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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Relatos. HISTORIA CON DOS FINALES![]()
Serían las 0,30 horas, la actividad era frenética en los talleres del periódico; todos sabían su cometido y lo desarrollaban con profesionalidad, aunque, a decir verdad, una mezcla de nerviosismo y orgullo los embargaba. Ese día era el elegido para el nacimiento de un nuevo diario de tirada nacional y tenían la responsabilidad de que todo saliese perfecto. Las linotipias “Electrones” no paraban de escupir las últimas líneas de los artículos y noticias que debían aparecer en ese primer número.
Julián, uno de los linotipistas encargados del cierre de la sección de “Internacional”, empezó a sentirse mal, un leve mareo y un “nudo” en el estómago le impedían rendir a la altura que las circunstancias requerían en aquel momento. Se dirigió al jefe de sección y le comunicó su malestar. Éste le dijo que abandonara el puesto de trabajo y se fuese a casa. Julián se resistió porque era una ocasión muy especial en su vida profesional, pero su estado empeoraba por momentos y no tuvo más remedio que abandonar los talleres.
Se desprendió de su bata de trabajo, se puso el abrigo y se dirigió a los ascensores que le conducían al garaje donde tenía aparcado el coche. A pesar de sus cuarenta años era un hombre deportista, había sido subcampeón de tiro de precisión con arma corta y aún participaba en torneos de tenis para aficionados.
Entró en su coche y se dirigió a su casa. Quitó la calefacción, a pesar de que corría el mes de enero y Madrid sufría un invierno durísimo con temperaturas de varios grados bajo cero. Pensó que el frío le despejaría la cabeza. Tuvo que aparcar a dos manzanas de distancia de su domicilio y comenzó a andar despacio, hasta llegar a su portal. Tenía razón, el frío le había despojado de la presión y se sentía bastante mejor.
Abrió con parsimonia el portal, se dirigió al ascensor, se introdujo en él y pulsó el botón del piso 14. Mientras subía, por su cabeza pasaban un sinfín de pensamientos, entre ellos el de volver al periódico. De repente el ascensor paró y las puertas se abrieron. Se encontraba en la puerta de casa y pensó no hacer el más mínimo ruido para no despertar a su mujer, que dormiría plácidamente.
Así lo hizo, cerró la puerta tras de él con sumo cuidado y fue directamente al dormitorio sin encender las luces, guiándose en la oscuridad por la luz de su encendedor. De pronto notó que por debajo de la puerta de su dormitorio se veía una raya de luz. Pensó que su mujer estaría desvelada y quizá leyendo algún libro, pero, al acercarse, oyó unos jadeos que lo dejaron petrificado.
La sangre le ardía, en su estómago notó una presión que le producía náuseas. Su primera intención fue derribar la puerta y asesinarlos a los dos. Le temblaban las piernas, las manos. En su mente se produjo una lucha de ideas contradictorias sobre lo que debía hacer. Intentó calmarse. Se dirigió a su cuarto de trabajo, abrió uno de los cajones de su mesa, y, del fondo, debajo de una carpeta, sacó una pistola del calibre 22 que él utilizaba para tiro de precisión. Cogió un cargador que tenía repleto de balas, y, con las manos temblorosas, introdujo el cargador en el arma y alojó una bala en la recámara.
PRIMER FINAL
Ya no pensaba, el rencor y el dolor que sentía le impedían pensar, pero, haciendo un esfuerzo, consiguió calmarse. Se dirigió al dormitorio, abrió la puerta de golpe y allí se encontró con una escena que jamás se le había pasado por la imaginación que un día podría verla. Su mujer dio un grito y el amante no podía articular palabra. Julián, con lágrimas de dolor y rencor en los ojos, permanecía de pie apuntando con su arma a la adúltera y a su amante.
Éste temblaba y sólo llegó a decir:
—No sabía que estaba casada.
La mujer, por su parte, intentando cubrir su desnudez, le dijo:
—Julián, por favor, guarda la pistola, vamos a hablar, haré lo que quieras.
Julián ni los oía. Sin dejar de apuntarles con la pistola, se dirigió al balcón, lo abrió y el tremendo frío invadió la alcoba.
—Salid los dos al balcón, pero sin nada de ropa, tal y como estáis.
La mujer intentó protestar, pero Julián la atajó:
—Si vuelvo a oírte dispararé contra los dos.
No tuvieron más remedio que salir a cinco grados bajo cero y desnudos.
Julián cerró la puerta del balcón, echó todas las cerraduras de la puerta de entrada de la calle, desconectó el teléfono y se dejó caer abatido en un sillón con la cabeza entre las manos. Así permaneció, sumido en sus pensamientos, hasta que el estruendo de la puerta de entrada, derribada por los bomberos, le hizo reaccionar. Detrás de los bomberos aparecieron la policía y los servicios del SAMUR; unos para detener a Julián y otros para retirar a dos personas que se encontraban en el balcón, fallecidas por hipotermia.
Jamás volví a ver a Julián.
SEGUNDO FINAL
Se dirigió al dormitorio. Julián amaba profundamente a su mujer, incluso en esa situación no la culpaba a ella, sino que pensaba que toda la culpa era de ese indeseable que había engañado a su esposa. La perdonaría; cambiaría, si fuese necesario, su profesión para no dejarla sola de noche; empezarían una nueva vida olvidando el incidente, pero él, ese hijo de puta que había osado acostarse con su mujer tenía que pagarlo... y lo pagaría.
Abrió la puerta mientras sujetaba la pistola con las dos manos. La mujer dio un salto y salió gritando de la cama. El amante permaneció paralizado, sin reacción... no sabía qué hacer, sólo intentó vestirse rápidamente, pero no le dio tiempo. Un primer disparo le destrozó su rodilla derecha. Gritaba de dolor cuando recibió un segundo impacto en la otra rodilla, un tercero en la articulación del codo izquierdo y el cuarto en el codo derecho.
Julián sabía dónde disparar y no falló. Quería dejarlo paralítico, que pagara con creces lo que le había hecho, matarlo sería poco castigo. Cegado por la ira, y pareciéndole poco, la emprendió a golpes contra el herido. Después le colocó cuatro torniquetes para evitar que se desangrara y salió corriendo de casa antes de que la policía llegara.
Deambuló por las calles hasta que abrieron los bancos. Retiró todo el dinero y desapareció. Pero era tanto el amor que sentía por su mujer que la llamó para que se reuniera con él. Ése fue su error, la policía tenía intervenido el teléfono. TANATORIO![]()
Allí, a la entrada de la sala 12 del tanatorio de la M-30, un cartel indicaba el nombre del finado: Alberto Fernández Pinilla. Debajo del cartel, sobre una mesita, un libro de condolencias donde los amigos iban dejando sus frases más o menos inspiradas.
Dentro de la sala se encontraban su viuda, sus huérfanos y familiares, amén de algunos amigos de la familia. Al fondo de la sala un enorme cristal, detrás del cual estaba Alberto en su última “presencia” por culpa de un infarto. Los maquilladores de la funeraria habían hecho un buen trabajo: parecía que dormía plácidamente, no impresionaba su contemplación.
Poco a poco se iría produciendo un desfile de amigos y conocidos. El primero en aparecer fue Juan, su compañero de trabajo, quien, después de besar a la viuda y dar el pésame al resto de familiares, se dirigió hacia el cristal. Se quedó de pie frente a Alberto y se santiguó de una forma tan precipitada que hasta a él mismo le pareció patética. Comenzó un monólogo interior “dirigido” al difunto, como si éste estuviese conectado con él telepáticamente: “Lo siento por ti, tío, pero que la hayas palmado me ha venido muy bien: ya tengo tu puesto en la empresa sin necesidad de esperar a tu jubilación; eso me supone casi 200 euros más al mes, con lo que le has dado un alivio a mi hipoteca”.
Después apareció el jefe de la empresa, que mientras le decía a su viuda que era una pérdida irreparable por su capacidad profesional y humana, y miraba de reojo si había llegado la corona de flores que le había enviado, pensaba que se había quitado de encima al operario con más antigüedad, y que en otros tiempos sí que era necesario, pero hoy, con los adelantos de la informática, cualquier chaval podría hacer su trabajo por la mitad del salario que él percibía.
La gente se iba repartiendo en minúsculos grupos y entablando conversaciones de la más variada gama. Unos hablaban de las bondades del difunto, otros contaban casos que conocían de gente que habían muerto por infartos y algunos contaban chistes y se reían sin pudor a carcajadas.
—¿Cómo puede morirse uno teniendo una mujer que está tan buena? —Lo mismo se ha muerto por eso. —Pues a mí me gustaría hacer el trabajo del muerto, el que hacía en la cama de su casa.
Pues eso, que el muerto al hoyo y el vivo al bollo, o como dicen los mexicanos: “el muerto a la barranca y el vivo a la potranca”.
RECONOCIMIENTO![]() Su marido llevaba cinco días desaparecido. La Guardia Civil y voluntarios del pueblo habían hecho batidas por los alrededores sin ningún resultado positivo hasta que aquella tarde sonó el teléfono. —Buenas tardes. Se ha encontrado el cadáver de un hombre que se despeñó por el acantilado y el mar ha devuelto. Necesitamos que se persone en el anatómico forense para identificar el cadáver por si se tratara de su esposo. Carmen se quedó pensativa, no sabía qué hacer. Su cabeza era un hervidero de ideas contradictorias. Su marido era un hombre con una fortuna considerable que tenía un hijo de su anterior matrimonio, que vivía con su madre, aparte del hijo que tenían en común. Bueno, en común porque él lo había reconocido como hijo propio, pero sólo ella sabía que el chico era fruto de una infidelidad. Pensó que si el cadáver era irreconocible le harían la prueba del ADN y la compararían con la de su hijo, que, por supuesto, al dar negativa, las autoridades considerarían que no se trataba de su marido, lo que le ocasionaría muchos problemas. No conocía las leyes e incluso pensó que la herencia que le correspondía a su hijo podría pasar a manos de su hermanastro. También le horrorizaba que la familia de él conociese su secreto. No tenía tiempo para consultar a un abogado, así que se dirigió a identificar al cadáver. Por el camino iba pensando en la última discusión que tuvieron el día que desapareció: él la había amenazado con quitarse la vida; era demasiado volver a repetir en su segundo matrimonio los mismos problemas que tuvo en el primero. Llegó al anatómico forense, le mostraron un cadáver totalmente irreconocible y ella, sin dudarlo, dijo: —No tengo ninguna duda, es mi marido. Le dieron sepultura en el cementerio del pueblo y al día siguiente ella contactó con un abogado para solucionar el papeleo, y éste quedó en acompañarla a la oficina del notario. Ya por la noche, cuando se disponía a cenar, sonó el teléfono y, al otro lado de la línea, una voz distorsionada le dijo: —Señora, tenemos secuestrado a su marido, si quiere verlo con vida deberá darnos tres millones de euros en la forma que más adelante le comunicaremos. Una advertencia, si llama a la policía su marido morirá. —Déjense de bromas macabras, mi marido está muerto —contestó ella, sin saber muy bien lo que decía. —¿Ah, sí? Pues va a hablar usted con un muerto. Se quedó pálida y tuvo que sentarse cuando oyó esa voz tan conocida para ella: —Carmen, soy Juan, haz todo lo que te dicen porque esta gente no se anda con bromas. "EL CALENTITOS"![]()
Recuerdo que en cierta ocasión me hallaba jugando con mis amigos en un montículo, cuando observé a lo lejos que mi tío, “el rico”, le compraba a mi hermano un bollo de los que vendía un hombre, que los transportaba en dos cestas muy anchas y de poca profundidad. Mi primera reacción fue salir corriendo en dirección a donde se desarrollaba la escena, antes de que se marchara el vendedor de bollos y así “obligar moralmente” a mi tío a comprarme uno. A media carrera salí rodando por el suelo, pero, en un acto de enormes reflejos, me incorporé y seguí mi carrera desesperada.
Tuve éxito. Llegué junto al grupo donde se producía la acción, y el bollero, al verme correr hacia ellos, se hacía el remolón. Me lancé al cuello de mi familiar y le di un beso (maldita la gracia que me hacía), y, una vez conseguido el bollo, reparé en que en la caída me había destrozado la rodilla, y fue entonces cuando empecé a llorar. Me marché a casa y mi madre me colocó un trapo después de rociarme la rodilla con agua oxigenada y alcohol.
Mi tío “el rico” era simplemente auxiliar administrativo, pero como sólo tenía un hijo, se podía permitir ciertos lujos. Al bollero le conocíamos como “El Calentitos” porque siempre iba pregonando a voces lo de “Calentitos”, y aún no sé el motivo, porque si a aquellos bollos había que soplarles no era para enfriarlos, sino para quitarles el polvo. Y si es cierto que existe una vida después de ésta, allí estará el hombre esperando a más de uno para que le paguen los bollos que le robaron en cuanto se descuidaba lo más mínimo.
Y es que mis relaciones con la bollería, pastelería y confitería habían sido muy escasas en mi infancia, y no fue precisamente un problema de diabetes. Ni buscando en los archivos más antiguos de mi memoria encuentro gran cosa, sólo unos vagos recuerdos, como cuando me veo lamiendo los cristales de una confitería porque detrás de ellos se exponía una hermosa bandeja de “tocinos de cielo”.
Un episodio que tengo grabado fue la boda de mi hermana mayor: allí, en una mesa, se encontraba una bandeja en la que sólo quedaba un pastel, mirándome tiernamente a los ojos. Cuando me dirigía a cogerlo, una mano de un niño, que yo no conocía, se me adelantó. Naturalmente que yo no podía consentir que en la boda de mi hermana me quitaran un pastel en mi propia cara, y, claro, se lió una tangana donde salimos rodando por el suelo enganchados los dos. Al griterío del niño acudió la madre, nos levantó a los dos, hizo un simulacro de darle una colleja, y le dijo:
—Pero, ¿te vas a pelear por un pastel? Anda, toma el pastel y vete pallá.
Y es que las madres… ya se sabe. A propósito de madres, la mía, guardiana de la moral, la decencia, la pureza y la castidad; guardiana también del honor de la familia, que, por lo visto, debía de estar representado por los bajos de mi hermana, no consentía que asistiese la niña al cine sola con el novio, no fuese que en la oscuridad de la sala al mozalbete se le disparase la mano y aterrizara en zona declarada de uso restringido. Así que me tocaba a mí hacer de carabina: lo mejor que le podía pasar a mi cuñado, que por lo visto agradecía mi “colaboración”. Antes de entrar al cine me llevaba a una pastelería y me decía:
—Joselito, anda, elige el pastel que más te guste.
Y Joselito no elegía por sabores, sino por tamaño: el que más abultaba.
Una vez que empezaba el No-Do, me quedaba frito, hasta que me despertaban al terminar la película.
Otros contactos esporádicos fueron con los mojicones que, a veces, cuando nos levantábamos tarde y no nos daba tiempo a desayunar, mi madre nos daba dinero para que de camino al colegio nos compráramos uno. También hay que reseñar las Navidades. Aquellos roscos navideños con sabor a matalahúva que hacía mi madre para las fiestas.
Pero el colmo de comer bollos hasta hartarnos fue el poco tiempo que mi hermano Miguel entró a trabajar en una pastelería como aprendiz. Cuando llegaba a casa por la noche, siempre traía una bolsa de bollos que ya no se iban a vender y no podían quedar para el día siguiente. Lo esperábamos como los hebreos al Mesías.
Eso no impedía que nos burláramos de él por el oficio que estaba aprendiendo, y mi hermano pequeño y yo le cantábamos una canción que dice:
A ese gachó que toca el bombo se le cayó el mondongo de tanto tocar. Quiso meterse a pastelero para chuparse el dedo, pero lo han calao. El dueño de la pastelería lo vio comerse un día quince mazapanes, kilo y medio de merengue, y parecía un mengue hinchándose de flanes. Tuvieron que despedirlo de momento, porque tenía el sieso descompuesto; (ozú, mi mare). Y se tiró más de un mes sin beber, sin comer y durmiendo por los callejones.
Algo de razón llevaba la canción: el dueño de la pastelería se había propuesto que mi hermano aborreciese los pasteles, así que le dijo que comiese todo lo que quisiese, con la intención de que después de que le saliese el merengue por las orejas, al ver un pastel se le pusieran los pelos como escarpias. Evidentemente el pastelero se equivocó: mi hermano era capaz de comerse todos los días un escaparate de pasteles, sin necesidad siquiera de soltar un erupto ni aunque los acompañara con gaseosa. Y lo demostró: un día el dueño le había enviado a comprar un kilo de coco molido, y en el corto trayecto del almacén a la pastelería el kilo se había convertido en 200 g. Esta pequeña tontería le costó el puesto de trabajo, y a nosotros, el chollo.
COLEGIO (Parte 5 , final)![]()
Pues bien, terminó el curso, y con la maleta preparada me fui al despacho del director a recoger mis 5.000 pesetas. Por mi cabeza habían pasado miles de cosas que podíamos hacer con aquel dinero. Llegué al despacho, pedí permiso para entrar y le dije al director que venía a recoger mi premio.
Él, casi sin mirarme a la cara, me dijo:
—Mira, en este colegio hay muchos huérfanos de militares y el Ejército paga muy poco, así que ese dinero, como tú formas parte del colegio, lo considero ganado por el colegio y nos dará suficiente para reponer el déficit que arrastramos.
—Ese dinero es mío, me lo ha concedido a título personal el Ministerio, y si no me lo da usted, me lo está robando.
—¿Cómo te atreves a decirme eso? Estás expulsado del colegio, así que, si quieres, para conservar la beca, puedes pedir plaza para el año que viene en los salesianos de Sevilla.
Cogí un crucifijo que había en la mesa, y con la peana, que era de bronce, le di un golpe en la cara con toda mi fuerza y con toda mi rabia y empezó a sangrar por los dos orificios de la nariz y por un corte que le produje en la parte lateral de la nariz (seguramente llevaría la marca hasta el día de su muerte). Mientras gritaba e intentaba parar la hemorragia con un pañuelo, yo cogí mi maleta y salí de allí a toda prisa.
No me dirigí a la estación de autobuses, sino que cogí un taxi que me llevó hasta la primera parada del autobús, y una vez dentro, me senté al lado de la ventanilla y ni me movía. A la altura de Benalmádena paró el autobús y subió un guardia civil. A mí me temblaba todo el cuerpo y me arrimé a la señora que ocupaba el asiento continuo al mío. El guardia civil, después de echar una mirada (yo me hacía el dormido), se bajó del autobús y éste ya no paró hasta llegar a Algeciras.
No me sentí seguro hasta que pasé la frontera.
Después, mi padre, no se atrevió a denunciar, imagino que trasladarse a España y enfrentarse a un juicio estaba muy lejos de su presupuesto. No estaban los tiempos, en ningún sentido, como para poner una denuncia a un cura, por más señas director de un colegio que, encima, había sido agredido. COLEGIO (Parte 4)![]()
Otro día, en un examen de matemáticas un compañero me hizo señas para que le pasase el problema número 3. Lo copié en un papel, hice con él una pelotita y se lo lancé. El cura, que estaba de espalda, se dio la vuelta en ese momento como si hubiese visto la maniobra por un retrovisor. Cogió el papel, deshizo la bolita, se dirigió a mí y, después de lo clásico, pegar, me dijo:
—Cómete ese papel.
