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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

DIÁLOGOS CON MI PULPO

DIÁLOGOS CON MI PULPO

PULPO CHATERO

 

— Hola, Discóbolo, buenos días.

 

— ¿Qué historia me vas a contar hoy, Pulpito?

 

— He aprendido a chatear y, sin pretenderlo, me he convertido en el contertulio preferido de las damas.

 

— ¿De todas?

 

— Sí, verás: como sabes, soy un pulpo de agua dulce, vivo en el río y me deslizo a través de las tuberías invadiendo los hogares donde haya alguna mujer sentada frente a un ordenador. Una vez dentro de sus casas me apodero de su alma, de su mente y de su cuerpo. A veces pienso que mi actitud no es correcta, que no me pertenecen, pero… ¿qué quieres que haga?, tengo lo que he bautizado como cibercarisma.

 

— Tú lo que tienes es una imaginación fabulosa para inventarte historias en las que siempre eres el héroe y tu cibercarisma sólo existe en tu mente.

 

— Es evidente que me tienes envidia, Discóbolo. Pero no te preocupes, te enseñaré mis refinadas tácticas de seducción. La primera es decirles lo que ellas quieren oír: a las feas, guapas; a las guapas, inteligentes; a las tontas, listas; a las inteligentes, paletas. Claro que para esto hay que ser un gran psicólogo, cosa que está muy lejos de tus posibilidades. Además, mentir, siempre mentir. Yo en el chat puedo ser alto, moreno, ojos verdes… siempre dependiendo del gusto de mi poseída.

— No puedo dar crédito a lo que oigo. ¿Cómo puedes ser tan machista? ¿Cómo menosprecias la inteligencia de las mujeres? ¿No te has enterado que estamos en el siglo XXI y son mayoría en las universidades? Lo único que falta oír de ti es que eres también racista.

 

— Pues lo soy, no quiero ver un calamar ni en pintura.

 

 

PENA DE MUERTE

PENA DE MUERTE

—Bueno, doctor, qué es lo que dicen mis pruebas.

—Voy a ser franco con usted, la cosa está muy complicada. En otras palabras, le queda muy poco tiempo, pero procuraremos que su calidad de vida sea lo mejor posible hasta el desenlace final.

—¡Qué lástima!, de haberlo sabido cuando aún estaba fuerte, hubiese matado a alguien para que me condenaran a muerte: por ejemplo, al padre que violó a su hija de ocho años y al juez que redujo su condena alegando que sólo eran abusos deshonestos porque la niña no opuso la resistencia debida. Claro, antes de matarlos los caparía a los dos.

—No sea bestia, hombre. Además, en España no existe la pena de muerte.

Y dígame: ¿por qué quiere que le condenen a muerte?

—Me ilusionaría que me preguntaran eso de “¿cuál es su última voluntad?”

—Y ¿cuál es su última voluntad?

—Follarme a una funcionaria.

—¿Estatal o autonómica?

—Autonómica, naturalmente. Son más liberales y están más buenas.

—¿Cómo puede hacer esa afirmación?

—En el prostíbulo que frecuento, la mayoría de los clientes somos maridos de funcionarias estatales.

—La elegiría usted o sería voluntaria.

—Yo elegiría entre las voluntarias.

—Me tiene alucinado, le acabo de comunicar que le queda poco tiempo de vida y usted se pone a frivolizar.

—Lo hago porque no me afectan sus palabras. Yo tengo un gran dominio sobre mi mente (¿o es al revés?) y puedo autosugestionarme hasta el punto de que me extraigan una muela sin anestesia sin sentir el más mínimo dolor; puedo imaginar algo y hacerlo tan real en mi mente que sienta todas las emociones y sensaciones de lo que imagine...; en fin, yo soy un espíritu portentoso encerrado en un cuerpo de circunstancias.

—¿Dónde ha nacido usted?

—En Urano.

EL PLACER DE LA VENGANZA (II)

EL PLACER DE LA VENGANZA (II)

VENGANZA

Serían las 21,30 de aquella calurosa noche de verano. Al parque le quedaba media hora para cerrar sus puertas al público y allí, en aquel banco apartado, cogidos de la mano, María y César hacían planes para su futuro. Hablaban de comprar un piso, de boda, de los hijos que tendrían y de lo felices que serían.

