no encontrar ningún indicio, desistieron, excepto sus compañeros, que llamaron a su marido por si ella, sin avisar a nadie, hubiese vuelto a casa.

 

Su esposo, con la normal preocupación, hizo que sus compañeros se informasen de si una mujer de las características de la suya había sido ingresada en algún hospital del entorno. Viendo que los resultados de las investigaciones eran negativos y la noche iba avanzando, pidió permiso a su jefe y se dirigió en su coche particular al pueblo donde desapareció Lourdes. Se dirigió directamente al cuartelillo de la policía local, donde le informaron de la carencia absolutas de pruebas, e incluso llegaron a insinuarle si la desaparición podía haber sido voluntaria. Él sabía cómo lo amaba su mujer y descartó la hipótesis.

EL FARERO (Parte 2)

EL FARERO (Parte 2)

Plano de la última planta del faro

 

Aquellas palabras ablandaron el corazón de Lourdes y pensó en la suerte que había tenido aquella mujer de haber sido amada de aquella forma tan sincera y tan profunda. En el fondo sintió lástima por él e incluso deseó abrazarlo para consolarle, pero el poco tiempo que hacía que lo conocía, frenaron sus deseos. Estuvieron charlando largo rato: ella contándole su vida y él mintiéndole en cada frase que pronunciaba. Lourdes miró el reloj y, haciendo un mohín, se levantó y dijo:

 

—No sabes lo a gusto que me encuentro aquí, pero mi compañera me estará echando de menos y lo mismo se asusta, aunque la fiesta quedó perfectamente encauzada.

 

Ignacio la siguió y una vez en la parte baja del faro, y sin relajar su sonrisa, le dijo:

 

—No te preocupes, ahora mismo llamo al ayuntamiento por teléfono y digo que vas enseguida. Perdóname por haber sido tan acaparador contigo, pero hace dos meses que aquí no viene nadie… desde que ella me dejó… —dejó en suspenso la frase para continuar— ¡Maldito cáncer! (ahora sí ponía cara de tristeza).

 

La realidad del farero era muy distinta: su mujer le abandonó hacía ya diez años; se había fugado con un hombre bastante más joven que él y nunca más supo de ella, convirtiéndolo en un misógino obsesivo que sólo pensaba en la venganza.

 

Ignacio se dirigió a un viejo teléfono que había en la pared del fondo y marcó los nueve números de rigor, pero el primer número que marcó fue el cero para asegurarse que no existía. La cinta de Telefónica dio el comunicado: “Telefónicas le informa que actualmente no existe ningún línea con dicho número”. Él hablaba fuerte para que sus palabras fuesen oídas por la mujer.

 

—Hola, Juani, soy Ignacio; hazme el favor de decirle a la monitora de la fiesta que su compañera, Lourdes, está conmigo en el faro y enseguida va para allá —hizo un breve silencio, como si oyera una contestación, y prosiguió—. Anda, anda, no seas guasona. Hasta luego, cuídate. 

 

Colgó el teléfono y se dirigió a Lourdes luciendo su sonrisa perenne, excepto cuando hablaba de la “muerte” de su mujer.

 

—Todo arreglado. La fiesta está en su apogeo y Juani dice que enseguida le dará el recado a tu compañera. O sea, que queda tiempo de sobra para que veas las curiosidades que conservo en esta parte baja. ¡Ah!, y ya sabes que en cuanto queráis, tu marido y tú podéis visitar el faro.

 

—Gracias…, de todas formas, el tiempo se me está pasando muy rápido.

 

—Mira, aquí tengo la cocina donde ahora me toca guisar, la mesa donde como. También tengo un sótano donde se encuentra el dormitorio que utilizaba con mi mujer y ahora, para mí solo, se me hace inmensa la cama y… en fin… todo sin ella me parece un martirio continuo. Ha sido demasiado castigo el que he sufrido con su muerte.

 

Al decir esta frase, dos lágrimas de cocodrilo resbalaron por sus mejillas, mediante un truco bastante sencillo utilizado por los actores para el rodaje de escenas dramáticas. Lourdes intentaba consolarle como podía, pero él insistía en el dolor que sentía.