—Tiene tinta.
—Es igual, cómetelo.
—No pienso comérmelo.
El que le llevase la contraria en público le puso tan nervioso que decidió darme un castigo especial. Así que ese día y el siguiente, que era 19 de marzo, mi santo y fiesta, los pasaría en el patio del colegio, con las manos en la espalda y la cabeza pegada a la pared, dejando esta posición sólo para comer y para hacer mis necesidades. De vez en cuando se acercaba a mí y me enseñaba la correspondencia (abierta, por supuesto, siempre te la entregaban abierta) de mi familia felicitándome por mi santo, pero no me la entregaba. Al final del día creí morirme cuando vi que las rompía.
El último año (sólo estuve tres), el Ministerio de Educación y Ciencia instauró un premio de 5.000 pesetas (que era mucho dinero en aquellos años) para los chicos que sacaran mejores notas en cada provincia al final del curso. Me lo concedieron a mí, ya que ese año, al igual que los anteriores, mis notas eran de “matrícula de honor” de media, es decir, un 10 en cada asignatura. El jefe de estudios reunió al colegio en el teatro, y a mí, sentado en una silla, en el escenario, me puso como ejemplo a seguir por el colegio, mientras me hacía pasar la mayor vergüenza que yo recuerde al oír a todo un teatro aplaudirme. COLEGIO (Parte 3)![]()
En el primer año, llamado de preiniciación, se iba pasando un mes por cada taller para así el segundo año elegir la profesión que más te gustara o la que ellos decidieran que se ajustaba más a tus cualidades, siempre desde su punto de vista. Recuerdo que en el taller de mecánica (ajuste, fresa y torno), como niños que éramos, en el menor descuido del profesor, intentabas la broma con el compañero, y en cierta ocasión puse en la piedra de esmeril durante un tiempo bastante prolongado la pieza de hierro con la que tenía que trabajar el compañero, con lo cual adquiría una temperatura muy elevada, pero al ponerla en su mesa de trabajo nos vio el profesor y nos envió a los dos al despacho del “consejero” con la consigna de decirle que estábamos allí porque el profesor nos pilló fuera de nuestro espacio de trabajo.
Íbamos por el camino imaginando el castigo, y cuando llegamos él entró primero y yo esperé en la puerta durante aproximadamente un cuarto de hora. Cuando se abrió la puerta y el compañero me dijo que pasara, me fijé que llevaba la cara con marcas de haber recibido muchos golpes. Yo sabía, o intuía, lo que me iba a pasar. El saludo fue un golpe en la cara que hizo que me tambaleara por todo el despacho:
—¿Otra vez tú? ¿Qué ha pasado ahora?
—Pues que me había dejado una lima y fui a…
No me dejó terminar, recibí otro golpe más, y, con la cabeza dándome vueltas, caí sobre la mesa y mi mano golpeé un abrecartas enorme que estaba depositado allí. Lo cogí, me reincorporé, y mirándolo fijamente, me imagino que con la cara desencajada y los ojos llenos de lágrimas, le dije:
—Le juro que si me levanta de nuevo la mano, se lo clavo.
Se quedó pálido, como si la sangre que momentos antes enrojecía su cara se hubiese evaporado de golpe. Sus ojos estaban desorbitados, alucinaba, como si no pudiese dar crédito a lo que estaba viendo y oyendo.
—¿Sabes lo que has hecho? Vete de aquí, ya me encargaré de ti. Te vas a arrepentir de haber nacido.
No pasó nada. Me veía por el patio y me miraba con odio, pero no me decía nada. Un día sacó una libreta y anotó algo. No sé si sería para amedrentarme. A mí me daba igual, ya no me importaba lo que opinaran en mi casa; ya había sobrepasado el límite de mi aguante. COLEGIO (Parte 2)![]()
En ese momento, un cura con cara de cínico me agarró del brazo y me metió hacia el interior del colegio. Todavía resuenan en mi mente mis gritos llamando a mi madre y su imagen, allí, puesta de pie, llorando, con un pañuelo en sus manos con el que unas veces se secaba las lágrimas y otras se lo llevaba a la nariz. Acababa de entrar en el infierno, en el lugar donde me daría cuenta que jamás podría ser un católico, como mucho un agnóstico en honor de mi madre, que era católica practicante, ya que es, desde mi punto de vista, imposible que Dios tenga esos ministros, como ellos mismos se autodenominan.
No dejaba de pensar en mi madre: cualquier cosa me la recordaba; por ejemplo, ve el número bordado en la ropa, el 200. Todavía me extraña que no me lo tatuaran en el brazo.
La primera semana fue de castigos continuados, hasta que le cogí el truco a la cosa. Me venían castigos por cosas tontas como hablar en la fila, y es que había espías que nos observaban. Aunque he dicho antes que era muy delgado, por el contrario era un manojo de nervios, y como chaval de barrio bajo, de mano muy suelta. Así que quien me quisiera gastar una novatada o una broma que no me agradara, se la llevaba de seguro y, por tanto, el correspondiente castigo por pegón. Los castigos eran torturas refinadas.
En el colegio había muchos huérfanos de militares y yo hice amistad con un chico de mi edad que tenía un hermano en el último curso (17/18 años), que fueron los que expulsaron. Un día, en la sala de juegos, mi amigo jugaba al futbolín con un chico mayor que nosotros, que descaradamente le hacía trampas elevando el futbolín para que la bolita se dirigiera al lugar a donde a él le interesaba. Yo, que observaba en un lateral, no pude callarme: “Tú, gilipollas, no le hagas trampas porque él sea más pequeño”. Al cambiar de campo, el contrincante de mi amigo pasó por detrás de mí y me dio un fuerte golpe en la espalda. Mi reacción fue inmediata: me volví y le di un puñetazo con tan mala suerte que le impactó de lleno en el ojo, y a la mañana siguiente se presentó (él era externo) con la madre para reclamar que a su hijo le habían puesto un ojo como una berenjena.
El “consejero”, como llamaban al cura encargado de la disciplina me llamó a su despacho y me dio una galleta que me dejó la cara como si la hubiese metido en un perola de agua hirviendo:
—Tú estás muy fuerte, ¿verdad?
—Usted también.
Recibí otra leche, así que decidí callarme y contestar con monosílabos, seguidos de la palabra “padre”.
—Así que, como eres tan fuerte y los campeonatos deportivos escolares son la semana que viene, te voy a apuntar como lanzador de peso, a ver si se te quita un poco la violencia cuando hagas el ridículo. Y tenía razón, porque ya levantar la bola, que pesaba 7,625 kg, me costaba trabajo, y todos los colegios enviaban a participar en esta disciplina a sus chicos más mayores y de más peso. Así que yo sería el último no sólo por mi constitución física en aquellos momentos, sino porque jamás, obviamente, había practicado este deporte.
Llegó el día de la competición y todos eran mayores menos yo. Los chavales que había en las gradas se reían y me decían cosas que, la verdad, entre el jaleo, el ruido y los nervios ni me enteraba. Menos mal que antes de empezar llegó el director y me dijo que me vistiera. Hubiese matado al “consejero” si hubiese podido, pero me dio más motivos para hacerlo. Yo era un chico rebelde y él me tenía mucha inquina. COLEGIO (Parte 1)![]()
De pequeño fui un niño de los hoy llamados “superdotados”. A los cuatro años sabía leer y escribir, e incluso redactaba. Prueba de ello es la primera felicitación a mi madre el día 8 de diciembre (antiguo Día de las Madres), escrita cuando contaba cuatro años y cuatro meses y que ella se encargó de guardar en su misal hasta su muerte, donde, revisando sus “tesoros”, la encontramos junto a algunas poesías que de muy joven le había escrito.
Las clases del colegio eran aburridas; yo tenía una gran facilidad para con una sola lectura captar los conceptos e incluso retener en mi memoria por mucho tiempo lo leído. Como se verá, ese talento natural se volvió en mi contra, perjudicando gravemente mi vida en aquel momento y en el futuro.
Vivía en el extranjero y el Consulado de España convocó unos exámenes para la concesión de una beca de estudios en España, concretamente en Málaga. El colegio me presentó y saqué el número uno de la promoción. Ahí empezó el período más amargo de mi vida, que modificó todo mi futuro y dejó en mí unas secuelas de odio capaz de cometer cualquier barbaridad sin el menor remordimiento. Me internaron en un campo de concentración regido por curas salesianos. Allí recibí palizas, humillaciones y todo lo que defina “malos tratos”. Tengo que decir que no abusaron sexualmente de mí porque mi físico no sería apetecible, pues estaba muy delgado, aparte de la mala leche que yo me gastaba, pero juro que vi abusar de un chaval, y enseguida lo puse en conocimiento de su hermano mayor, que le dio un tremendo puñetazo en la cara al cura. Solución al problema: los dos hermanos expulsados del colegio.
Pero lo más hiriente, el dolor más grande, lo que jamás se borra de mi mente fue la despedida de mi madre en el colegio: los dos abrazados llorando (yo tendría casi nueve años):
—Mamá, no me dejes aquí.
—No te imaginas lo que me cuesta hacerlo.
—No quiero quedarme, llévame a casa.
—Hijo, aquí está tu porvenir: harás oficialía, maestría y después pasarás a estudiar en la universidad y te harás ingeniero. Serás el primer universitario de la familia y cuando seas mayor no pasarás las penurias que pasamos ahora.
—Yo quiero estar con mis padres, con mis hermanos, con mis amigos, con mi gente. No quiero ser ingeniero, quiero trabajar en la imprenta, y no me importan las penurias.
—Por favor, niño, no me lo pongas más duro, ¿no ves que se me parte el corazón de tener que dejarte aquí? I N S U L T O S![]()
¿Por qué siempre las mujeres sufren las ofensas, sea quien sea al que se quiere insultar? ¿Qué culpa tiene mi madre de mis desmanes para que la llamen puta… o mi mujer si me llaman cabrón? ¿Por qué no me insultan a mí directamente? Incluso si me llaman maricón con ánimo de ofenderme, es también un insulto a la mujer, ya que me comparan con ella de forma despectiva y despreciativa, en mi actitud y pensamiento.
Antes, si a tu madre, mujer o hija alguien las llamaba puta, sabía que no se iba a ir de rositas, y a eso se exponía. Ahora no hay mucho motivo para ofenderse porque una puta es “una trabajadora del sexo”, y un cabrón, el marido de esa currante, que tiene derecho a vacaciones por paternidad.
No creo que el que llama “hijo de puta” a alguien esté pensando en la madre del ofendido apoyada en una esquina de la calle Montera girando el bolsito y asaltando a posibles clientes, ni en la Casa de Campo con un tanga puesto. Pienso que ese “qué hijo de puta eres” equivale a “qué mala leche tienes”, y si le añades “cabrón”, queda redondo.
Es decir, que la Semántica cambia. Si tú ves a una señora con un niño y le dices:
—Este niño tiene maneras refinadas, o
—Este niño debería estar menos entre mujeres porque tiene un leve afeminamiento, o
—Este niño es maricón perdío.
Seguro que la mujer reacciona de diferente forma, mientras que con las tres definiciones hemos querido decir lo mismo. Y como empecé a decir antes, la Semántica va cambiando al ritmo que imponen, en estos casos los políticos:
“Vamos a proteger (que lo veo bien; a menos tiburones, más bacalao) a los maricones, que son muchos, con gran poder adquisitivo y, generalmente, cultura elevada muy superiores a la media nacional, lo que supone un aumento de votos en las urnas. Empezaremos cambiándoles el nombre por homosexuales, o mejor, por “gays”, para que se sientan internacionales, aunque entre ellos se llamen “maricón”. También aceptaremos su banderita multicolor y, como “el día del subnormal”, “el día de la mujer trabajadora”, etc., le daremos “el día del orgullo gay”: ¡hala!, un día para mariconear libremente por las calles vestidos de locas.
¿Para cuándo el días del orgullo del agricultor, del camionero, del marinero o del desencapullamonos? Y es que si la cabras votaran, estarían paseando por nuestras calles como las vacas por la India.
Ya se me ha ido la olla; empecé hablando sobre insultos y he terminado haciéndolo sobre maricones o, mejor dicho, del provecho que los políticos sacan de ellos.
G R A N J A (Cuarta parte)![]() El gallinero era un corral que jamás se había limpiado, con lo que imagino que el suelo tendría una capa de más de 10 cm de excrementos de gallinas resecos, los cuales tenía que ir cavando con una azada, recogerlos con una pala, cargar la carretilla y transportarlos al estercolero. Yo hubiese preferido recoger leña en el monte.
Mientras, nosotros, sentados en el muro, nos burlábamos de él, el pobre chaval no paraba de decirnos: “¡no reíros, cabrones!”
La estancia en aquella finca nos confirmó lo que la vida nos había enseñado y aumentó nuestros conocimientos sobre nosotros mismos y sobre el resto de la Humanidad. Aprendimos que en cualquier sitio poca cosa es necesaria para mantener la vida y que se puede ser feliz si nos conformamos con lo que tenemos; ése es nuestro grado de felicidad: nuestro grado de conformismo. Aprendimos decenas de cosas, sobre todo, que la Naturaleza, cuidándola, te ofrece infinidad de remedios. Nos ayudó a fortalecer nuestro cuerpo y nuestro espíritu y a comprender ahora, desde el bienestar y la abundancia, la reacción de algunos pueblos de la Tierra poco favorecidos por la fortuna. Vimos cómo, sin medios, mi tío hacía operaciones quirúrgicas a los animales, como castraciones, cataratas, tumores, suturas…, jamás visitó la finca ningún veterinario. Salimos de allí más preparados para enfrentarnos a la vida… más hombres.
Desde aquí, con estas letras carentes de todo tipo de talento literario, quiero que mi escrito sirva como homenaje de cariño a mis tíos, sobre todo a mi tía, que era para nosotros nuestra segunda madre.
G R A N J A (Tercera parte)![]()
Una vez en la cama, y como había que madrugar, Miguel decía: “El que se duerma primero, que avise”, y acto seguido decía: “Aviso”. A partir de ese momento no se oía nada. Nos dormíamos con un oído “abierto”, para dar un salto de la cama al oír la puerta de la habitación, con el saludable propósito de librarnos de las caricias de la honda de pita que llevaba en la mano “el despertador”.
Miguel seguía siendo el jefe, incluso se trasladaba en aquella bicicleta destartalada, con un gran cajón en la parte trasera, a comprar víveres a un pueblecito que distaba 14 kilómetros.
Aquel primer y último verano para él, llegó mi primo “el fino”, “el hijo de papá”, “el rico de la familia”. Miguel recibió la orden de “reeducarlo y adoctrinarlo”, ya que la filosofía que tenía el angelito no coincidía para nada con la de mi tío y, por extensión, con la nuestra. El primer día que nos sentamos en la mesa a comer, todos habíamos terminado el postre y el nuevo fichaje aún estaba con el primer plato y, para más INRI, suelta la frasecita de “¡hala, qué bestias sois! ¿Ya habéis terminado?, pues mi mamá me ha dicho que hay que masticar un buen rato, primero con la parte izquierda de la dentadura y después otro buen rato con la parte derecha”.
Mi tío se quedó mirando fijamente a mi tía y le dijo: “desde mañana, éste y Miguel comen en el mismo plato”. Las órdenes de mi tío eran “sagradas”, no había posibilidad de discutirlas, sólo te dejaba una opción: cumplirlas a rajatabla. Y así sucedió: el día siguiente, recuerdo que había para comer “puchero”, una especie de cocido. Mi tía les puso un plato grande para que comiesen los dos juntos. No recuerdo con exactitud, pero creo que fueron tres cucharadas las que le dio tiempo al chaval a llevarse a la boca. Seguidamente, con la carne tuvo menos opciones. En fin, que se quedó sin comer. Después, mi tío se levantó y señalándole severamente con el dedo, le dijo: “y como te vea yo rondar por la cocina, te ato en un corral hasta la hora de cenar”. Le advertimos a mi primo que era capaz de hacerlo. Poco a poco el señorito fue cambiando su filosofía: pasó una semana mala, pero al final comía a la misma velocidad que Miguel.
Lo máximo de aquellas vacaciones, algo que cuando nos reunimos los hermanos lo comentamos y reímos (que no volverá a pasar después de la muerte de Miguel) fue un día fresquito que a la vuelta de la playa intentábamos que no se nos cayera la moquilla y mi tío, que iba delante, se vuelve y nos dice:
—Parecéis que sois del sorbetón.
Esta tontería nos hizo mucha gracia y empezamos a preguntarnos unos a otros:
—¿Usted de dónde es?
—Yo, del sorbetón, ¿y usted?
Mi tío pensaría que nos estábamos burlando de él, y su mala leche iba en aumento, aunque nosotros no nos dábamos cuenta y seguíamos con la broma del “sorbetón”. Al llegar a casa nos echamos por encima los cubos de agua dulce de rigor para quitarnos el salitre del mar y, en bañador, como estábamos todo el día, nos sentamos a comer. El comedor era amplio; en el centro había una mesa rústica para 12 comensales, con sus pesadas sillas, rústicas también. Tenía dos puertas: una muy grande, partida en dos partes verticales, que daba al frente de la casa, y otra trasera, también dividida en dos partes, pero éstas horizontales, permaneciendo siempre la parte inferior cerrada para evitar la entrada de animales. También había un gran mueble, tipo aparador y, como la mesa y las sillas, de madera gruesa. Para comer nos sentábamos de la siguiente forma: mi tía, en el extremo más cercano a la cocina, presidiendo la mesa; en el lateral izquierdo mi tío y a continuación mi prima, en el lateral derecho los tres hermanos, dejando al pequeño en el centro.
Como no dejábamos de reírnos con lo del “sorbetón”, mi tío nos recordó que la mesa era un sitio “sagrado”, así que dejáramos de reírnos. Cuando tienes una risa nerviosa y no puedes reírte es cuando más risa te da. Al comprobar que no le hacíamos caso, el señor decidió conseguirlo de otra forma: se levantó, cogió la honda que tenía colgada en un clavo de la pared, se la puso sobre sus piernas y lanzó su amenaza: “al primero que se ría, lo crujo (del verbo crujir)”. Nada más oír esa frase, a mi prima se le escapó una risilla muy femenina, algo así como un jijiji muy agudo. La risa se le cortó radicalmente cuando sintió el impacto de la honda, que le levanto inmediatamente un par de marcas en cada una de sus piernas.
Frente a ella se encontraba sentado mi hermano Luis, el pequeño, que en ese momento tenía en la boca una cucharada de gazpachuelo, que es un tipo de sopa más o menos espesa. Ante la presión interior de la risa, su cuerpo se expandió: espurreó la sopa sobre los comensales, llevándose la peor parte mi tío y mi prima que estaban sentados frente a él, al mismo tiempo que fue incapaz de impedir que se le escapara una ventosidad prolongada y sonora.
Se produjo una reacción inmediata en cadena: mi hermano dio un salto y salió por la parte superior de la puerta trasera con la agilidad de un mono asustado, casi al mismo tiempo que mi tío estrellaba un ladrillo doble en el quicio de la puerta; los demás nos contorsionamos todo lo que pudimos para desaparecer de la línea de tiro. Mi tía permanecía pálida la mujer, mientras mi tío, todo alterado, se dirigía a mi hermano, al que le temblaban hasta las pestañas:
—Ahora, como castigo, por guarro, te coges un esportón, te subes al monte y lo traes lleno de cepas de brezo para el fuego.
