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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

I M A G Í N A T E

I M A G Í N A T E

 

Imagínate...

 

          una noche plateada por la luna,

          dos cuerpos que se funden sin reparos,

          dos almas que parecen sólo una,

          que disipan de momento los nublados,

          y se colman para siempre de fortuna.

 

Imagínate...

 

          una noche en el tiempo detenida,

          un torrente de pasión incontrolado,

          una mujer, de deseo, enfebrecida,

          el quejido de un mortal enamorado

          en el éxtasis más puro de la vida.

 

Imagínate...

 

          una tierra trabajada por hermanos,

          unos surcos impregnados de ilusiones,

          una lluvia que amamanta los sembrados,

          la cosecha conseguida con sudores

          que alimenta, generosa, a los humanos.

 

Imagínate...

 

          junto al mar, una brisa sosegada,

          un amor que comienza su andadura

          bajo el cielo de una noche deseada;

          dos ilusiones que se abrazan con ternura

          y la esperanza por el tiempo no truncada.

 

Imagínate...

 

          una vida que el tiempo ya ha consumido,

          mil recuerdos agolpados en la memoria,

          frustración  por los momentos no vividos,

          impotencia por no poder cambiar la historia

          y conseguir los deseos no conseguidos.

 

 

 

MI PUEBLO

MI PUEBLO

 

 

¡Ay, morena, como te pille el “Agapito”!

 

 

Mi pueblo es muy pequeño; llamarlo pueblo es exagerar. Ya no hay jóvenes, todos se fueron a las grandes ciudades para buscar  un futuro mejor; sólo quedamos una veintena de personas mayores apegados a nuestra tierra, nuestra barquita, nuestras tertulias y las partidas por las tarde en el café de Paco. Aquí nos conocemos todos los vecinos, las puertas de las casas permanecen abiertas durante todo el día porque no hay de quién protegerse. Somos un colectivo solidario que se preocupa de los problemas de cada uno de nosotros.

 

Como todo pueblo, tiene sus características especiales, y  éste, aparte del mar y de sus campos, tenemos un burro que se llama “Agapito”, y aunque su propietario es Nemesio, está adoptado por todos porque no hay vecino que no haya tenido alguna vez la necesidad de la colaboración de “Agapito”.  Aunque parezca una contradicción, es un burro inteligente, al que no le ponemos de alcalde porque no sabe hablar; siempre es mejor un burro inteligente, que un inteligente, burro.

 

“Agapito” ya es famoso en toda la región, y es que tiene una peculiaridad que, pienso yo, no creo que la tenga ningún otro congénere suyo, o sí, ¡vaya usted a saber!, y es que tiene querencia por las turistas que en el caluroso mes de agosto se dejan ver por el pueblo buscando la playa. Además es selectivo, sólo le gustan las morenas, a las rubias las ignora.

 

 

D I V A G A C I O N E S

D I V A G A C I O N E S

 

Me estoy mirando las rayas de la palma de la mano y no consigo descifrar nada. La raya llamada “de la vida” la tengo larga, casi me llega a la muñeca, pero un poco antes se parte en dos; en fin, que la quiromancia no es lo mío.

 

Y es que hay veces y en determinadas circunstancias en las que uno se agarraría a un clavo ardiendo para salvarse, y no es el miedo, lo juro: es el querer adelantarme a lo desconocido. Creo que los humanos tenemos una lucha contra la genética, contra nuestra memoria colectiva como Humanidad a través de los siglos y milenios, y digo memoria colectiva, que no histórica, que no está la cosa como para gilipolleces mañaneras.

 

Estuve leyendo algo que, dentro de mi ignorancia, lo había barruntado. Resulta que el miedo, asco o aversión que tienen las personas a algunos animales (serpientes, ratas, cucarachas, arañas, etc.) es consecuencia de episodios sufridos por nuestros antepasados. Por ejemplo, las arañas y las serpientes eran bichos capacitados para subir a los árboles donde dormían los primeros humanos (monos) para, como se diría hoy, dar por culo al personal. Ese temor se ha ido transmitiendo de generación en generación y aún hoy nos queda la reminiscencia.