 

—Perdona que no te enseñe el dormitorio; no creo que sea correcto que otra mujer entre donde yo le prometí que jamás lo haría.

 

—No te preocupes —dijo Lourdes—, es igual; si llego a saber que mi presencia aquí te

haría pasar este mal rato, ni siquiera me hubiese acercado al faro.

 

—¡Qué leches! (perdón). Arriba te dije que sólo te miraría con ojos de amigo, y a ella le prometí otra cosa muy distinta. Así que te lo voy a enseñar, porque pienso que eso hará bien a este continuo dolor que siento.

 

Lourdes no sabía qué decir ni qué hacer ante la actitud de Ignacio, así que antes de que se le pusiera de rodillas llorando, empezó a bajar las escaleras del sótano. Él la seguía mientras con un pañuelo se frotaba los ojos con la doble intención de que diese la impresión de secarse al mismo tiempo que se los enrojecía. Una vez abajo él empezó a explicarle cosas del dormitorio.

 

—Por favor, no toques la cama; no podría resistir la visión de otra mujer acercándose a ese lecho que tantas horas de felicidad nos proporcionó.

 

Lourdes casi no respiraba. De lo que estaba segura es de que aquel hombre había tenido y tenía obsesión por su “viuda”.

 

—Yo soy un “manitas”. Todo lo que hay dentro del faro lo he construido yo, incluido los muebles, y aún le tenía reservada una sorpresa que se fue de este mundo sin que le diera tiempo a verla. Me llevó años concluirla, pero estaba a falta, cuando ella murió, de los retoques finales. No sabes la pena que tengo porque ella no pudo utilizarlo.

 

Al pronunciar esta frase, cambió de posición una palometa que se encontraba detrás de una tubería de agua y parte del suelo empezó a retirarse, dejando ver otra habitación debajo del sótano. La habitación, que era pequeña y redonda, contenía una cama en el centro y una ducha y los sanitarios de un cuarto de baño pegados a la pared. Él le hizo un ademán para que descendiera por la escalera.

 

—Vas a ser la primera, y creo que la última persona que la veas, porque tú me has comprendido, te he visto sensible con mi dolor; he visto en ti cara de buena persona y porque no eres de este maldito pueblo en el que jamás he encontrado ningún tipo de apoyo.

 

 

EL FARERO (Parte 1)

EL FARERO (Parte 1)

 

Aquel autocar lleno de mujeres alborotadas por la emoción llegó por fin a su destino: un pueblecito costero, donde su alcalde había organizado, con la colaboración de una empresa dedicada a tales eventos, lo que se ha dado en llamar una “Caravana de Mujeres”. Se trataba de organizar una jornada lúdica con el fin bastante loable de aumentar el número de parejas, ya que en el pueblo los hombres solteros y viudos superaba con creces a las mujeres en el mismo estado civil, por lo que los nacimientos eran cada vez más escasos y la media de la población, por tanto, iba envejeciendo.

 

Fueron agasajadas en los salones del ayuntamiento por el alcalde, acompañado por todos los solteros y viudos del pueblo, vestidos con sus mejores galas domingueras, perfumados y luciendo sus mejores sonrisas, con la esperanza de que algunas de aquellas mujeres lo sacara de su estado de soledad y (¿por qué no decirlo?) abstinencia sexual. Sólo faltaba un soltero, un hombre amargado, solitario, introvertido y con una gran capacidad para engañar a las personas: el farero. Él observaba desde su faro el movimiento que se producía en el pueblo, sin tener idea de que iba a convertirse en el protagonista de los acontecimientos que estaban a punto de producirse.

 

Lourdes, una de las monitoras, sin duda la mujer más bella y atractiva que había transportado el autocar, una vez organizada la fiesta, le comunicó a su compañera que iba a salir a dar un paseo, porque le dolía un poco la cabeza y quería despejarse con el olor del mar. Salió del ayuntamiento y encontró las calles del pueblo vacías, y en su caminar hacia el mar sólo se cruzó con una pareja de ancianos, sentados en la puerta de su casa, que la saludaron muy educadamente.