La cepa de brezo tarda mucho en consumirse ardiendo y era la raíz de esta planta, por otra parte trabajosa de conseguirla, ya que muchas veces tenías que arrancar las matas secas. Así que, teniendo en cuenta que a la hora que era la temperatura estaría por encima de los 40º C, lo que había que andar de ida y vuelta, pasaría un buen rato derritiéndose.
Como siempre, allí estaba mi tía para echarnos un capote:
—Pero ¿no ves el calor que hace? ¿Quieres que al niño le dé algo malo?
Enseguida encontró un castigo sustitutivo:
—Bueno, pues que limpie el gallinero, que lo deje como la patena, y que no me entere yo que nadie le ayuda —esto lo decía mirándonos a nosotros, en plan amenazante. G R A N J A (Segunda parte)![]() También nos enseñó a nadar ateniéndose a sus métodos didácticos, en los que era un experto de los que ponen los pelos de punta. Como siempre, empezó por el mayor, mientras los pequeños observábamos desde la orilla con una mezcla entre curiosidad y temor. Le hizo que subiera en sus espaldas y empezó a nadar mar adentro hasta que consideró que mi hermano no hacía pie, y una vez en esta distancia dio una sacudida con su cuerpo y mi hermano salió despedido, chapoteando y tragando agua hasta que logró llegar a la orilla. Aprendimos todos a nadar, y ese aprendizaje nos vino muy bien, sobre todo a Miguel y a Luis.
Por las tardes, antes de que regresaran los animales del monte para alojarse y dormir en sus corrales, nos reuníamos todos a hacer alguna actividad, de esas que algunas veces se pueden denominar “lúdicas”. Mi tío era amante de organizar peleas entre mi hermano pequeño y yo contra el mayor; peleas que siempre ganábamos los pequeños porque contábamos con la ayuda de mi tío porque, cuando Miguel estaba encima de nosotros, él lo volteaba y ponía debajo, lo que hacía que nosotros saliésemos corriendo y gritando de júbilo, mientras el perdedor se desesperaba pataleando.
Y decía que tanto a Miguel como a Luis les vino muy bien aprender a nadar porque cerca de la casa había una poza muy grande y profunda, de donde, los que tenían fuerza, sacaban agua por medio de un cubo atado a una cuerda. Esta poza estaba llena de serpientes de agua, y mi hermano, que a su corta edad era el mejor tirador con tirachinas que jamás he visto, se dedicaba a disparar a las serpientes desde la orilla de la poza. Cada disparo suyo impactaba en la cabeza de alguna serpiente, que comenzaba un maldito baile de retorcimientos hasta que moría. Un día, mi tío, haciendo alarde de su “buen humor”, le dijo a mi hermano: “no las mates, que son inofensivas”. Mientras decía esto, cogió a mi hermano por el cinturón y lo lanzó dentro de la poza. El pánico hizo que batiese todos los récords para salir de allí. Para nuestra inconsciencia infantil, incluida la de mi tío, aquello tenía mucha gracia, menos para Miguel, que no volvió a acercarse a la poza. Peor fue para el pequeño, que como terapia para curar su miedo a las serpientes, también fue lanzado a la poza, con el agravante de que él no pudo salir por sus propios medios y tuvo que sacarlo mi tío, tirándole el cubo con la cuerda al que mi hermano se agarró como si en ello le fuese la vida, que en realidad así era.
La memoria me evoca tantos momentos vividos en aquella pequeña granja, que tendría material más que suficiente para escribir un libro. Recuerdo el tremendo susto que pasé cuando me ordenó montar en una potrilla que aún no había sido montada por nadie:
—Tú, tranquilo. Te agarras con los pies por detrás de sus patas delanteras y con las manos a las crines.
Él agarró a la potrilla mientras yo subía y, una vez encima, la soltó. El animal empezó a dar saltos y a querer quitarse el peso de encima; corría de un lado hacia otro y yo a cada instante me veía en el suelo. Se metió dando brincos en medio de la piara de cabras que volvía del monte y los perros empezaron a ladrarle, lo que puso más nervioso al animal. Menos mal que el cabrero, a quien le llamábamos “señor Miguel” por su edad, y, a pesar de ella, estaba en unas condiciones físicas estupendas, se acercó a la potrilla y logró asirme. Todavía le tengo en la lista de beneficiarios de mis oraciones por salvarme de aquel tormento.
Francamente, teníamos mucha confianza con mi tío e incluso, si estaba de buen humor, nos permitíamos alguna licencia con él, llegando, a veces, a burlarnos de algunas de sus “facultades”. Una tarde que tirábamos a un blanco con una escopetilla de plomos apareció mi tío, que siempre se involucraba en todo lo que hacíamos:
—A ver, traer pa’cá esa escopeta que os voy a enseñar cómo se dispara —ése fue su saludo.
La carcajada fue unánime, pues sabíamos que, cuando estaba con mi padre en el Atlas, en una ocasión cogió un jabalí muy grande con un cepo, se acercó a casa por la escopeta, le disparó varias veces y al final tuvo que terminar matándolo con un hacha. Le recordamos la historia, pero no se inmutó:
—Traer la escopeta, que esa historia se la inventó vuestro padre (su hermano) porque me tenía mucha envidia.
Le llevamos la escopeta y la caja de los plomos, y con mucha parsimonia y chulería cargó el arma, y dirigiéndose a nosotros con aire prepotente, nos dijo:
—¿Veis ese gallo que está al lado de la lata? Pues voy a dar un plomazo en la lata y veréis el susto que se lleva.
Era un gallo precioso, blanco, con un porte andando como diciendo “aquí estoy yo”. Se oyó el disparo y el gallo se dobló y se quedó inmóvil.
—Está acojonao —dijo mi tío.
Nosotros fuimos corriendo hacia el gallo para ver qué le había pasado y vimos que el plomo, en lugar de en la lata, había impactado en la cabeza del animal, matándolo en el acto. Sin inmutarse lo más mínimo ante nuestras risas, nos dijo:
—¿De qué os estáis riendo? ¿No veis que lo he hecho a propósito? Llevo mucho tiempo con ganas de comérmelo. Además, tenía pinta de maricón. Así que llevárselo a vuestra tía que mañana comemos pollo.
Entre los hermanos y mi prima había armonía, Miguel imponía su ley y nosotros la acatábamos, siempre que no se pasara, que no lo hacía, entre otras cosas porque un cante nuestro a mi tío supondría un problema para él.
Cuando anochecía, antes de ir a dormir nos sentábamos a observar las luces de los barcos de pesca en el mar y jugábamos a algún juego que proponía Miguel y que, por supuesto, siempre ganaba él. Aún recuerdo el concurso de poesías, e incluso la poesía que lo ganó. Decía así:
Las traíñas del veintitrés son las mejores de todas, porque se baña “el” Miguel, que nada a cien por hora.
El veintitrés se refería al punto kilométrico que nos pillaba frente a la casa. G R A N J A (Primera parte)![]() La vida es caprichosa y en ella suelen triunfar las personas que tienen suerte, aunque la suerte, a veces, si no la buscas, te esquiva, te regatea. Yo no me quejo de mi suerte, pero podía haber sido mucho mejor, y cada cual tiene que apencar con lo que le toca.
De entrada fuimos seis hermanos y tres primos, agregados por diversas circunstancias: uno, hijo único y con la cara más dura que el diamante. Mi padre le llamaba “el niño de Puertorrico”, porque siempre estaba pidiendo café. Claro que lo que por aquel entonces tomábamos era malta tostada. Se agregó porque se encontraba muy solo; otra, porque la chica se quedó huérfana de padre y madre, y la tercera porque en la ciudad era más fácil estudiar. Ni qué decir tiene que nadie aportaba nada a casa, y mis padres, siguiendo la misma táctica, nos enviaban a los tres pequeños durante las vacaciones a la granja (por llamarla de alguna forma) de mi tío, padre de la “estudiosa”. A esta finca sólo la separaba del mar una carretera sin apenas tráfico, y allí nos recibían a los tres hermanos con los brazos abiertos.
Nosotros nos sentíamos felices, hacíamos las cosas de buena gana y sabíamos que nuestros tíos nos querían y nosotros a ellos, más a mi tía, que era nuestra protectora y la que salía siempre a defendernos en contra de algunas de las barbaridades que se le ocurrían a mi tío. Con el paso del tiempo se te queda la conciencia más tranquila al pensar que con lo que ayudábamos dejábamos de ser unos parásitos y les evitábamos gastos en personal o le aliviábamos un poco su trabajo. Además, éramos niños curtidos por la vida desde nuestro nacimiento, y nada nos asustaba. Lo mismo podíamos estar de cuatro a seis horas montados a caballo, pero sin montura, a pelo (los que han montado a caballo saben lo que es esto), que estar recogiendo leña en el monte para el fuego bajo una temperatura por encima de los 40 ºC. Nada nos cansaba.
Ami tío se le podía ganar a todo, menos a inconsciencia ni a fuerza bruta: era un auténtico Sansón. Aun hoy, cuando veo algunos programas de fuerza, recuerdo tantas cosas increíbles que él realizaba, que lo de la televisión me parece un juego de niños. Pondré un par de ejemplos para dar una idea de su fortaleza: cuando venía el camión del grano cargado con sacos de 100 kilos, él lo descargaba dos a dos, un saco debajo de cada brazo, y el segundo ejemplo es que en una ocasión que un macho cabrío le atacó, de un puñetazo en la cabeza le dejó sin conocimiento, lo que a cualquiera le hubiese costado trabajo hacerlo con una maza de cinco kilos. Tenía la filosofía de que la comida hay que ganársela, porque así nos haríamos unos hombres. Tengo que reconocer que a su hija la trataba igual que a nosotros, sin ningún tipo de discriminación positiva.
En la granja no había electricidad, por lo que nuestra vida se regía casi por las horas de sol, ayudados a veces por unos quinqués o candiles en las pocas horas que estábamos despiertos sin luz solar. Un día cualquiera de nuestra vida allí transcurría de la siguiente forma: sobre las 4.00 horas de la madrugada, cuando mi tío entraba en nuestra habitación, se liaba un revoleteo de los angelitos de la guarda que se las piraban a toda leche, porque el señor llevaba siempre una honda de pita (fabricación propia) que dejaba caer con cierta violencia sobre nuestros dormidos cuerpos al grito de “To er mundo arriba que está er zó en mitá der cielo y las cabras están nerviosas”. Estas caricias a veces llegaban a levantar ampollas, pero soy consciente de que no lo hacía con mala intención, sino como una broma de las suyas (vamos, para empezar el día con buen humor). Lo que pasaba, creo, es que no controlaba su fuerza ni su consciencia.
Lo primero era desayunar un tazón de café con queso de cabra migado que pensábamos que eso era una “delikatessen” reservada a los dioses, ambrosía pura. Después, con el último trozo de queso en la boca nos dirigíamos, junto a mi tío, al cabrero y algunos más, a ordeñar a las casi 200 cabras para que por la mañana la leche fuese recogida por un camión y transportada a la ciudad. Un dato curioso es que cada cabra tenía su nombre.
Mi tío tenía un sentido del humor muy suyo, y te hacía bromas como la de decirte que bebieras a morro en un cubo de leche y, cuando estabas en plena faena, te hundía la cabeza hasta las orejas, con la consiguiente carcajada de todos los presentes; yo creo que se reían hasta las cabras. Otra muy buena fue aquella en que, ante la insistencia de mi hermano pequeño por ayudar, le puso a ordeñar a un macho cabrío, que lo único que hacía era darle patadas al pobre niño, harto de apretones testiculares.
Después del ordeño nos dirigíamos al mar a recoger los sedales lanzados por mi tío la tarde anterior. Era un sedal grueso del que partían varios sedales de distintos tamaños con anzuelos en los extremos, excepto de uno que en un extremo portaba un trozo de plomo y en el opuesto el correspondiente corcho, para mantener los anzuelos a la profundidad deseada. Era raro si algún día algún anzuelo no traía un pez, y el sacarlo era cosa de mi tío, ya que se necesitaba una fuerza descomunal para sacar aquella cantidad de anzuelos con peces de tamaño considerable. Mientras nosotros nos dábamos un baño en el mar.
De vuelta a casa nos tocaba barrer los corrales y chiveros, y limpiar uno a uno los comederos de todas las cabras, para eliminar las piedrecitas que venían con el grano que se les daba como complemento vitamínico, con el fin de aumentar la producción láctea. Y de vuelta, al desayuno, por segunda vez. Después libres toda la mañana. Hasta la hora de comer teníamos tiempo libre para ir a la playa a bañarnos o hacer lo que quisiéramos, si no nos buscaban algún trabajillo extra como subir al monte a recoger leña (raíces de brezo era la mejor) o sembrar las tomateras e ir regando planta por planta. Menos mal que sólo se regaba una sola vez al plantarla. Medio jarrillo de agua por planta, transportada en cubos desde un pozo; sólo para que agarren las plantas, que eran de secano. Aún no me explico cómo salían aquellos tomates tan grandes y carnosos como nunca los he vuelto a ver, porque nosotros, para disminuir los viajes con el cubo de agua, engañábamos a mi tío y sólo mojábamos alrededor de la tomatera. Después estaba la recogida, con las manos brillando por esa especie de purpurina que suelta la planta y aquel olor inconfundible de los tomates recién cogidos. Recogida y transporte en espuerta hasta un punto, desde donde se iban metiendo en cajas (“corvas”), con la consigna de “los gordos en la parte de arriba”, para desde allí llevarlos al mercado.
Mi tío era un gran “filósofo”, y su “filosofía” la aplicaba a nosotros, especialmente a mi hermano Miguel, que era el mayor de los tres y sobre el que caía la mayor responsabilidad y el mayor trabajo. Era el que, bajo la “sabia” dirección de mi tío, servía de ejemplo de cómo teníamos que actuar. Si tenía miedo porque en la oscuridad algún arbusto se movía, le ordenaba acercarse al matojo y dar una vuelta a su alrededor para después venir y decirnos a los tres pequeños (a mi prima la incluyo como uno más porque participaba en igualdad de condiciones en todo lo que realizábamos) que no había nada, porque de haber habido algún animal salvaje, los perros lo hubiesen detectado. R E E N C U E N T R O (y II)![]() A la 1:50 horas de la madrugada, en el puesto donde se encontraba mi padre aún no se había oído ningún disparo y los centinelas vieron las siluetas de los legionarios que confundieron con los republicanos que huían; dieron la voz de alarma y se abrió fuego contra ellos. En el jaleo de la batalla alguien lanzó el clásico grito de ¡viva Franco!
—Eh, que somos Regulares.
—Nosotros, el Tercio.
—Alto el fuego.
—Alto el fuego.
Afortunadamente sólo hubo un legionario herido. Un Hombre (con mayúsculas) de dieciséis años. Naturalmente había falseado la edad y el nombre, aunque ese detalle los Mandos lo ignoraban a la hora de alistarse a La Legión. Tenía un disparo que desde la sien le recorría todo el hueso parietal, pero sin penetrar en la cabeza. Nada mortal, aunque el legionario perdía mucha sangre, hasta que lograron detener la hemorragia. Una cosa que llamó la atención a mi padre fue que el hombre despedía un fuerte olor a coñac.
—Este hombre está borracho —le dijo al Teniente legionario.
—No, los hombres toman un jarrito de coñac antes de entrar en combate, y a él, o se le ha ido la mano o no debe estar muy acostumbrado.
A mi padre le sorprendió esta medida porque sus Tropas, antes de entrar en combate, si tenían tiempo, rezaban.
Se despidieron los dos Cuerpos de Choque y partieron cada uno a su destino, después de haber repartido los pocos víveres que habían dejado en su huída los republicanos. La Legión tenía su centro de operaciones en Jerez de la Frontera. Al interrogar al hombre que traían prisionero desde el almacén, se percataron de que era homosexual de esos que tienen mucha “pluma”, y una vez comprobado que no tenía nada que ver con el Ejército enemigo, decidieron pasar un rato de risas a su costa.
Montaron una pantomima de juicio sumarísimo y le condenaron a muerte. Le encerraron en el calabozo y le obligaron a beber gran cantidad de aceite de ricino. A la mañana siguiente le condujeron al patio, le ataron a un tronco con las manos libres para que pudiera moverlas libremente y frente a él montaron un pelotón de ejecución. El mariquita no paraba de pedir clemencia pregonando su inocencia de cualquier delito. El Sargento hacía oídos sordos y pronunció las órdenes de rigor con mucha parsimonia: “Carguen armas”, “Apunten”… “Fuego”. Se oyó un estruendo tremendo de nueve fusiles vomitando fuego. El hombre no murió, se palpaba el cuerpo agitadamente y miraba sus manos buscando sangre. Sólo salía una palabra de su boca: “ayyyy, ayyyy, ayyyy”. Los soldados se retorcían de risa mientras recogían los casquillos de las balas de fogueo. El Sargento, dirigiéndose a los soldados, entre risotadas, les ordenaba: “Soltarlo, darle un pantalón, que ése está cagado hasta el dobladillo, y que se vaya para su pueblo”.
¡Las vueltas que da la vida! Mi cuñado tenía una novia, con la que se casó, y el padre de ésta, hombre rudo, campechano donde los hubiese, y yo, hicimos una gran amistad, a partir de que se enteró de mi paso por el Tercio Gran Capitán, ya que él había estado enrolado en el Duque de Alba. Tenía este hombre varios tatuajes: el clásico “amor de madre”, un corazón atravesado por una flecha y, sobre todo, un nombre de mujer que le antebrazo derecho: Isabel (su mujer se llama Ana). Él alegaba que era muy jovencito cuando bebía los vientos por la tal Isabel y que le dio su palabra de volver para casarse con ella, pero al terminar la guerra en el pueblo le dijeron que ella y su familia habían huido a Argentina y jamás volvió a saber nada de ese amor que tantas noches le había mantenido en vela.
En cierta ocasión, un día de un verano caluroso, mi padre, que vivía en otra ciudad, decidió hacerme una visita, y coincidimos con este amigo mío. Los presenté, y, al darse la mano, mi padre clavó su vista en el brazo del legionario y, sin rodeos, le preguntó:
—¿Tú estuviste en la batalla de Júzcar? —Mi padre no había olvidado el tatuaje de aquel chaval que en un momento creyó muerto por un balazo en la cabeza.
—Sí, ¿cómo sabes tú eso? —preguntó mi amigo extrañado—. Allí me dieron un balazo en la cabeza —mientras decía esto se retiraba el pelo para mostrar la cicatriz.
—Yo era el Sargento de Regulares.
Los dos hombres dieron un salto, como movidos por un resorte y se fundieron en un abrazo, mientras sus ojos se iban humedeciendo. Yo, que conocía la historia por parte de Pepe, ya que no recordaba haberla oído de labios de mi padre, y con la idea de recabar detalles y relajar un poco la tensión, le dije:
—Pepe, mi padre no fue; él, donde pone el ojo pone la bala. Si hubiese sido él ahora no estarías invitándonos a unas cervezas.
