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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

Y AHORA..., ¿QUÉ HAGO?

Y AHORA..., ¿QUÉ HAGO?

 

Corrían los años de la Segunda Guerra Mundial. Europa olía a muerto. Millones de personas entregaban sus vidas en una guerra, como todas, absurda, esta vez provocada por los sueños de grandeza de un loco dictador llamado Hitler.

 

Aquí, en Madrid, la gente vivía casi ajena a esa confrontación europea, intentando recuperarse de su propia guerra fraticida, acabada unos años antes. A Juan y a Rosario la vida empezaba a sonreírles: llevaban dos años casados, él tenía un buen trabajo y las bombas de la aviación del Ejército “nacional” habían respetado su casa. Se conocían desde que eran pequeños, desde que jugaban en las calles del barrio de Vallecas y fueron creciendo juntos.

 

Aquel hombre, con mucho sacrificio, consiguió hacerse con una casita pequeña que ahora disfrutaba con su mujer. Pero un mal día su suerte cambió, le vistieron de soldado, le dieron un fusil y le enrolaron como “voluntario” en la División Azul. Rosario recibió varias misivas de Juan desde la Unión Soviética; la última le decía que partía hacia Leningrado, que la quería mucho, que no la olvidaba ni un solo segundo y que deseaba que ese infierno terminara pronto para volver junto a ella. Después se hizo el silencio, no volvió a tener noticias suyas, sólo una comunicación oficial diciéndole que su marido “había muerto como un héroe defendiendo a España y a los valores de Occidente contra el comunismo”.

Pasaron los años y Rosario rehizo su vida, volvió a enamorarse y se casó con José, con el que tuvo dos hermosos hijos, niño y niña. Ya superado el dolor vivía muy feliz con su familia. Todo era perfecto, se sentía amada por el hombre que ella también amaba y muy reconfortada con el cariño de sus hijos.

Un día llamaron a la puerta; se dirigió a abrirla y encontró frente a ella a un hombre alto, delgado, muy demacrado, al que tardó en reconocer. Era Juan; el documento oficial se había equivocado, no había muerto, sino que cayó prisionero y pasó quince años en un campo de concentración. Sus piernas comenzaron a temblarle, tuvo que sentarse. Su mente estaba a punto de estallarle y sólo se repetía una pregunta: "¿hora qué hago?”

 

 

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