 

Mientras caminaba, absorta en sus pensamientos intrascendentes, no reparó que era observada atentamente desde una de las ventanas del faro. Al llegar cerca del edificio, se abrió la puerta de éste y apareció el farero, que, como dije antes, era un especialista en mostrar un carácter muy distinto al que en realidad tenía. Destacaba su gran poder de convicción; sobre todo, con las mujeres, era un “piquito de oro”.

 

—Señora, es muy peligroso acercarse al acantilado; si desea contemplar el mar le ofrezco subir al faro, aunque deberá cobrarle por la maravillosa vista que va a contemplar y por la gimnasia que va a tener que hacer para subir esta vieja escalera de caracol.

 

Al decir esto esbozaba una amplia y generosa sonrisa y con su mano derecha señalaba la puerta de aquella antigua construcción que servía de guía nocturna a los barcos.

 

—Muchas gracias, pero sólo quería pasar un rato a solas, despejar un poco mi cabeza y, sobre todo, respirar esta maravillosa brisa marina.

 

—No encontrará un sitio mejor ni más adecuado para llevar a cabo sus objetivos que la parte superior del faro. Es una sensación extraordinaria, al alcance de muy poca gente. Yo que usted, no perdería la oportunidad, y así jamás tendría que preguntarme cómo se vería el batir de las olas del mar sobre las rocas desde esa distancia, vistas desde un faro.

 

No dejaba de mostrar su sonrisa, que a cualquiera podría hacerle pensar que era sincera, y así, poco a poco, fue consiguiendo que la mujer se relajara y la desconfianza del principio fuese transformándose en simpatía hacia el desconocido. Decidió entrar en el faro, y él, sin perder la sonrisa, se ofreció a subir primero, ya que ella llevaba puesta una falda y, dada la inclinación de la escalera, no quería que se sintiese incómoda por ser observada desde la parte posterior. Con este detalle la mujer terminó de abandonar su desconfianza.

 

—Bueno, perdona por mi torpeza, ni siquiera me he presentado: me llamo Ignacio y estoy encantado de conocerte.

 

—Yo soy Lourdes y también para mí es un placer haberte conocido. Estoy casada con un policía local de un pueblo cercano y soy monitora de la empresa que ha contratado el ayuntamiento para la realización de la “Caravana de Mujeres”. Aparte de eso, tengo un hijo de siete años.

 

Yo, desgraciadamente, soy viudo desde hace solamente dos meses mintió Ignacio, y no creo que jamás pueda mirar a otra mujer con ojos que no sean de amigo. Ella era mi vida y nadie ocupará jamás su lugar; y voy a hacerte una confesión: en más de una noche de soledad he pensado dejar mi vida junto a las espumas que bañan la roca.

 

 

 

CALLE MONTELEÓN

CALLE MONTELEÓN

 

Trabajé en la calle Monteleón, donde componíamos libros para diversas editoriales. Éramos sólo nueve personas en el taller, incluyendo al encargado, un andaluz de un pueblo cordobés con una espalda como un armario de cuatro puertas, unos brazos como columnas y una fuerza descomunal.

 

Este hombre y yo manteníamos una gran amistad y desayunábamos y comíamos siempre juntos. En cierta ocasión fuimos, como de costumbre, al bar de Malasaña donde había un cliente que hablaba con un tono de voz muy elevado, quizá, causa de alguna cerveza de más:

 

—Soy cinturón negro de judo, II Dan, y me apuesto con quien quiera que si yo le hago una llave en el cuello es imposible que se libre de ella, pero si él me la hace a mí, no tardo nada en liberarme.

 

Todo el bar permanecía en silencio esperando acontecimientos. De pronto mi amigo, que no se callaba ni debajo del agua, le dijo:

 

—¿Y qué te apuestas?

 

—Lo que tú quieras.