—¿Quién ha dicho que voy a ser yo el que pague esta fiesta?
Hubo risas y seguimos tomando cañas y ellos recordando detalles de aquella noche.
R E E N C U E N T R O ( I )![]()
El Rif es una región del norte de Marruecos, en su zona mediterránea, comprendida entre las ciudades de Tetuán y Melilla, y donde sus habitantes se diferencian del resto de habitantes del país, ya que son bereberes, e incluso tienen un idioma propio, totalmente diferente al árabe, que se denomina chelja (rifeño o tarifit), de origen kamita (como el euskera).
Territorio rico en minerales, pero sin explotar. Pienso que en aquellos tiempos la maquinaria era muy precaria y muy costoso el transportarla a sitios tan poco accesibles, y hoy día han descubierto que es mucho más rentable la siembra de marihuana para la obtención de hachís que cualquier otro tipo de negocio, ya que la climatología es perfecta para este cultivo.
Pues allí, diez años después de terminar la Guerra de Marruecos, mi padre, que era “especialista” en corcho, fue enviado por su empresa para la planificación, explotación y exportación de este material a la Península, ya que Marruecos se había convertido en parte de España (Protectorado).
Al principio lo pasó bastante mal, y, como la zona era bilingüe, decidió aprender el árabe por si en un futuro era trasladado a otra región del país. Yo creo que esto fue un error, porque el día 7 de julio de 1936 un par de militares llegaron a su lugar de trabajo. Ni siquiera tuvieron la decencia de citarlo para evitar el susto a mi madre; claro que lo que se preparaba no era ninguna tontería como para andar con delicadezas.
—Buenos días.
—A las buenas nos dé Dios.
Tengo que reconocer que mi padre poseía un humor muy fino y no captó lo que le iba a hacer desaparecer ese humor por muchos años.
—¿Usted habla árabe?
—Sí, señor, llevo muchos años en estas montañas y nunca he necesitado intérprete. Desde que hablaba por signos hasta hoy he aprendido mucho. Tenga en cuenta que somos la única familia española en muchos kilómetros a la redonda.
—Basta ya de tanta cháchara. Desde mañana, que deberá presentarse a las 9:00 horas en el cuartel de Tropas Indígenas, queda usted militarizado.
—Debe haber un error (mi padre, aislado en aquella zona, no se enteraba de nada), yo ya cumplí mi Servicio Militar.
—Es igual, España necesita intérpretes para las Tropas Indígenas y usted, por el hecho de hablar árabe, queda nombrado Sargento del Primer Tábor (Batallón) de Regulares de Tetuán, número 1.
Mi padre, sin alterarse (según él), se atrevió a preguntarles por qué era nombrado Sargento y no Teniente, por ejemplo.
—Porque tendrá que estar en contacto directo con la Tropa. Usted preséntese en el cuartel y allí le explicarán cuál es su cometido, y tenga en cuenta que si no lo hace será considerado como traidor a la Patria y se le aplicará la pena correspondiente.
Mi padre, que no tenía intención de que le agujereasen la camisa, a las 9:00 horas del día siguiente se encontraba en un despacho del cuartel, frente a un Comandante bajito y rechoncho.
Con un petate, portado por un soldado indígena, se presentó en casa (teníamos dos: una en Tetuán y otra en el lugar donde mi padre iba siendo trasladado), donde mi madre tuvo casi que rehacer el uniforme, ya que le quedaba un pelín pequeño. Estuvo una semana recibiendo instrucciones, hasta que lo trasladaron a Ceuta desde donde partió hacia la Península al mando de aquellos salvajes, además con la orden de que les dieran “carta blanca”…, de momento.
Después les dieron permiso para regresar a Tetuán, donde contaron que los “rojos” no eran demonios, y que en la guerra se podía violar a placer y robar a dos manos. El “efecto llamada” fue extraordinario: tuvieron que ampliar las Unidades de Regulares (Infantería Indígena). En la segunda tanda tuvieron que controlarlos más, incluso más de uno fue al paredón como escarmiento para el resto.
Cierto día, mi padre visitó a los heridos de su Tábor ingresados en el Hospital de Ronda y notó un olor tan nauseabundo que tuvo que comunicárselo al Alférez-Médico, el cual ordenó una limpieza general en la sala.
Debajo de la cama de un herido había un saco, y al abrirlo encontraron una cabeza humana que portaba dientes de oro y una mano derecha con una alianza del mismo material. Iban examinando a los cadáveres, y, si llevaban oro, se apoderaban de ellos. A éste, en el fragor de la batalla, no le dio tiempo a hacer su rapiña e iba guardando los miembros amputados para mejor ocasión; pero no tuvo tiempo: una bala “roja” se le alojó en la cabeza y acabó con su vida en unos días.
Una noche —contaba mi padre— habían recibido la orden de realizar una operación conjunta con el Tercio Duque de Alba, que operaba por aquella zona. Se trataba de emboscar a una Compañía de republicanos que debería ser desalojada por La Legión de un pueblo de la Serranía de Ronda llamado Júzcar, y así cogerlos entre dos fuegos para evitar que se llevasen materiales y víveres muy necesarios para las Tropas nacionales.
La Legión había hecho perfectamente su trabajo, pero el Servicio de Información republicano —por ser amables con ellos les doy este nombre— había dado la noticia del ataque del pueblo por parte de La Legión y lo habían desalojado. Así que, al llegar el Tercio a los almacenes, los encontró casi vacíos y sólo un hombre que intentaba aprovecharse de la circunstancia para aprovisionarse de víveres. Naturalmente, fue hecho prisionero para obtener una posible información. R E T A Z O S![]()
Tengo muchos años, seguramente más que todos vosotros. He hecho de todo en la vida, creo que lo único que me falta es montar en globo y tener relaciones homosexuales, aunque nunca es tarde para subir en globo.
Desde los nueve años, mis vacaciones de verano me las pasaba trabajando de “traidor” en una editorial (¡niño, tráeme pacá el botijo!, ¡niño, vete a por un bocata con 2 pesetas de chorizo!). Después, mi Universidad fue la calle, el Mundo.
El otro día, leyendo Retazos de vida, de SugSpice, vi que tenía algo en común con él: yo también soy un pied-noir, he perdido a un hermano y a mis padres, y sé el desgarro que eso te produce, sobre todo la muerte de mi madre que, a pesar de mis años, es cuando sentí que se partía el cordón umbilical que me había tenido unido a ella y noté el sentimiento de impotencia más grande de mi vida. En lo referente a la música me lleva mucha ventaja, ya que yo quise aprender a tocar la guitarra, pero como las clases eran gratis, el profesor me dijo que sólo quedaban plazas para bandurria. Lo único que aprendí a tocar fue “clavelitos” (mi-fa-mi-fa-mi, mi-fa-mi-fa-mi) antes de mandarlo a hacer puñetas.
Después, en París, donde en mayo del 68 unos gendarmes me metieron en un furgón y casi sin darme cuenta de nada me pusieron directamente en España por la simple tontería de encontrarme, por casualidad, en medio de un follón donde la gente lanzaba adoquines a la policía y yo los fotografiaba, aunque en el informe policial ponía que yo portaba en mis manos cuarto y mitad de adoquines. Una vez en España fui “invitado amablemente” a hacer el Servicio Militar. Allí me encontré con un español nacido en Orán (Argelia), que, según él, que era mayor que yo, y también repescado, había sido miembro activo de la OAS (Organisation de l’Armèe Secrète). En cuanto llegaron los legionarios al campamento, nos alistamos con ellos.
En aquellos años había una competencia atroz con Regulares 2 y desfilábamos a 180 pasos por minutos y no a los 140 que lo hacen hoy, según oí en la tele. Por la mañana tenías que ir vistiéndote muy despacito, sin que lo notara el imaginaria, porque al terminar el toque de corneta ya tenías que estar formado en el patio. Desayuno e instrucción a tope. Otros días tiro, marchas, en fin, todo el día liados.
Pues este pied-noir, de apellido Pagán, en las clases de teórica (asignatura sobre armamento, tácticas de combate, etc.) se quedaba frito, lo que llevaba implícito hacer unas cuantas flexiones o un paso ligero de esos que las rodillas llegan hasta la frente. Un día de fuerte calor africano mi compañero pegaba cabezadas de todos los colores, hasta que se percató el suboficial que impartía la clase:
—Pagán, hágase 20 flexiones a ver si eso le quita el sueño.
—No pienso hacerlo, puede usted tomar las medidas que crea más oportunas.
—Muy bien, voy a dar parte por escrito de usted porque yo no tengo autoridad para meterle el paquete que le va a caer, ni el que a mí me gustaría.
—Le advierto que alegaré en mi defensa que usted es nulo como profesor, a no ser que me explique cómo se coloca una bomba en una caja de cerillas, o en un coche para que explosione nada más arrancar o a los diez minutos de puesto el motor en marcha.
—Usted no puede alegar nada; usted ha cometido un acto de indisciplina muy grave y deberá enfrentarse a las consecuencias, y como usted es nuevo, le advierto que no le van a gustar nada.
No sé lo que pasó, si los mismos legionarios le pusieron al corriente de lo que se jugaba, pero el caso es que desertó. Seguro que pasaría a Marruecos, ya que dominaba perfectamente el árabe. Ni siquiera se despidió de mí, no sé si porque yo le había dicho que de niño “trabajé” en el periódico del FLN (Front de Libération Nationale) argelino o simplemente por razones logísticas.
Todos tenemos un pasado, una vida, unos más dura que otros (la vida); por eso, puedo aconsejar y aconsejo (sin cachondeo) que procuremos olvidar lo malo pasado y hacer lo imposible por hacer agradable el tiempo que quede por vivir.
EL CUERVO![]()
Un lunes por la mañana apareció en mi lugar de trabajo uno de los aprendices con una caja de zapatos en la mano.
—Menudo bocata traes hoy, Benjamín.
—No es un bocata, es un pájaro que encontré en la Casa de Campo y mi madre no quiere tenerlo en casa.
Abrió la caja y allí había un simulacro de pájaro, sin plumas, recién salido del cascarón y feísimo. Yo estaba soltero y decidí criar al pobre pajarillo.
Antes de llevarlo a casa pasé por el bar del barrio donde nos reuníamos a tomar unas cervezas. Enseñé el ave a mis amigos y un señor mayor me dijo:
—Chaval, eso es un cuervo.
Seguidamente me informó de la forma de alimentarlo, aunque me aconsejó que lo tirara a una papelera. Por supuesto no le hice caso en lo de tirarlo a la papelera y lo subí a casa. Todos los días lo alimentaba con exceso: primero, pan mojado en leche, higadito de pollo muy picado, etc., hasta ponerle el buche que se caía hacia delante cuando intentaba andar.
Lo bauticé con el nombre de “Judas” y el cuervo fue creciendo. Lo enseñé a volar y lo llevaba encima del hombro, donde siempre volvía después de revolotear. Me acompañaba a mi trabajo donde surcaba la nave de punta a punta y me causaba más de una discusión con mis compañeros a causa de sus cagaditas.
Llegó el día soñado. Mi novia, la que hoy es mi mujer, por fin iba a subir a mi piso: yo me relamía pensando la tarde que me esperaba. Al abrir la puerta, “Judas” revoloteó hacia mí para darme, como siempre, la bienvenida. Ella dio un grito espantoso que se confundió con el portazo.
—Agggggg, qué pájaro tan horroroso: es un cuervo, y los cuervos son pájaros de mal agüero. Hasta que no te deshagas de él no entraré en esta casa.
Esa noche no dejé de pensar ni un momento en su ultimátum: “el cuervo o yo”. Tuve que regalárselo a una amiga.
A veces tomamos decisiones equivocadas.
APRENDIZ DE PERIODISTA![]() Linotipia y rotativa
A partir de los doce años comencé a simultanear los estudios con mi aprendizaje en la editorial más grande del norte de Marruecos, donde se editaban varios periódicos. Al principio fui pasando por las distintas secciones hasta llegar a linotipias, consideradas por aquellos entonces como el súmum de las Artes Gráficas. Después apareció el offset y más tarde la informática hizo presencia invadiéndolo todo, y donde se necesitaban trescientas personas para editar un periódico de gran tirada, ahora esa labor la podían hacer muy pocas personas, con el ahorro en los gastos correspondiente, que no se vio reflejado en la bajada de precios ni de periódicos ni de libros, sino que el aumento de ganancias, como siempre, fue obtenido por los empresarios.
Con el tiempo fui acompañando a los periodistas a hacer sus entrevistas, e incluso, cuando el personaje era de segunda fila: futbolistas de poca categoría y similares, el periodista me entregaba el cuestionario y yo me trasladaba y anotaba las repuestas. Después el maestro corregía todas las innumerables erratas que cometía, adjuntaba la fotografía del personaje y las mandaba a talleres, ahorrándose la mitad de su trabajo. Quiero aclarar que yo no cobraba por este trabajo, sino que además estaba agradecido, y el periodista se embolsaba todo, hasta las gracias, que jamás me las dio.
Pero lo que más me gustaba era asistir a los juicios. Tengo especial recuerdo de uno de ellos porque el juez tuvo que desalojar la sala (menos mal que a la “prensa” nos respeto y dejó que continuásemos), ya que se formó un gran jaleo: unos en contra, otros a favor y otros riéndose. Se trataba de una demanda de divorcio por parte de una mujer, alegando que su marido la obligaba a realizar sexo anal.
El juez llamó la atención severamente a este individuo, que permanecía con cara de alucinado, como extrañado de que no se comprendiera su actitud.
En un arranque de sinceridad este hombre se atrevió a hacerle una pregunta al Tribunal:
—Señor juez, si su señoría compra un huerto con dos puertas, ¿por cuál de ella entra?
El juez, de muy malos modos, le respondió:
—Por la que me dé la gana.
—Pues eso es lo que hago yo.
Entonces fue cuando se lió el jaleo en la sala. En realidad él había “comprado” a su mujer. Así funcionaban las cosas allí: el haber entregado al padre de la mujer un par de vacas creía que le daba derecho a ser su dueño.
El juez concedió el divorcio, cosa muy extraña que en un país árabe gane una demanda de divorcio una mujer (en algunos no tienen derecho ni a presentarla).
EL FARERO (FIN)![]() David estaba dispuesto a todo, hasta tal punto de haber puesto silenciador a la pistola, así que, sin pensarlo dos veces, disparó al brazo derecho de Ignacio, que lanzó un grito de dolor al sentir la mordedura de la bala en su carne y en enseguida quiso taponarse la herida con la mano izquierda, dejando al descubierto el mando del segundo sótano.
David empujó al farero hacia el sótano y éste rodó por las escaleras. Al querer incorporarse, iba agarrándose a las tuberías. La perra no dejaba de ladrar mientras daba vueltas sobre sí misma. El farero, en su inmenso mareo se agarró a la palometa que accionaba la apertura del suelo y éste empezó a abrirse.
—Ahí la tienes, baja a por ella —dijo el farero.
—No pensarás que vas a dejarnos abajo a los dos, ¿verdad? Ahora serás tú el que ocupe ese lugar.
Mientras decía esto, Lourdes empezaba a subir las escaleras y la perra no dejaba de hacerle fiestas. Ella se lanzó hacia su marido con la intención de abrazarlo, pero él le hizo un gesto para que se parase: no se fiaba de la reacción del farero y no quería darle ninguna ventaja.
Ella le gritó:
—Quítale el reloj, es el mando que abre el sótano desde dentro.
Así lo hizo David, y ni siquiera le dio opción a que bajara las escaleras: de un tremendo puñetazo lo lanzó al fondo, donde el farero intentaba reincorporarse. Logró ponerse de pie y empezó a pedir perdón y clemencia. Ofrecía una visión patética con la cara cubierta de sangre producida por el culatazo que David le asestó en la frente y el goteo continuo de sangre procedente del disparo que recibió en su brazo derecho.
Lourdes no dejaba de llorar y su marido tuvo la primera idea de dejarlo encerrado en el zulo, pero más tarde o más temprano podrían descubrir su cadáver y no estaba dispuesto a que aquel individuo le fastidiara la vida dos veces, y, aunque jamás lo descubrieran, sería terrible vivir toda una vida pensando cómo habían asesinado a un hombre, por mucho que se lo mereciera.
—Déjalo encerrado ahí abajo, que se pudra, y vámonos a casa, que no soporto ver más su cara —dijo ella sin dejar de llorar.
—Eso es lo que se merece —le replicó David—, pero no podemos vivir toda una vida con un asesinato sobre nuestra conciencia, y, si por casualidad algún día lo descubren, no quiero que nuestro hijo tenga nunca que avergonzarse de nosotros.
—Haremos algo mejor, llamaremos a la policía local para que se haga cargo de este despojo humano. Que se lo lleven, lo juzguen y se pudra, pero en la cárcel.
—No sé si podré reponerme de esto.
—Claro que sí, yo te ayudaré, cariño. Dentro de nada lo verás como un mal sueño.
Así se lo comunicó a su mujer e hicieron propósito de olvidar el incidente por el bien de ellos y de su hijo. Después de un largo abrazo, descolgaron el teléfono y llamaron a la policía local, a los que David dio todo tipo de detalles. A los pocos minutos un par de ambulancias y varios coches de policía se encontraban en la puerta del faro. Tanto Lourdes como Ignacio fueron ingresados en un hospital para recibir atención médica y después ella volvió a casa con su marido y su hijo, y él, cuando saliera de la cárcel, estaría tan mayor que no tendría ni fuerzas ni ganas de volver a las andadas.
Y ella..., ella jamás olvidará ese maldito día ni a ese maldito farero. EL FARERO (Parte 6)![]()
Plano del sótano segundo o zulo Ella estaba cubierta con una sábana, sentada al borde de la cama y llorando. Su cabeza era un hervidero de ideas confusas, de preguntas, de ansiedad. Su hijo y su marido no se le borraban ni un segundo: ¿Qué pensarían?... y ella, ¿cómo podría salir con vida de aquel agujero? ¿Por qué el desayuno y la comida se los sirvió por una ventana que abría y cerraba herméticamente y no personalmente? ¿Por qué la semidrogó para violarla? ¿Pretendía que ella se enterase de que estaba siendo violada, pero no quería resistencia? La única realidad era que tenía que tener mucho cuidado porque era un enfermo mental muy peligroso.
El deslizamiento del techo la devolvió a la realidad de su verdugo. Desde su perspectiva, como la primera vez, lo vio muy alto, pero a medida que descendía parecía recuperar su estatura normal. Su desnudez hacía que su miedo aumentase a medida que él se acercaba. Ella observó que él llevaba un reloj, sin números, cuadrado, de color verde, pero su cabeza no estaba en condiciones de hacerse preguntas, y mucho menos de responderlas. Cuando él se sentía dueño de la situación no cerraba el techo, sabía que nadie le oiría en aquel apartado lugar. Dirigiéndose a ella, con tono muy agresivo, le ordenó:
—Quítate la sábana de encima y siéntate que quiero hacerte unas preguntas. No intentes ninguna tontería porque entonces te mataré con mis propias manos. Vamos a ver, quiero que tengas claro que si me mientes en algo vas a arrepentirte cada día de haber nacido. Así que tú sólo limítate a contestar a lo que yo te pregunte, porque te advierto que me da igual tenerte aquí que matarte. Vamos a ver: ¿qué es lo que le gusta más a tu perra?