De pronto aparecieron tres hombres jóvenes que se acercaron a ellos con toda tranquilidad. Una vez a su altura, el más fornido asestó un duro golpe a César que lo dejo semiinconsciente, mientras otro de ellos golpeaba a María,

que dejaba de oponer resistencia a causa del golpe recibido. Entre dos incorporaron a César y, sacando una cuerda que portaban en una bolsa de plástico, lo ataron a un árbol y tanto a él como a ella les pusieron en la boca una cinta plástica adhesiva, a modo de mordaza, para impedir que gritaran.

César había recobrado la consciencia y pudo ver cómo uno tras otro fueron violando a su novia, sin poder hacer otro gesto que llorar en silencio. Los jadeos de los desalmados se clavaron en su alma y sus muñecas sangraban del esfuerzo que estaba realizando por zafarse de sus ataduras. Todo fue inútil. Cuando terminaron su fechoría abandonaron el lugar entre risotadas, dejando allí aquel cuadro dantesco de César llorando atado a un árbol y María, en una postura grotesca, sin conocimiento en el suelo.

Sobre las 22,00 horas apareció por allí el empleado encargado de cerrar el parque y, sin prestarle ayuda inmediata, llamó a la policía. A los pocos minutos aparecieron un coche patrulla y uno del SAMUR, que prestaron auxilio a la pareja.

Habían pasado ya unos días, nada era igual, los dos estaban muy tocados psíquicamente, aunque hacían esfuerzos para recuperarse, cuando recibieron una llamada de la policía anunciándoles que habían detenido a unos sospechosos y citándolos para una rueda de reconocimiento. Ella se negó a ir alegando que no los reconocería porque todo pasó tan rápido antes de perder el conocimiento que no recordaba sus caras. Pero él, que los pudo observar durante varios minutos muy de cerca, nunca olvidaría sus caras. Así que decidió presentarse en comisaría para comprobar si eran ellos.

El día y a la hora señalados estaba en comisaría. Le pasaron a la habitación donde se realizan las ruedas de reconocimiento y detrás del cristal le mostraron a los individuos detenidos como posibles autores de la violación y agresión a la pareja.

—Lo siento mucho, agente, no reconozco a ninguno de ellos.

Abandonó la comisaría y se dirigió a su coche, aparcado en las inmediaciones. Abrió el maletero y sacó una escopeta repetidora de ocho disparos, cargada con munición de caza mayor y volvió sobre sus pasos. No tardó mucho en encontrarse de cara con los tres individuos a los que había dicho no conocer. Se plantó frente a ellos y disparó al primero en el pecho, que a causa del impacto cayó hacia atrás; el segundo se lanzó sobre él en un intento desesperado de evitar que disparara por segunda vez, pero no lo consiguió, su cara quedó destrozada por el plomo y su cuerpo sin vida tirado sobre la acera. El tercero emprendió una veloz carrera, pero César apuntó a su cabeza y apretó el gatillo haciéndole caer de bruces y, por supuesto, sin vida.

Al ruido de los disparos la policía acudió, pistola en mano, pero César dejó el arma en el suelo y levantó los brazos. Fue detenido, juzgado y condenado. La condena no fue muy dura y hoy en día esta pareja se encuentra casada y feliz, a pesar de todo.

Evidentemente, había mentido a la policía.

EL PLACER DE LA VENGANZA (I)

EL PLACER DE LA VENGANZA (I)

EN PLATO FRÍO

El timbre del despertador la hizo incorporarse de golpe en la cama. María era una mujer de treinta y dos años que ya había sufrido en sus carnes la amargura de un divorcio, ya que su ex marido no era compatible con su trabajo. Vivía entregada por completo a su profesión, la Cirugía, que la apasionaba y gratificaba más que cualquier otra cosa.

Se levantó con energía y se dirigió a la cocina para conectar la cafetera; mientras el café se iba haciendo lentamente, entró en la ducha. Transcurrida una media hora, ya estaba dispuesta para dirigirse a su trabajo. Montó en el ascensor que la llevaría al garaje de su casa, subió en su BMW y se dirigió a la autovía A-3 que unía Alicante, donde vivía, con Elda, lugar donde se encontraba el hospital donde prestaba sus servicios.