 

—¿Hace tres raciones de gambas y tres tubos de cerveza?

 

—Hecho.

 

Se dieron la mano (el otro le hizo una reverencia) y mi amigo le dijo que él iba a hacer la llave. El judoka quedó de acuerdo y pidió que dejasen espacio libre en el centro del local. Mi compañero le abrazó el cuello con un brazo, pero con tanta fuerza, que el II Dan cayó al suelo sin conocimiento. El dueño del bar quería llamar al SAMUR, pero mi amigo se opuso rotundamente:

 

—Si se lo lleva el SAMUR, pagas tú.

 

Así que echándole un poco de agua se fue reanimando y al final pagó, ya lo creo que pagó.

 

—::—

 

En el taller, la máquina que yo utilizaba era la que estaba más cercana a la calle. De pronto siento un jaleo impresionante de voces y advierto a mi amigo de que algo grave está pasando. Salimos fuera y vimos que un hombre joven quería pegar al dueño del taller, un anciano de casi ochenta años.

 

Antonio, el encargado, permanecía de pie, observando la escena mientras se comía una naranja. Yo le di un empujón al agresor y metí al dueño del taller dentro, pero el tío seguía envalentonado dando voces.

 

—Si no me pagas, te voy a destrozar el coche.

 

—No pienso darte ni un duro porque no habéis cumplido el contrato.

 

Ni corto ni perezoso se dirigió al coche y empezó a darle patadas, y ahí fue donde actuó Antonio:

 

—Eh, mira, la calle es cuesta, tira pa’bajo que avanzas más.

 

El otro seguía a su faena, que fue cortada de una leche tan impresionante que le hizo retroceder hacia atrás hasta que la pared de enfrente lo paró y quedó sentado en el suelo (Monteleón es una calle estrecha). Antonio no tuvo que repetir nada; el individuo se levantó y se fue calle abajo limpiándose la sangre.

 

—::—

 

El colmo fue una tarde que salimos de trabajar y nos dirigíamos a la calle San Vicente (antes Onésimo Redondo —para los de Madrid—), cuando al llegar a la altura de la plaza del 2 de Mayo había dos chavales, de los llamados pasotas, liados a gritos el uno con el otro. Mi amigo me dijo:

 

—Espérate, que éstos son unos pringaos y verás cómo no se pegan.

 

—Venga, Antonio, coño, vámonos.

 

Los chavales seguían con un vocerío impresionante:

 

—Te voy a machacar, cabrón.

 

—No tienes cojones.

 

—¿Qué no? Suelta el palo que llevas en la mano, si eres hombre.

 

Mi amigo, con los brazos cruzados, al lado de los dos; yo me mantenía más alejado, deseando que terminase el espectáculo para volver a casa.

 

—Coja usted el palo un momento, que se va a enterar éste.

 

Al decir esto, le alargó el palo a mi amigo, que lo cogió, y una vez en su mano, el chaval tiró del palo y éste llevaba una mierda de perro en la punta, que quedó pegada en la mano de mi amigo. Los chavales empezaron a correr a toda leche, y desde el otro extremo de la plaza del 2 de Mayo se partían de risa. Mi amigo se limpiaba como podía mientras ladraba en arameo. De pronto se paró, se me quedó mirando muy fijo y me dijo:

 

—Como cuentes esto, te arranco la cabeza.

 

Y, claro, yo no lo conté… hasta el día siguiente por la mañana.

 

 

DIÁLOGOS CON MI PULPO

DIÁLOGOS CON MI PULPO

LA ESTATUA DE FRANCO

 

—Hola, Pulpito, ¡qué mala cara traes hoy!

 

—No me hables, Discóbolo, vengo de la manifestación en contra de la retirada de la estatua de Franco.

 

—Ah, pues yo lo veo muy bien, esa estatua del Dictador no pinta nada delante de los Ministerios, ni en ningún sitio. Sólo trae malos recuerdos de una etapa negra de nuestra historia.

 

—Pero negra o blanca, es nuestra historia. ¿O tenemos que cargarnos todo lo que nos recuerde malas etapas?

