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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

CALLE MONTELEÓN

CALLE MONTELEÓN

 

Trabajé en la calle Monteleón, donde componíamos libros para diversas editoriales. Éramos sólo nueve personas en el taller, incluyendo al encargado, un andaluz de un pueblo cordobés con una espalda como un armario de cuatro puertas, unos brazos como columnas y una fuerza descomunal.

 

Este hombre y yo manteníamos una gran amistad y desayunábamos y comíamos siempre juntos. En cierta ocasión fuimos, como de costumbre, al bar de Malasaña donde había un cliente que hablaba con un tono de voz muy elevado, quizá, causa de alguna cerveza de más:

 

—Soy cinturón negro de judo, II Dan, y me apuesto con quien quiera que si yo le hago una llave en el cuello es imposible que se libre de ella, pero si él me la hace a mí, no tardo nada en liberarme.

 

Todo el bar permanecía en silencio esperando acontecimientos. De pronto mi amigo, que no se callaba ni debajo del agua, le dijo:

 

—¿Y qué te apuestas?

 

—Lo que tú quieras.

 

—¿Hace tres raciones de gambas y tres tubos de cerveza?

 

—Hecho.

 

Se dieron la mano (el otro le hizo una reverencia) y mi amigo le dijo que él iba a hacer la llave. El judoka quedó de acuerdo y pidió que dejasen espacio libre en el centro del local. Mi compañero le abrazó el cuello con un brazo, pero con tanta fuerza, que el II Dan cayó al suelo sin conocimiento. El dueño del bar quería llamar al SAMUR, pero mi amigo se opuso rotundamente:

 

—Si se lo lleva el SAMUR, pagas tú.

 

Así que echándole un poco de agua se fue reanimando y al final pagó, ya lo creo que pagó.

 

—::—

 

En el taller, la máquina que yo utilizaba era la que estaba más cercana a la calle. De pronto siento un jaleo impresionante de voces y advierto a mi amigo de que algo grave está pasando. Salimos fuera y vimos que un hombre joven quería pegar al dueño del taller, un anciano de casi ochenta años.

 

Antonio, el encargado, permanecía de pie, observando la escena mientras se comía una naranja. Yo le di un empujón al agresor y metí al dueño del taller dentro, pero el tío seguía envalentonado dando voces.

 

—Si no me pagas, te voy a destrozar el coche.

 

—No pienso darte ni un duro porque no habéis cumplido el contrato.

 

Ni corto ni perezoso se dirigió al coche y empezó a darle patadas, y ahí fue donde actuó Antonio:

 

—Eh, mira, la calle es cuesta, tira pa’bajo que avanzas más.

 

El otro seguía a su faena, que fue cortada de una leche tan impresionante que le hizo retroceder hacia atrás hasta que la pared de enfrente lo paró y quedó sentado en el suelo (Monteleón es una calle estrecha). Antonio no tuvo que repetir nada; el individuo se levantó y se fue calle abajo limpiándose la sangre.

 

—::—

 

El colmo fue una tarde que salimos de trabajar y nos dirigíamos a la calle San Vicente (antes Onésimo Redondo —para los de Madrid—), cuando al llegar a la altura de la plaza del 2 de Mayo había dos chavales, de los llamados pasotas, liados a gritos el uno con el otro. Mi amigo me dijo:

 

—Espérate, que éstos son unos pringaos y verás cómo no se pegan.

 

—Venga, Antonio, coño, vámonos.

 

Los chavales seguían con un vocerío impresionante:

 

—Te voy a machacar, cabrón.

 

—No tienes cojones.

 

—¿Qué no? Suelta el palo que llevas en la mano, si eres hombre.

 

Mi amigo, con los brazos cruzados, al lado de los dos; yo me mantenía más alejado, deseando que terminase el espectáculo para volver a casa.

 

—Coja usted el palo un momento, que se va a enterar éste.

 

Al decir esto, le alargó el palo a mi amigo, que lo cogió, y una vez en su mano, el chaval tiró del palo y éste llevaba una mierda de perro en la punta, que quedó pegada en la mano de mi amigo. Los chavales empezaron a correr a toda leche, y desde el otro extremo de la plaza del 2 de Mayo se partían de risa. Mi amigo se limpiaba como podía mientras ladraba en arameo. De pronto se paró, se me quedó mirando muy fijo y me dijo:

 

—Como cuentes esto, te arranco la cabeza.

 

Y, claro, yo no lo conté… hasta el día siguiente por la mañana.

 

 

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