 

También la mayor religiosidad de unos pueblos sobre otros es cuestión de genética. La predisposición a creer en dioses o negarlos, a matar y morir por ellos, a ignorarlos... Pero no tenemos nada que nos diga cómo es el paso de la vida a la muerte; o de la muerte a la vida, como afirman algunos.

 

Y eso es lo que causa temor: la ignorancia, el no saber qué te vas a encontrar, si es que encuentras algo, porque por mucho que se tenga una fe, una creencia en algo, siempre te queda la duda de cómo será, y viceversa: he visto muchos ateos “convencidos”, agarrarse a un crucifijo para recibir la extrema unción in artículo mortis (a punto de morir).

 

He empezado hablando de quiromancia y he terminado haciendo conjeturas divagantes. Espero que lo mío no sea genético por el bien de mis descendientes.

 

 

 

LETANÍA DE LOS SOLTEROS

LETANÍA DE LOS SOLTEROS

 

 

Todos con gran devoción y esperanza de salvarnos

recemos esta oración por si quieren escucharnos.

 

Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.

 

Si de penas los solteros quisierais veros librados

escuchar con atención las quejas de los casados.

 

Pues son cosas tan horribles que parecen del demonio,

las que sufren los idiotas que entran en el matrimonio;

y si metemos la pata ya no podremos quejarnos....

 

Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.

 

¡Oh, qué tormentos más crueles para los pobres casados...

... esa sucesión continua de los días de mercado,

con la bolsa de la compra y los bolsillos pelados;

tal vez a pasar vergüenza porque no quieran fiarnos!

 

Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.

 

Tal vez volver a la casa donde espera la mujer

y los mocosos llorando... y estando todo tan caro;

es mejor morir solteros que a esas penas arriesgarnos.

 

Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.

 

¡Oh, qué suplicio, qué pena, qué dolor ver la tormenta

de pagos a fin de mes, de gas, de agua, de sirvienta,

del alquiler de la casa que, aunque es un recibo sucio,

hay que correr a pagarlo por temor al desahucio!

 

Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.

 

Antes que esposa y mujer del matrimonio el ara

preferimos aguantar un cuchillazo en la cara,

cólera, peste o tifus que nos despachara,

o quedar bajo un camión de recoger con cuchara.

Eso sin vagos recelos y sin temor enviarnos...

 

Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.

 

Antes que el yugo de esposa, la soga del ahorcado,

el cadalso es poca cosa, ¡el martirio del casado!

Las siete plagas de Egipto mejor es mil veces, mil,

piojos, acné juvenil, la sarna... todo es poquito

antes que ir al mercado, porque es oficio de asnos.

 

Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.

 

Antes que dulcimeneo sufrir mil cosas malignas,

o que nos piquen las pulgas en las partes más indignas,

y causen escaldaduras que tengamos que ir gateando,

o que andemos con muletas antes que el cura nos rece

del matrimonio los salmos.

 

Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.

 

Antes de oír calladitos la Epístola de San Pablo,

que nos persiga algún duende o que nos tiente un diablo.

Que una bruja nos asuste y no nos deje dormir,

y que un fantasma nos corra aunque nos haga morir,

pues todo esto es preferible que a una mujer obligarnos.

 

Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.

 

Más bien que esposa un laxante que nos saque hasta la lengua,

un pisotón sin calmante, un viaje a pie de cien leguas,

un catarro, mucha tos, el dolor de siete muelas,

nueve años de hospital, que nos declaren en quiebra;

esas insignificancias mejor que mujer enviarnos.

 

Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.

 

Antes que esposa una chiva que nos parta por el eje

y que tendido nos deje bien feos patas arriba,

destripados, boquiabiertos y con los ojos volteados,

los intestinos salidos y los calzones rajados.

Danos, mi Dios, todo esto, más nunca jamás casados.

 

Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.

 

Y, por fin, santos devotos de Nuestra Madre María,

dejadnos en soltería hasta los tiempos remotos

en que ya de puros viejos y con los calzones rotos

nos caigamos en la tumba o nos mate un terremoto.

Llenos de satisfacción queremos así acabarnos....

 

Santos que estáis en los cielos, del matrimonio librarnos.

 

 

Copiado por esos andurriales...