 

—Mira, Pulpito, esa estatua se puso ahí porque lo ordenó el señor que mandaba entonces, y nadie protestó. Ahora se quita porque lo ordena el señor que manda, así que no sé por qué protestas.

 

—No se puede olvidar la Historia, buena o mala, así que si se quita esa estatua deberían quitarse la de tantos reyezuelos que exprimieron al pueblo, empezando por los Reyes Católicos, sus ascendientes y descendientes.

 

—No exageres, Pulpito, con esos reyes que tú dices, España llegó a ser el Imperio más grande de la Tierra.

 

—Sí, a costa de la sangre de los españoles. Así que si empezamos a quitar estatuas y símbolos que recuerden malos tiempos para los españoles, puedo darte una lista.

 

—Empecemos por el Valle de los Caídos, Pulpito.

 

—Estupendo, Discóbolo, y, por poner sólo dos ejemplos: los romanos nos invadieron, destruyeron nuestra cultura, asesinaron, violaron, hicieron esclavos y toda clase de barbaridades. Los árabes no se quedaron atrás. Así que destruyamos todo lo que nos lo recuerde, cualquier vestigio de su paso por España, incluidos el acueducto de Segovia, la mezquita de Córdoba, la Alhambra de Granada, etc. Y puestos a olvidar lo nefasto de nuestra Historia, olvidemos a la Santa Inquisición, así que fuera todo lo que nos lo recuerde: iglesias, catedrales, monasterios...

 

—Esto es diferente, Pulpo, muchas personas damnificadas siguen vivas.

 

—Pues nada, que sigan con homenajes a los camaradas que daban los paseíllos a los que después fusilaban, que todos sus damnificados están muertos y además eran menos españoles, y que borren todo lo que recuerde a Franco: que dinamiten los pantanos, hospitales, carreteras, universidades, etc., construidos bajo su mandato; que anulen la validez de los títulos universitarios, los permisos de conducir que se otorgaron desde 1939 a 1975, e incluso los matrimonios que se celebraron en ese período.

 

—Pulpito, se te nota mucho que hoy no has recibido tu dosis de metadona.

 

—Menos mal que aún queda gente honesta consigo misma. Sin ir más lejos, una amiga me ha comunicado que en Santander hay una plaza que la llaman la “Plaza de los seis huevos”, donde aún no se ha quitado la estatua de Franco montado a caballo. Los “seis huevos” se reparten así: dos, del caballo; dos, de Franco, y dos, del alcalde que no permite que la tiren.

 

—Vete ya, Pulpito, y cuidado no pierdas el carné de facha.

 

 

DIÁLOGOS CON MI PULPO

DIÁLOGOS CON MI PULPO

 

EL AMOR

 

—Buenos días, Discóbolo, hoy quiero que me hables del amor.

 

—Cada día me lo pones más difícil, Pulpito: el amor es muy difícil de definir. Principalmente es un sentimiento muy intenso hacia otra persona, una entrega total sin esperar nada a cambio, un querer desear que esa persona sea la más feliz del mundo.

 

—Según esa definición, ¿debo dejar que mi pulpita se tire a Mister Pulpo 2008 porque eso la haría muy feliz?

 

—No digas barbaridades, para eso te tiene a ti.

 

—Es decir, que disfrute todo lo que quiera, pero conmigo, bajo mi control. ¿Eso no es egoísmo y posesión?

 

—Pulpito, no me líes.

 

—Verás, yo es que estoy enamorado de una pulpita y eso que ya estoy casado.

 

—Eso no es amor, Pulpito, eso es un espejismo, un deseo. No se puede estar enamorado de más de una persona a la vez. Si tienes esos sentimientos es porque verdaderamente no amas a tu mujer.

 

—Mira, Discóbolo, los pulpos somos polígamos por naturaleza, y espero que las leyes de la sociedad y de las religiones no lleguen nunca al río.

 

—Vale, Pulpito, mañana me preguntas por la eutanasia.