A la altura del kilómetro 13 el motor de su coche empezó a temblar, pero tuvo tiempo de llegar al aparcamiento de aquel bar de carretera, mientras maldecía su mala suerte. Estaba contando su problema al propietario del local cuando un camionero de aspecto rudo y a la vez atractivo, que oía la conversación sin ningún tipo de pudor, se ofreció a dejarla en su lugar de destino alegando que se encontraba en la ruta que él debía seguir.

Después de una corta charla, la invitó a subir a aquel mastodonte de 16 ruedas y ella accedió agradecida.

No llevaban tres kilómetros recorridos cuando el camionero, inesperadamente, abandonó la autovía, entrando por una carretera secundaria y a su vez desviándose hacia una zona de árboles completamente desierta, haciendo caso omiso de las protestas de la doctora. Una vez parado el camión, abrió la guantera y sacó un gran cuchillo de monte con el que la amenazó para que descendiera del vehículo. La condujo hacia la parte trasera, abrió la caja del camión, que iba completamente vacía y la obligó a introducirse en ella. Él subió detrás, encendió una pequeña luz interior y cerró la puerta tras ellos.

—Quítate las bragas y túmbate en el suelo.

María le obedeció sin poner resistencia, y él la estuvo violando hasta que, agotado, soltó su veneno en el interior de ella, que se mordía los labios en un ademán de impotencia, de dolor y de asco.

—Gracias —le dijo ella—. Jamás ningún hombre me hizo sentir tanto placer, nunca me sentí más deseada ni nunca conocí a un macho tan potente como tú.

Estos halagos lo dejaron fuera de juego… alucinaba.

—No pensaba hacerte nada con el cuchillo —se justificó él.

—Por favor, quiero repetir esta experiencia, pero en un sitio cómodo. ¿Te atreverías a quedar conmigo para hacerlo sin prisas en un hotel?

—¿Lo dices en serio?

—Es más, mejor que un hotel, te propongo que vengas a mi casa. ¿Te parece bien el sábado a las 9? Haré una cena deliciosa para ti y después haremos el amor toda la noche.

Él asentía con la cabeza mientras intentaba sacudir la suciedad del vestido de ella, después la ayudó con delicadeza a bajar de la parte trasera del camión, la condujo a la puerta y la ayudó a subir delicadamente. Puso el vehículo en marcha y por el camino ella le dio su dirección. Al llegar, ella le besó, y le dijo:

—No me falles, estoy ansiosa de que llegue el sábado.

Llegó al hospital y entró directamente en la ducha. Allí pasó un buen rato enjabonándose poro a poro todo su cuerpo y conteniendo las arcadas que le producía el recuerdo de lo recientemente vivido. Pensó pedirle a un compañero que realizara la intervención quirúrgica que debía hacer ella, pero desechó la idea. Fue directamente a la cafetería y con un café delante de ella estuvo meditando largo rato. Estaba decidida.

Llegó el sábado y ella, en su terraza, observaba la calle cuando vio aparecer un coche rojo que aparcó justo delante del portal de la vivienda. Se abrió la puerta del vehículo y apareció el camionero muy bien vestido y portando en las manos un ramo de rosas. Esperó a que sonara el timbre del portero automático y preguntó quién era, como si no hubiese advertido su llegada. Una vez en la casa, le hizo entrar y, después de agradecerle el detalle de las rosas, le dijo que se pusiese cómodo mientras ella le preparaba algo de beber. Así lo hizo el camionero, que se sentía lleno de orgullo por su masculinidad.

Sentados en la cama ya, él le dijo:

—Desnúdate, que vas a conocer lo que es un hombre.

—Espera un poco, cariño, vamos a tomar otra copa, me gusta estar un poquito alegre para hacer el amor, y el whisky me pone muy cariñosa.