 

 

 

P E S A D I L L A

P E S A D I L L A

 

Una pesadilla. Si te asustan los relatos de terror, no leas éste.

 

Me encontraba yo viviendo en Marruecos y en ese momento reunido con un grupo de amigos a los que le comentaba mi intención de comprar algunos productos españoles que vendían de contrabando. Mis amigos comenzaron a encargarme cosas y me daban dinero para pagarlos, así que reuní una buena cantidad de dinero. Esta operación estaba siendo observada por tres individuos que, una vez que emprendí mi camino, me siguieron hasta encontrar el lugar adecuado para atacarme y robarme el dinero.

 

No estaba dispuesto a permitir que me despojaran del dinero de mis amigos, así que la resistencia y la lucha fueron terribles, hasta el punto de que conseguí matar a dos de los tres asaltantes, pero ya sin fuerzas y asustado decidí huir del tercero que me seguía amenazándome con perseguirme hasta mi casa para, una vez conseguida la dirección, denunciarme a la policía marroquí. La idea de pisar una cárcel de Marruecos me asustaba tanto que hice un sobreesfuerzo y conseguí despistar a mi perseguidor.

 

Me dirigí hacia mi casa, que se encontraba ubicada en la parte más alta de una calle en pendiente. Antes de acceder al portal había que subir unos cuantos escalones. Comencé a subirlos con toda la rapidez que me permitían mis cansadas piernas y, al llegar mi vista a contemplar el suelo del portal, mi estómago se encogió provocándome una arcada que estuvo a punto de hacerme vomitar.

 

Aquella visión me paralizó. Allí, arrastrándose por el suelo, se encontraba la cabeza decapitada de mi vecina, dejando sobre el suelo una estela de sangre viscosa que se me antojaba demasiado negra. La cabeza, con los ojos desorbitados, dirigiéndose a mí, me dijo:

 

—No subas, que está loca.

 

Nada más oír estas palabras, sentí un inmenso golpe en la contrapuerta del portal y allí apareció mi otra vecina; ésta era más joven, pero al contemplarla quedé petrificado: estaba completamente despeinada, sus ojos aparecían ensangrentados; sus ojeras eran de color lila, rozando el morado, y sus labios presentaban un color amarillento blanquecino y estaban completamente resecos.

 

Y ella, cogiendo la cabeza por el cabello la lanzó todo lo lejos que pudo mientras gritaba:

 

—Esta bruja le ha contado todo a mi marido.

 

Yo no sabía qué hacer ni cómo reaccionar, mientras veía la cabeza rodar calle abajo. Ella se dirigió hacia mí como si no hubiese pasado nada, acercó su boca a mi mejilla y me besó.

 

—¡Qué fría estás!

 

—Es que estoy muerta.

 

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, y aún hoy al recordarlo lo vuelvo a sentir.

 

 

A MI HIJO LUIS MIGUEL

A MI HIJO LUIS MIGUEL

 

                         Hijo, mi sangre corre por tus venas,

                         tus llantos y alegrías son los míos;

                         yo sufro si tú tienes problemas

                         si tú te ríes, hijo, yo me río.

 

                         Siento ansiedad y angustia por quererte,

                         aunque pocas veces te lo diga,

                         pero quiero dejarlo aquí patente

                         para que no digas jamás que se te olvida.

 

                         Somos los dos parcos en expresiones,

                         pero importa más el sentimiento;

                         tenemos los dos buenas razones:

                         yo sé lo que tú sientes, y tú lo que yo siento.

 

 

T R A V E S U R A S

T R A V E S U R A S

 

Recibir un regalo de Reyes era un lujo hawaiano, pero los hados se compadecieron de nosotros y uno de mis amigos consiguió una pelota de goma de un tamaño respetable: una gozada.

 

Nosotros, naturalmente, jugábamos en la calle, ya que el tráfico era casi nulo, y las porterías las poníamos en las aceras, debajo de las ventanas de los pisos bajos. Cierto día, en pleno partido, salió el señor que vivía en uno de estos pisos, que ya era un anciano el hombre, y cogió la pelota, con la siguiente amenaza:

 

—Si vuestros padres no me pagan los cristales que me habéis roto, no os devuelvo la pelota.

