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LOS ESCRITOS DE DISCÓBOLO

ÉRASE UNA VEZ...

ÉRASE UNA VEZ...

 

No puedo escribir hoy nada alegre o divertido, porque mi cabeza sólo está en disposición de narrar algo así como un diario de una muerte anunciada y espaciada en el tiempo de forma inútil y absurda, a forma de castigo a las personas que me quieren, porque para mí morir sería un descanso, un alivio, una evasión y un escape hacia un mundo de paz, supongo. Sería librarme del sufrimiento constante y machacón, difícil de vencer aun poniendo toda mi voluntad en un positivismo, inoperante ante la obviedad.

 

Solamente unos cuantos “elegidos” tenemos la desventaja de ver llegar el fin de nuestros días y hacerlo en un perfecto estado de facultades mentales, y, por tanto, conscientes de todo lo que acaece en nuestro organismo, sin necesidad de ningún tipo de escáner para ello. Nuestra mente recibe, en tres dimensiones, las imágenes del órgano dañado, y su lento pero inexorable deterioro hasta alcanzar el cese de la función para la que fue concebido.

 

Cuántas veces, simulando aquella película, que creo que se llamaba Viaje alucinante, donde se reducían hombres y submarino a un tamaño casi celular y se introducían dentro de un cuerpo humano, o la serie para niños de Érase una vez…, me he introducido en el interior de mi cuerpo y al llegar a los pulmones he exclamado: “¡Esto no hay quién lo arregle, esto es hormigón!”.

 

La fibrosis no detiene su marcha y se va extendiendo por los pulmones como una mancha de aceite. Es la marabunta o un banco de pirañas hambrientas y empeñadas en acabar por engullir su presa, pero todo proyectado a cámara lenta.

 

Y ya, viéndome tan cerca del final del camino, no me queda el ánimo ni la fuerza suficientes para pronunciar ni una letanía en forma de lamento desgarrador, ni una plegaria, ni una oración. Ni siquiera preguntar un ¿por qué? Ya sólo la esperanza de que los acontecimientos venideros no sean tardos en su desarrollo y concluyan sin necesidad de prolongarse más este sufrimiento que, como una maldición vengativa, cayó, quiero pensar que por azar, sobre mi familia y amigos.

 

A veces quisiera creer, creer que hay un otro lado donde me esperan mis padres y mi hermano Miguel, y donde yo esperaré, quisiera que fuese por mucho tiempo, al resto de mi familia y de mis amigos. Que existiese una continuación de esta vida, pero sin las injusticias y desigualdades que existen en este Mundo. Donde no haya privilegios para nadie. Quisiera que hubiese algo que justificara el paso por esta vida. Pero, desgraciadamente, no creo que un Dios pueda ser tan injusto, que en un punto insignificante del Universo haya puesto un planeta lleno de seres con entendimiento para comprender su sufrimiento, pero sin conocimiento del por qué.

 

Escrito antes del trasplante.

 

 

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