—Ella sólo come pienso para perros. ¿Cómo sabes que tengo una perra?
Aquella pregunta le sacó de quicio y la golpeo con tal violencia que empezó a sangrar por la boca. Desde ese momento no volvió a decir ni una palabra. La idea del farero era envenenar esa misma noche a la perra, cosa bastante arriesgada y más en un animal que sólo comía pienso. Estaba tan irritado que toda su ira pensaba hacérsela pagar a ella; así que, se acercó al lugar de la cama donde ella estaba sentada, se quedó de pie frente a ella, metió su mano en el bolsillo y sacó una navaja de hoja larga estrecha y muy afilada:
—Ahora, vas a abrirme la bragueta, sacarme la polla y chupármela con mucha suavidad. Si siento el menor roce de tus dientes, no volverás a ver a ese chucho porque te degollaré como a un cordero, pero lo haré lentamente.
Para demostrarle que estaba dispuesto a hacerlo le dio un pequeño corte en un hombro e introdujo la punta de la navaja dentro del otro hombro. Ella gritó desesperada, y él le advirtió que si volvía a gritar de nuevo, no le importaba violarla mientras se desangraba. Lourdes no tuvo más remedio que plegarse a los deseos del psicópata para poder conservar la vida mientras se presentaba una oportunidad para poder huir de aquel calvario.
—Lo estás haciendo muy bien. Así me gusta; ahora ponte a cuatro patas que voy a sodomizarte como a una perra… ¡Vamos, de prisa, cerda; después, cuando estés bien mojadita, terminaré dejándote el coño relajado!
Ella obedeció y se puso a cuatro patas, pero la visión de la mujer en esa posición, después de la felación que había recibido, le hizo que eyaculara sobre sus nalgas antes de darle tiempo a ningún tipo de penetración. Se sintió tan mal que propinó una patada en el costado a la mujer que la tiró fuera de la cama, mientras él subía las escaleras, avergonzado en su interior. Fue a la ducha, pero antes pasó por el cuarto secreto, enchufó las cámaras y ella permanecía desvanecida en el suelo.
Nada más salir de la ducha sintió uno golpes enormes en la puerta del faro. Por inercia, abrió sin preguntar quién era y se encontró con Daniel. El marido de Lourdes había decidido jugarse el todo por el todo. Abandonó el hotel, metió la perra en el coche y se acercó al faro por una calle lateral, dejando a Laika dentro del vehículo, muy cerquita del edificio.
Ignacio puso cara de asombro al verlo, pero no le dio tiempo a decir nada, porque David le asestó un enorme golpe en la frente con la culata de su pistola. Cogió las llaves, que estaban puestas en la cerradura y se las llevó, dejando la puerta entornada y el cuerpo de Ignacio tirado en el suelo, sin conocimiento y sangrando por la frente. Fue a buscar a Laika y volvió donde se encontraba el farero. Cerró la puerta con llaves, mientras la perra subía escaleras arriba y al rato bajaba arañando en la puerta del primer sótano. David buscaba agua para reanimar al farero sin prestar atención al animal.
Al notar el agua fría en su cara, Ignacio se recuperó, se sentó en el suelo y se puso las manos en la cabeza para mitigar el fuerte dolor que sentía a causa del fuerte golpe recibido. Frente a él, de pie y encañonándole con la pistola, David se había percatado del extraño “reloj” que portaba el farero. Sólo le dio importancia cuando instintivamente Ignacio trataba de ocultarlo con cierto nerviosismo. En ese momento David se dio cuenta de que Laika ladraba en la puerta del sótano. Abrió la puerta y la perra desapareció escaleras abajo moviendo el rabo en señal de alegría. David, dirigiéndose al herido, le dijo:
—Sé que mi mujer ha estado aquí, porque, aunque te parezca extraño, puedo oler su aroma y me vas a contar todo si en algo aprecias tu vida. Llevo muchos años en la policía y conozco a los malhechores por su olor, aunque estén recién duchados. Me he informado bien de ti y sé que eres inteligente, así que sabes que voy a matarte si no me dices lo que quiero saber. Tengo guardada una pistola no registrada y cuando venga la científica tus huellas estarán en ella, y la legítima defensa no está penada, y mucho menos para un policía. De entrada, dame esa especie de reloj y dime sus funciones.
—Tú, sin embargo, no eres tan inteligente, primero porque no te has informado sobre mí ni sabes qué soy capaz de hacer; segundo porque no vas a tener cojones de apretar ese gatillo contra mí y quedarte veinte años sin ver a tu hijo ni, por supuesto, a tu mujer. EL FARERO (Parte 5)![]() Plano del sótano primero Nada más decir esto, David, después de despedirse del resto de compañeros, montó en su coche y salió a toda mecha en dirección a su ciudad, sin importarle radares de velocidad controlada ni nada. Sólo quería llegar a tiempo de poder ver a su hijo. Cuando llegó a casa de sus padres no recordaba el trayecto que había hecho de lo ensimismado que iba en el coche. Continuamente acariciaba la culata de su pistola reglamentaria, imaginando un secuestro y que se hallaba frente al secuestrador. Él tenía el convencimiento de que su mujer estaba viva… y no le había gustado la cara del farero.
Cuando llegó a casa de sus padres su hijo aún dormía y los abuelos se dirigieron a él indagándole con la mirada y sólo les salió la palabra “¿qué?”. Lo conocían muy bien y no esperaban respuesta. Empezaron a deambular por la casa con los ojos llorosos. Incluso su perra, una pastora alemana llamada Laika, que le regaló a Lourdes un policía de Aduanas porque no daba la talla para localizar drogas, tenía los ojos tristes y no se movió de una esquina, donde permaneció con las orejas tiesas, captando la tensión del ambiente y como si tuviese la intención de enterarse de algo.
Al levantarse Luis, lo primero que hizo fue preguntar por su madre, y el padre, haciendo de tripas corazón, le contó que a su madre se le había complicado el trabajo y seguramente tardaría unos días en volver y que él, hasta la vuelta de su madre, debería permanecer con los abuelos. Al chico le pareció muy raro porque su madre jamás había dormido ningún día fuera de casa, pero también sabía que su padre nunca le había mentido. Así que, de mala gana, aceptó la proposición del padre, máxime cuando había de por medio la promesa de un buen regalo a la vuelta de la madre. Nada más desayunar Luis, su padre le acercó al colegio.
Desde allí fue a su cuartel, donde estuvo hablando con sus jefes y compañeros. Uno de ellos le sugirió que su perra sería de una gran ayuda para localizarla. Por lo menos marcaría el camino inicial que tomó Lourdes.
—Es cierto —dijo Daniel—, con el nerviosismo y las prisas olvidé llevarme a Laika.
Entró de nuevo en el despacho del jefe, le expuso el consejo que había recibido del compañero y le pidió de nuevo permiso para ausentarse. Su jefe le comunicó que se tomase el tiempo que necesitase y le deseó toda clase de suerte, lamentándose de que el hecho hubiese ocurrido fuera de su jurisdicción.
Daniel se dirigió a casa de sus padres, dejó el recado de que recogieran a Luis, puso la correa y el bozal a Laika y no esperó al día siguiente: se dirigió directamente al pueblo donde había desaparecido su mujer. Fue directamente al cuartelillo y ya Paco tenía el fichero del caso de la desaparición de la mujer del farero encima de la mesa.
La sorpresa fue mayúscula: había hecho una denuncia contra su mujer por abandono de hogar y nunca más se acercó a recabar información sobre la marcha de las investigaciones. Eso era todo lo que contenía el archivo; es decir, que no había hecho mención a la nota que le dejó la mujer. Mientras, Laika se mostraba nerviosa y hacía esfuerzos para salir a la calle. Una vez que la sacaron, la perra se dirigió al ayuntamiento, que estaba al lado de la policía; entró en los salones donde se había celebrado la fiesta, dio unas cuantas vueltas oliendo cada rincón y salió a la calle. Seguidamente enfiló la calle principal y se dirigió, olisqueando el suelo, hacia la costa. Primero fue al acantilado y después se dirigió directamente al edificio. El farero, escondido tras las cortinas de una ventana, no dejaba de observar los movimientos del animal. Esta vez no abrió la puerta ni se mostró tan amable; el sudor, a pesar del día tan fresco que hacía, corría por su frente. Abrió la ventana y, dirigiéndose a los dos policías, les gritó:
—¡Eh!, ustedes pueden pasar cuando quieran, pero el perro tendrán que dejarlo fuera porque soy alérgico a los perros.
—¿Cómo? —dijo Paco—. Cuando tu mujer vivía en el faro teníais un caniche.
—He dicho que el perro no entra, le tengo pánico a los perros grandes —ya no sabía qué excusa poner porque no estaba seguro de si la perra podría localizar a Lourdes, porque había oído muchas veces que perros habían localizado a personas enterradas por causa de cualquier terremoto.
—Tendremos que pedir una orden judicial. Sólo vas a conseguir retrasarlo un poco, pero la perra entrará —le dijo David.
—Le diré al alcalde que si eso sucede, que se vaya buscando un nuevo farero porque yo me marcho.
—Ése no es mi problema —dijo David—. Mi problema es que quiero que la perra entre.
Los dos policías se marcharon a buscar la orden judicial, ya que el faro estaba considerado como domicilio habitual y entrar por la fuerza hubiese sido un allanamiento de morada. Paco le comunicó a David que tendrían que esperar un día, si la cosa no se alargaba, porque el juez no se hallaba en el pueblo y se esperaba su regreso para dentro de uno o dos días. El marido de Lourdes estaba desesperado. Las muestras que daba la perra indicaban claramente que su mujer había estado allí. Pensó sacar la pistola, disparar a la cerradura y entrar por la fuerza, pero era consciente de que eso podría traerle unos problemas que seguramente le impedirían seguir buscando a Lourdes.
El farero estaba nervioso como nunca lo había estado y por su cabeza pasaban cientos de formas de solucionar el problema que tenía, pero buscaba una que no lo implicara en un secuestro y violación, que podría traerle graves consecuencias. Él sabía que tardarían en conseguir la orden judicial, como mínimo, dos días: ese era el tiempo que tenía para encontrar una solución para evitar que la perra la localizara. Tenía dos opciones: o despistar a la perra o deshacerse de la mujer. De momento, esa noche iba a disfrutar de aquella mujer, ya que sería absurdo haber estado preparando durante tanto tiempo su venganza como para ahora rendirse sin más. Se dirigió a su cuarto secreto y conectó las cámaras.
EL FARERO (Parte 4)![]() Planos de las plantas 1.ª y 2.ª, exactamente iguales
El zulo del faro que ocupaba Lourdes estaba vigilado por cinco cámaras ocultas que Ignacio controlaba desde un cuartito que no había mostrado a ella y cuya puerta estaba disimulada en una especie de armario giratorio. Así que cada movimiento de ella era minuciosamente observado por él. Esa noche el farero apenas había pegado ojo. Lourdes se había negado a cenar, pero bebió un vaso de agua, ya que tenía la boca seca y en cuyo interior Ignacio había diluido un fuerte relajante. Cuando éste, a través de las cámaras, observó que el medicamento había hecho su efecto, desplazó el suelo y empezó a descender lentamente. Lourdes permanecía tumbada en la cama, semiinconsciente. Sentía y veía lo que estaba pasando como si se tratase de una película borrosa donde ella, aunque lo intentara, no podía modificar en nada la acción que allí se estaba desarrollando. Le vio bajar la escalera y las piernas del farero se le antojaron inmensas de largas, mientras que éste se dirigía hacia ella y se sentaba en la cama. Le costaba mucho articular palabra, era como si su lengua se hubiese convertido en plomo o aumentado enormemente de tamaño. Logró articular una sola palabra: “¡cabrón!”.
La carcajada del farero penetró en su cerebro al igual que si estuviese sufriendo una terrible resaca. Él empezó a desnudarla muy despacio, recreándose en los vanos intentos de Lourdes por impedirlo. Ella era consciente de lo que estaba pasando, pero al final tuvo que abandonarse a la voluntad de aquel enfermo, que la manejaba como si se tratase de un fardo. Las fuerzas la habían abandonado. Una vez completamente desnuda, la violó de una forma tan brutal que parecía que más que buscar placer lo que buscaba era infligir un castigo. Una vez que acabó su cobarde acto, recogió la ropa de Lourdes y se la llevó con él para quemarla, mientras ella permanecía en la cama boca abajo, ahora completamente inconsciente.
Ya arriba, cerró el suelo y depositó la ropa de Lourdes en el fuego de la potente estufa de gas-oil con la que calentaba el faro, se duchó y se echó, vestido, en un camastro que tenía en el cuarto donde se hallaban los equipos técnicos de comunicación del faro. La potente luz seguía girando monótonamente y en toda la noche no se produjo ninguna incidencia. El sonido del despertador que se había puesto hizo que se incorporara enérgicamente, y, antes siquiera de lavarse, echó una mirada hacia la costa y hacia el pueblo.
No vio a nadie. Se aseó y descendió a la planta baja para hacerse un café, y llenó la cafetera porque esperaba alguna visita. No se equivocó, al levantar la mirada vio que por la calle principal del pueblo, precisamente la que conducía al faro, se acercaban dos hombres: uno vestido con el uniforme de policía local y otro de paisano.
Conoció al policía y abrió la puerta con celeridad:
—Buenos días, Paco… y compañía.
—Buenos días —le contestaron los dos al unísono.
—No he pegado ojo en toda la noche —mintió—. Todos los kilómetros de costa que alcanza este foco los he estado mirando continuamente con el telescopio y no he visto rastro de esa pobre mujer.
El policía, adelantándose hacia Ignacio, le tendió la mano y le dijo:
—Este señor es su marido, además de colega. Con eso quiero decirte que todo lo que hagamos por encontrar a su mujer es poco.
Ignacio dio la mano a David, marido de Lourdes, y le dijo:
—Siento mucho conocerle en estas circunstancias. Créame que entiendo perfectamente lo que siente, porque yo he pasado por la misma situación: mi mujer también desapareció —obvió decirle que él fue abandonado y no hizo mención al abandono de su mujer, término éste que desconocía incluso la policía—, pero pasad, acabo de hacer café y la mañana está muy fría.
Pasaron y tomaron café en la planta baja, después el marido quiso subir a la parte más alta del faro para ver él mismo si su mujer pudo caerse al mar, por dónde y por qué circunstancias. La verdad es que aquel acantilado era muy peligroso y el accidente pudo ocurrir en cualquier lugar, pero algo le decía en su interior que Lourdes, mujer atlética, que fue compañera suya en la policía desde que eran solteros hasta algunos años después de casarse, hubiese perfectamente detectado el peligro de acercarse demasiado a aquella costa. Salieron los dos policías para andar un poco por la costa para ver si conseguían localizar algún indicio que confirmara que a Lourdes se la había tragado el mar, mientras el farero, por la ventana, no apartaba los ojos de ellos.
David, dirigiéndose a su colega le dijo:
—No me gusta nada ese tío…, no me gusta su cara: tiene una expresión rara. Quisiera dos cosas: ver la denuncia y la investigación que se realizó cuando desapareció su mujer, y conseguir una orden judicial para registrar el faro a conciencia.
—Pero, hombre, Ignacio lleva en el faro desde que yo era un niño y jamás ha tenido problemas, exceptuando el de su mujer, pero si así lo quieres no creo que te pongan ninguna pega, ya has visto cómo nos ha invitado a pasar. En cuanto a lo de su mujer, ahora pediremos en el cuartelillo que nos proporcionen el archivo del caso.
—De acuerdo, pero lo de visitar el faro lo haremos mañana, porque tengo que volver a casa. Tengo un chico de siete años y han ido a recogerlo al colegio los abuelos y quisiera ser yo quien lo lleve esta mañana. Tendré que darle alguna explicación sobre su madre. Ya se me ocurrirá algo durante el camino. También tengo que pasarme por el cuartel.
—Como quieras, David, ya sabes que nos tienes a tu disposición. A ver si terminamos pronto con esta pesadilla. Me viene bien que vengas mañana, así me da tiempo de sobra para empaparme el archivo de la desaparición de la mujer del farero.
—Gracias, Paco, mañana nos vemos. EL FARERO (Parte 3)![]() Plano de la planta baja del faro En ese momento el miedo hizo mella en la mujer, pero recordando cómo hablaba de su mujer y las lágrimas resbalando por sus mejillas, pensó que el hombre estaba emocionado. Además, su compañera sabía que estaba en el faro (ella había oído dar el recado por teléfono); eso la relajó y empezó a bajar al segundo sótano. Él la seguía sin quitarse el pañuelo de los ojos, dándole a ella la impresión de que el recuerdo de su mujer le hacía llorar.
Nada más llegar al suelo él le asestó un golpe tremendo en la cara, que el cuerpo de Lourdes cayó en la cama como un fardo, y él empezó a subir las escaleras, mientras iba diciendo en voz alta:
—Esta habitación está por debajo del mar; tiene cierre automático imposible de abrir desde dentro si no es con un mando a distancia que nunca tendrás en tu poder si no me matas, porque ese mando va incluido en este reloj. Está tan insonorizada que ni siquiera una explosión de una bomba se oiría en el exterior. Bajaré a traerte comida y a hacer uso sexual de tu cuerpo cuando se me antoje. Así que vete cogiéndole cariño a la habitación, porque en ella vas a pasar el resto de tus días.
En la cabeza de Lourdes se iba repitiendo, como un eco cada vez más lejano: “… el resto de tus días…, el resto de tus días…”. Una vez arriba volvió a girar la palometa y el suelo volvió a cerrarse de forma tal que nadie hubiese imaginado que allí debajo había otra habitación.
El farero, hombre muy inteligente, ingeniero electrónico, que había ejercido su profesión hasta que cierto día se le inflamó la vena bohemia y lo dejó todo para trasladarse a vivir al faro, lo que influyó bastante para que su mujer no dudara en abandonarlo ante la perspectiva de pasar en un faro de un pueblo sin vida el resto de sus días y renunciar a su vida social. Así que vio en aquel apuesto muchacho, que llegó al pueblo para realizar unas obras de infraestructuras, y que no dejaba de intentar mantener una relación con ella, la tabla de salvación para huir de aquel aburrido faro y de aquel marido que rozaba la esquizofrenia. No tuvo que pararse a pensar en nada: todo lo tenía planeado desde hacía mucho tiempo, y cada movimiento estudiado minuciosamente, con el fin de no cometer ningún fallo. La negativa de la viuda que regentaba el bar del pueblo a mantener relaciones con él, terminó de agudizar su problema y desde entonces sólo abandonaba el faro para hacer las compras semanales.
Se dirigió a una cesta de mimbre cuadrada donde guardaba los trapos de limpieza, cogió uno de ellos y empezó a limpiar todo lo que había tocado Lourdes: los pasamanos de las escaleras, el vaso donde tomó el refresco, la silla, la mesa… en fin, todo aquello que pudiese albergar alguna huella de ella. Después fregó el suelo con el mismo objetivo: hacer desaparecer las pisadas que no correspondieran a él. Cuando todo estaba seco, realizó el mismo itinerario, dejando sus huellas, que así quedarían como las únicas en el faro.