 

Blancos nos quedamos. Veíamos cómo se esfumaba la pelota, ya que cualquiera era el valiente que le decía a su padre que había roto unos cristales y tenía que pagarlos.

 

—La pelota me la pagáis entre todos o mi padre me mata.

 

—Calla, hombre, vamos a pensar una idea para que el viejo nos la devuelva. Y así lo hicimos. Estuvimos un buen rato examinando la mejor forma, y por fin quedamos de acuerdo: hostigar al abuelo hasta que cediera.

 

La estrategia consistía en varios puntos, y pusimos en marcha el primero. Se trataba de cazar unas cuantas lagartijas y amarrarles a la espalda un petardo con un hilo. Como he dicho antes, las ventanas daban a la calle, y allí, debajo de una de ellas, permanecíamos tres amigos agachados con la munición preparada; otro tocaba con un palo en el cristal, y a la señal que nos emitía el quinto, que estaba escondido enfrente, de que el viejo había abierto la ventana, los que estaban agachados encendían los petardos y lanzaban dentro la bomba-lagartija. Entre la “mascletà” y los trozos de lagartija pegados por toda la habitación, los abuelos gritaban histéricamente.

 

Inmediatamente nos poníamos enfrente, todos en formación y gritando:

 

—¡Queremos la pelota! ¡Queremos la pelota!

 

Los abuelos se acordaron de toda nuestra familia, nos amenazaron de mil formas y cerraron la ventana. El punto primero no había surtido efecto y pasamos al segundo casi sin darles tiempo para recuperarse. Este punto era especial, no podía fallar. Cogimos una caja de zapatos e hicimos dentro nuestras necesidades fisiológicas, para decirlo de una manera fina, nos cagamos todos en la caja, pusimos dentro a Pascual, nuestra mascota: un sapo cabezón, y colocamos la caja boca abajo delante de la puerta; llamamos y salimos corriendo.

 

El hombre, al ver la caja, lo primero que hizo fue darle una patada y llenarse el zapato hasta el tacón, mientras que Pascual entró en su recibidor dando saltos y poniéndolo todo perdido. La mujer estuvo haciendo virguerías para limpiar aquello y nosotros nos fuimos a nuestros puestos a dar las voces de rigor:

 

—¡Queremos la pelota! ¡Queremos la pelota!

 

Al ratito se abrió la ventana y la pelota vino hacia nosotros botando despacio, con calma, como si fuese una prenda que entrega el enemigo vencido. Me dio mucha pena aquel hombre; siento remordimientos de conciencia cuando me acuerdo, pero sólo de él, la mujer tenía una boca para pedírsela prestada para una pelea.

 

 

ABURRIMIENTO

ABURRIMIENTO

 

La noche avanzaba y al mismo ritmo mi aburrimiento. La televisión no ofrecía nada interesante. Encendí mi PC y entré en el chat. Puse en funcionamiento mi detector de mujeres inteligentes, simpáticas, agradables y amenas, es decir, las que tienen un buen culo. El detector se deslizaba suavemente sobre la lista de usuarios y, de repente, empezó a emitir su sonido característico: bip, bip, bip... La suerte me había sonreído, ella estaba allí, esperándome.

 

Nervioso, con una taquicardia producida por la emoción, me precipité a pinchar dos veces sobre su nick y apareció su ventanita en mi pantalla. Le dije: “Hola, soy Discóbolo”; me dedicó una sonrisa amplia, generosa, seductora; la miré a los ojos como si quisiera dejar grabada esa visión en mi mente.

 

Estuvimos hablando el tiempo suficiente para conocernos a fondo (unos diez minutos) y pasó lo que tenía que pasar: en un arrebato de pasión incontrolada le hice la pregunta que me estaba quemando toda la noche: “¿En tu casa o en la mía?”.

 

No le dio tiempo a contestarme porque Iberdrola decidió cortar el suministro eléctrico en el distrito 28024. Fue un apagón que duró escasamente dos minutos, pero fue suficiente para que al volver ella hubiese desaparecido.

 

Y, como dice la canción de Raphael, “yo no he vuelto a encontrarla jamás, desde aquel día”.