No le dio tiempo a tomar la segunda copa, el fuerte somnífero suministrado por María había producido su efecto y el camionero quedó profundamente dormido. Con toda frialdad desabrochó los pantalones del camionero y los bajó hasta los tobillos, introdujo un plástico debajo de su culo para evitar manchas de sangre y fue a buscar el material quirúrgico necesario. Inyectó anestesia local en los testículos del violador y comenzó su trabajo.

Tardó aproximadamente quince minutos en realizar la operación. Suturó, puso los apósitos necesarios y volvió a subirle los pantalones. Bajó a la portería y dijo al conserje de la finca:

—Antonio, por favor, ayúdeme a meter a un amigo en su coche, es que le ha sentado mal la bebida y quiero llevarlo a su casa.

Antonio no lo dudó un momento, cargó con casi todo el peso del camionero y lo metieron en el asiento delantero. Ella se sentó frente al volante del vioñador y se dirigió a la autovía A-3. Justo en el kilómetro 13, en el aparcamiento de aquel bar de carretera detuvo el vehículo, dejó las llaves puestas y se dirigió a su coche que previamente había dejado aparcado en aquel lugar.

Cuando él despertó encontró un papel con la siguiente leyenda: “No volverás a hacerlo. Puedes volver a casa, pero ten cuidado porque en el asiento del conductor hay un frasquito con formol y algo dentro… No te vayas a sentar encima de tus cojones”.

DAME EL BESO SOÑADO

DAME EL BESO SOÑADO

 


                                   Yo he soñado en mis lúgubres noches,
                                   en mis noches tristes de penas y lágrimas,
                                   con un beso de amor imposible,
                                   sin sed y sin fuego, sin fiebre y sin ansia.

 

                                   No deseo el deleite que enerva,
                                   el deleite jadeante que abrasa,
                                   y me causan un hastío infinito
                                   los labios sensuales que besan y manchan.

 

                                   ¡Oh, mi amada! ¡Mi amada imposible!,
                                   mi novia soñada de dulce mirada.
                                   Cuando tú con tus labios me beses,
                                   bésame sin fuego, sin fiebre y sin ansia.

 

                                   Dame el beso soñado en mis noches,
                                   en mis noches tristes de penas y lágrimas,
                                   que me deje una estrella en los labios
                                   y un tenue perfume de nardo en el alma.

 

Desconocido para mí.


 

DIÁLOGOS CON MI PULPO

DIÁLOGOS CON MI PULPO

El colectivo gay agradeciendo a Zapatero la ley

 

LEY DE MARICONES

 

—Hola, Discóbolo, estoy que trino.

 

—¿Qué te pasa hoy, Pulpito?

 

—Que estos sociatas han aprobado una ley para que se casen los maricones y las tortilleras, y lo peor es que pueden adoptar niños.

 

—Vamos, cálmate, es un derecho constitucional; son españoles, pagan sus impuestos y tienen derecho a vivir como ellos quieran, a vivir su sexualidad libremente, como hacen los heterosexuales. Lo que hasta ahora existía era una discriminación evidente.

 

—Claro, la discriminación también es evidente para los partidarios del incesto y de la poligamia, por poner un ejemplo de personas mayores de edad y con una opción sexual, pero jamás se aprobará porque suponen pocos votos. A mí me da igual, pero este país se ha convertido en el paraíso de los maricones. Ahora el raro es el que no pierde aceite. Todos los programas de televisión tienen su mariconcito.

 

—Por favor, llámalos homosexuales, es menos despectivo.

 

—¿Y qué me dices de la adopción? ¿Te imaginas a un niño decir que su padre es el de la barba y su madre el del bigote? Además, un niño criado entre maricones, será otro maricón seguro, porque lo verá normal en casa.

 

—Bueno, en algunos matrimonios heterosexuales hay niños que pueden decir que su madre es la del bigote, y ten en cuenta que todos los homosexuales han nacido de matrimonios heterosexuales.

 

—Pues imagínate que si de una pareja normal sale un maricón, qué no saldrá de dos maricones. Y no me digas que porque pagan impuestos tienen derecho a que les haga la Seguridad Social la operación de cambio de sexo, porque yo también pago mis impuestos, no puedo comer porque no tengo casi dientes, no veo porque soy miope y la Seguridad Social me ignora.