Mientras realizaba esta labor, con una sangre fría impresionante iba recordando lo mal que le había tratado el mundo y que había llegado la hora de devolverle a ese mundo el veneno que había vertido sobre él, sobre todo las mujeres. Desde la Universidad tuvo mala suerte con ellas, a pesar de tener un físico atractivo. Después el abandono de su mujer y la nota pidiéndole que no la buscara, que el verdadero amor le había llegado tan de repente y de una formas tan intensa, que no estaba dispuesta a perder ni un minuto más a su lado. Al leer la nota sintió la misma sensación que produce una hoja helada de un cuchillo clavándose en el corazón. Pero al fin el destino había puesto la venganza al alcance de su mano. Aquello que había esperado tantos años, por fin lo podía disfrutar; se había presentado en el momento menos pensado.
En los salones del ayuntamiento ya había terminado la fiesta, con mayor éxito para unos que para otros, y la moderadora y el conductor del autocar se preguntaban por Lourdes, y la noticia de su ausencia corrió como un reguero de pólvora. Algunas mujeres reclamaban su derecho a volver a casa a la hora pactada, pero la mayoría estuvo de acuerdo en dar una batida por el pueblo para buscarla, ante el temor de que le hubiese pasado algo desagradable.
Todos salieron en su búsqueda, y el ruido que provocaban hizo que la pareja de ancianos que se cruzó con ella saliese de su casa y les comunicasen que la vieron dirigirse hacia el mar. Más de uno, al oír a los ancianos, sintió cómo el estómago le daba un vuelco, ya que en ese pueblo no había playa, sino un acantilado, donde se encontraba el faro, que iba descendiendo hacia unos riscos contra los que las olas golpeaban, convirtiendo aquel trozo de costa en un lugar peligroso.
El farero, al ver acercarse a tanta gente, puso en marcha la siguiente fase de su plan, que consistía en dar una clase magistral de cinismo. Abrió la puerta del faro y se dirigió al alcalde que encabezaba aquel grupo de personas, y con cara de asombro preguntó qué era lo que pasaba. Una vez puesto al corriente por el alcalde, el farero le invitó, junto al jefe de la policía local, sus compañeros y algunas personas más, a subir a lo más alto del faro, desde donde se podría divisar algo que diese una pista.
Así lo hicieron y, como es lógico, nada vieron. El farero se ofreció a poner la máxima atención por si veía algo, aparte de dedicar todo el tiempo que pudiese a esa labor. La gente continuaba recorriendo la costa, pero al no encontrar ningún indicio, desistieron, excepto sus compañeros, que llamaron a su marido por si ella, sin avisar a nadie, hubiese vuelto a casa.
Su esposo, con la normal preocupación, hizo que sus compañeros se informasen de si una mujer de las características de la suya había sido ingresada en algún hospital del entorno. Viendo que los resultados de las investigaciones eran negativos y la noche iba avanzando, pidió permiso a su jefe y se dirigió en su coche particular al pueblo donde desapareció Lourdes. Se dirigió directamente al cuartelillo de la policía local, donde le informaron de la carencia absolutas de pruebas, e incluso llegaron a insinuarle si la desaparición podía haber sido voluntaria. Él sabía cómo lo amaba su mujer y descartó la hipótesis. EL FARERO (Parte 2)![]() Plano de la última planta del faro
Aquellas palabras ablandaron el corazón de Lourdes y pensó en la suerte que había tenido aquella mujer de haber sido amada de aquella forma tan sincera y tan profunda. En el fondo sintió lástima por él e incluso deseó abrazarlo para consolarle, pero el poco tiempo que hacía que lo conocía, frenaron sus deseos. Estuvieron charlando largo rato: ella contándole su vida y él mintiéndole en cada frase que pronunciaba. Lourdes miró el reloj y, haciendo un mohín, se levantó y dijo:
—No sabes lo a gusto que me encuentro aquí, pero mi compañera me estará echando de menos y lo mismo se asusta, aunque la fiesta quedó perfectamente encauzada.
Ignacio la siguió y una vez en la parte baja del faro, y sin relajar su sonrisa, le dijo:
—No te preocupes, ahora mismo llamo al ayuntamiento por teléfono y digo que vas enseguida. Perdóname por haber sido tan acaparador contigo, pero hace dos meses que aquí no viene nadie… desde que ella me dejó… —dejó en suspenso la frase para continuar— ¡Maldito cáncer! (ahora sí ponía cara de tristeza).
La realidad del farero era muy distinta: su mujer le abandonó hacía ya diez años; se había fugado con un hombre bastante más joven que él y nunca más supo de ella, convirtiéndolo en un misógino obsesivo que sólo pensaba en la venganza.
Ignacio se dirigió a un viejo teléfono que había en la pared del fondo y marcó los nueve números de rigor, pero el primer número que marcó fue el cero para asegurarse que no existía. La cinta de Telefónica dio el comunicado: “Telefónicas le informa que actualmente no existe ningún línea con dicho número”. Él hablaba fuerte para que sus palabras fuesen oídas por la mujer.
—Hola, Juani, soy Ignacio; hazme el favor de decirle a la monitora de la fiesta que su compañera, Lourdes, está conmigo en el faro y enseguida va para allá —hizo un breve silencio, como si oyera una contestación, y prosiguió—. Anda, anda, no seas guasona. Hasta luego, cuídate.
Colgó el teléfono y se dirigió a Lourdes luciendo su sonrisa perenne, excepto cuando hablaba de la “muerte” de su mujer.
—Todo arreglado. La fiesta está en su apogeo y Juani dice que enseguida le dará el recado a tu compañera. O sea, que queda tiempo de sobra para que veas las curiosidades que conservo en esta parte baja. ¡Ah!, y ya sabes que en cuanto queráis, tu marido y tú podéis visitar el faro.
—Gracias…, de todas formas, el tiempo se me está pasando muy rápido.
—Mira, aquí tengo la cocina donde ahora me toca guisar, la mesa donde como. También tengo un sótano donde se encuentra el dormitorio que utilizaba con mi mujer y ahora, para mí solo, se me hace inmensa la cama y… en fin… todo sin ella me parece un martirio continuo. Ha sido demasiado castigo el que he sufrido con su muerte.
Al decir esta frase, dos lágrimas de cocodrilo resbalaron por sus mejillas, mediante un truco bastante sencillo utilizado por los actores para el rodaje de escenas dramáticas. Lourdes intentaba consolarle como podía, pero él insistía en el dolor que sentía.
—Perdona que no te enseñe el dormitorio; no creo que sea correcto que otra mujer entre donde yo le prometí que jamás lo haría.
—No te preocupes —dijo Lourdes—, es igual; si llego a saber que mi presencia aquí te haría pasar este mal rato, ni siquiera me hubiese acercado al faro.
—¡Qué leches! (perdón). Arriba te dije que sólo te miraría con ojos de amigo, y a ella le prometí otra cosa muy distinta. Así que te lo voy a enseñar, porque pienso que eso hará bien a este continuo dolor que siento.
Lourdes no sabía qué decir ni qué hacer ante la actitud de Ignacio, así que antes de que se le pusiera de rodillas llorando, empezó a bajar las escaleras del sótano. Él la seguía mientras con un pañuelo se frotaba los ojos con la doble intención de que diese la impresión de secarse al mismo tiempo que se los enrojecía. Una vez abajo él empezó a explicarle cosas del dormitorio.
—Por favor, no toques la cama; no podría resistir la visión de otra mujer acercándose a ese lecho que tantas horas de felicidad nos proporcionó.
Lourdes casi no respiraba. De lo que estaba segura es de que aquel hombre había tenido y tenía obsesión por su “viuda”.
—Yo soy un “manitas”. Todo lo que hay dentro del faro lo he construido yo, incluido los muebles, y aún le tenía reservada una sorpresa que se fue de este mundo sin que le diera tiempo a verla. Me llevó años concluirla, pero estaba a falta, cuando ella murió, de los retoques finales. No sabes la pena que tengo porque ella no pudo utilizarlo.
Al pronunciar esta frase, cambió de posición una palometa que se encontraba detrás de una tubería de agua y parte del suelo empezó a retirarse, dejando ver otra habitación debajo del sótano. La habitación, que era pequeña y redonda, contenía una cama en el centro y una ducha y los sanitarios de un cuarto de baño pegados a la pared. Él le hizo un ademán para que descendiera por la escalera.
—Vas a ser la primera, y creo que la última persona que la veas, porque tú me has comprendido, te he visto sensible con mi dolor; he visto en ti cara de buena persona y porque no eres de este maldito pueblo en el que jamás he encontrado ningún tipo de apoyo.
EL FARERO (Parte 1)![]()
Aquel autocar lleno de mujeres alborotadas por la emoción llegó por fin a su destino: un pueblecito costero, donde su alcalde había organizado, con la colaboración de una empresa dedicada a tales eventos, lo que se ha dado en llamar una “Caravana de Mujeres”. Se trataba de organizar una jornada lúdica con el fin bastante loable de aumentar el número de parejas, ya que en el pueblo los hombres solteros y viudos superaba con creces a las mujeres en el mismo estado civil, por lo que los nacimientos eran cada vez más escasos y la media de la población, por tanto, iba envejeciendo.
Fueron agasajadas en los salones del ayuntamiento por el alcalde, acompañado por todos los solteros y viudos del pueblo, vestidos con sus mejores galas domingueras, perfumados y luciendo sus mejores sonrisas, con la esperanza de que algunas de aquellas mujeres lo sacara de su estado de soledad y (¿por qué no decirlo?) abstinencia sexual. Sólo faltaba un soltero, un hombre amargado, solitario, introvertido y con una gran capacidad para engañar a las personas: el farero. Él observaba desde su faro el movimiento que se producía en el pueblo, sin tener idea de que iba a convertirse en el protagonista de los acontecimientos que estaban a punto de producirse.
Lourdes, una de las monitoras, sin duda la mujer más bella y atractiva que había transportado el autocar, una vez organizada la fiesta, le comunicó a su compañera que iba a salir a dar un paseo, porque le dolía un poco la cabeza y quería despejarse con el olor del mar. Salió del ayuntamiento y encontró las calles del pueblo vacías, y en su caminar hacia el mar sólo se cruzó con una pareja de ancianos, sentados en la puerta de su casa, que la saludaron muy educadamente.
Mientras caminaba, absorta en sus pensamientos intrascendentes, no reparó que era observada atentamente desde una de las ventanas del faro. Al llegar cerca del edificio, se abrió la puerta de éste y apareció el farero, que, como dije antes, era un especialista en mostrar un carácter muy distinto al que en realidad tenía. Destacaba su gran poder de convicción; sobre todo, con las mujeres, era un “piquito de oro”.
—Señora, es muy peligroso acercarse al acantilado; si desea contemplar el mar le ofrezco subir al faro, aunque deberá cobrarle por la maravillosa vista que va a contemplar y por la gimnasia que va a tener que hacer para subir esta vieja escalera de caracol.
Al decir esto esbozaba una amplia y generosa sonrisa y con su mano derecha señalaba la puerta de aquella antigua construcción que servía de guía nocturna a los barcos.
—Muchas gracias, pero sólo quería pasar un rato a solas, despejar un poco mi cabeza y, sobre todo, respirar esta maravillosa brisa marina.
—No encontrará un sitio mejor ni más adecuado para llevar a cabo sus objetivos que la parte superior del faro. Es una sensación extraordinaria, al alcance de muy poca gente. Yo que usted, no perdería la oportunidad, y así jamás tendría que preguntarme cómo se vería el batir de las olas del mar sobre las rocas desde esa distancia, vistas desde un faro.
No dejaba de mostrar su sonrisa, que a cualquiera podría hacerle pensar que era sincera, y así, poco a poco, fue consiguiendo que la mujer se relajara y la desconfianza del principio fuese transformándose en simpatía hacia el desconocido. Decidió entrar en el faro, y él, sin perder la sonrisa, se ofreció a subir primero, ya que ella llevaba puesta una falda y, dada la inclinación de la escalera, no quería que se sintiese incómoda por ser observada desde la parte posterior. Con este detalle la mujer terminó de abandonar su desconfianza.
—Bueno, perdona por mi torpeza, ni siquiera me he presentado: me llamo Ignacio y estoy encantado de conocerte.
—Yo soy Lourdes y también para mí es un placer haberte conocido. Estoy casada con un policía local de un pueblo cercano y soy monitora de la empresa que ha contratado el ayuntamiento para la realización de la “Caravana de Mujeres”. Aparte de eso, tengo un hijo de siete años.
—Yo, desgraciadamente, soy viudo desde hace solamente dos meses —mintió Ignacio—, y no creo que jamás pueda mirar a otra mujer con ojos que no sean de amigo. Ella era mi vida y nadie ocupará jamás su lugar; y voy a hacerte una confesión: en más de una noche de soledad he pensado dejar mi vida junto a las espumas que bañan la roca.
CALLE MONTELEÓN![]()
Trabajé en la calle Monteleón, donde componíamos libros para diversas editoriales. Éramos sólo nueve personas en el taller, incluyendo al encargado, un andaluz de un pueblo cordobés con una espalda como un armario de cuatro puertas, unos brazos como columnas y una fuerza descomunal.
Este hombre y yo manteníamos una gran amistad y desayunábamos y comíamos siempre juntos. En cierta ocasión fuimos, como de costumbre, al bar de Malasaña donde había un cliente que hablaba con un tono de voz muy elevado, quizá, causa de alguna cerveza de más:
—Soy cinturón negro de judo, II Dan, y me apuesto con quien quiera que si yo le hago una llave en el cuello es imposible que se libre de ella, pero si él me la hace a mí, no tardo nada en liberarme.
Todo el bar permanecía en silencio esperando acontecimientos. De pronto mi amigo, que no se callaba ni debajo del agua, le dijo:
—¿Y qué te apuestas?
—Lo que tú quieras.
—¿Hace tres raciones de gambas y tres tubos de cerveza?
—Hecho.
Se dieron la mano (el otro le hizo una reverencia) y mi amigo le dijo que él iba a hacer la llave. El judoka quedó de acuerdo y pidió que dejasen espacio libre en el centro del local. Mi compañero le abrazó el cuello con un brazo, pero con tanta fuerza, que el II Dan cayó al suelo sin conocimiento. El dueño del bar quería llamar al SAMUR, pero mi amigo se opuso rotundamente:
—Si se lo lleva el SAMUR, pagas tú.
Así que echándole un poco de agua se fue reanimando y al final pagó, ya lo creo que pagó.
—::—
En el taller, la máquina que yo utilizaba era la que estaba más cercana a la calle. De pronto siento un jaleo impresionante de voces y advierto a mi amigo de que algo grave está pasando. Salimos fuera y vimos que un hombre joven quería pegar al dueño del taller, un anciano de casi ochenta años.
Antonio, el encargado, permanecía de pie, observando la escena mientras se comía una naranja. Yo le di un empujón al agresor y metí al dueño del taller dentro, pero el tío seguía envalentonado dando voces.
—Si no me pagas, te voy a destrozar el coche.
—No pienso darte ni un duro porque no habéis cumplido el contrato.
Ni corto ni perezoso se dirigió al coche y empezó a darle patadas, y ahí fue donde actuó Antonio:
—Eh, mira, la calle es cuesta, tira pa’bajo que avanzas más.
El otro seguía a su faena, que fue cortada de una leche tan impresionante que le hizo retroceder hacia atrás hasta que la pared de enfrente lo paró y quedó sentado en el suelo (Monteleón es una calle estrecha). Antonio no tuvo que repetir nada; el individuo se levantó y se fue calle abajo limpiándose la sangre.
—::—
El colmo fue una tarde que salimos de trabajar y nos dirigíamos a la calle San Vicente (antes Onésimo Redondo —para los de Madrid—), cuando al llegar a la altura de la plaza del 2 de Mayo había dos chavales, de los llamados pasotas, liados a gritos el uno con el otro. Mi amigo me dijo:
—Espérate, que éstos son unos pringaos y verás cómo no se pegan.
—Venga, Antonio, coño, vámonos.
Los chavales seguían con un vocerío impresionante:
—Te voy a machacar, cabrón.
—No tienes cojones.
—¿Qué no? Suelta el palo que llevas en la mano, si eres hombre.
Mi amigo, con los brazos cruzados, al lado de los dos; yo me mantenía más alejado, deseando que terminase el espectáculo para volver a casa.
—Coja usted el palo un momento, que se va a enterar éste.
Al decir esto, le alargó el palo a mi amigo, que lo cogió, y una vez en su mano, el chaval tiró del palo y éste llevaba una mierda de perro en la punta, que quedó pegada en la mano de mi amigo. Los chavales empezaron a correr a toda leche, y desde el otro extremo de la plaza del 2 de Mayo se partían de risa. Mi amigo se limpiaba como podía mientras ladraba en arameo. De pronto se paró, se me quedó mirando muy fijo y me dijo:
—Como cuentes esto, te arranco la cabeza.
Y, claro, yo no lo conté… hasta el día siguiente por la mañana.
D I V A G A C I O N E S![]()
Me estoy mirando las rayas de la palma de la mano y no consigo descifrar nada. La raya llamada “de la vida” la tengo larga, casi me llega a la muñeca, pero un poco antes se parte en dos; en fin, que la quiromancia no es lo mío.
Y es que hay veces y en determinadas circunstancias en las que uno se agarraría a un clavo ardiendo para salvarse, y no es el miedo, lo juro: es el querer adelantarme a lo desconocido. Creo que los humanos tenemos una lucha contra la genética, contra nuestra memoria colectiva como Humanidad a través de los siglos y milenios, y digo memoria colectiva, que no histórica, que no está la cosa como para gilipolleces mañaneras.
Estuve leyendo algo que, dentro de mi ignorancia, lo había barruntado. Resulta que el miedo, asco o aversión que tienen las personas a algunos animales (serpientes, ratas, cucarachas, arañas, etc.) es consecuencia de episodios sufridos por nuestros antepasados. Por ejemplo, las arañas y las serpientes eran bichos capacitados para subir a los árboles donde dormían los primeros humanos (monos) para, como se diría hoy, dar por culo al personal. Ese temor se ha ido transmitiendo de generación en generación y aún hoy nos queda la reminiscencia.
También la mayor religiosidad de unos pueblos sobre otros es cuestión de genética. La predisposición a creer en dioses o negarlos, a matar y morir por ellos, a ignorarlos... Pero no tenemos nada que nos diga cómo es el paso de la vida a la muerte; o de la muerte a la vida, como afirman algunos.
Y eso es lo que causa temor: la ignorancia, el no saber qué te vas a encontrar, si es que encuentras algo, porque por mucho que se tenga una fe, una creencia en algo, siempre te queda la duda de cómo será, y viceversa: he visto muchos ateos “convencidos”, agarrarse a un crucifijo para recibir la extrema unción in artículo mortis (a punto de morir).
He empezado hablando de quiromancia y he terminado haciendo conjeturas divagantes. Espero que lo mío no sea genético por el bien de mis descendientes.
P E S A D I L L A![]()
Una pesadilla. Si te asustan los relatos de terror, no leas éste.
Me encontraba yo viviendo en Marruecos y en ese momento reunido con un grupo de amigos a los que le comentaba mi intención de comprar algunos productos españoles que vendían de contrabando. Mis amigos comenzaron a encargarme cosas y me daban dinero para pagarlos, así que reuní una buena cantidad de dinero. Esta operación estaba siendo observada por tres individuos que, una vez que emprendí mi camino, me siguieron hasta encontrar el lugar adecuado para atacarme y robarme el dinero.
No estaba dispuesto a permitir que me despojaran del dinero de mis amigos, así que la resistencia y la lucha fueron terribles, hasta el punto de que conseguí matar a dos de los tres asaltantes, pero ya sin fuerzas y asustado decidí huir del tercero que me seguía amenazándome con perseguirme hasta mi casa para, una vez conseguida la dirección, denunciarme a la policía marroquí. La idea de pisar una cárcel de Marruecos me asustaba tanto que hice un sobreesfuerzo y conseguí despistar a mi perseguidor.
Me dirigí hacia mi casa, que se encontraba ubicada en la parte más alta de una calle en pendiente. Antes de acceder al portal había que subir unos cuantos escalones. Comencé a subirlos con toda la rapidez que me permitían mis cansadas piernas y, al llegar mi vista a contemplar el suelo del portal, mi estómago se encogió provocándome una arcada que estuvo a punto de hacerme vomitar.
Aquella visión me paralizó. Allí, arrastrándose por el suelo, se encontraba la cabeza decapitada de mi vecina, dejando sobre el suelo una estela de sangre viscosa que se me antojaba demasiado negra. La cabeza, con los ojos desorbitados, dirigiéndose a mí, me dijo:
—No subas, que está loca.
Nada más oír estas palabras, sentí un inmenso golpe en la contrapuerta del portal y allí apareció mi otra vecina; ésta era más joven, pero al contemplarla quedé petrificado: estaba completamente despeinada, sus ojos aparecían ensangrentados; sus ojeras eran de color lila, rozando el morado, y sus labios presentaban un color amarillento blanquecino y estaban completamente resecos.
Y ella, cogiendo la cabeza por el cabello la lanzó todo lo lejos que pudo mientras gritaba:
—Esta bruja le ha contado todo a mi marido.
Yo no sabía qué hacer ni cómo reaccionar, mientras veía la cabeza rodar calle abajo. Ella se dirigió hacia mí como si no hubiese pasado nada, acercó su boca a mi mejilla y me besó.
—¡Qué fría estás!
—Es que estoy muerta.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, y aún hoy al recordarlo lo vuelvo a sentir.
T R A V E S U R A S![]()
Recibir un regalo de Reyes era un lujo hawaiano, pero los hados se compadecieron de nosotros y uno de mis amigos consiguió una pelota de goma de un tamaño respetable: una gozada.
Nosotros, naturalmente, jugábamos en la calle, ya que el tráfico era casi nulo, y las porterías las poníamos en las aceras, debajo de las ventanas de los pisos bajos. Cierto día, en pleno partido, salió el señor que vivía en uno de estos pisos, que ya era un anciano el hombre, y cogió la pelota, con la siguiente amenaza:
—Si vuestros padres no me pagan los cristales que me habéis roto, no os devuelvo la pelota.
Blancos nos quedamos. Veíamos cómo se esfumaba la pelota, ya que cualquiera era el valiente que le decía a su padre que había roto unos cristales y tenía que pagarlos.
—La pelota me la pagáis entre todos o mi padre me mata.
—Calla, hombre, vamos a pensar una idea para que el viejo nos la devuelva. Y así lo hicimos. Estuvimos un buen rato examinando la mejor forma, y por fin quedamos de acuerdo: hostigar al abuelo hasta que cediera.
La estrategia consistía en varios puntos, y pusimos en marcha el primero. Se trataba de cazar unas cuantas lagartijas y amarrarles a la espalda un petardo con un hilo. Como he dicho antes, las ventanas daban a la calle, y allí, debajo de una de ellas, permanecíamos tres amigos agachados con la munición preparada; otro tocaba con un palo en el cristal, y a la señal que nos emitía el quinto, que estaba escondido enfrente, de que el viejo había abierto la ventana, los que estaban agachados encendían los petardos y lanzaban dentro la bomba-lagartija. Entre la “mascletà” y los trozos de lagartija pegados por toda la habitación, los abuelos gritaban histéricamente.
Inmediatamente nos poníamos enfrente, todos en formación y gritando:
—¡Queremos la pelota! ¡Queremos la pelota!
Los abuelos se acordaron de toda nuestra familia, nos amenazaron de mil formas y cerraron la ventana. El punto primero no había surtido efecto y pasamos al segundo casi sin darles tiempo para recuperarse. Este punto era especial, no podía fallar. Cogimos una caja de zapatos e hicimos dentro nuestras necesidades fisiológicas, para decirlo de una manera fina, nos cagamos todos en la caja, pusimos dentro a Pascual, nuestra mascota: un sapo cabezón, y colocamos la caja boca abajo delante de la puerta; llamamos y salimos corriendo.
El hombre, al ver la caja, lo primero que hizo fue darle una patada y llenarse el zapato hasta el tacón, mientras que Pascual entró en su recibidor dando saltos y poniéndolo todo perdido. La mujer estuvo haciendo virguerías para limpiar aquello y nosotros nos fuimos a nuestros puestos a dar las voces de rigor:
—¡Queremos la pelota! ¡Queremos la pelota!
Al ratito se abrió la ventana y la pelota vino hacia nosotros botando despacio, con calma, como si fuese una prenda que entrega el enemigo vencido. Me dio mucha pena aquel hombre; siento remordimientos de conciencia cuando me acuerdo, pero sólo de él, la mujer tenía una boca para pedírsela prestada para una pelea.
ABURRIMIENTO![]()
La noche avanzaba y al mismo ritmo mi aburrimiento. La televisión no ofrecía nada interesante. Encendí mi PC y entré en el chat. Puse en funcionamiento mi detector de mujeres inteligentes, simpáticas, agradables y amenas, es decir, las que tienen un buen culo. El detector se deslizaba suavemente sobre la lista de usuarios y, de repente, empezó a emitir su sonido característico: bip, bip, bip... La suerte me había sonreído, ella estaba allí, esperándome.
Nervioso, con una taquicardia producida por la emoción, me precipité a pinchar dos veces sobre su nick y apareció su ventanita en mi pantalla. Le dije: “Hola, soy Discóbolo”; me dedicó una sonrisa amplia, generosa, seductora; la miré a los ojos como si quisiera dejar grabada esa visión en mi mente.
Estuvimos hablando el tiempo suficiente para conocernos a fondo (unos diez minutos) y pasó lo que tenía que pasar: en un arrebato de pasión incontrolada le hice la pregunta que me estaba quemando toda la noche: “¿En tu casa o en la mía?”.
No le dio tiempo a contestarme porque Iberdrola decidió cortar el suministro eléctrico en el distrito 28024. Fue un apagón que duró escasamente dos minutos, pero fue suficiente para que al volver ella hubiese desaparecido.
Y, como dice la canción de Raphael, “yo no he vuelto a encontrarla jamás, desde aquel día”.
CASA DE CAMPO![]()
Lago de la Casa de Campo de Madrid
Hacía una temperatura agradable, un estupendo día de primavera que aproveché para hacer una gestión en la Escuela Nacional de Hostelería sobre la matriculación de mi hijo. Aparqué el coche en la Casa de Campo, donde se encuentra la Escuela, realicé la gestión y me dirigía hacia el lugar dejé aparcado mi vehículo, sumido en mis pensamientos sobre la conversación mantenida en la Secretaría del Centro. De repente me abordó una mujer bastante joven, muy guapa y con una vestimenta muy provocativa.
—Buenos días, me puede atender un momento, por favor.
Dado que la Casa de Campo es el lugar de trabajo de la mayoría de las prostitutas de Madrid, enseguida me puse en guardia:
—Lo siento, llevo mucha prisa.
—Perdone, llevo dos días sin comer.
Esas palabras golpearon mi ser profundamente, aunque hay tanta picaresca en ese lugar que aún me quedaba alguna duda sobre su sinceridad. Clavé en ella mi mirada y pude ver cómo enrojecía de vergüenza y de sus ojos se desprendían dos lágrimas.
—Bien, si eso es cierto, vamos a desayunar.
Caminando hacia el bar, intercambiamos unas palabras y pude darme cuenta que era una mujer muy culta. Nos sentamos en una terraza que tiene una preciosa vista sobre el lago. Antes de pronunciar palabra teníamos a nuestro lado al camarero. Yo pedí un café y ella una cerveza y un bocadillo de tortilla española. La dejé comer sin mencionar palabra, sólo la miraba fijamente, y de verdad que comía con ansia. Cuando terminó le dije muy bajito:
—¿Me lo quieres contar?
—Verá usted, me llamo Almudena y soy de un pueblo de Badajoz. Estoy divorciada y con un hija de corta edad, que ahora cuidan mis padres. Tuve que divorciarme por una cuestión de malos tratos y, por supuesto, mi ex marido no me pasa ni un euro. Hace dos semanas me trasladé a Madrid para buscar un trabajo y poder mantener a mi hija, pero no he tenido suerte. Tengo pagada la pensión sólo hasta el domingo y hoy decidí venir aquí a prostituirme, pero me ha faltado valor.
Mientras relataba su historia sus lágrimas seguían descendiendo por sus mejillas, lo que me indujo a creer que no mentía; no se puede ser tan buena actriz. Pensé en mi hija y que nadie estamos libres de que en un futuro nos pueda suceder algo tan duro en la vida. —Mira —le dije—, voy a darte cien euros por si puedes alargar con ellos unos días en Madrid y que la suerte te sonría.
—Le juro que se los devolveré algún día; por favor, déme su dirección.
No quise hacerlo; la verdad es que estaba deseando alejarme de allí y olvidar la historia. Nos despedimos; yo subí a mi coche y me alejé de aquel lugar. Prefería pensar que perdí el dinero o que estuve cenando en un buen restaurante. Al llegar a casa noté que la cartera que llevaba en el bolsillo posterior del pantalón no estaba y me maldije por mi buena fe y por haber sido tan incauto. Decidí esperar un par de días antes de poner la denuncia; lo único que cancelé fueron las tarjetas de crédito.
Por la tarde, al abrir el buzón de correos encontré allí mi cartera. Enseguida me dirigí al billetero y vi que me faltaban 50 euros y en su lugar había una nota, que decía: “Siento haber abusado de una persona como usted, pero ahora tengo su dirección y le devolveré todo”.
Pasaron dos años; yo había olvidado ya aquella historia y dado por perdidos los 150 euros. Un día, al abrir el buzón encontré un sobre con mi nombre manuscrito, lo abrí y dentro había tres billetes de 500 euros y una carta, firmada por Almudena, que decía:
“Como le prometí le devuelvo su dinero con el interés que he creído que merece. Gracias a su ayuda mi vida cambió, encontré un trabajo en unas oficinas y ahora estoy casada con el propietario. Perdone que no le dé más datos, sólo decirle que jamás podré olvidarle y siempre le llevaré en mi corazón”.
M E D I C A M E N T O S![]()
Se celebraba una Junta extraordinaria de la multinacional Medical Money. En la espaciosa sala, con una mesa ovalada en el centro de la estancia, se hallaban sentados los principales accionistas. En sus rostros podía verse la satisfacción de todos por la buena marcha de la compañía, ya que en el último ejercicio había ampliado sus fábricas de productos farmacéuticos, con lo que hacía un total de 27 países donde fabricaba sus fármacos, daba trabajo a más de 12.000 empleados y sus ganancias seguían una línea ascendente, hablándose de millones de dólares.
Esperaban el informe del jefe del departamento de Investigación. Éste, vestido con una impecable bata blanca, portaba una voluminosa cartera de donde empezó a sacar los documentos del dossier que había tardado en reunir unos diez años.
—Señores accionistas, tengo una formidable noticia que comunicarles: Después de muchos años de estudios, de pruebas con animales y con personas, sin su consentimiento, por supuesto, contando con la colaboración de profesionales de la medicina a sueldo de nuestra empresa, hemos conseguido el medicamento definitivo.
En su cara se dibujaba una sonrisa de orgullo, pensaba que nadie podría arrebatarle el premio Nobel. Hizo un silencio premeditado para conseguir la máxima atención de sus oyentes, y continuó:
—Se trata de una sustancia que actúa sobre el sistema inmunológico potenciando las defensas humorales, con lo cual el ser humano sería inmune a la enfermedad.
Los accionistas de la compañía lo miraban con cara de asombro, que él interpretó como admiración y le dio alas para seguir su disertación:
—No quiero abrumarles con explicaciones médicas; sólo quiero darles otra noticia quizá mejor que la que acaban de oír: estamos en la buena línea para conseguir un medicamento que actuará contra la oxidación y, por tanto, contra la senilidad. Señores, estamos a punto de conseguir que el hombre viva muchos años y sin enfermedades.
Un murmullo creciente se fue oyendo en la sala. El director de la empresa, muy amablemente, le dijo:
—Puede retirarse, ya tendrá noticias nuestras. Gracias por su exposición.
Mientras el jefe de Investigación se retiraba de la reunión, los hombres de la mesa comenzaron una acalorada conversación. A los pocos días los principales accionistas recibieron una escueta circular confidencial de régimen interior.
“Los departamentos de Viabilidad, Producción y Comercial, en reunión conjunta, han estudiado la conveniencia de comercialización del medicamento presentado por el departamento de Investigación, llegando a la conclusión de que la producción de dicho medicamento supondría la modificación de toda la maquinaria de nuestras fábricas, la retirada de nuestros productos actualmente comercializados, lo cual supondría una recesión en las ganancias que pondría a la empresa en serias dificultades. Por otra parte, en un espacio no muy amplio de tiempo, otras empresas farmacéuticas pondrían a la venta medicamentos muy similares al nuestro, con lo cual nuestras ventas descenderían escandalosamente.
Por estas razones se ha decidido la conveniencia de la no comercialización del producto y el archivo del dossier para su posible utilización en tiempos futuros. Asimismo, se recomienda la continuación en el estudio del segundo medicamento sobre la oxidación y, una vez concluido, la no comercialización del mismo, con el fin de mantener la competencia de la empresa en tiempos venideros”.
Esta historia es producto de mi imaginación, pero ¿podría estar pasando algo parecido mientras la gente muere de enfermedades que pueden curarse?
MI AMIGO PACO![]() Paquillo, mi primer amigo, llamado por todos Paquillo de la Frasca (haciendo referencia al nombre de su madre: Francisca). Nacimos casi a la par, fuimos juntos al colegio Padre Lerchundi. Pasamos allí las primeras vergüenzas cuando nos obligaban a ir a Misa los domingos, bajo pena de recibir un castigo los lunes a los que faltaran. Éramos los únicos que no teníamos zapatos, íbamos con alpargatas y felices cuando estaban nuevas y no dejaban ver el dedo gordo del pie. ¡Puta miseria! Pongo la foto mía en el colegio para que se observen las condiciones en las que estudiábamos. Todo preparado para la foto. A la derecha se ven los niños esperando su turno; esperando un solo baby, que teníamos que ir cediéndonoslo, y como era talla única, a los que le quedaba grande se les recogían las mangas y se les sujetaba por la espalda con pinzas de tender la ropa, como en el caso mío. Después trabajamos juntos en la Editorial Cremades (escogimos la misma profesión: éramos linotipistas); más tarde él se marchó a Francia y a su regreso volvimos a trabajar juntos hasta que partimos cada uno para destinos distintos. Él murió, injusta y absurdamente, a los 23 años, cuando seguramente yo aún permanecía en el Ejército. Con Paco siempre me ha pasado una cosa muy curiosa, incluso antes de haberme enterado de su muerte, y también después, he estado soñando a diario con él. Después despareció de mis sueños y nuevamente ha vuelto a entrar de golpe en ellos. Nunca lo he olvidado ni creo que lo haga, a pesar de la cantidad de tiempo que hace que se fue. Paco, mientras alguien te recuerde no mueres, sigues vivo en su imaginación, y yo sigo recordándote.
C O N S E J O S![]() Dice un refrán que cuando el demonio no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas, vamos, como la vaca lechera. Y es que el aburrimiento es muy jodido para quien lo padece, y aquí nadie puede aconsejar a nadie lo que tiene que hacer para no aburrirse, porque lo que a usted le quita el aburrimiento a mí me lo produce en mayor escala. Cada persona es un mundo y cada cual se divierte de forma distinta, influyendo en el comportamiento de cada uno muchos factores, como educación, edad, sexo, complexión física, etc. Tampoco los consejos que solemos dar sin que nadie nos los pida, y aunque lo hagamos con la mejor de nuestras intenciones, son igual de válidos para todos. A pesar de que hay algunos que a todo el mundo les pueden venir bien, yo alucino cuando oigo consejos sobre medicamentos, que quien da el consejo lo hace porque a alguien conocido por él le ha venido de perillas. —Si te duele el estómago, por la mañana te tomas un omeprazol-20 y por la noche un almax, que una cuñada de la sobrina del yerno del primo de la mujer de Ricardo estaba que no se podía mover del dolor y ahora está como nueva. Pero no le dice que antes compruebe si es alérgico o no al omeprazol, no se le vaya a quedar el cuerpo con más granos que una paella. A mi mujer la tuvieron que ingresar porque se tomó un calmante que contenía codeína y ella, sin saberlo, era alérgica a ese componente. La consejera, en este caso, fue la farmacéutica, y es que hasta el mismo médico te pregunta: —¿Es usted alérgico a algún componente del flumil, del lexatín, de la simbastatina o de la viagra? —Vamos a empezar diciendo que no tengo ni idea de los componentes de ningún medicamento. Lo único que puedo decirle es que jamás he sufrido un episodio alérgico. Y como si no hubiese oído nada, te rellena las recetas que a él le parecen bien. Después, si vuelves a consulta convertido en un pitufo, te dice tan pancho que la dosis de viagra (vi-agra = viejos-agradecidos) era un pelín alta. Peores son los psicólogos por afición. Su ilusión es encontrar a alguien con una enfermedad severa, para empezar la conversación con la frase: “tú lo que tienes que hacer es…”; el resto depende del pseudo psicólogo. El remate es, y lo sé por experiencia, cuando alguien es intervenido quirúrgicamente. Una gran parte de las visitas que recibe le cuentan casos de primos, sobrinos, cuñados y otros más en los que el cirujano se dejó dentro las tijeras, las gasas, un bisturí o un cenicero y lo tuvieron que volver a abrir. O, aún peor, aquel que parecía que estaba tan bien y amaneció muerto; el que se quedó tonto con la anestesia o al que fue a operarse de piedras en los riñones y le amputaron un pie. La mayoría no somos sensatos, y sólo, creo yo, que conservando una simple conducta se arreglaban estas cosas: Primera: Que todo es relativo (la relatividad); Segunda: Dejar los consejos a los profesionales. Y AHORA..., ¿QUÉ HAGO?![]()
Corrían los años de la Segunda Guerra Mundial. Europa olía a muerto. Millones de personas entregaban sus vidas en una guerra, como todas, absurda, esta vez provocada por los sueños de grandeza de un loco dictador llamado Hitler.