 

—Con el destino que se le da a los impuestos nadie está conforme: unos se quejan porque subvencionen a la Iglesia Católica, otros porque se hagan guarderías, y así podría continuar una lista interminable. Cada cual trata de arrimar el ascua a su sardina.

 

—Mira, Discóbolo, gente como tú y los llamados “tontos útiles”, los que votan a los partidos llamados progresistas, que progresan hacia atrás, estáis llevando a España a ser el país-hazmerreír del mundo. Por un puñado de votos, pues eso, como el hijo de Esteso, venden a su madre.

 

—Anda, Pulpito, tómate un Valium 10.

 

 

 

EL CICLO SATÁNICO

EL CICLO SATÁNICO

 

                    ¿Cómo pude dudar? ¿Cómo he podido

                    vivir sin vida todos estos años?

                    Por evitarme daños tuve daños,

                    y huyendo penas, penas me han venido.

 

                    ¡Cuánto tiempo, cuánto placer perdido

                    en virtud, muerte, ritos tan extraños

                    como inflexibles, místicos engaños,

                    humillaciones, Dios! ¡Qué buena he sido!

 

                    Me arrepiento del tiempo en que fui buena,

                    viviendo sin gozar el prodigioso

                    fulgor del mal, quebrando mi destino.

 

                    Y ahora que su goce me envenena,

                    ¿cómo negarse, si es tan delicioso,

                    o cómo retornar al buen camino?

 

 Carmen Jodra Davó.

¿SOY XENÓFOBO?

¿SOY XENÓFOBO?

 

 

Se están perdiendo las costumbres españolas y estamos siendo invadidos  por las extranjeras, excepción hecha de la “siesta”, única, creo yo, que hemos exportado. Les estamos inculcando a nuestros niños tradiciones foráneas en detrimento de las nacionales. Ahora se celebra el “jalogüey de los güeis”, Papá Noël y Santa Claus (¿quiénes coño son estos payasos?); se pone el árbol de Navidad en vez del clásico Belén.

 

Otra cosa importante que se está perdiendo es el piropo, y vaya como avanzadilla que nunca he dicho un piropo a una mujer desconocida. Las aceras de las calles donde se realizaba alguna obra se convertían en consultas ambulantes de psicólogos, donde el profesional, en este caso el albañil, levantaba la moral, sobre todo a las feas que tenían que atravesar la zona. También se levantaba la moral, con una terapia de grupo, cuando alguien decía un piropo a varias chicas que caminaban juntas, sin especificar, por  ejemplo, un simple “¡qué buena estás!” hacía que la más fea se volviese, impulsada como un resorte, para a veces dar las gracias y otras hacerse la ofendida.

 

Y del idioma ¿para qué hablar?, en la tele, sobre todo al final de los anuncios de perfúmenes, te sueltan una parrafada en algún idioma extranjero, que de entrada me pone de mala leche porque, al igual que los políticos, los publicistas nos tratan de idiotas. Y yo me pregunto, ¿esa chorradita no pueden decirla en nuestro idioma? Gila tenía razón, quedan muchos españoles tontos, muchos… de esos que te dicen: “me he comprado una pluma cojonuda” y a continuación, para terminar de chulear: “es americana”. Pues bien, los americanos, ingleses, franceses, alemanes, chinos, japoneses, etc., fabrican unas mierdas iguales o más grandes que los españoles.

Estoy tan cabreado como aquella mona del parque zoológico a la que tirábamos piedras envueltas en papeles de caramelos. Para colmo, acabo de leer en una "revista científica", donde un pseudocientífico "guiri" dicen que los hombres heteros tenemos unas etapas en las que nos da un subidón de hormonas femeninas y nos da por "culear" y mantener relaciones sexuales con travestís, y a las mujeres el subidón es de hormonas masculinas y les da por rascarse en público los genitales con la misma facilidad que lo hacen los hombres. Este tío se ha quedado tan pancho.

Pues yo jamás he sentido ningún subidón de los que habla la revista, lo cual quiere decir que mi organismo tiene una reserva de hormonas femeninas a punto de eclosionar. Así que, como me suceda con carácter retroactivo, voy a dejar a Boris Eizaguirre a la altura del betún.