Aquí, en Madrid, la gente vivía casi ajena a esa confrontación europea, intentando recuperarse de su propia guerra fraticida, acabada unos años antes. A Juan y a Rosario la vida empezaba a sonreírles: llevaban dos años casados, él tenía un buen trabajo y las bombas de la aviación del Ejército “nacional” habían respetado su casa. Se conocían desde que eran pequeños, desde que jugaban en las calles del barrio de Vallecas y fueron creciendo juntos.
Aquel hombre, con mucho sacrificio, consiguió hacerse con una casita pequeña que ahora disfrutaba con su mujer. Pero un mal día su suerte cambió, le vistieron de soldado, le dieron un fusil y le enrolaron como “voluntario” en la División Azul. Rosario recibió varias misivas de Juan desde la Unión Soviética; la última le decía que partía hacia Leningrado, que la quería mucho, que no la olvidaba ni un solo segundo y que deseaba que ese infierno terminara pronto para volver junto a ella. Después se hizo el silencio, no volvió a tener noticias suyas, sólo una comunicación oficial diciéndole que su marido “había muerto como un héroe defendiendo a España y a los valores de Occidente contra el comunismo”. Pasaron los años y Rosario rehizo su vida, volvió a enamorarse y se casó con José, con el que tuvo dos hermosos hijos, niño y niña. Ya superado el dolor vivía muy feliz con su familia. Todo era perfecto, se sentía amada por el hombre que ella también amaba y muy reconfortada con el cariño de sus hijos. Un día llamaron a la puerta; se dirigió a abrirla y encontró frente a ella a un hombre alto, delgado, muy demacrado, al que tardó en reconocer. Era Juan; el documento oficial se había equivocado, no había muerto, sino que cayó prisionero y pasó quince años en un campo de concentración. Sus piernas comenzaron a temblarle, tuvo que sentarse. Su mente estaba a punto de estallarle y sólo se repetía una pregunta: "¿hora qué hago?”
EL PLACER DE LA VENGANZA (II)![]() VENGANZA Serían las 21,30 de aquella calurosa noche de verano. Al parque le quedaba media hora para cerrar sus puertas al público y allí, en aquel banco apartado, cogidos de la mano, María y César hacían planes para su futuro. Hablaban de comprar un piso, de boda, de los hijos que tendrían y de lo felices que serían. De pronto aparecieron tres hombres jóvenes que se acercaron a ellos con toda tranquilidad. Una vez a su altura, el más fornido asestó un duro golpe a César que lo dejo semiinconsciente, mientras otro de ellos golpeaba a María, que dejaba de oponer resistencia a causa del golpe recibido. Entre dos incorporaron a César y, sacando una cuerda que portaban en una bolsa de plástico, lo ataron a un árbol y tanto a él como a ella les pusieron en la boca una cinta plástica adhesiva, a modo de mordaza, para impedir que gritaran. César había recobrado la consciencia y pudo ver cómo uno tras otro fueron violando a su novia, sin poder hacer otro gesto que llorar en silencio. Los jadeos de los desalmados se clavaron en su alma y sus muñecas sangraban del esfuerzo que estaba realizando por zafarse de sus ataduras. Todo fue inútil. Cuando terminaron su fechoría abandonaron el lugar entre risotadas, dejando allí aquel cuadro dantesco de César llorando atado a un árbol y María, en una postura grotesca, sin conocimiento en el suelo. Sobre las 22,00 horas apareció por allí el empleado encargado de cerrar el parque y, sin prestarle ayuda inmediata, llamó a la policía. A los pocos minutos aparecieron un coche patrulla y uno del SAMUR, que prestaron auxilio a la pareja. Habían pasado ya unos días, nada era igual, los dos estaban muy tocados psíquicamente, aunque hacían esfuerzos para recuperarse, cuando recibieron una llamada de la policía anunciándoles que habían detenido a unos sospechosos y citándolos para una rueda de reconocimiento. Ella se negó a ir alegando que no los reconocería porque todo pasó tan rápido antes de perder el conocimiento que no recordaba sus caras. Pero él, que los pudo observar durante varios minutos muy de cerca, nunca olvidaría sus caras. Así que decidió presentarse en comisaría para comprobar si eran ellos. El día y a la hora señalados estaba en comisaría. Le pasaron a la habitación donde se realizan las ruedas de reconocimiento y detrás del cristal le mostraron a los individuos detenidos como posibles autores de la violación y agresión a la pareja. —Lo siento mucho, agente, no reconozco a ninguno de ellos. Abandonó la comisaría y se dirigió a su coche, aparcado en las inmediaciones. Abrió el maletero y sacó una escopeta repetidora de ocho disparos, cargada con munición de caza mayor y volvió sobre sus pasos. No tardó mucho en encontrarse de cara con los tres individuos a los que había dicho no conocer. Se plantó frente a ellos y disparó al primero en el pecho, que a causa del impacto cayó hacia atrás; el segundo se lanzó sobre él en un intento desesperado de evitar que disparara por segunda vez, pero no lo consiguió, su cara quedó destrozada por el plomo y su cuerpo sin vida tirado sobre la acera. El tercero emprendió una veloz carrera, pero César apuntó a su cabeza y apretó el gatillo haciéndole caer de bruces y, por supuesto, sin vida. Al ruido de los disparos la policía acudió, pistola en mano, pero César dejó el arma en el suelo y levantó los brazos. Fue detenido, juzgado y condenado. La condena no fue muy dura y hoy en día esta pareja se encuentra casada y feliz, a pesar de todo. Evidentemente, había mentido a la policía. EL PLACER DE LA VENGANZA (I)![]() EN PLATO FRÍO El timbre del despertador la hizo incorporarse de golpe en la cama. María era una mujer de treinta y dos años que ya había sufrido en sus carnes la amargura de un divorcio, ya que su ex marido no era compatible con su trabajo. Vivía entregada por completo a su profesión, la Cirugía, que la apasionaba y gratificaba más que cualquier otra cosa. Se levantó con energía y se dirigió a la cocina para conectar la cafetera; mientras el café se iba haciendo lentamente, entró en la ducha. Transcurrida una media hora, ya estaba dispuesta para dirigirse a su trabajo. Montó en el ascensor que la llevaría al garaje de su casa, subió en su BMW y se dirigió a la autovía A-3 que unía Alicante, donde vivía, con Elda, lugar donde se encontraba el hospital donde prestaba sus servicios. A la altura del kilómetro 13 el motor de su coche empezó a temblar, pero tuvo tiempo de llegar al aparcamiento de aquel bar de carretera, mientras maldecía su mala suerte. Estaba contando su problema al propietario del local cuando un camionero de aspecto rudo y a la vez atractivo, que oía la conversación sin ningún tipo de pudor, se ofreció a dejarla en su lugar de destino alegando que se encontraba en la ruta que él debía seguir. Después de una corta charla, la invitó a subir a aquel mastodonte de 16 ruedas y ella accedió agradecida. No llevaban tres kilómetros recorridos cuando el camionero, inesperadamente, abandonó la autovía, entrando por una carretera secundaria y a su vez desviándose hacia una zona de árboles completamente desierta, haciendo caso omiso de las protestas de la doctora. Una vez parado el camión, abrió la guantera y sacó un gran cuchillo de monte con el que la amenazó para que descendiera del vehículo. La condujo hacia la parte trasera, abrió la caja del camión, que iba completamente vacía y la obligó a introducirse en ella. Él subió detrás, encendió una pequeña luz interior y cerró la puerta tras ellos. —Quítate las bragas y túmbate en el suelo. María le obedeció sin poner resistencia, y él la estuvo violando hasta que, agotado, soltó su veneno en el interior de ella, que se mordía los labios en un ademán de impotencia, de dolor y de asco. —Gracias —le dijo ella—. Jamás ningún hombre me hizo sentir tanto placer, nunca me sentí más deseada ni nunca conocí a un macho tan potente como tú. Estos halagos lo dejaron fuera de juego… alucinaba. —No pensaba hacerte nada con el cuchillo —se justificó él. —Por favor, quiero repetir esta experiencia, pero en un sitio cómodo. ¿Te atreverías a quedar conmigo para hacerlo sin prisas en un hotel? —¿Lo dices en serio? —Es más, mejor que un hotel, te propongo que vengas a mi casa. ¿Te parece bien el sábado a las 9? Haré una cena deliciosa para ti y después haremos el amor toda la noche. Él asentía con la cabeza mientras intentaba sacudir la suciedad del vestido de ella, después la ayudó con delicadeza a bajar de la parte trasera del camión, la condujo a la puerta y la ayudó a subir delicadamente. Puso el vehículo en marcha y por el camino ella le dio su dirección. Al llegar, ella le besó, y le dijo: —No me falles, estoy ansiosa de que llegue el sábado. Llegó al hospital y entró directamente en la ducha. Allí pasó un buen rato enjabonándose poro a poro todo su cuerpo y conteniendo las arcadas que le producía el recuerdo de lo recientemente vivido. Pensó pedirle a un compañero que realizara la intervención quirúrgica que debía hacer ella, pero desechó la idea. Fue directamente a la cafetería y con un café delante de ella estuvo meditando largo rato. Estaba decidida. Llegó el sábado y ella, en su terraza, observaba la calle cuando vio aparecer un coche rojo que aparcó justo delante del portal de la vivienda. Se abrió la puerta del vehículo y apareció el camionero muy bien vestido y portando en las manos un ramo de rosas. Esperó a que sonara el timbre del portero automático y preguntó quién era, como si no hubiese advertido su llegada. Una vez en la casa, le hizo entrar y, después de agradecerle el detalle de las rosas, le dijo que se pusiese cómodo mientras ella le preparaba algo de beber. Así lo hizo el camionero, que se sentía lleno de orgullo por su masculinidad. Sentados en la cama ya, él le dijo: —Desnúdate, que vas a conocer lo que es un hombre. —Espera un poco, cariño, vamos a tomar otra copa, me gusta estar un poquito alegre para hacer el amor, y el whisky me pone muy cariñosa. No le dio tiempo a tomar la segunda copa, el fuerte somnífero suministrado por María había producido su efecto y el camionero quedó profundamente dormido. Con toda frialdad desabrochó los pantalones del camionero y los bajó hasta los tobillos, introdujo un plástico debajo de su culo para evitar manchas de sangre y fue a buscar el material quirúrgico necesario. Inyectó anestesia local en los testículos del violador y comenzó su trabajo. Tardó aproximadamente quince minutos en realizar la operación. Suturó, puso los apósitos necesarios y volvió a subirle los pantalones. Bajó a la portería y dijo al conserje de la finca: —Antonio, por favor, ayúdeme a meter a un amigo en su coche, es que le ha sentado mal la bebida y quiero llevarlo a su casa. Antonio no lo dudó un momento, cargó con casi todo el peso del camionero y lo metieron en el asiento delantero. Ella se sentó frente al volante del vioñador y se dirigió a la autovía A-3. Justo en el kilómetro 13, en el aparcamiento de aquel bar de carretera detuvo el vehículo, dejó las llaves puestas y se dirigió a su coche que previamente había dejado aparcado en aquel lugar. Cuando él despertó encontró un papel con la siguiente leyenda: “No volverás a hacerlo. Puedes volver a casa, pero ten cuidado porque en el asiento del conductor hay un frasquito con formol y algo dentro… No te vayas a sentar encima de tus cojones”. ¿SOY XENÓFOBO?![]()
Se están perdiendo las costumbres españolas y estamos siendo invadidos por las extranjeras, excepción hecha de la “siesta”, única, creo yo, que hemos exportado. Les estamos inculcando a nuestros niños tradiciones foráneas en detrimento de las nacionales. Ahora se celebra el “jalogüey de los güeis”, Papá Noël y Santa Claus (¿quiénes coño son estos payasos?); se pone el árbol de Navidad en vez del clásico Belén.
Otra cosa importante que se está perdiendo es el piropo, y vaya como avanzadilla que nunca he dicho un piropo a una mujer desconocida. Las aceras de las calles donde se realizaba alguna obra se convertían en consultas ambulantes de psicólogos, donde el profesional, en este caso el albañil, levantaba la moral, sobre todo a las feas que tenían que atravesar la zona. También se levantaba la moral, con una terapia de grupo, cuando alguien decía un piropo a varias chicas que caminaban juntas, sin especificar, por ejemplo, un simple “¡qué buena estás!” hacía que la más fea se volviese, impulsada como un resorte, para a veces dar las gracias y otras hacerse la ofendida.
Y del idioma ¿para qué hablar?, en la tele, sobre todo al final de los anuncios de perfúmenes, te sueltan una parrafada en algún idioma extranjero, que de entrada me pone de mala leche porque, al igual que los políticos, los publicistas nos tratan de idiotas. Y yo me pregunto, ¿esa chorradita no pueden decirla en nuestro idioma? Gila tenía razón, quedan muchos españoles tontos, muchos… de esos que te dicen: “me he comprado una pluma cojonuda” y a continuación, para terminar de chulear: “es americana”. Pues bien, los americanos, ingleses, franceses, alemanes, chinos, japoneses, etc., fabrican unas mierdas iguales o más grandes que los españoles. Estoy tan cabreado como aquella mona del parque zoológico a la que tirábamos piedras envueltas en papeles de caramelos. Para colmo, acabo de leer en una "revista científica", donde un pseudocientífico "guiri" dicen que los hombres heteros tenemos unas etapas en las que nos da un subidón de hormonas femeninas y nos da por "culear" y mantener relaciones sexuales con travestís, y a las mujeres el subidón es de hormonas masculinas y les da por rascarse en público los genitales con la misma facilidad que lo hacen los hombres. Este tío se ha quedado tan pancho. Pues yo jamás he sentido ningún subidón de los que habla la revista, lo cual quiere decir que mi organismo tiene una reserva de hormonas femeninas a punto de eclosionar. Así que, como me suceda con carácter retroactivo, voy a dejar a Boris Eizaguirre a la altura del betún. MONAGUILLO DE DIOS![]()
“José, el padre Gregorio me ha dicho que vaya el niño a la iglesia para que sea monaguillo y el niño rebelde éste se niega en rotundo” (mi madre con voz de cabreo).
José (mi padre), clavando sus pupilas en las mías me dice: “Ahora mismo te vas a la iglesia”, y yo, cagándome mentalmente en todo lo que se menea me voy hacia la iglesia, porque antes a los padres se les tenía mucho respeto.
—Buenas tardes, padre Gregorio, que me ha dicho mi madre que quería usted hablar conmigo. —Mientras le decía esto, besaba su mano (costumbre impuesta por ellos, porque por mí seguro que no), mientras pensaba que lo mismo este joputa se acababa de pajillear.
—Ve a Vázquez (monaguillo más antiguo) y dile que te vaya enseñando, que eres el nuevo monaguillo.
Vázquez era amiguete mío, incluso estaba en mi misma clase y era vecino. Allí nos conocíamos todos y éste no era santo de mi devoción, pero aprendí todo lo que me enseñó, sobre todo a tocar las campanas, cosa que me divertía y en la que llegué a ser todo un virtuoso. Estuve a punto de perder "el empleo" porque tuve que ir a otra iglesia que distaba como un kilómetro de la que yo ejercía. Me daban el importe del transporte público, pero yo iba y volvía andando para ahorrarme un dinerito en aquel tiempo muy necesario. El sacristán de la otra iglesia me dio dos paquetes: uno que casi no pesaba nada, y otro que parecía que llevaba dentro plomo. Al entregárselo a mi sacristán, éte se partía de risa y me hizo ver que el paquete pesado contenía solamente una piedra; una broma del sacristán de la otra iglesia. Yo cogí el paquete, me volví a donde me lo había dado y busqué al sacristán, y, como eran franciscanos, utilizaban sandalias: —Me ha dicho el sacristán de la iglesia de San Antonio que le devuelva el paquete. —Y se lo solté encima del pie y salí corriendo mientras él se quedó allí bailando a la pata coja.
Pasó el tiempo y fui ascendiendo hasta llegar a ser jefe de los monaguillos. Enseguida hablé con Colomeras, que era mi colega, y conseguí que entrara conmigo. Convertimos la iglesia en la Cosa Nostra. Se acabó la miseria a cuenta del clero. De entrada nos marcamos tres objetivos: cepillos, fotógrafos y San Nicolás.
Con los cepillos no tardamos en hacernos con una copia de la llave maestra y cada día distraíamos algunas pesetas de los de San Antonio y San Nicolás; los demás solían estar vacíos. Fue un fracaso, tuvimos que desistir porque era demasiado riesgo para tan poca rentabilidad.
Con los fotógrafos actuábamos como auténticos profesionales de la mafia. Teníamos un acuerdo con uno que cada vez que le avisábamos de la fecha de una boda nos daba 25 pesetas y la de un bautizo 15, lo hiciera él o no. Cuando “nuestro” fotógrafo no conseguía la boda o el bautizo, al nuevo que se presentara yo era el encargado de pedirle las 25 pesetas para los monaguillos, por supuesto por adelantado porque ya una vez nos la jugó uno. Al que se negaba a pagar le jodíamos el reportaje porque, se pusiera por donde se pusiera siempre había un monaguillo en la línea de tiro. Algunas veces nos daban unos toquecitos en la espalda y nos decían: “chaval, échate a un lado”, pero para estos casos contábamos con la colaboración involuntaria de la mala leche del padre Gregorio, que siempre les decía: “¿es que va usted a disponer nuestra posición en el altar? La próxima vez que interrumpa la ceremonia, abandona usted el altar”, y se acabó el fotógrafo.
Dice un refrán que el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón. San Nicolás es un santo “muy milagroso” cuya efigie se encontraba en nuestra iglesia, y los lunes, que era el día dedicado a su culto, la iglesia se llenaba de fieles, sobre todo mujeres mayores que acudían a hacer la novena o ponerle una vela.
Ése era el negocio de la iglesia (y el nuestro), porque el cura no se cortaba en cobrarle a aquellas mujeres seis pesetas por una vela que no debía de valer ni una peseta. Yo estaba en la sacristía y era el encargado de vender las velas, y el cura pensaba que cada vela que faltara de las que me daba contadas, seis pesetas que tenía que haber en el cajón. Evidentemente conmigo se equivocaba: las matemáticas funcionaban a mi capricho. Aquello era un reguero de abuelillas soltando las seis pesetas y solicitando la vela para el santo. A todas las decía lo mismo: “ahora se la pongo, señora”, y cuando habían pasado 20 mujeres por caja, yo cogía 10 velas y a todas las que me iba encontrando les decía: “aquí va la suya, señora”. Así que los lunes sacábamos dinero para vivir “a todo lujo” toda la semana. Eso sí, nunca nos pasamos en demasía, sólo cogíamos lo que necesitábamos.
¿EXISTE LA JUSTICIA DIVINA?
El día de mi boda el cura me dijo que mi fotógrafo no podía tirar fotos dentro de la iglesia, que para eso estaba el suyo (que imagino que es el que le suelta la comisión). Yo, incauto de mí, llevaba mi fotógrafo, que por tratarse de un familiar, pensaba ahorrarme algún dinero, así que no acepte que su fotógrafo nos hiciese el reportaje.
Como no le hicimos caso, al segundo fogonazo nos amenazó con detener la ceremonia, así que por no dar un disgusto a mi madre que en aquellos momentos andaba mal del corazón, me quedé sin fotos de mi boda en la iglesia. Una vez en |